viernes, junio 26, 2015

El roce.

Su trabajo la hacía viajar todos los días. Y ya tenía su rutina establecida. Llegaba al terminal, compraba el boleto, se embarcaba en el bus y dormitaba.

Tenía un proceso para elegir el asiento adecuado. De preferencia ambos vacíos, los respaldares de los asientos del frente no muy inclinados, que no dé directo el sol, y pueda regular el aire acondicionado. Luego de acomodarse, echaba un ojo a la película que estaban proyectando, y se quedaba ligeramente dormida.

Ese día, ella siguió su rutina al pie de la letra, salvo por un pequeño detalle: en vez de sentarse a la ventana, como casi siempre hacía, se sentó en pasillo. Hacía frío, por lo que cerró la rejilla del aire. La película se veía interesante, pero el sueño ganó la batalla.

- Permiso -una voz masculina la despertó-

Abrió los ojos y una figura alta, de pantalón claro y camisa a cuadros celeste, estaba parado a su lado, pidiendo paso para sentarse a su lado. En ese momento recordó el primer motivo para sentarse siempre a la ventana. Agarró su mochila que estaba ocupando el otro asiento, y lo cedió. El hombre se sentó a su lado. Ella volvió a cerrar los ojos. Sintió que él se acomodaba, y de pronto sus brazos rozaron.

Su corazón saltó.

No, no fue amor. Esta no es una historia de amor. Pero aquel roce la sorprendió. Ni siquiera abrió los ojos, fingió seguir durmiendo. El frío que tenía fue absorbido por aquel brazo cálido que se encontraba a su lado. Fue una sensación agradable para ella. Esbozó una leve sonrisa en sus labios.

¿Será simpático? Lamentaba no haberlo visto bien cuando la despertó para pedirle permiso. Pero vagamente recordaba un rostro agraciado. ¿Y ahora? ¿Cómo podía verlo si se estaba haciendo la dormida? A lo mejor y él también estaba dormido. O fingía.

Ella dejó de pensar tantas cosas y prefirió dejarse llevar por la grata sensación de confort que le daba ese brazo, junto al suyo. Era suave, cálido, como si diera la bienvenida. Sin quererlo, sentía como si estuviera siendo acariciada.

No, tampoco es una historia de erotismo. Simplemente su cuerpo percibió algo que la sacó de su rutina. Sus terminaciones nerviosas estaban excitadas. Él no movía el brazo. Usualmente los pasajeros suelen respetar la distancia entre ellos. La proxémica está bien marcada en este tipo de situaciones. Pero aquel hombre no pareció incomodarle que sus brazos rozaran. Y a ella tampoco.

En un momento el bus bajó un poco la velocidad y pasó un rompe velocidades. Aquel subidón fue la excusa perfecta para abrir los ojos, haciéndose la que se despertó, y verlo rápidamente. Más joven que ella (diablos), piel canela, ojos oscuros, cabello corto, lentes. Él también la vio. Se fijó que cargaba una credencial de su trabajo, trató de leer su nombre pero este se encontraba del otro lado. Así que no le quedó más que volverse a hacer la dormida.

Algunas personas que bajaban pasaban rozándole el brazo, y ahí recordó el segundo motivo por el cual no le gusta sentarse en pasillo. Enseguida pasó el cobrador, y ambos entregaron su pasaje. Falla de memoria del joven, se dio la vuelta para cobrar al otro lado y volvió a pedirle el pasaje al hombre, y este respondió que ya se lo había dado. Ella aprovechó para aseverar la información. Su voz era firme, clara, segura. Cruzaron una fugaz mirada, pero ella cohibida, volvió la cara a otro lugar, y volvió a cerrar los ojos. Quería seguir disfrutando ese brazo, ese calor, ese roce.

Y así llegó a su destino, bajándose antes que su temporal compañero. Sintió despegarse de aquel extraño contacto suscitado en menos de 1 hora. Ahora sólo espera volvérselo a encontrar. A lo mejor ni siquiera lo ubique físicamente. Pero si vuelven a tocarse, está segura que lo reconocerá. 

lunes, junio 15, 2015

Voluntariado en el oriente ecuatoriano.

Este fin de semana mi espíriru aventurero se embarcó en un nuevo viaje. Junto a mi puerquita favorita (Babe no es nada comparado a Noemí), nos trepamos en un bus rumbo al Puyo. ¿Y qué fueron a hacer una mona y una puerca en el oriente ecuatoriano? Trabajo voluntario.

Todo comenzó algunas semanas atrás, gracias a Facebook encontré una fundación que ofrece la oportunidad de realizar trabajo voluntario y conocer las distintas regiones del Ecuador. Originalmente estaba destinado a personas extranjeras, podían venir por periodos de varias semanas a trabajar junto a alguna comunidad de la costa, sierra, oriente o región insular, y a cambio recibían hospedaje y alimentación. Además de poder convivir con dicha comunidad y conocer sus costumbres. Sin embargo ahora también nos dan la misma oportunidad a los nacionales.

Sin alargar mucho la historia, el jueves de noche nos estábamos embarcando en un bus con destino al Puyo, donde nos iba a esperar un representante de la comunidad para llevarnos a su casa. En total éramos un grupo de 8 personas: 3 guayacos, 3 quiteños, y 2 alemanes. Sin conocernos previamente, vivimos 3 días como miembros de una misma familia. Nuestro objetivo: terminar de construir una torre de agua lluvia, para la implementación de unas duchas.

Telmo y Elsa nos abrieron las puertas de su casa. Una pareja de esposos muy sencilla, y con mucho para ofrecer. Junto a sus 11 hijos (sí, leyeron bien, 11. Eran 14, pero han fallecido 3), nos introdujeron en sus ritos, costumbres, comida. Primero Telmo nos dio una bienvenida e introducción al proyecto. Luego Elsa nos dio a probar agua de guayusa, una planta que posee muchísimos beneficios para el organismo. Y después nos pintó a cada uno el rostro, con achiote, como hacen ellos. Para terminar la bienvenida, nos dieron a probar agua de tabaco, lo cual fue una experiencia aturdidora, al inicio. Es una mezcla de vigor, mareo, amplitud mental, y energía. Puede ser un poco difícil explicarlo en palabras. Recibes un poco de agua de tabaco en la mano, y la aspiras de a poco. Primero sientes una especie de golpe en la cabeza, el cual se convierte en un cosquilleo. Yo lo sentía hasta atrás de las orejas, como pequeñas agujas. Sentí un ligero mareo y se vino una oleada de vigor, y empecé a pensar con claridad. No, no tenía nada alucinógeno. Es simplemente como un despertar, estar conciente de lo que te rodea. Todos sentimos casi lo mismo, pero cada uno a su propia manera. A unos "les pegó" más, a otros menos.

