viernes, julio 31, 2015

Las fronteras están en nuestra mente.

El sábado pasado participé de un hermoso taller en La casa de mis padres, sobre escritura y sanación interior. Allí, un grupo de desconocidos nos abrimos y compartimos nuestros miedos, sueños, anhelos. Algunos lloramos, también nos reímos (ambas manifestaciones provienen del mismo lugar), y simplemente estuvimos. Fuimos. Hubo 3 ejercicios de escritura, muy íntimos, muy lindos. Pero algo ahí, esa tarde, despertó. Como nos dijo Marcela, a partir de ese día, algo iba a germinar en nosotros.

Bueno, en mi caso lleva germinando hace ya un buen tiempo, sólo que no lo dejo florecer. ¿Pero han visto cómo la naturaleza se abre paso a través del concreto?


Eso está sucediendo en mí.

¿Y ahora? Ya basta:

Ya basta de seguir perdiendo mi tiempo en un lugar donde no estoy satisfecha.
Ya basta de seguir estancada en mi zona de confort.
Ya basta de seguir esperando a que se decida y tome la decisión. Ya sea de estar conmigo o no.
Ya basta de seguir preguntándome dónde está el hombre de mi vida.
Ya basta de seguir permitiendo que otros gobiernen mi vida.
Ya basta de seguir postergando mis sueños.
Ya basta de no meterme a clases de danza.
Ya basta de no viajar.
Ya basta de no bailar.
Ya basta de querer tener un cuerpo perfecto.
Ya basta de hacer dieta.
Ya basta de tratar de encajar en el sistema.
Ya basta de dejar de hacer lo que quiero hacer, por no dejarla sola, por no irme en su contra.
Ya basta de querer ser. Es hora de ser.

Este texto fue uno de los tres ejercicios que hicimos. Ligeramente editado, porque tampoco voy a darles detalles. Fue algo íntimo les puse más arriba, no sean sapos. Sea como sea, fue un ejercicio liberador. Les invito a probarlo. Claro, ahora necesito uno de esos aparatos que ponen afuera de ciertas tiendas donde van pasando las palabras, ¿cómo se llaman? Bueno, poner uno de esos en mi cuarto para que cada tanto pasen estas frases y así no dejarlas en el cuaderno. O en mi mente, también puedo instalar uno de esos ahí.


Así que ahora me vuelvo a repetir la pregunta: ¿Y ahora?

Pues ahora a romper esas fronteras mentales. Como dice el título del post. El asunto aquí es dejar de limitarme. Tal como la naturaleza se abre paso ante algo tan fuerte como el cemento, siendo algo tan delicado como una planta. Pero la naturaleza es sabia y busca la forma.

No limitarme. No quedarme.



"La vida es así, de frágil y fugaz, y a veces se nos olvida".

sábado, julio 25, 2015

Canciones que están martillando mi cabeza.











¿Si ven por dónde va la cosa? :-D

Somos los mismos envueltos en novedad.

Estas últimas semanas me ha tocado hacer una serie de cosas las cuales me han hecho evocar recuerdos del pasado. Recuerdos alegres, y otros que no te hacen sonreír. O al menos te sacan un: "sí que puedes ser bruta a veces, Diana". Y sí, todavía me queda mucho por aprender. 

Todo empieza de la forma más inocente. Tienes que hacer un trámite, y ¡zas! 3 días enteros se te fueron en eso.


Y sumemos a eso nuestra querida y, a la vez, condenada memoria. Aquella que cuando le conviene te oculta información, y cuando le apetece te la arroja toda y te sirve un banquete de recuerdos. Te coloca la servilleta, los cubiertos y se sienta frente a ti con los brazos abiertos, y con una gran sonrisa te invita a comer. 

Es impresionante nuestro cerebro. Un solo detalle puede desencadenar un oleaje irrefrenable de recuerdos. Y ahí te toca salir a flote, o ahogarte en ellos.

Ahora, a mitad de año, me siento desorientada. En este preciso momento no sé qué hacer con mi vida. La típica pregunta de "¿cómo te ves de aquí a 5 años?" ni se les ocurra hacérmela, porque no tendría respuesta. En este momento vivo el día a día, encuentro motivos para agradecer (porque hay y bastantes), sonrío, disfruto. Pero al final del día, cuando cae la noche, en la oscuridad de mi cuarto, antes de quedarme dormida, una voz en mi cabeza pregunta: "¿Y mañana, qué? ¿Y la otra semana? ¿El otro año? ¿Qué?" Es como haber perdido el rumbo, el norte, el objetivo. En este momento me siento a la deriva. Tengo el timón entre mis manos pero no sé a dónde ir.

¿Pido ayuda? ¿A quién? La respuesta está en mí. Lo sé. Tengo que encontrarla.

El asunto es que no me gusta sentirme así. En una rutina depresiva de madrugar, hacer ejercicio, prepararse, salir al trabajo, trabajar, volver a casa, bañarse, arreglar todo para el día siguiente, revisar Internet, a dormir. Al día siguiente lo mismo. El siguiente, lo mismo. El siguiente, ya saben. El siguiente, no, ese es sábado, jajajajajaja.

