sábado, diciembre 20, 2014

Energía positiva.

Que sin esperarlo una persona diga que tus abrazos llena de paz y energía es algo que te mueve el piso. Peor si le has agarrado cariño y sin entender bien el porqué. O aquellos momentos en que estás pedaleando y miras el sol que va ocultándose de a poco, tornando el cielo de una paleta de colores espectaculares, y sonríes como tontita. Son esos pequeños detalles los que hacen que disfrute mi vida. Son pequeños motivos que encuentro día a día para sonreír.

Ayudar, servir, colaborar. Sonreír, abrazar. Arrancar una sonrisa. Sentir que de alguna manera estás cambiando positivamente el ambiente a tu alrededor. Contagiándoles de energía positiva. Ser parte de organizar algo que traerá felicidad a las personas.

O decirle las verdades a un nuevo pana, para que crezca, para que mejore, para que se convierta en una mejor persona. Apoyarse. Ser severo cuando hay que serlo. Pero sin permitir que se desplome. Poner el hombro. Ven, apóyate.

Sentir que esa incongruencia fue resuelta. Oh sí. Sonreír por tener esa fabulosa amistad con alguien que todavía amas, pero ahora de forma distinta. Un amor que se ha fortalecido con el tiempo, y justamente gracias a errores, a tropiezos. Un amor que ha crecido y germinado. Ahora a seguirlo cuidando. Ya no maltratarlo. Ya no lastimarnos.

Y gracias a una buena conversación, con café de por medio, descubrir que no siempre hay que pelear contra el sistema. Simplemente adaptarse. Lo dije justamente hoy. "El secreto es saber adaptarse a las circunstancias que te presenta la vida. Y actitud positiva". Y hubiese querido abrazarte en ese momento.

O en broma decirle a alguien que te gusta. Y descubrir que tú también le has gustado. Y verlo sonreír. Ay, que me encantan las sonrisas. 

Ah, y tener un cajoncito lleno de dulces que te encantan. Maldita dieta, oh, bendito Baco, jajajajajaja. Diciembre es difícil. Dulcemente difícil.

Simplemente gracias. Por todo. A todos. Por estar ahí. Por darme razones para sonreír. Gracias a la vida, a mi bici, a los ocasos, a Netflix, al chocolate, a los amigos, al bailoteo, al trabajo.

martes, noviembre 11, 2014

La incongruencia.

La cabeza, el corazón, la vagina. No siempre se ponen de acuerdo. A veces parezco hombre, un par de días al mes me pongo demasiado mujer. Muchas veces no me comprendo. Parece que con el tiempo me he puesto muy exigente y no me atrae cualquiera. O como bien me dijo una amiga: "no hay huevo que te calce". Así de linda es ella. Pero luego leo a Walter Riso y resulta que no debo conformarme con cualquier pendejo. Y así ando, deseando un macho que me calce (no sólo el huevo debe hacerlo). ¿Y qué macho quiero? Chuta, ya he escrito algunos posts al respecto. ¿Dónde está el susodicho? Si lo conocen, no sean mal dato, presenten.

Sí. Estoy feliz soltera. Y prefiero seguir soltera a juntarme con alguien que no me complemente. Bien dice el dicho, "más vale solo que mal acompañado". Sin embargo confieso que ando con ganas de enamorarme. De pensarlo y sonreír. Que me digan "te quiero". Planificar cosas juntos. Admirarnos, apoyarnos. Tener esas largas conversaciones, donde se hable de todo un poco. Conocernos. Mandarnos a la mierda, disculparnos. Tener un amigo, amante, enamorado.

Damas y caballeros, público presente, estoy con la regla, se viene un arrebato de estrógeno.

