jueves, marzo 16, 2017

Al frente.

No esperaba verte hoy. Quería. Pero no sabía que iba a suceder así. De la nada. Tan repentino. Un mensaje inocente, y seguí pedaleando a mi destino. Pero de pronto, entre el ruido de la ciudad, alguien me llamaba.

Eras tú. 
En la acera de en frente. 

Una sonrisa. Un saludo de la mano. Un mensaje de texto. 

- "Hoy no puedo"
- "Cierto. Lo había olvidado". 
- "Adiós". 
- "Adiós". 

Otra sonrisa. Una despedida de la mano. 

Y aunque una calle transitada nos separaba, te sentí cerca de mí. 

Tu sonrisa. Tu mirada. Tú.


sábado, diciembre 24, 2016

Navidad con el grupo Nins.

Después de 5 minutos de intentar prender mi laptop estoy aquí. Sí, la pobre está viejita y necesita un poco de paciencia y monearle el cable hasta que agarre. Podría escribir desde la tablet, pero se pierde la magia del teclado. Además que las palabras me fluyen mejor cuando presiono las teclas. Por algo el nombre del blog.

Sí, nada podrá igualar la delicia de la pluma y el papel. Eso es mágico.

Este post se ha venido cocinando solito, de a poco. Empezó con la chaucherita de mi papá. Se calentó con la última clase de yoga en Ganesha, y el "pin" del horno sonó hoy, con el cassette de villancicos. Así que ahora se los voy a servir. Cuidado, está caliente. Pero muy sabroso. 

Papá murió hace 8 años, ya mismo 9 (en enero). Todavía puedo recordar ese día y ciertos detalles con suma precisión. Pero hay uno que viene a medias. No recuerdo cómo obtuve su chaucherita (o monedero). Creo que estaba en su mochila. 

Los pies de papá sobresalían de la sábana blanca que lo cubría. En su tobillo tenía una pulserita de piola. Negra. Recuerdo agacharme, desamarrársela, y guardarla. La usé un tiempo, y la bandida se me cayó en algún lugar y no me di cuenta. Eso fue hace ya tiempo. Pero su chaucherita se mantuvo conmigo hasta hace un par de semanas. No sé cuánto tiempo la habrá tenido él. 

La chaucherita ya está vieja (como mi laptop), por lo que decidí que era hora de cambiarla. Pero no sabía si botarla, o guardarla. Podrá guardar sólo monedas, pero el valor sentimental es mayor. Ha estado en mi aparador, hasta que hoy, para tomarle la foto que verán más abajo, ha encontrado su nueva morada.


Poco a poco he ido armando una especie de altar. Y sin darme cuenta. La chaucherita es esa con tela jean, apoyada en la botellita de vino. Dicha botella me la tomé en Ayampe hace 2 años, en su honor. Al pie del mar. ¡Y claro que le di un poquito a él! Me guinda donde no echaba un chorrito al agua. También hay un rey y reina del tablero de ajedrez que tuve durante muchos años. Juego que él me enseñó a jugar, cuando era tan pequeña que ni siquiera tengo recuerdo de haber aprendido. Desde que tengo memoria, sé jugar ajedrez. Adicional, un par de piedras y conchitas. Y obvio, algo de los Beatles. ¿Dónde tengo el altar? Junto a mis libros. Otra hermosa herencia que me dio. El amor por la lectura.

Este jueves que pasó tuvimos la última clase en Ganesha. Llevo poco más de 1 año practicando yoga. Y aunque soy como la marea, porque he dejado de asistir par de meses, ya sea por danza, entrenamiento multifuncional, o ejercicio en mi casa, no hay nada que se le iguale. Esperen, también soy como Hunter, si se va, viene. 

La clase la dieron en conjunto Rafa y Desi. Y no se les ocurrió mejor idea que dedicarla a abrir el 4to chakra, el del corazón. ¡Ayayai, mona! 


En un post anterior ya les confesé que a veces lloro en el savasana. Adivinen qué pasó. Seeeeeeee. Se me volvieron a salir las lágrimas. Pero ahora le echo la culpa a Desi (la vez anterior fue Rafa). ¡Ya verán!

Sí, sí, les echo la culpa para hacerme la víctima. Pero en verdad les estoy agradecida. Venga, dejen que meta un poco de drama. Eso vende, ñañita.