A lo mejor y nuevamente le estoy metiendo mucha cabeza. Nada, jefe chulo, sigo mascando y mascando. Y confieso que casi que sé cuál es la salida, pero no me atrevo todavía a tomarla. Porque no hay retorno. Pero por otro lado, no quiero retornar. ¿Seguir así, desperdiciándome? Ayer esperando un taxi, una chica frente a mí tenía un tatuaje en el brazo que decía: "Every wasted day becomes a wasted chance". Me lo quedé viendo, como si fuese una señal.

Sé que debo volver a enrumbarme. ¿Y si eso implica ver hacia atrás? ¿Otra oportunidad? También me pregunto si hemos cambiado, crecido, y esta vez funcionará. O como dice Bosé, somos los mismos envueltos en novedad. Ya lo dije, somos tercos. O el universo lo es también. Puedes creer que después de tantos años me vuelvo a preguntar, ¿eres tú?. Ya pues, hasta cuándo, universo. Esto ya se parece al cuento del gallo pelón. Aquella cantaleta con la que nos torturaban los adultos.

¿Qué debo hacer? Salir. Moverme. No quedarme estancada. Como el agua, si se queda quieta, se pudre. Como el fuego, necesito oxígeno. No encerrarme. Sentir. Aceptar. Ser y estar. Pero se me mezcla todo. Me ato y desato. Ay, por Baco, trato de descifrarme y solita me hago un rompecabezas.

Aquí hace falta una buena zamarreada.

sábado, julio 04, 2015

Guayaquil 6am.

Hay un mágico encanto en el Guayaquil mañanero. Pero bien tempranito, cuando recién está empezando a aclarar. Cuando el sol todavía está desperezándose. Pedalear tipo 6 de la mañana es tener la ciudad para ti solito. Compartes la calle con un par de carros, uno que otro bus colegial. Hasta los pocos taxis y buses de transporte público van tranquilos.

Guayaquil a las 6am es una ciudad que todavía duerme en su gran mayoría, y una siente el viento en su rostro. A veces amanece nublado, y el sueño se te quita a punta de pedal. Otras, el sol se asoma radiante y sus rayos atraviesan las nubes como si te sonriera a plenitud y te dijera: "¡Buenos días! Hoy vas a tener un maravilloso día". Creo que ni los buses viejos con esos tubos de escape tóxicos salen tan temprano. Hasta respiras otro aire. Te cruzas con los deportistas, trotanto de aquí para allá. Un par de amos paseando a sus perros (con unas caras de dormidos únicas).

Guayaquil a las 6am es una ciudad tranquila, apacible, taciturna. Y me deslizo sobre dos ruedas de igual manera. Saludo al cuidador de carros del parque, a un trotador que suelo toparme, y cada tanto a cierto gato que de milagro está despierto tan temprano.

Guayaquil a las 6am es una ciudad con niños que van a la escuela más dormidos que despiertos. Los veo recostados en las ventanas de los carros, de los buses. Las tiendas vendiendo desayunos de último minuto. Vendedores ambulantes apostados en los exteriores de los centros educativos. Útiles escolares, vinchitas, calcomanías, chucherías.

Guayaquil a las 6 es una ciudad que huele a pan recién caliente. Enrollados, mixtos, dulce, briollos. Las panaderías reciben a los padres, adormilados todavía, comprando aquel manjar del Olimpo. No hay sabor comparable con un pan recién salido del horno. El aroma, la textura. Creo que comer pan caliente es la segunda mejor forma de despertar.

Guayaquil a las 6am es una ciudad hermosa.

viernes, junio 26, 2015

El roce.

Su trabajo la hacía viajar todos los días. Y ya tenía su rutina establecida. Llegaba al terminal, compraba el boleto, se embarcaba en el bus y dormitaba.

Tenía un proceso para elegir el asiento adecuado. De preferencia ambos vacíos, los respaldares de los asientos del frente no muy inclinados, que no dé directo el sol, y pueda regular el aire acondicionado. Luego de acomodarse, echaba un ojo a la película que estaban proyectando, y se quedaba ligeramente dormida.

Ese día, ella siguió su rutina al pie de la letra, salvo por un pequeño detalle: en vez de sentarse a la ventana, como casi siempre hacía, se sentó en pasillo. Hacía frío, por lo que cerró la rejilla del aire. La película se veía interesante, pero el sueño ganó la batalla.

- Permiso -una voz masculina la despertó-

Abrió los ojos y una figura alta, de pantalón claro y camisa a cuadros celeste, estaba parado a su lado, pidiendo paso para sentarse a su lado. En ese momento recordó el primer motivo para sentarse siempre a la ventana. Agarró su mochila que estaba ocupando el otro asiento, y lo cedió. El hombre se sentó a su lado. Ella volvió a cerrar los ojos. Sintió que él se acomodaba, y de pronto sus brazos rozaron.

Su corazón saltó.

No, no fue amor. Esta no es una historia de amor. Pero aquel roce la sorprendió. Ni siquiera abrió los ojos, fingió seguir durmiendo. El frío que tenía fue absorbido por aquel brazo cálido que se encontraba a su lado. Fue una sensación agradable para ella. Esbozó una leve sonrisa en sus labios.

¿Será simpático? Lamentaba no haberlo visto bien cuando la despertó para pedirle permiso. Pero vagamente recordaba un rostro agraciado. ¿Y ahora? ¿Cómo podía verlo si se estaba haciendo la dormida? A lo mejor y él también estaba dormido. O fingía.