El asunto aquí es que una está tranquila, esperando a que en algún momento aparezca el susodicho. Pero está también la carne, las ganas, el deseo, la quesura, mijita, la quesura. Uno tiene necesidades... Eso sonó como hombre. Pero dejémonos de comentarios machistas. Tanto hombres como mujeres tenemos las mismas necesidades sexuales. Y sí, me gusta el sexo. No se hagan, chicas, a todas. Entonces una se pone a veces más arrecha de lo normal, y zas, busca defogar. ¿Y después? Cada uno por su camino. A la larga eso ya cansa. Como acabo de decirle a un pana: "no quiero tirar y ya, quiero tirar con feeling". El vernos a los ojos y sentir que hay una conexión que vas más allá de la parte física. Porque el cuerpo se va. Uno llega al clímax, y esa sensación orgásmica se desvanece de a poco. Pero si hay algo más, eso queda.

Ay, bendita regla...

Claro, una aquí está rica, entonces el hombre te ve y te quiere entrar. Y no niego que me gusta sentirme deseada. Me encanta. Pero quiero más que un simple "cuerpeo" (como lo clasifica otra amiga). Es fácil agarrar, acostarse con alguien, y ya. Salen esas propuestas. También sale por ahí uno que otro que quiere algo serio. Pero no cuadran. Y los despacho (por eso mi amiga me chantó lo del huevo. Yo, la exigente). Por otro lado puede que algunos no se atrevan a intentar algo serio conmigo porque saben que aspiro alto (ahí mi amiga y Walter Riso no están de acuerdo) Además, hablo de sexo sin ningún tapujo, soy machona, zángana, jodona, descomplicada, y digo las cosas de frente, sin tanto drama. Así que sé que todo esto hace que puedan verme como alguien con quien pueden intentar un vacile y ya.

¿Y yo? ¿Qué quiero? Quiero alguien con quien planificar un futuro. Viajar. Ir al teatro, al cine. Salir con amigos en común. O simplemente quedarnos en casa, viendo una película, escuchando música, comiendo. O simplemente cada uno por su lado, en su patín. Extrañarnos. Corregirnos. Que se cabree con mi necedad. Pero que me tenga paciencia, por favor. Que sepa mis antojos, y que soy maricona para el dolor de estómago. Que me encantan los niños, pero me irritan los malcriados y peor si hacen berrinches. Que soy amante del chocolate, los viajes por carretera, tragona, irritante, desvergonzada. Me gustan los deportes de aventura, soy engreída, a veces inoportuna, e impulsiva.

Entonces así me encuentro, buscando, esperando, deseando, sin encontrar. Encontrarme, encontrarnos. En algún momento nos encontraremos. Sigo creyendo.

viernes, setiembre 19, 2014

Descanso médico.

Ya sabemos que un pequeño golpecito puede cambiarte la vida en una milésima de segundo. Y aquí estoy yo, otra vez, postrada en cama, gracias a que mi querido dedo se dio duro contra un fierro y se fracturó el hueso. 

¿Dolió? ¡Ayayai! No se imaginan. Bueno, confieso que en ese momento dolió lo suficiente para detenerme, evaluar la situación, y seguir con el wod (jajajajajaja, sí, sí, aquí deberán recordar que esta mona es masoquista y tiende a minimizar los dolores). Pero después de una hamburguesa, una ducha, y linimento olímpico, seguía doliendo. No alargo el asunto, hospital, rayos x, fractura del dedo gordo. Reposo médico. 

2 semanas de pasar acostada con la pata alzada y moverse lo estrictamente necesario, para mí, puede ser una agonía. Chao bici, trote, crossfit, competencias, etc. Hola Netflix, Facebook, Instagram, Twitter, Internet, tv cable, etc. Ya saben, hay que verle el lado positivo a todo.

Han sido 2 semanas interesantes. He descansado todo el cansancio que he venido acumulando estos últimos meses. Lo que significa que tengo un cúmulo de energía que está listecita para estallar. Ya está burbujeando dentro de mí. También he honrado a Baco y aunque he seguido una alimentación sana, confieso que he pecado y me he embutido de alimentos no muy sanos pero sí muy ricos. Oh sí, cuando tenga luz verde para volver a hacer ejercicio voy a meterle con todo. Han sido días en que he pensado mucho, analizado mi vida y la situación actual en la que me encuentro.