Ese día terminamos de instalarnos en la cabaña, y ayudamos a preparar la comida. Otra nueva experiencia por descubrir. Cocinar al aire libre y con leña. 3 troncos forman el círculo donde se pone la olla, encima de ramas que abrasan y al calor del fuego la comida toma un sabor particular. Sin energía eléctrica, los alimentos son frescos, vegetales y granos en su mayoría. Yuca, papa, zanahoria, orito verde, arroz, pescado, huevos, entre otros, fueron los ingredientes del menú de aquellos días. Cultivan algunas cosas, el resto lo consiguen en el Puyo.

Olvídense de las comodidades de la ciudad. Algunos ni siquiera tenían señal celular. ¿Se te descargó algo? La casa con energía eléctrica más cercana se encontraba a 10 minutos caminando. ¿Baño? Claro, la letrina al lado de la cabaña. ¿Ducha? Las estamos construyendo. A bañarse al río, muchachos. ¿Antojo de algo de picar, un chocolate, una cerveza heladita? La tienda está al lado de la casa con energía eléctrica. Aquí uno se despoja de muchas cosas que son tan comunes en nuestro día a día. Y por el contrario, necesita otras. Repelente para mosquitos, toldo para la cama, botas de caucho para agua, poncho o impermeable. El lodo, los bichos, sonidos de la naturaleza que jamás escucharás en la ciudad. Muchas cosas nuevas para una persona que está acostumbrada a la jungla de concreto. Por suerte para esta mona que ya se ha lanzado antes a este tipo de aventuras de supervivencia, no se le hizo mayor problema.

Telmo nos hizo un recorrido por el jardín botánico Yuku Runa, enseñándonos diversidad de plantas y sus distintos usos. Desde las ornamentales, curativas, para cocinar, y las venenosas. Descubrí que hay una hoja de ajo, una que sabe a limón y te puede ayudar en casos de sed, las que utilizan para envenenar las puntas de las lanzas para cazar, y la famosa ortiga. Y adivinen quién se dejó "ortigar". Pero en la muñeca nomás, y despacito. Para conocer la sensación. No quisiera tener que vivir esa experiencia.

En la noche, luego de la cena, seguimos conversando y conociendo más de su cultura y costumbres. Nos dieron a probar un poco de guanchaca, y decidimos avanzar al pueblo, pues nuestros gadgets tenían sed de energía (y un par de cerveza). Llegamos a la casa de Rodas (el padre de Telmo) quien nos abrió también sus puertas y nos comentó que al día siguiente iban a tener una feria y estaban preparando tremendos baldes de tilapia, recién pescada. Les ayudamos a recoger agua, los niños estaban jugando rondas, y los jóvenes un buen partido de fútbol, en el que nos integramos. Yo, sentada en las gradas, disfrutaba un espectáculo internacional. Indígenas, serranos, costeños, y alemanes, todos jugando. Ni siquiera hablaban el mismo idioma, no lo necesitaban. Luego de algunos goles, y derrotas, se refrescaron con un par de heladas y retornamos a la cabaña. Era hora de descansar, al día siguiente nos tocaba trabajar.

Los rayos de sol atravesando la ventana nos despertó. Luego bañarme en el río (me sentí como la de la Laguna Azul, pero con pelo corto, libras de más, y traje de baño), Elsa nos preparó el desayuno. Ayudamos entre todos, y comidos, empezó la jornada. Unos cargaban troncos, otros recolectaban piedras, otros hacían los huecos para las bases, y así fuimos armando la torre. El clima fue favorable ya que nos permitió trabajar sin exceso de sol ni lluvia. Un pequeño receso a media mañana, el almuerzo al mediodía, y a seguir trabajando por la tarde, hasta que la terminamos. Estábamos orgullosos del trabajo realizado.

Cayó la noche, y luego de cenar, alzamos la mirada al cielo y vimos un espectáculo hermoso: el cielo completamente estrellado. No recuerdo la última vez que habré visto un cielo así, repleto de estrellas. Fue mágico. Todos terminamos en el centro del espacio, con los sleepings abiertos, acostados, viendo las estrellas. Para rematar, pudimos observar algunas fugaces. La emoción nos embargaba. Oscuridad total, los ruidos de la noche, y las estrellas. En ese momento, no necesitaba más. Fue de esos momentos perfectos, en donde sólo te queda sonreír y agradecer lo que estás viviendo, sintiendo. De repente uno de nosotros empezó a cantar, y todos seguimos el juego. Terminamos haciendo un karaoke improvisado con un repertorio de canciones inigualable. Hasta Vania, la alemana, nos cantó un par en francés.

Para finalizar la noche, Telmo nos relató una historia de sus ancestros, sobre el sol, la luna, y las estrellas. Lamentablemente, debo confesar, que tenía mucho sueño y frío, y no la pude escuchar bien. Pero recuerdo que hablaba sobre que el sol y la luna eran hermanos, y se pelearon por una mujer. Fueron separados, pero de alguna manera están juntos. Y fue así que el cansancio, el momento, el tabaco, las estrellas, y las canciones, me llevaron a un sueño profundo. Sé que mis compañeros se quedaron conversando. Yo caí en brazos de Morfeo.

Domingo amaneció con neblina. El sol se colaba a través de las ramas, y con el leve rocío de la mañana, creaba un paisaje típico de película. Desde la cabaña vi a Elsa avivar el fuego de la leña, y me pregunté si era feliz. Me puse en su lugar. Con 42 años tiene 14 hijos, no tiene luz, refri, televisión, internet. Cocina a leña, hace artesanías, recibe extranjeros en su casa. Tiene 2 perros y un par de loros. Camina descalza. Luego me surgió la pregunta, no sólo si era feliz, sino si estaba satisfecha con su vida. Y saben qué, creo que sí. A lo mejor y somos nosotros los que necesitamos más, para ser felices. Y creemos que necesitamos más porque así nos lo ha impuesto el sistema. Que mientras más tengamos, más felices seremos. Más dichosos, satisfechos, plenos. Telmo y Elsa no necesitan más. Y lo poco que tienen, lo brindan sin reparo. ¿Lo poco? ¡Ja! Tienen mucho, muchísimo para dar. Como bien dice un diálogo de una de mis pelis favoritas: "Las posesiones nos terminan poseyendo".