Ella dejó de pensar tantas cosas y prefirió dejarse llevar por la grata sensación de confort que le daba ese brazo, junto al suyo. Era suave, cálido, como si diera la bienvenida. Sin quererlo, sentía como si estuviera siendo acariciada.

No, tampoco es una historia de erotismo. Simplemente su cuerpo percibió algo que la sacó de su rutina. Sus terminaciones nerviosas estaban excitadas. Él no movía el brazo. Usualmente los pasajeros suelen respetar la distancia entre ellos. La proxémica está bien marcada en este tipo de situaciones. Pero aquel hombre no pareció incomodarle que sus brazos rozaran. Y a ella tampoco.

En un momento el bus bajó un poco la velocidad y pasó un rompe velocidades. Aquel subidón fue la excusa perfecta para abrir los ojos, haciéndose la que se despertó, y verlo rápidamente. Más joven que ella (diablos), piel canela, ojos oscuros, cabello corto, lentes. Él también la vio. Se fijó que cargaba una credencial de su trabajo, trató de leer su nombre pero este se encontraba del otro lado. Así que no le quedó más que volverse a hacer la dormida.

Algunas personas que bajaban pasaban rozándole el brazo, y ahí recordó el segundo motivo por el cual no le gusta sentarse en pasillo. Enseguida pasó el cobrador, y ambos entregaron su pasaje. Falla de memoria del joven, se dio la vuelta para cobrar al otro lado y volvió a pedirle el pasaje al hombre, y este respondió que ya se lo había dado. Ella aprovechó para aseverar la información. Su voz era firme, clara, segura. Cruzaron una fugaz mirada, pero ella cohibida, volvió la cara a otro lugar, y volvió a cerrar los ojos. Quería seguir disfrutando ese brazo, ese calor, ese roce.

Y así llegó a su destino, bajándose antes que su temporal compañero. Sintió despegarse de aquel extraño contacto suscitado en menos de 1 hora. Ahora sólo espera volvérselo a encontrar. A lo mejor ni siquiera lo ubique físicamente. Pero si vuelven a tocarse, está segura que lo reconocerá. 

lunes, junio 15, 2015

Voluntariado en el oriente ecuatoriano.

Este fin de semana mi espíriru aventurero se embarcó en un nuevo viaje. Junto a mi puerquita favorita (Babe no es nada comparado a Noemí), nos trepamos en un bus rumbo al Puyo. ¿Y qué fueron a hacer una mona y una puerca en el oriente ecuatoriano? Trabajo voluntario.

Todo comenzó algunas semanas atrás, gracias a Facebook encontré una fundación que ofrece la oportunidad de realizar trabajo voluntario y conocer las distintas regiones del Ecuador. Originalmente estaba destinado a personas extranjeras, podían venir por periodos de varias semanas a trabajar junto a alguna comunidad de la costa, sierra, oriente o región insular, y a cambio recibían hospedaje y alimentación. Además de poder convivir con dicha comunidad y conocer sus costumbres. Sin embargo ahora también nos dan la misma oportunidad a los nacionales.

Sin alargar mucho la historia, el jueves de noche nos estábamos embarcando en un bus con destino al Puyo, donde nos iba a esperar un representante de la comunidad para llevarnos a su casa. En total éramos un grupo de 8 personas: 3 guayacos, 3 quiteños, y 2 alemanes. Sin conocernos previamente, vivimos 3 días como miembros de una misma familia. Nuestro objetivo: terminar de construir una torre de agua lluvia, para la implementación de unas duchas.

Telmo y Elsa nos abrieron las puertas de su casa. Una pareja de esposos muy sencilla, y con mucho para ofrecer. Junto a sus 11 hijos (sí, leyeron bien, 11. Eran 14, pero han fallecido 3), nos introdujeron en sus ritos, costumbres, comida. Primero Telmo nos dio una bienvenida e introducción al proyecto. Luego Elsa nos dio a probar agua de guayusa, una planta que posee muchísimos beneficios para el organismo. Y después nos pintó a cada uno el rostro, con achiote, como hacen ellos. Para terminar la bienvenida, nos dieron a probar agua de tabaco, lo cual fue una experiencia aturdidora, al inicio. Es una mezcla de vigor, mareo, amplitud mental, y energía. Puede ser un poco difícil explicarlo en palabras. Recibes un poco de agua de tabaco en la mano, y la aspiras de a poco. Primero sientes una especie de golpe en la cabeza, el cual se convierte en un cosquilleo. Yo lo sentía hasta atrás de las orejas, como pequeñas agujas. Sentí un ligero mareo y se vino una oleada de vigor, y empecé a pensar con claridad. No, no tenía nada alucinógeno. Es simplemente como un despertar, estar conciente de lo que te rodea. Todos sentimos casi lo mismo, pero cada uno a su propia manera. A unos "les pegó" más, a otros menos.

Ese día terminamos de instalarnos en la cabaña, y ayudamos a preparar la comida. Otra nueva experiencia por descubrir. Cocinar al aire libre y con leña. 3 troncos forman el círculo donde se pone la olla, encima de ramas que abrasan y al calor del fuego la comida toma un sabor particular. Sin energía eléctrica, los alimentos son frescos, vegetales y granos en su mayoría. Yuca, papa, zanahoria, orito verde, arroz, pescado, huevos, entre otros, fueron los ingredientes del menú de aquellos días. Cultivan algunas cosas, el resto lo consiguen en el Puyo.