¿Saben? Justo antes del accidente, iba a asistir a un taller que prometía mucho. Sentía que iba a ser un cambio o un gatillo para poder salir de una especie de bache emocional en el que me encuentro. Estaba muy emocionada. Y fui al crossfit con una pereza maldita. No quería entrenar esa noche. Luego del golpe entendí aquella frase que dice: "la pereza es la madre de todos los vicios, y como toda madre, hay que respetarla". Y fue que yo, por irrespetuosa, me di en el dedo. Y aquella insignificancia me derrumbó todo. Se fue el taller, no pude ir a la competencia de 6k, y he pasado enclaustrada en casa.

Pero resulta que no debo depender de algo externo para salir del hueco en el que estoy. Soy yo la responsable. Todavía me pregunto qué estoy haciendo. Y me río de mí misma, por cojuda y por cobarde. Por cómoda, por conformista. Porque sé lo que estoy haciendo mal y lo sigo haciendo. Porque me estoy desperdiciando, y perdiendo tiempo valioso. Porque sé que puedo ser más feliz. Me estoy preguntando "¿qué estás esperando, Diana?" Es esa comodidad, esa falsa seguridad. El no querer salir de la zona de confort. Pensar que desperté a las 2 de la madrugada un sábado con un dolor insoportable, y me las arreglé para agarrar un taxi y hacerme ver el dedo al otro extremo de la ciudad, pero no me atrevo a mandar todo al cuerno y enrumbar mi vida en un camino que verdaderamente me haga feliz.

¡Cobarde!

Y sonrío. En este preciso momento estoy sonriendo. Irónicamente, imagino.

Ahora sólo quiero poder caminar otra vez. Que el doc me vea la pata y me diga que ya puedo apoyar el pie.

A lo mejor y empiezo a caminar, y caminar, y caminar, y me voy de largo.

Adiós.

miércoles, junio 18, 2014

Nadie más que yo.

Y fue cuestión de escuchar los primeros acordes de esa canción para acordarme de ti. Bueno, papá, debo confesar que esta canción primero se la dediqué a un ex. Y hace mucho, mucho tiempo que no la había vuelto a escuchar. Pero ahora, en pleno trabajo, le suena el celular a un cliente y, ¡zas! Esa canción. Y la letra se me vino encima como una ola. Una gran, gran ola de sentimientos. Porque te me fuiste con el mar. Y esta hermosa canción habla justamente de un amor marino. Y así, se me enjugaron los ojos. Empecé a cantar bajito, bien bajito la canción. Suerte ya era casi el último cliente, y así pude seguir sintiendo. Bajito, otra vez bajito.

Y es que no habrá nadie que te quiera más que yo...

No es justo que luego de 6 años siga llorando. Pero hay que ser sinceros, voy a seguir llorando toda la vida. Pero tranquilo, tranquilo, lloro y río al mismo tiempo. Aprendí que ambas manifestaciones vienen del mismo lugar, así que no te preocupes. Porque las lágrimas ruedan y la risa sale también.

Tengo ganas de irme. A donde sea. Solo irme. Siempre digo que estoy cansada, pero contenta. Sin embargo, últimamente, creo que estoy más cansada que contenta. Y así no vale, ¿verdad? Vos bien lo sabes. Si no hay pasión, ¿pa qué seguir? Pero quiero seguir. Porque no es justo que por decisiones de otros, tengamos que pagar muchos. Decisiones que no comprendo su proceder. Su razón. Ay, Diana, esta manía de salirse del molde, el esquema, el sistema.

Esas ganas de empezar. En otro lado. ¡Agarro la bici y me largo! ¡Yeeiiii! La verdad que es relativamente sencillo. Pero, por lo visto, la mariconada me gana. Y las responsabilidades, el futuro, los objetivos. Sí... sí... la mariconada.

Ah no, ahora escuchando a Viejo Napo. Ahora sí me fui a la mierda. Para colmo, comiendo tus galletas de coco favoritas. A esto, público presente, se le llamo ma-so-quis-mo. Y me río, tranquilo, que me estoy riendo.

Si no estoy, quiero que sepas que te quiero. Así me voy, corazón de marinero.