Luego de esa mañana filosófica, desayunamos, avanzamos al pueblo para cruzar el río Pastaza en una tarabita, y tocó emprender el regreso. Luego de abrazos, agradecimientos, y despedidas, nos embarcamos en uno de los 3 buses que nos tocó tomar, y a la medianoche Noe y yo pisamos nuevamente nuestra hermosa ciudad. Cansadas pero contentas. Una espectacular aventura.

Mi espíritu viajero me reclamaba que le faltaba conocer el oriente, su propio oriente. Pienso que antes de lanzarme a conocer el mundo, primero quiero conocer de dónde vengo, mi tierra. Sé que todavía me falta conocer ciertos lugares de mi hermoso país. Pero por ahora estoy contenta de poder decir que conozco las 4 regiones del Ecuador. Ahora sí, que se venga el mundo.


Gusanitos. ¿Me los comí o no? Busquen más abajo.


Tortillas hechas de orito verde, refrito, y queso.


4 hijos de Telmo y Elsa, viendo fotos en un iPad.

Amaru, el más pequeño de los 14 hijos.





Foto sacada del FB de la fundación. Pero no les exagero si les digo que ASÍ se veía esa noche.



¡Sí! ¡Me lo comí!

miércoles, junio 10, 2015

Los 100 placeres cotidianos de la mona.

Gracias a un fulanito, y su post Los 100 placeres cotidianos más “pitufifantásticos”, este blog ha cobrado vida.

Debo iniciar este post con la misma pregunta que se hace Adrián: ¿Qué es lo que se te viene a la mente con la palabra “felicidad”?. Y sí, contestarme con la misma respuesta que da este man. Más claro, ya mismo le copio el post y se acabó, jajajajajaja.

No, no. Ya me inspiré. Quienes me conocen saben que disfruto la vida y los pequeños detalles. Son esos placeres fortuitos, inesperados, cotidianos, sencillos, los que a veces pueden arrancarte una gran sonrisa, y llenarte de satisfacción. Claro está que algo por lo cual te has esforzado y obtienes es también altamente gratificante. En mis años de Aire Libre (un campamento de supervivencia de la sierra) Fabián Zurita, el líder, siempre nos decía que "las verdaderas alegrías solo brotan del esfuerzo". Y no puedo estar más de acuerdo. Todavía recuerdo esa sensación de orgullo al coronar la cumbre de una montaña. Sin embargo, también considero que cosas sencillas también te hacen muy feliz. Es más, considero que día a día tenemos muchos motivos para ser felices.

Hace tiempo vi una película, Hector and the search of happiness, en donde un psicólogo viviendo una vida monótona y sintiendo que no lograba ayudar a sus pacientes a ser felices (ni él mismo se sentía feliz) decide emprender un viaje por el mundo para buscar qué es lo que hace felices a las personas. La película no es la octava maravilla del mundo, ni tiene un grandioso elenco, pero (además de ciertos paisajes espectaculares) posee un gran mensaje. Spoiler alert! Spoiler alert! Al final, Héctor descubre no solo que todos los seres humanos podemos ser felices, ni que tenemos el derecho de serlo. Va más allá: tenemos la obligación de ser felices. Si tienen tiempo, les recomiendo buscar la película. Es perfecta para ver una tarde sin planes, o un domingo por la noche, con un buen tazón de canguil.

A inicios de año descubrí una página con un proyecto maravilloso. Se llama 365 Grateful, en donde proponen tomar una foto diaria, por 1 año (de ahí el 365) de algo por lo cual te sientes agradecido. Y sin pensarlo mucho lo inicié. Ayer subí la foto 155. ¿Qué he descubierto? Que cualquier cosa te puede hacer feliz. ¡Hasta encontrarse 20 centavos! O una tarjeta de una propiedad de Monopolio. ¿Y saben qué más descubrí? Que el agradecimiento es contagioso. Tengo una amiga que ha iniciado su propio proyecto viendo el mío, y en algunas ocasiones me han comentado en las fotos que se sienten agradecidos de que comparta mis agradecimientos (valga la redundancia), y eso hace que ellos también busquen sus propios motivos para agradecer.

Por acá les comparto un vídeo sobre la ciencia detrás de la felicidad, y cómo el agradecer te puede hacer sentir feliz. Esta gente tiene más vídeos muy dinámicos y entretenidos. Valen la pena echarles un ojo.



Volviendo a la idea original del post, Adrián me ha inspirado para hacer mi propia lista. Aunque puede ser muy parecida a la suya (que no le estoy copiando, caramba), y es fácil que lo sea, si haces una lista de cosas cotidianas que te producen felicidad. Aquí y en la "conchinchina" la risa de un bebé te puede hacer feliz.