Olvídense de las comodidades de la ciudad. Algunos ni siquiera tenían señal celular. ¿Se te descargó algo? La casa con energía eléctrica más cercana se encontraba a 10 minutos caminando. ¿Baño? Claro, la letrina al lado de la cabaña. ¿Ducha? Las estamos construyendo. A bañarse al río, muchachos. ¿Antojo de algo de picar, un chocolate, una cerveza heladita? La tienda está al lado de la casa con energía eléctrica. Aquí uno se despoja de muchas cosas que son tan comunes en nuestro día a día. Y por el contrario, necesita otras. Repelente para mosquitos, toldo para la cama, botas de caucho para agua, poncho o impermeable. El lodo, los bichos, sonidos de la naturaleza que jamás escucharás en la ciudad. Muchas cosas nuevas para una persona que está acostumbrada a la jungla de concreto. Por suerte para esta mona que ya se ha lanzado antes a este tipo de aventuras de supervivencia, no se le hizo mayor problema.

Telmo nos hizo un recorrido por el jardín botánico Yuku Runa, enseñándonos diversidad de plantas y sus distintos usos. Desde las ornamentales, curativas, para cocinar, y las venenosas. Descubrí que hay una hoja de ajo, una que sabe a limón y te puede ayudar en casos de sed, las que utilizan para envenenar las puntas de las lanzas para cazar, y la famosa ortiga. Y adivinen quién se dejó "ortigar". Pero en la muñeca nomás, y despacito. Para conocer la sensación. No quisiera tener que vivir esa experiencia.

En la noche, luego de la cena, seguimos conversando y conociendo más de su cultura y costumbres. Nos dieron a probar un poco de guanchaca, y decidimos avanzar al pueblo, pues nuestros gadgets tenían sed de energía (y un par de cerveza). Llegamos a la casa de Rodas (el padre de Telmo) quien nos abrió también sus puertas y nos comentó que al día siguiente iban a tener una feria y estaban preparando tremendos baldes de tilapia, recién pescada. Les ayudamos a recoger agua, los niños estaban jugando rondas, y los jóvenes un buen partido de fútbol, en el que nos integramos. Yo, sentada en las gradas, disfrutaba un espectáculo internacional. Indígenas, serranos, costeños, y alemanes, todos jugando. Ni siquiera hablaban el mismo idioma, no lo necesitaban. Luego de algunos goles, y derrotas, se refrescaron con un par de heladas y retornamos a la cabaña. Era hora de descansar, al día siguiente nos tocaba trabajar.

Los rayos de sol atravesando la ventana nos despertó. Luego bañarme en el río (me sentí como la de la Laguna Azul, pero con pelo corto, libras de más, y traje de baño), Elsa nos preparó el desayuno. Ayudamos entre todos, y comidos, empezó la jornada. Unos cargaban troncos, otros recolectaban piedras, otros hacían los huecos para las bases, y así fuimos armando la torre. El clima fue favorable ya que nos permitió trabajar sin exceso de sol ni lluvia. Un pequeño receso a media mañana, el almuerzo al mediodía, y a seguir trabajando por la tarde, hasta que la terminamos. Estábamos orgullosos del trabajo realizado.

Cayó la noche, y luego de cenar, alzamos la mirada al cielo y vimos un espectáculo hermoso: el cielo completamente estrellado. No recuerdo la última vez que habré visto un cielo así, repleto de estrellas. Fue mágico. Todos terminamos en el centro del espacio, con los sleepings abiertos, acostados, viendo las estrellas. Para rematar, pudimos observar algunas fugaces. La emoción nos embargaba. Oscuridad total, los ruidos de la noche, y las estrellas. En ese momento, no necesitaba más. Fue de esos momentos perfectos, en donde sólo te queda sonreír y agradecer lo que estás viviendo, sintiendo. De repente uno de nosotros empezó a cantar, y todos seguimos el juego. Terminamos haciendo un karaoke improvisado con un repertorio de canciones inigualable. Hasta Vania, la alemana, nos cantó un par en francés.

Para finalizar la noche, Telmo nos relató una historia de sus ancestros, sobre el sol, la luna, y las estrellas. Lamentablemente, debo confesar, que tenía mucho sueño y frío, y no la pude escuchar bien. Pero recuerdo que hablaba sobre que el sol y la luna eran hermanos, y se pelearon por una mujer. Fueron separados, pero de alguna manera están juntos. Y fue así que el cansancio, el momento, el tabaco, las estrellas, y las canciones, me llevaron a un sueño profundo. Sé que mis compañeros se quedaron conversando. Yo caí en brazos de Morfeo.

Domingo amaneció con neblina. El sol se colaba a través de las ramas, y con el leve rocío de la mañana, creaba un paisaje típico de película. Desde la cabaña vi a Elsa avivar el fuego de la leña, y me pregunté si era feliz. Me puse en su lugar. Con 42 años tiene 14 hijos, no tiene luz, refri, televisión, internet. Cocina a leña, hace artesanías, recibe extranjeros en su casa. Tiene 2 perros y un par de loros. Camina descalza. Luego me surgió la pregunta, no sólo si era feliz, sino si estaba satisfecha con su vida. Y saben qué, creo que sí. A lo mejor y somos nosotros los que necesitamos más, para ser felices. Y creemos que necesitamos más porque así nos lo ha impuesto el sistema. Que mientras más tengamos, más felices seremos. Más dichosos, satisfechos, plenos. Telmo y Elsa no necesitan más. Y lo poco que tienen, lo brindan sin reparo. ¿Lo poco? ¡Ja! Tienen mucho, muchísimo para dar. Como bien dice un diálogo de una de mis pelis favoritas: "Las posesiones nos terminan poseyendo".