Durante la clase, Desi dijo algunas cosas que me encantaría recordarlas ahora, para poder transcribirlas aquí. Es más, las quería escribir, pero eso significaba salirme de la postura, y perder el foco. No, lo siento. Ahí quedarán revoloteando en mi subsconciente, ayudándome a sanar, a ser mejor persona. 

Pero hay una frase que sí recuerdo. Porque me la escribí en la pierna. Sí, hice trampa. *Inserte aquí emoji del monito tapándose los ojos*

"Recuerda que cuando atravieses la oscuridad siempre al final habrá luz".

Y este año ha sido eso. Un recorrido en montaña rusa, mezclado con esos trenes que atraviesan túneles. Un subidón emocional. Una lucha interna, obstáculos, desafíos, pruebas. ¡Uufff! Sacudones. Metan fuerza G, tembleque del suelo, pérdida del norte, y no saber qué chucha hacer.

Pero en este momento, mientras escribo, me encuentro muy bien. Tranquila. Bien dice la frase, "mar en calma no entrena marineros". Y como dije esa noche en la clase, todo lo que me ha pasado me ha llevado a estar en el lugar donde estoy. Aquí y ahora. Y estoy agradecida. Eternamente agradecida con todo, con todos. Porque todo en esta vida no es más que aprendizaje. Experiencias, lecciones, momentos, decisiones. Y es para crecer, para mejorar, para ser felices. Porque sé que estamos aquí para ser felices. Y esa felicidad depende de nosotros. Este turbulento año está acabando bien.

Hoy, luego de dormir casi 12 horas seguidas, resucité y busqué un cassette de villancicos que mamá guarda todavía. Canciones que de chiquita ponía en casa desde el 1ero de diciembre. Eso era obligación. Y las cantaba como loca todo el día. Tradición año tras año. Y sí, estoy hablando de muchos años. No sé cuándo mamá lo habrá comprado. Y lo más extraordinario es que todavía lo tenga.

Lo pongo en la casetera, presiono play, y nada. NADA. No sonaba. Al sacarlo me doy cuenta que no estaba la cinta. Pero gracias a mi adolescencia Mac Gyviresca, herramientas, y un poco de cinta, logré recomponerlo. Claro, recordé que tengo problemas de motricidad fina, y me costó un poco. También felicité mentalmente a todos los cirujanos, quienes deben tener una precisión maldita para hacer su trabajo.



Lo vuelvo a poner en la casetera, presiono play, ahora con mamá a mi lado, y después de unos segundos, empezó a sonar. ¡LO HE SALVADO! ¡Salvé la Navidad! Nos abrazamos y empezamos a bailar. Y automáticamente las lágrimas empezaron a rodar (¡Deeeeesiiiiiiii, pooor queeeeee!) Se me agolparon todos los sentimientos, se alborotaron, hicieron mosh y empezaron a gritar: "eh eh eh eh". Y yo, moqueando. Abrazadas todavía. Todo se mezcló, el espíritu navideño, la falta que me hace papá, mi ñaño que está lejos, los recuerdos, todo, todito, todo.

Y adivinen: ESTOY OTRA VEZ LLORANDO.

Pero lloro de felicidad. Porque por más que papá se haya ido, sigue en mí. Por más que mi ñaño esté lejos, sé que está feliz. Y yo estoy aquí, junto a mi madre, una maravillosa mujer. Una guerrera, diosa, que todos los días me enseña. De quien siempre vas a aprender algo.

¡POR QUÉ ME PONGO TAN SENSIBLE EN ESTAS FECHAS!

Y así como el grinch al final de la película, ando contenta. Me vale el sistema, el consumismo, el caótico tráfico navideño, las largas colas de los supermercados, la gente como loca comprando regalos. Me vale. Vuelvo a creer en la Navidad. Vuelvo a creer que esta fecha es para amar, perdonar, estar juntos, sonreír, dar regalos (ya sean materiales o no). El que quiera comprar algo, que lo compre. El que quiera hacerlo a mano, que lo haga. El que no quiera hacer nada, que no haga. Cada uno es feliz a su manera. Y que la Navidad no sea excusa para todo esto. Que todo el año sea así.

Así que mis mejores deseos para todos ustedes, queridos lectores. Les deseo tiempo para estar con sus seres amados. Ese es el mejor regalo que pueden darse. TIEMPO. Aquello es irrecuperable.