Así que, damas y caballeros, público presente, a continuación enumeraremos las 100 cosas cotidianas que hacen feliz a esta linda monita:
1. Pedalear. Sobre todo cuando la ciudad está vacía y tienes las calles para ti solita. Y por otro lado, cuando hay un tráfico terrible y uno puede deslizarse entre los carros sobre sus dos ruedas.
2. Hacer ejercicio, sacarse el aire y al final terminar rojo, agotado y contento.
3. El olor del pan caliente, del algodón de azúcar, las galletas recién horneadas, el chocolate, la pizza, el pavo en Navidad, el pan de yuca, el tallarín de albahaca.
4. Probar una gastronomía diferente a la tuya. ¡Y que te guste!
5. Encontrarse dinero en los bolsillos.
6. Encontrar dinero en la calle. Yo que ando en bici me suelo encontrar moneditas :D
7. Cuando te encuentras a alguien en la calle y no la recuerdas, pero después de un rato de pensar y pensar y pensar, logras descifrar quién es.
8. Cuando tienes antojo de comer algo, y lo cumples. Y yo soy una mona muy antojada.
9. Que te den una sorpresa. Ya sea un regalo, una visita, tu postre favorito, una invitación.
10. Alcanzar un objetivo propuesto.
11. Tener ganas de ir al baño, muchas ganas, tener que aguantarse por a o b motivo, y por fin ir. Aaaaahhhhh, qué alivio.
12. Ayudar a alguien.
13. Para las mujeres, llegar a casa y sacarse el sostén. Y los tacos.
14. Hacer el ridículo en público, y en pleno momento de verguenza, morirte de risa.
15. Verse al espejo y decir “¡pero qué guapa que soy!” (Sí, soy una coqueta).
16. Bailar mientras hago las compras en el supermercado. Si sale una canción que me gusta, puedo canturrearla, o danzar en los pasillos al son.
17. La risa de un bebé, de un niño.
18. El olor a tierra mojada (petricor se llama).
19. Comer. Cooomeeeeeer. Me hace muy feliz.
20. Llegar a casa luego de un día agotador, pegarme un buen baño y descansar.
21. El helado. En todas sus manifestaciones, con todos los aderezos. Larga vida al helado.
22. Salir a trotar tempranito, y ver como va amaneciendo conforme voy trotando.
23. Los atardeceres. Ya sean en la ciudad, en la playa, en pleno carretero.
25. Esos fines de semana que no tengo planes y disfruto pasar descansando todo el día, viendo pelis o series.
26. El olor de los libros nuevos.
27. Clownear. Ser payaso voluntario.
28. Cocinar.
29. Preparar bolones. Con su respectivo huevo frito. O un buen tazón de frutas con yogurt. Dependiendo del antojo.
30. Salir de viaje.
31. La playa.
32. Tomar vacaciones.
33. El batido de Milo de mi tía Myriam.
34. Las burbujas, o pompas de jabón.
35. El plástico burbuja.
36. El olor de la flor frangipani plumeria acuminata (¡frangi QUÉ!)
37. Ver una película que me gusta.
38. Volver a ver una película que me gusta mucho. Y si vuelven a correr lágrimas de emoción, mejor.
39. Escuchar una canción que me encante. Y si está de moda y me hace bailar, mejor.
40. Bailar. Bailar toda la noche. En casa, en una fiesta, en plena calle. ¡Bailar!
41. Que me manden besitos o palabras de cariño por celular.
42. Hablar con mi hermano y ver a mis sobrinos.
43. Los zapatos de caucho. Amo andar en zapatos de caucho.
44. Las cosquillas.
45. Los abrazos.
46. Ver a un hombre guapo. Y mejor si te mira de regreso.
47. Una copa de vino.
48. Salir con amigos.
49. Acostarme en una hamaca. Mejor si es en la playa.
50. Andar en moto.
51. El jugo de maracuyá.
52. Acurrucarme al lado de mi madre y que me rasque la espalda y la cabeza.
53. Hacer reír a las personas.
54. Escuchar los Beatles.
55. Los cachorros. Perritos, gatitos.
56. Caminar en la arena.
57. Sumergirme en una buena lectura.
58. Los juegos de mesa. O videojuegos. Jugar en general.
59. Atacarte de risa, hasta quedarte sin aire.
60. Que me mimen, engrían.
61. El caaaanguiiiiiiiiil.
62. El chocolate en todas sus expresiones. Las galletas. Ay, los dulces. El manjar. Bendito Baco.
63. Esos besos sonoros. O inesperados. Que te planten un buen beso en la mejilla.
64. Que me digan "te quiero", "gracias", "ten un buen día", etc.
65. Los arcoiris.
66. Viajar por carretero y disfrutar los maravillosos paisajes.
67. Y si vuelas, ver las nubes.
68. Acostarse sobre el césped.
69. Que llegue el viernes, y el fin de la jornada laboral.
70. Los feriados.
71. Un baño de burbujas, con agua tibia, velas, incienso, y música suave.
72. Un buen masaje.
73. Que me piropeen.
74. La gente educada. Que saluda, se despide, pide perdón, dice gracias, por favor.
75. Andar en Internet. Investigar cosas, leer noticias de interés. Las redes sociales.
76. Encontrarse con alguien a quien no ves en mucho tiempo y ponerse al día.
77. Que algo agradable me haga acuerdo de mi papá.
78. Resolver un problema.
79. Aprender algo nuevo.
80. Conocer nuevas personas.
81. Tener miedo o recelo de algo y vencerlo.
82. Rascarse.
83. Oler un buen perfume. O que alguien te salude, huela rico, y se te impregne el aroma.
84. Recibir un premio, una felicitación, ganarte algo.
85. Las flores, los árboles, animales. La naturaleza en general.
86. Darle un regalo a alguien. Mejor si es una sorpresa.
87. Cargar un bebé. Hacerle mimos.
88. Enamorarse. Esa sensación de cosquillas en la panza. Ver a los ojos a esa persona que quieres.
89. Caminar escuchando música.
90. Que me lleven la comida a la cama.
91. Que alguien te pida consejo, y poder ayudarle con su problema.
92. Acurrucarse en los brazos de alguien que quieres.
93. Que alguien te dé una buena noticia.
94. Estar cochino, cochino, y pegarse un buen baño. Salir fresquito de la ducha.
95. Despertarte un fin de semana y retozar en la cama un rato, porque no hay necesidad de levantarse todavía.
96. Sonreírle a alguien y contagiarle la sonrisa.
97. Que te den yapa en algo de comer o tomar.
98. Estar en un carro con tus amigos, que suene una canción y todos ponerse a cantar.
99. Que un pana tuyo se caiga o golpee. Esas pequeñas desgracias ajenas que te hacen partir de la risa.
100. Hacer una broma a alguien, que te cuenten un chiste.

Plus 1: Toparme con otro ciclista urbano.

miércoles, marzo 25, 2015

¿Maquillaje? No gracias. Natural, por favor.

Quienes me conocen, saben que no soy amiga del maquillaje. Quienes me conocen, repito, muy rara vez han tenido la oportunidad de verme maquillada. La mayoría de los días voy por el mundo, como dicen, con la "cara lavada". Próxima a cumplir 32 años, puedo decir que soy una mujer a la que no le gusta maquillarse. ¿Cuándo lo hago? En ocasiones "extremas". Entiéndase una boda, una mega fiesta o un gran evento. ¿Y les confieso algo? No tengo maquillaje, y recurro a mi madre para que me arregle.


No sabría decirles a qué edad le declaré la contra al maquillaje. Para ser sincera, nunca he sido muy fan del mismo. En el colegio, época en la que usualmente las mujeres empiezan a usar maquillaje, recuerdo que mis compañeras lo hacían, y a mí nunca me atrajo mucho. Siempre he sido de look casual, deportivo. Además, recuerdo que cuando íbamos a una fiesta, tardábamos horas en arreglarnos, ponernos guapas y todo, para que en 3 piezas de baile, se desbaratara el glamour. Y anda al baño a retocarte. Mientras mis amigas demoraban en elegir qué ponerse, peinarse, maquillarse, y más, yo estaba lista antes y tocaba esperarlas.

A lo mejor y empezó por ahí mi enemistad. Veía una pérdida de tiempo el pintarme la cara para luego sudar y se enjuagara la belleza. Ir al baño, retocarme, volver a sudar, y volver al mismo loop. Es que, cuando bailo, BAILO. Entonces no me gustaba tardar tanto en ponerme maquillaje encima, verme guapa, y que este desapareciera después del Meneaíto. Tampoco me gusta la sensación del maquillaje en mi rostro. A lo mejor y como no estoy acostumbrada, en serio siento el maquillaje encima. Como una pasta. Es algo incómodo.