Luego de esa mañana filosófica, desayunamos, avanzamos al pueblo para cruzar el río Pastaza en una tarabita, y tocó emprender el regreso. Luego de abrazos, agradecimientos, y despedidas, nos embarcamos en uno de los 3 buses que nos tocó tomar, y a la medianoche Noe y yo pisamos nuevamente nuestra hermosa ciudad. Cansadas pero contentas. Una espectacular aventura.

Mi espíritu viajero me reclamaba que le faltaba conocer el oriente, su propio oriente. Pienso que antes de lanzarme a conocer el mundo, primero quiero conocer de dónde vengo, mi tierra. Sé que todavía me falta conocer ciertos lugares de mi hermoso país. Pero por ahora estoy contenta de poder decir que conozco las 4 regiones del Ecuador. Ahora sí, que se venga el mundo.


Gusanitos. ¿Me los comí o no? Busquen más abajo.


Tortillas hechas de orito verde, refrito, y queso.


4 hijos de Telmo y Elsa, viendo fotos en un iPad.

Amaru, el más pequeño de los 14 hijos.





Foto sacada del FB de la fundación. Pero no les exagero si les digo que ASÍ se veía esa noche.



¡Sí! ¡Me lo comí!

miércoles, junio 10, 2015

Los 100 placeres cotidianos de la mona.

Gracias a un fulanito, y su post Los 100 placeres cotidianos más “pitufifantásticos”, este blog ha cobrado vida.

Debo iniciar este post con la misma pregunta que se hace Adrián: ¿Qué es lo que se te viene a la mente con la palabra “felicidad”?. Y sí, contestarme con la misma respuesta que da este man. Más claro, ya mismo le copio el post y se acabó, jajajajajaja.

No, no. Ya me inspiré. Quienes me conocen saben que disfruto la vida y los pequeños detalles. Son esos placeres fortuitos, inesperados, cotidianos, sencillos, los que a veces pueden arrancarte una gran sonrisa, y llenarte de satisfacción. Claro está que algo por lo cual te has esforzado y obtienes es también altamente gratificante. En mis años de Aire Libre (un campamento de supervivencia de la sierra) Fabián Zurita, el líder, siempre nos decía que "las verdaderas alegrías solo brotan del esfuerzo". Y no puedo estar más de acuerdo. Todavía recuerdo esa sensación de orgullo al coronar la cumbre de una montaña. Sin embargo, también considero que cosas sencillas también te hacen muy feliz. Es más, considero que día a día tenemos muchos motivos para ser felices.

Hace tiempo vi una película, Hector and the search of happiness, en donde un psicólogo viviendo una vida monótona y sintiendo que no lograba ayudar a sus pacientes a ser felices (ni él mismo se sentía feliz) decide emprender un viaje por el mundo para buscar qué es lo que hace felices a las personas. La película no es la octava maravilla del mundo, ni tiene un grandioso elenco, pero (además de ciertos paisajes espectaculares) posee un gran mensaje. Spoiler alert! Spoiler alert! Al final, Héctor descubre no solo que todos los seres humanos podemos ser felices, ni que tenemos el derecho de serlo. Va más allá: tenemos la obligación de ser felices. Si tienen tiempo, les recomiendo buscar la película. Es perfecta para ver una tarde sin planes, o un domingo por la noche, con un buen tazón de canguil.

A inicios de año descubrí una página con un proyecto maravilloso. Se llama 365 Grateful, en donde proponen tomar una foto diaria, por 1 año (de ahí el 365) de algo por lo cual te sientes agradecido. Y sin pensarlo mucho lo inicié. Ayer subí la foto 155. ¿Qué he descubierto? Que cualquier cosa te puede hacer feliz. ¡Hasta encontrarse 20 centavos! O una tarjeta de una propiedad de Monopolio. ¿Y saben qué más descubrí? Que el agradecimiento es contagioso. Tengo una amiga que ha iniciado su propio proyecto viendo el mío, y en algunas ocasiones me han comentado en las fotos que se sienten agradecidos de que comparta mis agradecimientos (valga la redundancia), y eso hace que ellos también busquen sus propios motivos para agradecer.

Por acá les comparto un vídeo sobre la ciencia detrás de la felicidad, y cómo el agradecer te puede hacer sentir feliz. Esta gente tiene más vídeos muy dinámicos y entretenidos. Valen la pena echarles un ojo.



Volviendo a la idea original del post, Adrián me ha inspirado para hacer mi propia lista. Aunque puede ser muy parecida a la suya (que no le estoy copiando, caramba), y es fácil que lo sea, si haces una lista de cosas cotidianas que te producen felicidad. Aquí y en la "conchinchina" la risa de un bebé te puede hacer feliz.