Feliz Navidad.

Postdata: Mi casa ya huele a relleeeeenoooooo. ¡Wiiiiiiiiiiii!

lunes, octubre 10, 2016

La hormiguita.


La inspiración suele llegar en el momento menos esperado. Por ejemplo: en el asiento de atrás de un vehículo, regresando a casa a través de la autopista East 6th.

Alzas la mirada y ves un cielo negro, despejado, matizado con algunas estrellas. Y por tu mente pasa el pensamiento de estar viendo otro cielo (o al menos otro pedazo distinto al que siempre ves). Respirar otro aire, escuchar otro idioma. Una y miles de culturas. Y vivir nuevas experiencias.

Porque jamás te imaginaste pasar una tarde recolectando manzanas directamente de los árboles. Y subirte a un tractor para salir de la granja de calabazas.

Conocer una ciudad tan grande y tan famosa. La cual te hace sentir tan pequeña. Y que YO me sienta pequeña es difícil. Pero claro, si me comparo con todo el mundo, con todo lo que me falta por conocer, uff, soy minúscula.

Salir y vivir, experimentar, perderse, ubicarse, reencontrarse, reencontrarme. Descubrir cosas nuevas.

Soy muy chiquita para todo lo que puedo llegar a hacer. Pero creo que a las hormiguitas no les importa eso, ¿verdad? Agarran el bulto y empiezan a caminar.

lunes, septiembre 12, 2016

Boggart.

Creo que la inspiración para este escrito me ha llegado de a poquito. Como por tandas. Porque llevo tiempo pensando en escribirlo pero no me terminaba a decidir por donde empezarlo. Y es que llevo así ya un buen tiempo: sin saber qué hacer, cómo empezar. Con el escrito, y con mi vida. ¡Deténganme el paseo que perdí la dirección! 

¿No les pasa que se ven al espejo y no les gusta el reflejo? Y por más que de afuera te lleguen mensajes positivos tu mente te boicotea. Y ni los halagos, las vacaciones, la sonrisa, el positivismo, ni los mensajes del universo te sacan de aquel estado depresivo en el que solita te metiste. Un hueco que he ido cavando poco a poco, sin darme cuenta, y en el que me he metido. Y ahora, desde adentro, miro hacia arriba y pienso: "¿qué chucha pasó?" 

Así que ahora tengo que salir. Solita. Tal cual como entré, empezar a escalar y volver a subir. 

Porque estoy emputada de estar así. 

Este subidón emocional me tiene hastiada. No estoy contenta, estoy perdiendo tiempo, energía, vida. Y sé que todo depende de mí. 

No estoy a gusto conmigo mismo. En este momento no me gusto. Y lo peor es que me refugio en la comida. Y debo cerrarme la boca para no bajarme más fundas de papas. Y me engordo. Y, ¡oh no!, volvemos a hincar esa espinita del sobrepeso. 

Es impresionante como sucumbes a algo que sabes te está haciendo daño. 

Por eso ahora necesito escribirlo. Sacarlo. Plasmarlo en algo físico, que no se queden como ideas dando vueltas en mi cabeza. Algo así como el bicho ese de Harry Potter que adopta tu temor más grande. Lo siento, no tengo Google en este momento para buscar su nombre. Pero necesito invocar mi patronus YA. Porque solita me estoy jodiendo. 

Y así con este revoltillo de... Esperen, acabo de recordar que tengo una pequeña botellita de vino que calza perfecto aquí. 




Disculpen la interrupción. He vuelto. (Manía mía de escribir para un público). 

No puedo querer si no me quiero.
No puedo dar lo que no tengo. 
No puedo buscar un "somos" si no "soy". 

Diana (ahora me hablo a mí misma), hazte, hazme, haznos el favor de sacudirte de una vez por todas de esta montaña rusa emocional y encontrar la solución. Volvamos a tener ese equilibrio, esa armonía. Paz interior. 

Porque debo creer en mí. 
Porque soy fuerte. 
Soy capaz. 
Soy humana. 
Está bien llorar. 
Está bien perderse. 
Está bien. 
Estoy bien. 
Quiero estar bien. 
Voy a estar bien.

miércoles, junio 22, 2016

Trío de mi vida.