Por otro lado, no me gustan los bolsos grandes. Y el maquillaje ocupa espacio. Base, blush, rímel, rizador de pestañas, sombras, delineador de ojos, de labios, labial, cubre ojeras, y más tereques. Si toca llevar bolso o cartera, llevo lo básico. Soy feliz con billetera, llaves y celular. O bueno, una mochila a la espalda también.



Adicional, soy una mujer que se mueve de arriba para abajo, hace ejercicio, anda en bici, y tiene rosácea (piel delicada). Son simplemente más motivos para no maquillarme. Pero es desde hace algunos años atrás en que pienso que no necesito maquillarme porque me siento hermosa tal como soy. Considero que el maquillaje sirve tanto para ocultar imperfecciones como para resaltar rasgos de tu rostro. Y yo no quiero eso. Para mí la verdadera belleza es natural. Así, con mis rasgos buenos y malos.

¿Y a qué viene todo esto? A que el otro día estaba en una reunión por el cumpleaños de un familiar, y mi madre me dice: "mijita, está muy pálida, póngase algo de color". Y yo no quería. Entonces pensé, ¿por qué es solo la mujer la que se maquilla? ¿y el hombre? Él también puede estar pálido. Él también tiene rasgos que realzar, u ojeras que tapar.

Queridos lectores: no quiero maquillarme.


¿Por qué las mujeres usan maquillaje?
Desde tiempos remotos, hombres y mujeres han hecho uso de los cosméticos. Los arqueólogos han encontrado éstos en tumbas egipcias que se remontan a 3,500 años a.C. Hoy sabemos que cuando las griegas empolvaban sus rostros para presentarse como pálidas bellezas, y las romanas ponían rubor en sus mejillas, algunas terminaban paralizadas y otras lo pagaban con la vida. El polvo facial, usado hasta el siglo XIX, tenía base de blanco de plomo, y el rubor era minio de plomo, ambos venenos potentes. Otro veneno mortal, el cloruro de mercurio, era ingrediente común de los rubores del siglo XVII. En los siglos XV y XVI las mujeres se aplicaban gotas de belladona (mujer hermosa, en italiano) para obtener una mirada brillante. Ese hábito producía ceguera. En la década de 1920 la enorme popularidad de las películas de cine impulsó el uso generalizado de cosméticos, inspirado en el maquillaje de los actores. Hacia 1950 la palidez perdió popularidad y se puso de moda el aspecto bronceado, que llegó a señalar al obrero que trabajaba a pleno sol. A últimas fechas, la gente cada vez está más consciente de que el sol provoca cáncer de la piel y por ello muchas personas se protegen con ropas y filtros solares, con lo que resurge la moda de la piel pálida.

Fuente: Selecciones.

¿Ven? ¿Ven? ¡Nuestros antepasados se morían por maquillarse!

Seguí investigando, y resulta que en algunos países los hombres ya están empezando a maquillarse.

Ocho de cada diez hombres argentinos usan productos de cosmética. Consumen crema antiarrugas, gel hidratante y crema para contorno de ojos. El 75% dice que le importa mucho su apariencia física. El 85% asegura que usa estos productos porque le ayudan a estar mejor y el 61% reconoce que ya es un hábito incorporado. Los resultados de la última encuesta realizada por Biotherm Homme Argentina son contundentes y confirman una tendencia mundial que ahora va por más: el maquillaje para varones.Fuente: Perfil.com

La mayoría de hombres que se maquillan no lo hacen con la intención de resaltar las pestañas o los labios como pueden hacerlo las mujeres, aunque siempre hay excepciones, sino que quieren conseguir un tono uniforme de su piel y corregir pequeñas imperfecciones.Fuente: Tener Clase.

Además de usar cremas de limpieza e hidratación para prevenir las arrugas, muchos hombres apuestan también por el maquillaje, que ya no es sólo cosa de metrosexuales. Ya son unas cuantas las marcas especializadas en maquillaje que han lanzado líneas para hombres: Shiseido, L'Oreal, Nivea, Clinique, Ken Men, Guerlain, Gaultier son algunas, pero la lista va creciendo. Son pocos los fabricantes que no han lanzado una línea para el hombre. El hombre se maquilla ya como viene haciendo la mujer, pero el método y el objetivo son distintos. Si una mujer puede decidir entre un maquillaje discreto, casi imperceptible, o uno extremo que quiere "notarse", el hombre tiene que buscar la naturalidad.Fuente: 20 minutos.

Pero bueno, siendo realistas, hasta que un hombre aquí en Ecuador empiece a maquillarse, va a pasar mucho tiempo. Comparto lo que dicen las citas, el hombre también debe verse bien, y puede usar cremas hidratantes, por ejemplo. Eso no lo hace menos hombre. He conocido hombres que van al gabinete a hacerse manicure y pedicure, lo cual me parece espectacular. O en su misma casa se corta las uñas y los cueritos. Maravilloso. Cuestión de estética. Uno tiene derecho a ponerse o quitarse lo que quiera con tal de sentirse bien, y feliz.

Por ello no estoy en contra del maquillaje. Si una mujer no se atreve a salir de casa sin maquillaje porque se siente fea, está en su derecho. Aunque no comparta su posición, es su posición. Si un hombre quiere ponerse rímel en las pestañas y brillo en las uñas, puede hacerlo. Pero con lo que no estoy de acuerdo es en que me impongan el maquillaje. Porque a cierta edad, una mujer ya debe maquillarse. O porque soy mujer debo maquillarme. Disculpen, pero pintarme los labios no me hace más o menos mujer.

¿Y qué sucede con estudios como este?

Casi la mitad de las mujeres no se gustan sin  maquillaje, según un estudio realizado porHarris Interactive, una empresa de investigaciones sociales estadounidense. Esta conclusión confirma lo imprescindible que se ha vuelto el maquillaje para las mujeres de hoy: tal como si fuera una prenda sin la que no se puede salir de casa.
 
En dicha encuesta participaron 1,292 mujeres estadounidenses, 44% de las cuales confesaron que se sienten mal si no se maquillan. Un 16% de ellas aseguran que no son atractivas sin sus cosméticos, mientras el resto creen que van 'desnudas' sin pintarse la cara y no se atreven a salir a la calle sin ello.
Además, la mitad de las mujeres encuestadas suele utilizar maquillaje para ocultar los defectos de su piel y un cuarto de las entrevistadas comenzó a utilizar cosméticos a los 13 años o menos.
 
