lunes, junio 22, 2026

Cuando tu esfuerzo se desmorona en tus manos.

 

Cuando tomé esta foto no sabía que minutos después iba a tener un ataque de ansiedad. Se la envié a un pana español que me escribió: "España ya marcó 3" y yo le respondí con esa foto y un: "Bieeeeeen. Vaaamoooos. Estamos pegando el rompecabezas para poder enmarcarlo. Y vamos a ir a almorzar con la familia de Ricardo". El trabajo era sencillo: girarlo y pegarlo todo detrás con cinta de enmascarar. El problema es el largo del rompecabezas, ya que mide 136 cms de largo y solo tenemos un tablero de esa longitud, el que ven debajo de las piezas. Como estoy armando otro, Ricardo tomó ese tablero (de menor longitud) y con un cartón completamos el largo. Cada uno se colocó en un extremo y cual tortilla en sartén le dimos la vuelta. Pero al intentar deslizarlo nuevamente al tablero las piezas que estaban en el lado del cartón empezaron a separarse y eso detonó en mí una reacción que no me esperaba. Al ver las piezas separándose, en mi cabeza todo el esfuerzo se empezó a dañar. Todo el tiempo y paciencia que le dediqué. Para aquellos que no me conocen mucho, la paciencia no es mi fuerte. Me gusta ser rápida, soy de reaccionar enseguida y que las cosas salgan YA. Claro, después del ACV he tenido que bajar las revoluciones y tomarme las cosas con calma. Pero esto no me lo esperaba. Para ponerlos en contexto, Ricardo me compró ese rompecabezas por Navidad. Es una repisa de diferentes marcas de cerveza, de todo el mundo (no, no está Ecuador, pero me tomaba mi Club cuando lo armaba). Y son 2000 piezas. DOS MIL PIEZAS. Me tomó tiempo, dedicación y, sobre todo, paciencia armarlo. Todavía recuerdo haber puesto la última pieza y fue una gran satisfacción. Y lo he estado cuidando medio año para, en cuestión de minutos, ver mi esfuerzo desmoronarse en mis manos.

He descubierto que la ansiedad es diferente en cada persona y que se me puede gatillar en cualquier momento. Hay situaciones y personas que ya sé que me la gatillan y he aprendido a manejarla. Pero ayer confirmé que siempre habrá una nueva situación. Y aunque quizá para otras personas esto pueda ser algo exagerado o dramático, para mí no lo fue. Y también he aprendido que todas las emociones son válidas. Así que ayer, la mujer de 43 años empezó a llorar. Y en este momento de solo recordarlo mis ojos vuelven a mojarse.

No sé en ustedes cómo se les da la ansiedad. A mí me bloquea. No puedo moverme. Tengo que respirar profundo, pausado. Y externamente no se me nota. Ayer me veías tranquila, intentando deslizar despacito el rompecabezas para que no se fragmentara más de lo que ya se estaba dañando. Pero las lágrimas empezaban a caer por mis mejillas. En mi cabeza se desató una discusión. Una voz decía: "no lo muevas, no hagas nada, lo estás arruinando" y otra decía: "ya empezaste, tienes que seguir, no puedes dejarlo a medias". Y como Ricardo seguía deslizándolo, yo lo hice también. 

Terminamos de hacerlo y él me vio llorando. Me abrazó y me dijo: "ahora vamos a amar otra vez las piezas que se soltaron". Pero en mi cabeza no veía eso. Sólo podía enfocarme en las piezas sueltas. Y para hacerlo más difícil, estaba de cabeza, así que TODAS las piezas eran plomas. Sólo podíamos acomodarlas en base a su forma. Yo seguía respirando. Porque dentro de mí estaba batallando con mi ansiedad. Porque sé que ella me bloquea y lo que yo debo hacer es moverme. Empezamos a armar un par de piezas pero se habían soltado demasiadas y se estaba complicando. En mi cabeza ya esto era un debacle. Se arruinó todo. De paso, ya teníamos que haber salido para almorzar con su familia por el día del padre. Y de pronto él dijo: "vamos a poner cinta en todo el rompecabezas, le damos la vuelta y podremos armarlo más fácil al tener ya las figuras y colores". Yo aceptaba todo. Pero se asomó una pequeña sonrisa en mi rostro. Porque mientras la ansiedad me quería hundir, la mente práctica de Ricardo buscaba las soluciones. Soluciones que yo no veía porque la ansiedad me nublaba la razón.

Y así, mientras Ricardo encintaba todo el rompecabezas, yo iba despacito armándolo otra vez. Llorando en silencio. Porque algo que también he aprendido es que llorar es bueno. Llorar sana. Llorar alivia. Cuando uno llora, con moquitos y todo, al final queda cansado, vacío y ligero. Pero, sobre todo, aliviado. Después de encintarlo le dimos la vuelta y, efectivamente, lo pudimos terminar de armar otra vez. Como ya lo habíamos armado antes, fue más fácil porque ya reconocíamos las piezas. Ricardo me abrazó otra vez y me dijo: "no nos íbamos a ir dejándolo así". Y yo le agradecí. En ese momento la hermana lo llamó al celular y él dijo que tuvimos un contratiempo y que ya estábamos en camino. Que le pasaran el menú para ir pidiendo. ¿Llegamos tarde? Sí y no. Depende como lo veas. Hubiésemos podido llegar antes y esperar todos juntos. Sin embargo, llegamos y al instante nos sirvieron la comida.

El resto del día estuve muy sensible. Quizá porque al ser el día del padre es inevitable pensar que el mío partió hace 18 años. También porque sé que debo vivir con esto el resto de mi vida. Me refiero a mi "querida" ansiedad. Ya después, conversando con Ricardo me dijo que él vio las piezas desmoronándose, también se frustró pero su mente empezó a buscar las soluciones. Y eso me ayudó muchísimo. Sin saberlo. Porque mientras yo estaba bloqueada él siguió. Lo cual me impulsó a mí a seguir también.

Después de un queso de coco para llevar, 2 películas, una siesta, un Cuba Libre y un vasito de morocho con empanadas de queso, Ricardo me regresó a casa. La ansiedad se quedó en el camino. Así como llegó se fue. Dejó rastro. Sí. Dejó inspiración. También. Me dejó aprendizaje.

Cuando enmarquen ese rompecabezas y lo colguemos en mi suite celebraré. Celebraré el haberlo armado, el que se haya desbaratado, gatillado mi ansiedad y el haberla vencido

¡Salud!

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