A veces lloro en el savasana. Tampoco a moco tendido, pero ya han habido algunas ocasiones en que ese momento en que me siento extenuada, y a la vez en paz, Desi o Rafa dicen algo que hace clic en mí y las lágrimas empiezan a brotar. 

Hoy volvió a ocurrir.

Puedo extraer fragmentos tales como "sé la mejor versión de ti", "libérate de esas mochilas emocionales", "hagamos un mejor Guayaquil", "expandamos conciencia", "tú mismo eres tu propio maestro", "somos seres de luz". Y así, agotada, sudada, inhalando vida, y exhalando calma, mi cuerpo empieza a vibrar y lloro. Y una sonrisa se dibuja en mi rostro.

Hoy tuve que levantarme y abrazarte, Rafa. Y darte las gracias. Porque llevo casi 2 meses sin practicar yoga, y hoy renové mi amor por esta disciplina que llegó a mi vida. Y no vengo aquí a contarles los beneficios del yoga. Vengo a contarles lo que ha hecho en mí. No puedo decir que ha cambiado mi vida, pero sí la ha modificado. Y para bien.

El yoga, Narices Rojas, y el veganismo. Se han convertido en un lindo trío que me sostiene en el campo emocional y espiritual.

A lo largo de mi vida he practicado muchísimas disciplinas deportivas. Amo hacer ejercicio. Y todos siempre han sido de alto impacto. Correr, saltar, trepar, pelear. Al yoga no le paraba bola. Me parecía aburrido. Hasta que un día decidí intentarlo. Qué equivocada estaba. Creo que lo que más rescato del yoga es que además de trabajar mi cuerpo, trabajo mi mente, mi alma. Encuentro una armonía, interna (conmigo mismo), y externa (el mundo que me rodea). Cualquier otro ejercicio que hacía, al final podía terminar muerta, y ya. Era sólo una muerte corporal. Muscular. El yoga siento que va más allá. Me conecta. Y desconecta. Me enraíza a la tierra y a la vez me eleva. Sí, parece que ya estoy aquí cantinfleando, disculpen. Pero es lo que me hace sentir. Me hace sentirme parte de un todo. Luchar contra mis propios boicots mentales (sí, ya les puse nombre a los bandidos). Porque muchas trabas están en nuestra cabeza. Nos llenamos la vida de "peros".

El veganismo llegó a mi vida en un viaje en bus. Con sólo ver un vídeo de apenas 5 minutos donde te muestran todo el proceso para que llegue un vaso de leche a tu mesa, fue el gatillo que necesitaba para dejar de comer animales. No se preocupen, no voy a meterme a discutir los pros y contras, ni a incitarlos a que se hagan veganos, ni nada por el estilo. Tal cual como el yoga, sólo contarles el cambio que ha suscitado en mi vida. 

Me siento más feliz ahora. Y al igual que el yoga, más conectada con el mundo que me rodea. El mundo animal, en este caso. Ando lanzando besitos a perros y gatos en la calle (hasta un par "me lanzan los perros" y empiezan a ladrar y perseguirme, por lo que toca acelerar la pedaleada), y ha crecido en mí un amor inexplicable por los chanchitos. A lo mejor y es porque en el horóscopo chino soy el cerdo, o me enamoré del chanchito que bailaba "work, work, work, work" de Rihanna. 

Un amigo en una conversación me comentó algo que me pareció interesante. Me dijo que él quería dejar de sufrir, y para eso se dio cuenta que en primer lugar no debía causar sufrimiento a otros. Y eso lo llevó a dejar de comer carne. Comparto ese pensamiento.

Y a veces me molesta que me jodan con bromas, burlándose de mi decisión. Prefiero no seguirles el juego. Luego recuerdo que yo también hago bromas, religión por ejemplo. Y caigo en cuenta que hago exactamente lo mismo. Burlarme de una forma de pensar diferente a la mía. La acepto, sí, pero me mofo. A veces creo que hago demasiado bullying. Y me escudo diciendo que mi cariño es así de pastuzo, y si te jodo, es porque te quiero.

Cha, creo que ya los agarré de psicólogos...