Entre tanto, otros estudios sobre este tema indican que el sector masculino se siente más atraído por las mujeres no maquilladas. Algunos hombres sostienen que las mujeres excesivamente maquilladas tratan de esconder algunos defectos graves. Otros aseguran que pintarse la cara es equivalente a mentir.
Fuente: RT.

Nos han criado con estereotipos de belleza que no comparto. Roles de género. Y en vez de forjarnos una buena autoestima en base a lo que somos, y amarnos así tal cual, nos instan a ocultar, fingir, maquillar.

Tan solo pongan en Images Google "without makeup" y encontrarán un centenar de fotos de estrellas con y sin maquillaje. Tanta belleza que ven es ficticia. Y esos son los modelos que la industria quiere que sigamos.





Aprendamos a amarnos, tal como somos. Con nuestros defectos. Porque justamente nuestras imperfecciones es lo que nos hace humanos. No soy perfecta, y no quiero serlo.

miércoles, febrero 18, 2015

El pastelero.

El otro día estaba regresando a casa por la ruta habitual. Llego a una intersección donde el semáforo me pedía con su luz roja que me detuviera. Al frenar, sentí detrás mío alguien muy cerca, y giré. Era un pastelero, en su bici. El señor me sonrió y me dijo, "tranquila, niña, solo soy yo". Le sonreí de vuelta.

El semáforo nos dio paso mostrando su luz verde y ambos emprendimos la vuelta al pedal. Iba a mi lado el señor. Me preguntó si iba largo a lo que respondí que sí, "largo todo el centro". Pude ver detrás de la bici la parrilla y dos canastas. Le pregunté si había logrado vender todos los pasteles a lo que respondió afirmativamente.

- ¿Cuántos pasteles vende al día?
- Unos 150, niña.
- Wow, entonces hoy fue un excelente día.
- Si, niña. A 50 centavos cada uno.

Habremos pedaleado apenas 2 cuadras y el señor se despidió, girando a la izquierda. Yo, sin reparo le grité: "¡Que mañana vuelva a venderlos todos, señor!".

Creo que sonrió.

lunes, febrero 02, 2015

Ni rápidos ni furiosos. De Santa Elena a Machalilla, en bici.

Creo que este viaje inició hace mucho tiempo atrás. Por azares de la vida me topé con un artículo de una mujer que contaba su experiencia de viajar en bici. Y me pareció una experiencia espectacular. ¿Me atreveré a hacerlo? ¿A dónde iría? No había mayor cosa que pensar. Sí, claro que lo haría. Y el destino: la playa.

Sin embargo los meses pasaron y eso quedó ahí, guardadito. Un buen tiempo hasta me olvidé del asunto. Pero cuando una pasión late, por más que uno se ocupe en otras cosas, ella no se deja olvidar.
Todo se organizó en cuestión de un par de semanas. Llevaba buen tiempo sin tomar vacaciones. Me asesoré con unos panas que ya habían viajado, pedí vacaciones en el trabajo, conseguí "pata" y así, un viernes a la salida del trabajo pedaleé hasta el Terminal para subirme a un bus que me llevase a Santa Elena.

La travesía se iba a dividir en 3 días:
1ero - Santa Elena a Olón.
2do - Olón a Ayampe.
3ero - Ayampe a Machalilla.

En mi interior tenía un objetivo "emocional". Quería llegar en bici a la playa donde falleció mi padre, justo en su aniversario. Sé que ese loco me hubiese apoyado al 100%, y de ser posible, pedaleaba conmigo. Y todo se confabuló de tal manera que salió perfecto. El bus a Santa Elena ni siquiera nos cobró recargo por las bicis (para que se enteren, en la mismísima Ley de Tránsito hay un artículo -204 literal e- donde dice que tenemos derecho a transportar nuestras bicis en los transportes públicos sin valor adicional). Llegamos y buscamos hospedaje. Siguiente objetivo: ¡comida! No con afán de sacarles pica (las fotos más adelante sí lo son) pero con apenas $5 comimos como dioses peninsulares. Un buen plato de arroz con menestra y chuleta, y otro igualito pero con pescado al horno. "Madrina, póngase un poquito más de menestra, que está buena". César y yo quedamos satisfechos. De ahí, a descansar. Tocaba madrugar al día siguiente.

Sábado, día 1.
Luego de un desayuno frugal, ya equipados, empezamos a pedalear. Nuestro fiel compañero de viaje fue el Endomondo. Primera foto oficial, en el letrero que dice "Ruta del Spondylus" y una flechita hacia la derecha. Aquella carretera tantas veces transitada, era la primera vez que lo hacía en bicicleta. Pasas Capaes, un par más de urbanizaciones y ves el mar. Aquella imagen alborota tu corazón y con una sonrisa en el rostro sigues pedaleando.

Una que otra lomita, pocos carros, un camino sin mayor problema. Parábamos en puntos estratégicos para las respectivas fotos: "Bienvenidos a San Pablo", "Bienvenidos a...". Cada letrero de "Bienvenidos" era un motivo de alegría. Era un, ¡llegamos, sigamos! Nos cruzábamos con otros colegas ciclistas, pero aquellos eran los verdaderos. Acá uno todo equipado, con tanto tereque y vaina encima, y ellos de lo más sencillo. Short, zapatillas, y camiseta. Nos sentimos unos adefesiosos. ¿Alforjas? ¡Qué es eso! Ellos habían instalado par de baldes en la parte de atrás y allí llevaban los pescados.

El sol estuvo clemente y no salió hasta la media mañana, cuando ya llevábamos más de la mitad del recorrido. Un guineo por aquí, agua por acá, y de repente, "Bienvenidos a Manglaralto". Nuestro destino oficial era Olón, pero recordaba que ahí empezaban las "lomitas", así que decidimos quedarnos. Sin embargo, luego de un pequeño recorrido vimos que Manglaralto estaba un poco "muerto", así que avanzamos a la siguiente playa. Montañita. La cual no estaba NADA muerta. Demasiada gente para mi gusto.

Pero no importaba, habíamos llegado. El primer día se sorteó sin ningún contratiempo. Siguiente objetivo: COMIDA. Porque luego de casi 58 kilómetros uno tiene hambre. Nos ubicamos en un restaurante y a comer se ha dicho. Encocado mixto por un lado, spaghetti de camarones por el otro. ¡Buen provecho! Luego de calmar a la leona, buscamos hospedaje y descansamos. La famosa vida nocturna de Montañita se quedó afuera. Luego de ver el ocaso y dar un par de vueltas, decidimos reponer energías. No sin antes abrir un par de latas de atún y unos paquetes de galletas, que sirvieron como cena.