Así que, damas y caballeros, público presente, a continuación enumeraremos las 100 cosas cotidianas que hacen feliz a esta linda monita:
1. Pedalear. Sobre todo cuando la ciudad está vacía y tienes las calles para ti solita. Y por otro lado, cuando hay un tráfico terrible y uno puede deslizarse entre los carros sobre sus dos ruedas.
2. Hacer ejercicio, sacarse el aire y al final terminar rojo, agotado y contento.
3. El olor del pan caliente, del algodón de azúcar, las galletas recién horneadas, el chocolate, la pizza, el pavo en Navidad, el pan de yuca, el tallarín de albahaca.
4. Probar una gastronomía diferente a la tuya. ¡Y que te guste!
5. Encontrarse dinero en los bolsillos.
6. Encontrar dinero en la calle. Yo que ando en bici me suelo encontrar moneditas :D
7. Cuando te encuentras a alguien en la calle y no la recuerdas, pero después de un rato de pensar y pensar y pensar, logras descifrar quién es.
8. Cuando tienes antojo de comer algo, y lo cumples. Y yo soy una mona muy antojada.
9. Que te den una sorpresa. Ya sea un regalo, una visita, tu postre favorito, una invitación.
10. Alcanzar un objetivo propuesto.
11. Tener ganas de ir al baño, muchas ganas, tener que aguantarse por a o b motivo, y por fin ir. Aaaaahhhhh, qué alivio.
12. Ayudar a alguien.
13. Para las mujeres, llegar a casa y sacarse el sostén. Y los tacos.
14. Hacer el ridículo en público, y en pleno momento de verguenza, morirte de risa.
15. Verse al espejo y decir “¡pero qué guapa que soy!” (Sí, soy una coqueta).
16. Bailar mientras hago las compras en el supermercado. Si sale una canción que me gusta, puedo canturrearla, o danzar en los pasillos al son.
17. La risa de un bebé, de un niño.
18. El olor a tierra mojada (petricor se llama).
19. Comer. Cooomeeeeeer. Me hace muy feliz.
20. Llegar a casa luego de un día agotador, pegarme un buen baño y descansar.
21. El helado. En todas sus manifestaciones, con todos los aderezos. Larga vida al helado.
22. Salir a trotar tempranito, y ver como va amaneciendo conforme voy trotando.
23. Los atardeceres. Ya sean en la ciudad, en la playa, en pleno carretero.
25. Esos fines de semana que no tengo planes y disfruto pasar descansando todo el día, viendo pelis o series.
26. El olor de los libros nuevos.
27. Clownear. Ser payaso voluntario.
28. Cocinar.
29. Preparar bolones. Con su respectivo huevo frito. O un buen tazón de frutas con yogurt. Dependiendo del antojo.
30. Salir de viaje.
31. La playa.
32. Tomar vacaciones.
33. El batido de Milo de mi tía Myriam.
34. Las burbujas, o pompas de jabón.
35. El plástico burbuja.
36. El olor de la flor frangipani plumeria acuminata (¡frangi QUÉ!)
37. Ver una película que me gusta.
38. Volver a ver una película que me gusta mucho. Y si vuelven a correr lágrimas de emoción, mejor.
39. Escuchar una canción que me encante. Y si está de moda y me hace bailar, mejor.
40. Bailar. Bailar toda la noche. En casa, en una fiesta, en plena calle. ¡Bailar!
41. Que me manden besitos o palabras de cariño por celular.
42. Hablar con mi hermano y ver a mis sobrinos.
43. Los zapatos de caucho. Amo andar en zapatos de caucho.
44. Las cosquillas.
45. Los abrazos.
46. Ver a un hombre guapo. Y mejor si te mira de regreso.
47. Una copa de vino.
48. Salir con amigos.
49. Acostarme en una hamaca. Mejor si es en la playa.
50. Andar en moto.
51. El jugo de maracuyá.
52. Acurrucarme al lado de mi madre y que me rasque la espalda y la cabeza.
53. Hacer reír a las personas.
54. Escuchar los Beatles.
55. Los cachorros. Perritos, gatitos.
56. Caminar en la arena.
57. Sumergirme en una buena lectura.
58. Los juegos de mesa. O videojuegos. Jugar en general.
59. Atacarte de risa, hasta quedarte sin aire.
60. Que me mimen, engrían.
61. El caaaanguiiiiiiiiil.
62. El chocolate en todas sus expresiones. Las galletas. Ay, los dulces. El manjar. Bendito Baco.
63. Esos besos sonoros. O inesperados. Que te planten un buen beso en la mejilla.
64. Que me digan "te quiero", "gracias", "ten un buen día", etc.
65. Los arcoiris.
66. Viajar por carretero y disfrutar los maravillosos paisajes.
67. Y si vuelas, ver las nubes.
68. Acostarse sobre el césped.
69. Que llegue el viernes, y el fin de la jornada laboral.
70. Los feriados.
71. Un baño de burbujas, con agua tibia, velas, incienso, y música suave.
72. Un buen masaje.
73. Que me piropeen.
74. La gente educada. Que saluda, se despide, pide perdón, dice gracias, por favor.
75. Andar en Internet. Investigar cosas, leer noticias de interés. Las redes sociales.
76. Encontrarse con alguien a quien no ves en mucho tiempo y ponerse al día.
77. Que algo agradable me haga acuerdo de mi papá.
78. Resolver un problema.
79. Aprender algo nuevo.
80. Conocer nuevas personas.
81. Tener miedo o recelo de algo y vencerlo.
82. Rascarse.
83. Oler un buen perfume. O que alguien te salude, huela rico, y se te impregne el aroma.
84. Recibir un premio, una felicitación, ganarte algo.
85. Las flores, los árboles, animales. La naturaleza en general.
86. Darle un regalo a alguien. Mejor si es una sorpresa.
87. Cargar un bebé. Hacerle mimos.
88. Enamorarse. Esa sensación de cosquillas en la panza. Ver a los ojos a esa persona que quieres.
89. Caminar escuchando música.
90. Que me lleven la comida a la cama.
91. Que alguien te pida consejo, y poder ayudarle con su problema.
92. Acurrucarse en los brazos de alguien que quieres.
93. Que alguien te dé una buena noticia.
94. Estar cochino, cochino, y pegarse un buen baño. Salir fresquito de la ducha.
95. Despertarte un fin de semana y retozar en la cama un rato, porque no hay necesidad de levantarse todavía.
96. Sonreírle a alguien y contagiarle la sonrisa.
97. Que te den yapa en algo de comer o tomar.
98. Estar en un carro con tus amigos, que suene una canción y todos ponerse a cantar.
99. Que un pana tuyo se caiga o golpee. Esas pequeñas desgracias ajenas que te hacen partir de la risa.
100. Hacer una broma a alguien, que te cuenten un chiste.