¿Y Narices Rojas? Uuuufff, Narices Rojas hace rato cambió mi vida. Ya les he dedicado algunos posts. Esa naricita roja tan pequeñita ha hecho en mí maravillas inmensas. Aceptarme, amarme, comprenderme, perdonarme. Me ha enseñado a reírme de mí misma, a no juzgarme (tanto), a no criticarme (tanto). A decirme: "así soy yo, y así me amo". Ojo, no significa que me cuelgue en mis defectos y si debo cambiar algo no lo haga. Pero me ha enseñado a no ser tan severa conmigo misma. Y a reír, reír, llorar, abrazar. A sacar todo. A llenarme de vida, de alegría. Si pudiera (si me atreviera), dejaría todo y me metería de cabeza en la fundación. Eso, una hostal, y un albergue para animales de la calle. 

Pero ahí viene el boicot mental.

Si me atreviera...

Ay, mona, déjate de huevadas y sal de una vez de tu zona de confort. Pero eso será tema para otro post. Miren, ya son casi las 12 y hace rato debería estar durmiendo.

Trío de mi vida: ¡gracias!

lunes, marzo 14, 2016

Yoga entre culebras y una llanta baja.

Un fin de semana en que te vas a la playa a hacer yoga puede enseñarte muchas cosas. Bueno, la vida en cualquier momento puede darte una lección, un aprendizaje. Reafirmar algo en lo que crees, por más que las personas o el sistema traten de convencerte de lo contrario.

Llegamos temprano al lugar donde íbamos a tener una sesión de yoga, así que nos acomodamos en unos sillones en el patio. Todavía estaban terminando de decorar y ordenar ciertas cosas. 4 niños estaban sentados en los otros muebles, y fueron llamados por un adulto, por lo cual salieron corriendo. Al dejar libre el sillón más grande, me acomodé ahí. A lo que volvieron, les dije en son de broma: "ve, como se fueron, me les agarré el mueble. Ahora les toca agarrar otro". Y los niños se rieron y empezaron a sentarse cada uno en un mueble, quitando el puesto a los otros. Terminaron su juego, nos vieron y preguntaron: "¿Y qué vienen a hacer aquí?"

Los niños tienen esa hermosa capacidad de entablar amistad con cualquier persona.

Les explicamos que estábamos ahí porque íbamos a hacer yoga con más personas. 

- ¿Y qué es yoga?, preguntaron.

Los niños también tienen esa hermosa capacidad de mantenerse siempre curiosos.

Seguimos conversando y me tocó a mí preguntarles: 
- ¿Y ustedes qué hacen aquí?
- Vinimos a poner esas carpas. -Señalando al patio, donde estaban armadas dos carpas.
- ¿Y ustedes solito las pusieron?
- ¡Siii! Yo puse esa. - Me dijo uno de los niños.
- Yo puse esa otra. - Me dijo una niña.
- ¿Y ustedes? - Les pregunté a los otros niños.
- ¡Noooo! Yo puse esa. Todavía faltan poner dos más.
- Aaahhh, entonces cada uno vino a poner una carpa.
- ¡Siiiiiii!

Y así siguió la conversación. No quiero alargarla más, pero puedo resumirles que hablamos de hulas hulas, que ellos eran expertos, y que quienes ganasen el juego de no hacer caer la hula hula iba a llevarse de premio café con empanada. Que ya no eran niños, eran grandes (una tenía 6, dos tenían 7, y la mayor tenía 9). Que el yoga es algo chévere y nunca habían hecho. Y lo mejor de todo fue cuando se convirtieron en culebras. Así, sin planificarlo, se desató el juego de las culebras.

Los niños además poseen esa fantástica habilidad de crear juegos de la nada.

¿Y en qué consistía el juego? En que debajo del mueble habían culebras. ¡CULEBRAS! Y si bajaba los pies, me picaban. Yo trataba de refugiarme arriba del mueble, pero las muy bandidas también escalaban y me picaban las piernas, los brazos, la espalda. Pero por más que yo quisiera verlas y atraparlas, no las encontraba. Porque ellas se escondían. Y me levantaba para buscarlas, pero en serio no las veía. Eran muy inteligentes esas culebras.

Ellos, para despistarme, me decían a mis espaldas: "Cuuuleeeeeebraaaaaaa", y corrían a esconderse. Y si los pescaba, los hacía prisioneros a mis cosquillas.