Domingo, día 2. 
Despertamos cuando todavía hay borrachos que no encuentran su hotel, decidiendo quedarse dormidos en el carro, o en alguna vereda. Montañita muta dependiendo la hora. Por la mañana y parte de la tarde en su calle principal te encuentras decenas de carretillas con diversas variedades de cebiches quita chuchaquis, levanta muertos, 220 voltios, etc (por la noche salen las carretillas de cocteles, hamburguesas y comidas rápidas). En nuestro caso, un buen batido y una tostada fueron el desayuno perfecto. Endomondo prendido, a pedalear se ha dicho.

Este día iban a ser menos kilómetros, pero más difíciles, porque pasando cierto punto empieza una zona llamada "los 5 cerros". Pura subida (inserte aquí carita llorando del Whatsapp) nos iba a tocar pedalear. Pero esperen, esperen, me estoy pasando algo importante. Antes de aquella tragedia, pasas un pueblo llamado La Entrada, donde se encuentran los famosos "Dulces de Benito". Un pequeño local donde hay maravillosos cheesecakes y pasteles de los ingredientes más variados. Esa era parada obligatoria. ¿Qué comimos? Uno de Nutella y pistacho.

Ahora sí, volvamos al drama. Pasando La Entrada, con tremenda carga de azúcar en nuestro sistema, empezaron las lomas. Baja plato, sube piñón, baja plato, sube piñón (ponle ritmo de reggaeton), hasta que llegamos a un punto que nos ganó la loma, y al no poder bajar más plato, nos bajamos nosotros. Caminando empujando la bici, fuimos recuperando aire, para volvernos a subir.

César me maldecía cada loma que vencíamos, porque veíamos más adelante y encontrábamos otra más. No sabíamos en qué momento íbamos a terminar ese suplicio. Llegamos a un punto en donde pudimos divisar todo lo que habíamos subido, al ver el mar abajo, muy abajo. Habíamos ascendido suficientes metros para sentir nuestro corazón agitado. Pero de repente, sin previo aviso, se acabaron las lomas. Bueno, casi. Al menos las más empinadas. ¿Y lo bueno de las subidas? ¡Las bajadas! Ahí César soltaba el freno y bajaba embalado. Yo, como buena maricona, iba frenando cada tanto, porque no quería tomar mucha velocidad.

Empezamos a descender y luego de una curva, el letrero que tanto ansiaba ver: "Bienvenidos a Ayampe". No puedo negar la sonrisa esbozada en mis labios, y una que otra lágrima se acomodó en el rabillo de mis ojos. Frenamos para la respectiva foto, avanzamos hasta la playa, y paramos el Endomondo.

Gratitud era el sentimiento que me embargaba. Había llegado. Pedaleando llegué hasta tu playa, papá. Locura cumplida.

Ya se imaginan cuál era nuestro siguiente objetivo: ¡COMIDA! Y, sin querer quitarle importancia a la comida de mi querido Guayas, Manabí se gana mi estómago. Mi corazón. Mi estómago. Ay, la comida manabita me gana. Larga vida al verde, los mariscos, el maní. Ubicamos las bicis en un pequeño restaurante, con mesas llenas, y nos acomodamos con unos extranjeros. "¡Jefe, dos platos de bolón con huevo frito y café".

Oh, gloriosa comida manaba...

Frente a mí se encontraba un señor que bordeaba los 60 años, con un largo cabello canoso, ondulado, que ataba en una cola de caballo, claros ojos azules, descamisado, disfrutando una taza de café. A mi derecha había una joven pareja, con un vaso de jugo al frente de cada uno de ellos. Sin darnos cuenta, nos incluimos en la conversación:

Ella: This juice is kind of exotic to me. It's a tree tomato. 
-Él estaba dudando en probarlo-

Ella trataba de explicar, en inglés, el sabor del jugo de tomate de árbol. Aquí, una guayaca criada en casa donde el almuerzo casi siempre iba acompañado de un jugo natural, pudo opinar con más detalle al respecto. El señor frente a mí estaba interesado también, aunque creía que estábamos hablando del tomate. Le explicamos que no es lo mismo, que hay una fruta llamada tomate de árbol. Y que es un jugo clásico de la costa ecuatoriana. Como César dijo que no le gustaba, el señor tampoco era muy amante de su sabor, y el dudoso no quiso probarlo, la chica me lo ofreció. ¡Jugo gratis! Estaba delicioso. En esa mesa se hablaban 5 idiomas, y por más que tratamos, no pudimos explicar en nuestro inglés sencillo el sabor del tomate de árbol.

Así fue como terminamos conversando con una pareja de suizos, ella llevaba 5 meses en Ecuador, gracias a un voluntariado, él recién había llegado hace 2 meses, para acompañarla. El señor, con él nos quedamos conversando de largo. En una mezcla de inglés, español, francés, e italiano. Sin darse cuenta, Mark (luego de casi 1 hora hablando le preguntamos su nombre) cambiaba de idioma, y cada vez que le hacíamos caer en cuenta, se atacaba de risa. Debido a una dolencia, huía del frío, y decidió vivir un verano eterno. Oriundo de Canadá, donde la temperatura puede llegar a menos 40º, disfrutaba nuestras playas.

Así nos recibió Ayampe. Una playa extensa, con un pueblo pequeño y tranquilo. Amigables, saludan al pasar a tu lado, y siempre dispuestos a ayudarte. Buscamos hospedaje y luego de descansar un poco, decidimos dar una vuelta por la playa. En bici. De punta a punta son algunos kilómetros.
La noche en Ayampe se prende de a poquito. Hay ciertos lugares donde te brindan comida variada, algunos cocteles, a veces hay música en vivo, pero mucho más tranquilo. No se compara con el bullicio de Montañita, por ejemplo. Caminamos un poco y volvimos a la hostal. Abrimos otro par de latas de atún con galletas, y a descansar.

Lunes, día 3. 
Luego de un par de bichos que no me dejaron dormir muy bien, despertamos para iniciar nuestro tercer y último día. Un guineo, galletas y mermelada fueron el desayuno. Acomoda todo en las alforjas, Endomondo, y nos fuimos. César me tenía amenazada con que si veía una loma más, paraba y se regresaba en el primer bus que cruzara. Tranquilidad, no lo hizo. Porque aparecieron un par más de lomas. Pero nada comparables con las del día anterior. Pasamos Salango, Puerto López, Agua Blanca y luego de una linda lomita, Los Frailes. Nuevamente, habíamos llegado.