Plus 1: Toparme con otro ciclista urbano.

miércoles, marzo 25, 2015

¿Maquillaje? No gracias. Natural, por favor.

Quienes me conocen, saben que no soy amiga del maquillaje. Quienes me conocen, repito, muy rara vez han tenido la oportunidad de verme maquillada. La mayoría de los días voy por el mundo, como dicen, con la "cara lavada". Próxima a cumplir 32 años, puedo decir que soy una mujer a la que no le gusta maquillarse. ¿Cuándo lo hago? En ocasiones "extremas". Entiéndase una boda, una mega fiesta o un gran evento. ¿Y les confieso algo? No tengo maquillaje, y recurro a mi madre para que me arregle.


No sabría decirles a qué edad le declaré la contra al maquillaje. Para ser sincera, nunca he sido muy fan del mismo. En el colegio, época en la que usualmente las mujeres empiezan a usar maquillaje, recuerdo que mis compañeras lo hacían, y a mí nunca me atrajo mucho. Siempre he sido de look casual, deportivo. Además, recuerdo que cuando íbamos a una fiesta, tardábamos horas en arreglarnos, ponernos guapas y todo, para que en 3 piezas de baile, se desbaratara el glamour. Y anda al baño a retocarte. Mientras mis amigas demoraban en elegir qué ponerse, peinarse, maquillarse, y más, yo estaba lista antes y tocaba esperarlas.

A lo mejor y empezó por ahí mi enemistad. Veía una pérdida de tiempo el pintarme la cara para luego sudar y se enjuagara la belleza. Ir al baño, retocarme, volver a sudar, y volver al mismo loop. Es que, cuando bailo, BAILO. Entonces no me gustaba tardar tanto en ponerme maquillaje encima, verme guapa, y que este desapareciera después del Meneaíto. Tampoco me gusta la sensación del maquillaje en mi rostro. A lo mejor y como no estoy acostumbrada, en serio siento el maquillaje encima. Como una pasta. Es algo incómodo.

Por otro lado, no me gustan los bolsos grandes. Y el maquillaje ocupa espacio. Base, blush, rímel, rizador de pestañas, sombras, delineador de ojos, de labios, labial, cubre ojeras, y más tereques. Si toca llevar bolso o cartera, llevo lo básico. Soy feliz con billetera, llaves y celular. O bueno, una mochila a la espalda también.



Adicional, soy una mujer que se mueve de arriba para abajo, hace ejercicio, anda en bici, y tiene rosácea (piel delicada). Son simplemente más motivos para no maquillarme. Pero es desde hace algunos años atrás en que pienso que no necesito maquillarme porque me siento hermosa tal como soy. Considero que el maquillaje sirve tanto para ocultar imperfecciones como para resaltar rasgos de tu rostro. Y yo no quiero eso. Para mí la verdadera belleza es natural. Así, con mis rasgos buenos y malos.

¿Y a qué viene todo esto? A que el otro día estaba en una reunión por el cumpleaños de un familiar, y mi madre me dice: "mijita, está muy pálida, póngase algo de color". Y yo no quería. Entonces pensé, ¿por qué es solo la mujer la que se maquilla? ¿y el hombre? Él también puede estar pálido. Él también tiene rasgos que realzar, u ojeras que tapar.

Queridos lectores: no quiero maquillarme.


¿Por qué las mujeres usan maquillaje?
Desde tiempos remotos, hombres y mujeres han hecho uso de los cosméticos. Los arqueólogos han encontrado éstos en tumbas egipcias que se remontan a 3,500 años a.C. Hoy sabemos que cuando las griegas empolvaban sus rostros para presentarse como pálidas bellezas, y las romanas ponían rubor en sus mejillas, algunas terminaban paralizadas y otras lo pagaban con la vida. El polvo facial, usado hasta el siglo XIX, tenía base de blanco de plomo, y el rubor era minio de plomo, ambos venenos potentes. Otro veneno mortal, el cloruro de mercurio, era ingrediente común de los rubores del siglo XVII. En los siglos XV y XVI las mujeres se aplicaban gotas de belladona (mujer hermosa, en italiano) para obtener una mirada brillante. Ese hábito producía ceguera. En la década de 1920 la enorme popularidad de las películas de cine impulsó el uso generalizado de cosméticos, inspirado en el maquillaje de los actores. Hacia 1950 la palidez perdió popularidad y se puso de moda el aspecto bronceado, que llegó a señalar al obrero que trabajaba a pleno sol. A últimas fechas, la gente cada vez está más consciente de que el sol provoca cáncer de la piel y por ello muchas personas se protegen con ropas y filtros solares, con lo que resurge la moda de la piel pálida.