Así jugamos hasta que la mamá los llamó, para terminar de instalar las últimas carpas. Nos tocó iniciar nuestra clase de yoga, y ellos estuvieron sentados, viéndonos a todos. Pero cada que cruzábamos miradas, me decían: "cuuuleeebraaaa".
Chío capturó esta hermosa foto.
Domingo de tarde, Chío y yo emprendemos retorno a la ciudad. Conversando de todo un poco, más de esto, menos de aquello, cuando de pronto un hueco (o cráter lunar bien puede ser) nos jodió una llanta. Oríllate, llama al seguro. Faltaba ya poco para llegar al peaje. Pero sabíamos que el auxilio iba a llegar en mínimo 45 minutos. Recién habíamos pasado a un grupo de 3 señoras y 1 señor que esperaban a que un bus se detuviese. Y por el retrovisor veía que por más que extendieran el brazo, ninguno paraba.

- Chío, ¿y si vamos donde ellos y preguntamos si nos pueden ayudar?

Nos bajamos del carro y avanzamos donde ellos. Saludamos y preguntamos si sabían cambiar una llanta. El señor dijo que sí. Les preguntamos a dónde se dirigían y dijeron que un poco más adelante. Entonces como agradecimiento, podíamos llevarlos a su destino. 

Volvimos al carro, sacamos la llanta, y oh sorpresa, no estaba la gata. ¿Y la gata? ¿Se fue con un gato? ¿Está triste y azul? ¿Qué íbamos a hacer? No pasaron ni 5 minutos y un patrullero apareció. ¡Nuestro héroe! Pero adivinen qué. Exacto. ¡Tampoco tenían gata! 

¿Y ahora? El vigilante nos ayudó a detener un carro y preguntarles si tenían gata. Y se bajó, no uno, ni dos, sino 5 hombres dispuestos a ayudar.

Aquello fue todo un operativo. El vigilante vigilando que los carros no pasaran muy cerca nuestro, debido a que estábamos cerca de una curva. Los hombres trabajando en equipo para sacar la llanta, poner piedras en las llantas traseras porque estábamos en una pequeña pendiente, pasó otro vigilante en moto para constatar que todo estuviera bajo control. Habrán sido 10, 15 minutos, y listo. Llanta cambiada. Agradecimos a todos por su valiosa ayuda, nos subimos al carro con nuestros nuevos pasajeros (sólo 3 adultos y una nena), y emprendimos el viaje de nuevo. 

En el camino nos contaron que los buses no les paran porque sólo van más adelante, y que ya llevaban media hora esperando.

Es lindo ver al universo conspirar para que las cosas se den. 

Y así este fin de semana que pasó reafirmé que no debemos nunca dejar morir a nuestro niño interior. Tiene que salir a jugar, a creer, a crear, a reír. Cuando alguien más se sentaba donde estábamos nosotras, yo le decía: "ten cuidado, aquí hay culebras, si las ves, me avisas". Al comienzo no entendían, hasta que veían a los niños debajo del mueble, riéndose. Y en plena carretera, con carros pasando a toda velocidad, confirmé la bondad del ser humano, la capacidad que tenemos para ayudarnos, colaborar entre todos. Somos capaces de buscar el beneficio mutuo, el bienestar de todos. Juntos podemos crear un mundo mejor, para nosotros, para nuestros seres queridos, para el futuro.

miércoles, marzo 02, 2016

Buenos días.

El otro día conversaba con un pana sobre lo lindo que es saludar a las personas mientras vas andando en bici. Claro, él me gozaba diciendo que los hombres con gusto van a saludarme, siendo tan guapa (utilizó otro término, aquí les doy una pista). Pero muy aparte de eso, le recalcaba que el utilizar la bici para transportarte crea otro tipo de interacción con la ciudad, que no tienes con el carro, por ejemplo. 

La estructura del carro te encierra y desconecta de la ciudad. Peor si vas con los vidrios alzados, música, o conversando con alguien. No digo que sea malo, conste. Muchas veces me ha tocado pedalear en pleno sol, sudando, y no niego que hubiese querido estar en un carro disfrutando del aire acondicionado. O cuando me agarra la lluvia, y toca seguir avanzando, mojándome. Todo tiene su pro y su contra. Pero ahora quiero enfocarme en un pro de la bici: la interacción.

Todos los días salgo de casa a la misma hora, y tomo la misma ruta camino al trabajo. Esto hace que me cruce todos los días con ciertas personas, en el mismo lugar. Y asumo es instinto, educación, energía cósmica, comunidad, o qué sé yo, pero luego de cruzar varias veces miradas, de repente un día de manera mágica uno dice: "buenos días".