Esperemos que esto sea tan solo una fase. Porque quiero volver a despertarme y estar contenta de salir de casa. Con esas ganas de comerme el mundo. Por lo menos día a día busco la forma de no dejarme agobiar. Y es así como salen los patacones, la tortilla de huevos, y los cachos a la pelada. No señor sistema, no vas a ganar. No conmigo. Sé que el rumbo que tome mi vida depende de mí, de mis decisiones, de mi actitud. Y con eso, no puedes batallar. Estos 31 años no han pasado en vano.

Cuando pienses en mí, encuéntrame en las cosas más sencillas.

lunes, febrero 03, 2014

Bajar para subir.

A lo largo de mi vida he tenido que atravesar una serie de dificultades. De todo ámbito. Desde económico, estudiantiles, autoestima, etc. Autoestima. Mi infancia fue, para mi punto de vista, jodida. Tuve problemas de adaptación en la escuela. Pasé por algunas instituciones, y en la que más tiempo permanecí, me costó hacer amistades. ¿Por qué? Pues para resumir: era tartamuda, me sentía gorda, fea, y las niñas me tachaban de machona. El famoso "bullying" que tan de moda está ahora, yo lo recibía en la escuela.




Sí. Los niños podemos ser crueles. 

Todavía recuerdo cuando la más bonita del salón se paraba (cuando no estaba el profesor), y decía en voz alta: "Alce la mano quien le gusta Melanie". Y media muchachada alzaba el brazo. "Ahora alcen los que les gusta Gaby". Vaya ahí, otra sarta de manos al aire. Un par más de las chicas bonitas nombradas al azar, y más manos. Ya se imaginan qué pasaba cuando me nombraban...

Súmenle a ese recuerdo un problema de lenguaje. Tartamuda, con todas sus palabras. Moría de la vergüenza si tenía que hablar en público. Pararme frente al salón era una agonía para mí. Luigi, un compañero, osaba cruzarse de brazos y amagar que se quedaba dormido cuando me tocaba leer en voz alta.

Por último, siempre he sido una muchachita activa. Subirse a los árboles, pelotear, lanzarse al suelo, ensuciarse. ¡Eso era diversión para mí! Las muñequitas las tenía en casa. Desarregladas, despeinadas, rebeldes como su dueña. Pero la escuela era para correr, jugar a las cogidas, sacarse la madre en el recreo. Y entonces las niñas empezaron a decirme "machona". Pero cuando quería jugar con ellas, no me dejaban. ¿Qué más, pues? Me iba a jugar con los varones.

Todo eso creó en mí un serio problema de autoestima. Era feliz, tampoco crean que pasaba deprimida, llorando, buscando Tostitos para suicidarme. Jamás. Lloraba, sí, iba a terapia, también. Pero siempre tuve amor. Mi familia fue un puntal de apoyo magnífico. Y dentro de tanta muchachada pendeja, tuve contados amigos que me salvaron.

Así me gradué de la primaria. Al llegar la secundaria, las cosas cambiaron. Ya no había tanto pendejo. Había, sí. Siempre habrán pendejos. Pero empecé a reforzar mi autoestima, conocí mejores personas, y fui sintiéndome mejor conmigo misma. Ahí conocí a una amiga fanática de los dulces, como yo. El asunto era que yo los compraba, mientras que ella los hacía. Oh no, el debacle. Empecé a preparar tortas y galletas después del colegio. Y el problema aquí era que me comía la mitad de lo que hacía. 

Ahora imagínense esos cuadros de porcentajes de ventas, donde la flechita sube, y sube, y suuuuubeeee. Así subí yo de peso.




Siempre he sido de actividad física constante. Deportes, ejercicio. Me encanta. Desde chiquita. Mi abuelita tenía un gimnasio femenino, mi madre lo administraba y daba clases. Las tardes las pasaba ahí. Para mí, hacer ejercicio era un juego. Eso ayudó a que no me hiciera una bola. Pero igual, consumía más calorías de las que quemaba. Y por más dietas que hiciera, medio empezaba a bajar, la rompía, y volvía a subir. Mi adolescencia fue un continuo sube y baja de peso.