Fuente: Selecciones.

¿Ven? ¿Ven? ¡Nuestros antepasados se morían por maquillarse!

Seguí investigando, y resulta que en algunos países los hombres ya están empezando a maquillarse.

Ocho de cada diez hombres argentinos usan productos de cosmética. Consumen crema antiarrugas, gel hidratante y crema para contorno de ojos. El 75% dice que le importa mucho su apariencia física. El 85% asegura que usa estos productos porque le ayudan a estar mejor y el 61% reconoce que ya es un hábito incorporado. Los resultados de la última encuesta realizada por Biotherm Homme Argentina son contundentes y confirman una tendencia mundial que ahora va por más: el maquillaje para varones.Fuente: Perfil.com

La mayoría de hombres que se maquillan no lo hacen con la intención de resaltar las pestañas o los labios como pueden hacerlo las mujeres, aunque siempre hay excepciones, sino que quieren conseguir un tono uniforme de su piel y corregir pequeñas imperfecciones.Fuente: Tener Clase.

Además de usar cremas de limpieza e hidratación para prevenir las arrugas, muchos hombres apuestan también por el maquillaje, que ya no es sólo cosa de metrosexuales. Ya son unas cuantas las marcas especializadas en maquillaje que han lanzado líneas para hombres: Shiseido, L'Oreal, Nivea, Clinique, Ken Men, Guerlain, Gaultier son algunas, pero la lista va creciendo. Son pocos los fabricantes que no han lanzado una línea para el hombre. El hombre se maquilla ya como viene haciendo la mujer, pero el método y el objetivo son distintos. Si una mujer puede decidir entre un maquillaje discreto, casi imperceptible, o uno extremo que quiere "notarse", el hombre tiene que buscar la naturalidad.Fuente: 20 minutos.

Pero bueno, siendo realistas, hasta que un hombre aquí en Ecuador empiece a maquillarse, va a pasar mucho tiempo. Comparto lo que dicen las citas, el hombre también debe verse bien, y puede usar cremas hidratantes, por ejemplo. Eso no lo hace menos hombre. He conocido hombres que van al gabinete a hacerse manicure y pedicure, lo cual me parece espectacular. O en su misma casa se corta las uñas y los cueritos. Maravilloso. Cuestión de estética. Uno tiene derecho a ponerse o quitarse lo que quiera con tal de sentirse bien, y feliz.

Por ello no estoy en contra del maquillaje. Si una mujer no se atreve a salir de casa sin maquillaje porque se siente fea, está en su derecho. Aunque no comparta su posición, es su posición. Si un hombre quiere ponerse rímel en las pestañas y brillo en las uñas, puede hacerlo. Pero con lo que no estoy de acuerdo es en que me impongan el maquillaje. Porque a cierta edad, una mujer ya debe maquillarse. O porque soy mujer debo maquillarme. Disculpen, pero pintarme los labios no me hace más o menos mujer.

¿Y qué sucede con estudios como este?

Casi la mitad de las mujeres no se gustan sin  maquillaje, según un estudio realizado porHarris Interactive, una empresa de investigaciones sociales estadounidense. Esta conclusión confirma lo imprescindible que se ha vuelto el maquillaje para las mujeres de hoy: tal como si fuera una prenda sin la que no se puede salir de casa.
 
En dicha encuesta participaron 1,292 mujeres estadounidenses, 44% de las cuales confesaron que se sienten mal si no se maquillan. Un 16% de ellas aseguran que no son atractivas sin sus cosméticos, mientras el resto creen que van 'desnudas' sin pintarse la cara y no se atreven a salir a la calle sin ello.
Además, la mitad de las mujeres encuestadas suele utilizar maquillaje para ocultar los defectos de su piel y un cuarto de las entrevistadas comenzó a utilizar cosméticos a los 13 años o menos.
 
Entre tanto, otros estudios sobre este tema indican que el sector masculino se siente más atraído por las mujeres no maquilladas. Algunos hombres sostienen que las mujeres excesivamente maquilladas tratan de esconder algunos defectos graves. Otros aseguran que pintarse la cara es equivalente a mentir.
Fuente: RT.

Nos han criado con estereotipos de belleza que no comparto. Roles de género. Y en vez de forjarnos una buena autoestima en base a lo que somos, y amarnos así tal cual, nos instan a ocultar, fingir, maquillar.

Tan solo pongan en Images Google "without makeup" y encontrarán un centenar de fotos de estrellas con y sin maquillaje. Tanta belleza que ven es ficticia. Y esos son los modelos que la industria quiere que sigamos.





Aprendamos a amarnos, tal como somos. Con nuestros defectos. Porque justamente nuestras imperfecciones es lo que nos hace humanos. No soy perfecta, y no quiero serlo.