Y el otro responde. *Inserte aquí carita feliz*.

En ciudades grandes se ha perdido la buena costumbre de saludar a las personas que te cruzas. Cosa que sí se da en poblados más pequeños. También no podemos comparar una comunidad de cientos o miles, con millones. Si saludara a cada persona que me cruzo en Guayaquil, ¡imagínense! Peor en el centro, hora pico, etc. Uno terminaría deshidratado, jajajajajaja.

Pero hoy quiero presentarles a mis "compañeros de ruta". Personas que saludo todos los días. No los conozco, hasta hoy ni siquiera sabía sus nombres. Vengo pensando este post hace algunos días y me propuse abordarlos y preguntarles si podía tomarles una foto.

1. Leonidas.

Es el primerito que topo ahora que no hay clases. Porque apenas salgo de casa ya saludo a un señor que está al tanto de los buses que entran y salen de un colegio, y más tarde, a un padre y su hijo, caminando a la escuela. Ya no los veo, así que Leonidas se lleva mi primer "buenos días". A veces está conversando con otro compañero. Es guardia de un grupo de casas.

2. Fabián.

Mi más antiguo "buenos días". Llevo unos 4 años saludándolo. Cuando me transfirieron de agencia, cambié mi ruta, y dejé de saludarlo por casi 2 años. Y hace unos meses me volvieron a transferir a la agencia anterior, volví a tomar la misma ruta y él al verme me dijo: "se había perdido, niña". Ahora volvemos a saludarnos todos los días. Se dedica a vigilar los carros en el parque de la Kennedy. Junto a él a veces hay un señor con una carretilla que vende cocos (el bandido en cambio no siempre responde al saludo).

3. Martín.

El más reciente "buenos días". Tendré apenas algunas semanas de saludarlo. Casi siempre está de espaldas trabajando. Pero cuando paso y está desocupado viendo los carros y la gente pasar, me saluda alzando su brazo. Sirve los famosos desayunos de sánduche de queso con mortadela, acompañado de café, chocolate o agua aromática. Justo antes de ingresar al aeropuerto.

4. Esther y Álvaro. 

La pareja que me salva las mañanas cuando no hay fruta en mi casa. Ellos son mi último "buenos días" en mi recorrido. Las pocas veces que llevo mi desayuno incompleto, me detengo aquí para completarlo. Sin embargo como rara vez sucede eso, pocas veces los saludaba. Hasta que un día, sin parar de pedalear, pasé timbrándoles con la bicicleta. Álvaro alcanzó a gritarme: "¡Aaaamiiiigaaaaaa!". Y ahí empezamos un código de saludo diario. Así no pare a comprarles nada, paso timbrándoles, o también pego un grito de confianza de: "¡Buuueeenooos diiiiiaaaas!". Muy pocas veces los he visto inactivos. Siempre tienen clientes, preparando tostadas, batidos, jugos, etc. Se encuentran saliendo del aeropuerto, justo antes de entrar al atajo que te saca a la Menéndez Gilbert.

Y es así como también disfruto andar en bicicleta. Sí, también tengo que aguantar el piropo morboso, el beso volado, el "chssstt chssst", el pito, etc. Pero como dije más arriba, hay pros y contras. No serán mis amigos, no sé nada de la vida de ellos, si vuelven a transferirme dejaré de verlos y saludarlos, pero no importa. Siempre que pase y los vea, será un gusto saludarlos. Y si me toca cambiar la ruta, tengan por seguro que encontraré nuevas personas para saludar.

No perdamos esa linda costumbre de interactuar entre nosotros. Justo ahora recuerdo cuando toca entrar a un ascensor, por ejemplo. Nadie se saluda, como si fuera pecado hablar con un desconocido. En mi caso es más fácil, por ser extrovertida entablo fácilmente una conversación. Tampoco voy a volverme panísima de la persona, pero al menos puede resultar más amena la espera. En una fila, por ejemplo. O una sala de espera. 

"It's the sense of touch. In any real city, you walk, you know? You brush past people, people bump into you. In L.A., nobody touches you. We're always behind this metal and glass. I think we miss that touch so much, that we crash into each other, just so we can feel something".
Graham (Crash)