A lo mejor y pueda sonar cansón ese "hemos llegado", pero para mí cada uno de ellos era un objetivo cumplido. Emprender este viaje era algo nuevo, y aun sabiendo que tengo la resistencia y un buen estado físico, era una experiencia que nunca había realizado. Llevo buen tiempo dedicada solo al ciclismo urbano, la montaña y las largas distancias quedaron atrás hace tiempo. Es por ello que cada letrero de "Bienvenidos" era una pequeña meta cumplida. Un micro orgullo. Pero llegar a Los Frailes, a Machalilla, fue ya el destino final. La mona lo consiguió. Se propuso llegar a Machalilla en bici por toda la ruta del Spondylus, y lo logró. Es simplemente una satisfacción. Un logro personal.

Llegar a Machalilla, a las pequeñas habitaciones de Clarita, una señora que no me veía hace años, y que me recuerde, es algo hermoso. He ido 3 veces, con esta ya serían 4, y siempre me quedo donde ella. No pidas mucho, dos camas, toldos, sin ventilador, pero la vista, espectacular. Tiene los cuartos al pie del mar. Donde la brisa te embriaga.

Machalilla es un pueblo de paso, entre Puerto Cayo y Puerto López. Lo único atractivo entre ambos puntos es Los Frailes, una playa dentro de la reserva ecológica. Un pequeño paraíso refundido, donde solo escuchas las olas romper en la orilla.

Luego de 3 días de pedaleo, nos quedamos ahí, descansando. Un suculento pescado apanado con arroz y patacones fue nuestro almuerzo. Al día siguiente un delicioso bolón (con queso manabita, obvio) con tortilla de camarones y café nos cayó cual yunque en el estómago. No pidas acción en Machalilla. Es una playa extensa, hermosa, llena de barcos pesqueros, que le dan un atractivo de puerto. Para postal. Pero de ahí, sumamente tranquilo.

Así termina nuestra aventura pedalera. El último día nos embarcamos en un bus que nos llevó de regreso a Guayaquil. Este sí nos cobró por las bicis, pero de los $2 por cada una, le rebajé a $1. Gran cosa, sí, no quería sacarle la ley de tránsito al cobrador, jajajaja. Fuimos casi al fondo del bus, y en casi todo el trayecto tuvimos "música en vivo". Un grupo de universitarios que se pasaron cantando todas las canciones habidas y por haber de su equipo de fútbol. Nunca pensé que habrían tantas, pero en serio, tantas canciones para una hinchada.

Llegamos a Guayaquil, y cada uno partió a su casa. Llega un momento en que las piernas simplemente siguen dándole vuelta al pedal. Todavía no lo podía creer. Hicimos poco más de 150 kilómetros, y aunque algunos hacen eso en solo un día, no me importa. Como dice el título de este post: ni rápidos ni furiosos (aportación de César). Fue una experiencia formidable. El avanzar con tus propias piernas, llegar a un destino con el bombeo de tu corazón. Trato de encontrar las palabras precisas pero no puedo. Es simplemente grandioso. Una vía que recorres de manera automática, a veces a más de 100kms por hora, hacerlo a un promedio de 20kms, te hace disfrutar mucho más el paisaje, los detalles.

¿Lo repetiría? Sí. Pero ya no quiero más lomas, jajajajajaja. ¿Recomendaría a alguien que lo haga? Definitivamente. Si te gusta andar en bici, viajar, y tienes espíritu aventurero, es una gran oportunidad de vivir algo nuevo. Hay cicloviajeros que llevan meses, años, recorriendo continentes. Que simplemente agarraron sus cosas, las treparon a su bici y se fueron. Qué recomiendo: planificar una ruta previa. No tiene que cumplirse a rajatabla, pero al menos tener una idea de a dónde vas a ir. Parar cuando estés cansado, comer cuando tengas hambre, hidratarte. Los guineos son lo máximo. El atún siempre te va a salvar. Lleva un par de tubos de repuesto. En nuestro caso, nunca pinchamos. Tanto así que llegué a casa, y al día siguiente, la llanta amaneció desinflada. Fue un goce eso para mí. Puedes ir solo, o acompañado. Si vas con alguien, que sea de plena confianza, porque van a pasar juntos todo el tiempo. Deben conocerse lo suficiente, compartir gustos, apoyarse, pedalear al mismo tiempo, que no te apure, ni te atrase. Que te aguante, más claro. Fotos, toma fotos. Todas las que quieras. Si te gusta escribir, lleva algo para hacerlo. Conoce a la gente, conversa con aquellos a quienes te topas en cada destino.

En resumen, vive la experiencia. Vale la pena.


















miércoles, enero 21, 2015

Lo que uno hace se devuelve.

¿Saben qué es lindo? Cuando el karma actúa de manera instantánea, en el lugar menos esperado, de la forma más sencilla posible.

Así me pasó ayer por la noche, cuando fui al Supermaxi a comprar una fundita de veneno para ratas. Sí, Gastón (ese nombre le puse) es un nuevo inquilino que tenemos en casa y, lamentablemente para él, no es bienvenido. ¿Cómo lo descubrimos? ¡El muy conchudo se me come los mangos! Ayer por la mañana despierto y veo un mango roído y comido casi la mitad. Ah no, no señor. Yo que me trepé al techo de la Danu, recolecté los mangos con el sudor de mi frente, puse mi vida en peligro, los saboreé en mi mente, llevé a casa, lavé, separé y dejé listos para comérmelos poco a poco, ¿ver que un mamífero roedor se me los está comiendo? ¡No, señor! ¡Gastón se va! Las únicas ratas bienvenidas en mi casa son Dael y Clau. Pare de contar.

Experta en buscar la fila más corta posible, analizar los carritos de compras, la rapidez del cajero y demás factores que me ayudan a salir rápido, me acerqué a un señor con pocas compras y pregunté si me dejaba pasar (ya que solo llevaba el veneno). El señor accedió sin mayor problema y le agradecí. Mientras esperábamos a que el cajero me atienda, el señor me comentó que el veneno que estaba comprando es bueno, que él lo usa, y así se inició una conversación trivial sobre el tema. El que hace fila ya conoce que cualquier tema puede desencadenar una pequeña conversación para pasar el tiempo de espera. Pagué mi producto y me fui a retirar la mochila que había dejado en custodia. El señor me la devuelve preguntándome si me habían dado la revista, a lo que respondí no. Me indicó que el cajero podía dármela. A lo que regreso donde el cajero, este me pregunta si podía facilitarte la tarjeta de descuento, y me percato que al señor no le cogía la de él. Yo sólo respondí: "¡Pero claro!" Y se la entregué. La pasó por el escáner y me la devolvió. El señor sonrió. Y yo le dije: "¿Vio? Lo que uno hace se devuelve".

El señor me agradeció el gesto, y yo con una sonrisa, me di media vuelta y me fui. Contenta.