Pasé el colegio, entré a la universidad, y seguía en el mismo patín. Amante del azúcar. Podía bajarme paquetes enteros de galletas, medio litro de helado, tortas. La comida chatarra también era mi debilidad. Tengo buen diente. Comer para mí es un placer. Y descubrí que también es un refugio. Soy adicta a la comida. A ese placer momentáneo de meterme un bocado a la boca, saborearlo, disfrutarlo.

A mis 26 años llegué a pesar 199 libras. Con una altura de 1,69mts. Había hecho tantas dietas como amores platónicos tiene una adolescente. La Scardale, la sopa milagrosa, la de la piña, la del lagarto, la del higo (ah no, esas últimas no, disculpen), y tantas más. 

Yo sabía cual era mi problema. No quería cerrarme la boca. No quería dejar de comer rico. Y comía sano. En mi casa, mi madre quien es una excelente cocinera, prepara comida sana. Mi problema era la comida de afuera. La falta de voluntad. Esconderme detrás de ese plato de comida que en ese momento me iba a saber a gloria, y después se iba a alojar en mis caderas. El exceso. Saber que tenía que detenerme, y no hacerlo.

Intenté tantas veces bajar de peso, que a veces perdí la esperanza. No puedo decir que un día simplemente decidí cambiar, y lo hice. La verdad no fue algo así de apoteósico, una epifanía. Creo que simplemente empecé, y ya. Un paso a la vez. Aproveché un descuento que tenía por mi trabajo e ingresé a un centro nutricional. Seguí la dieta que me dieron, iba a las terapias corporales, y descubrí Beachbody

Y empecé a bajar.

Todavía recuerdo que durante los primeros 6 meses, no comí dulces, ni chatarra. Jamás había hecho eso. Cero, Polito, cero. Y al empezar a ver los resultados, me emocioné, y seguí. 

Así han pasado estos últimos 4 años. Donde me maravillé al descubrir que el bajar de peso, me subió el autoestima. Desde los últimos años de colegio, empecé a amarme más. A aceptarme. Poquito a poco. Entendí que de pequeña no era gorda, estaba bien. Mis compañeras eran raquíticas, que es diferente. Yo siempre comí sano, fui fuerte, de contextura gruesa. Superé mi problema de lenguaje. Y ahora hablo hasta por los codos. Todavía me trabo, a veces, y me río. Solita meto embrague y arranco otra vez. Mis panas me gozan. Lo machona, ¡ja!, eso no se me ha quitado. Y ya tengo 30 años, no creo que se me vaya a quitar. Soy feliz así, tal como soy. Me pongo mis vestiditos, falditas, me maquillo cada año bisiesto (y se me ve espectacular). Pero casi siempre vas a verme sencilla.

Sencilla. Esa es mi palabra.

Aquellos que recién me conocen hace un par de años creen que siempre he sido así, delgada. Pues nooooo. Era una gordita. Feliz, siempre con una sonrisa. Pero con sobrepeso. Este post fue inspirado por un collage que puse en Facebook donde muestro mi transformación, el trabajo, sacrificio, la voluntad. Me costó horrores. Pero lo logré. Y sigo, porque sé que todavía puedo lograr más. Gracias a todos por su apoyo, consejos, ánimos, puteadas, galanteos (y morboseos, jajajaja). Han sido maravillosos.

Este escrito podrá sonar superficial. A fin de cuentas bajar de peso es sólo apariencia física. Algo corporal, que con la edad se irá desvaneciendo. Pero va más allá. En mi caso, es una lucha conmigo misma, con mis debilidades, mis miedos, mis adicciones, el sistema, el qué dirán, el qué debo ser. Es una batalla, ponerse un objetivo, una meta, y llegar. Exigirse, ser mejor, equivocarse, y seguir, caerse, y seguir, y seguir. Es triunfar. Es una lucha. Bajé de peso, y eso me hizo sentirme mejor conmigo misma. Y todavía lucho. Porque todavía peco. Como cosas que no debería comer. Todavía me escondo en la comida. Y eso es un trabajo que todavía no termino. Poco a poco. Bocado a bocado, en este caso.

Yo no puedo más hacer más que contarte mi experiencia. Lo que me costó a mí, no significa que te va a costar a ti igual. Puede que sea más fácil, o más difícil. Todos somos diferentes. Es cuestión de encontrar dentro de ti eso que te mueve a ser mejor. Ese motor que te impulsa. Yo quiero ser feliz, yo soy feliz. Me gusta verme al espejo y sonreír. Coqueta de mierda. Me siento viva, llena de dicha. En armonía. Hay días en que brillo, hay otros en que estoy apagada. Simplemente estoy aquí para aprovechar cada momento. Me gusta irme a la cama de noche sintiéndome satisfecha de lo que hice. Ya no estoy tan traumada. Bueno, a veces sí. Todavía tengo libras que quiero bajar, músculos por tonificar. Pero poco a poco. El truco aquí es disfrutar.

Aquellos que dicen "no puedo". Aquellos que intentan una y otra vez. Aquellos que creen que es muy difícil. A todos, a cada uno de ustedes, les digo que es posible. Perseverancia, disciplina, ñeque, y amor. Que cada fallo nos haga más fuertes.



jueves, enero 23, 2014

Ven.

Ven y abrázame hasta quedarme dormida.

Aunque ahora que lo pienso, hace calor como para dormir abrazados. Pero igual, quédate cerca, toma mi mano. Que tu rostro sea lo último que vean mis ojos. Y sonreír, justo antes de quedarme dormida. Con tu recuerdo, con tu cariño.

Tu corazón latiendo junto al mío. Un ritmo tan conocido, tan tuyo, tan mío. 

Caer despacio en ese mundo, donde somos y dejamos de ser. Donde volamos, y muchas veces, empezamos a caer. Aquel lugar donde los sueños se hacen realidad. Y me dejo llevar. De tu mano, a donde sea.

Vamos. Ven. Vámonos. Nos fuimos.

Sonríe, y digamos "adiós". 

Hasta mañana, donde sea que estés...

Adiós.

domingo, noviembre 17, 2013

Esos findes.

Esos findes tranquilos, sin planes, con panas. Esos findes sencillos. Que nunca, nunca se acaben.

Sábados de reunirse con personas que comparten tus gustos. Engreírlos preparando un cerrito de bolones. ¡Con tocino! Oh, bendito tocino. Y conversar, hablar, y hablar. Toda la tarde. Reírse. Conocerse. Quererse. Descubrir que la amistad es hermosa. Apoyarse, preocuparse. Estar y no estar de acuerdo. Aceptarse. Con nuestras diferencias. Aprender a aceptar que somos diferentes. Y es justamente eso lo que nos permite encajar. Porque dos piezas idénticas no se acoplan. Necesitamos ser diferentes. 

Y querernos, porque no somos perfectos. No necesitamos ser perfectos. Quererte con tus virtudes, con tus defectos. Querer lo que me gusta, y no me gusta. Quererte en combo. Así como somos, y esforzarnos por ser mejores. No me cambies, ayúdame a ser mejor. ¿Será que te quiero?

Ver una peli, matarnos de risa. 

Afuera el tiempo sigue avanzando. Con su tic tac recordándonos que no podemos quedarnos quietos mucho tiempo. Pero hoy, ahora, no necesitamos movernos. Estamos disfrutando el momento. Desparramados en el sofá -desparramado, qué buena palabra-. Sin cronogramas, agendas, ni citas por cumplir. Y así el sol se esconde, dándole paso a la noche, a la reina. ¿Hay más? ¡Claro que hay más! ¿No les dije que no había planes? ¡Ponme otra película! Patada, puñete y gargajo. Acción de principio a fin. Ahí se me sale lo masoquista. Duele rico.

Las luces de la ciudad se prenden, a la par que nosotros nos vamos apagando. Llega un momento en que tu cuerpo te pide descansar. Debemos recargar las baterías. Aunque quedó una película pendiente, tocino en la refri, un par de chelas, y media botella de menta (para las nenas). Será para otro día.

Esos findes tranquilos, sin planes, con panas. Esos findes sencillos. Que nunca, nunca se acaben.