sábado, agosto 22, 2015

Carril compartido.


Señor conductor de Metrovía, la señalización dice "Carril compartido". No me pite, por favor.


Uno de estos días voy a pegar una bicicleta ahí encima, para que también seamos parte de la señalización :D

Despertar.


Me gusta despertarme sin alarma. Simplemente despertarme cuando mi cuerpo ya haya tenido la cantidad de descanso necesaria para empezar un nuevo día. De lunes a viernes madrugo a las 5am, y salto como canguil. Porque tengo una rutina diaria ya establecida, horarios fijos, y objetivos por cumplir. Por ello adoro cuando llega el fin de semana. No hay alarma, y días como hoy, no hay planes fijos. Puedo hacer todo.


O nada. Puedo simplemente hacer nada.



Me gusta despertarme y escuchar a lo lejos el ruido de la ciudad. Sí, para mí suena lejos, aunque vivo en una avenida principal. Porque mientras estoy acostada en la cama, todavía arropada, entre dormida y despierta, los carros suenan distantes. Guayaquil pudo haber despertado ya. Yo no. No quiero levantarme todavía.



Pero incongruentemente, mi inspiración sí se despertó. Y heme aquí escribiendo esto. Pero como les dije más arriba, hoy no hay planes fijos. Así que: vuelta a la cama, mona.



miércoles, agosto 12, 2015

Chimborazo - Quilotoa.

Ese es el nombre del grupo de Whatsapp que creé hace unos días. Inició con una foto del Quilotoa, y terminó con una del póster de la película "Viven" (luego entenderán el porqué). Un grupo de amigos con espíritu viajero que aunque no se conocían entre todos ellos, sabía iban a llevarse bien. La cita iniciaba el sábado a las 06:15. Un tour iba a llevarnos a conocer el Chimborazo, y por nuestra cuenta íbamos a conocer el Quilotoa.

Imaginen 8 monos divididos en:
- 4 payasas
- hermano menor de 1 payasa
- amigo de 1 payasa
- pareja de esposos, amigos de 1 payasa

La fórmula para la diversión. Marca ACME (lo leyeron con el tono de voz, admítanlo).

En la van luego de una película de acción y un karaoke con música de los 70's empezamos a sentir el frío de la sierra. Llegamos al majestuoso volcán. ¿Recuerdan que mencioné 8 monos? Bueno, 8 monos acostumbrados a estar 0 metros sobre el nivel del mar, 4800 mts. de altura es algo que agarra, y fuerte. Aquí esta pobre mona, forrada cual terrorista, llegó al 1er refugio y ahí se quedó. Mi corazoncito no pudo con la altura y la presión. Mientras otros turistas saltaban como si estuvieran en un prado lleno de flores (cual Heidi), yo estaba sufriendo un terrible dolor de cabeza. Por lo visto, no soy una mona de altura.

Pero bueno, muy a pesar de las molestias, aquel espectáculo es majestuoso. Algunos sí llegaron al 2do refugio, pero no vieron nieve. Asumo que yendo con más tiempo, un par de días antes para aclimatarse, pude haber subido más. Aunque para serles sincera, esta mona aquí presente es más de climas cálidos, frescos. No soy muy amiga del frío. Peor extremo. Forrarse de pies a cabeza y que no se me vean más que los ojitos no va conmigo.

Salimos del Chimborazo rumbo a Riobamba, a almorzar un suculento caldo de gallina levanta muertos. Ahí nos despedimos del tour porque nuestro próximo destino era Latacunga. Llegamos a un lindo y rústico hostel, nos acomodamos, y uno de nosotros descubrió una pizzería espectacular a la vuelta. Fue el cierre perfecto. A dormir.

Domingo nos despertó llenos de emoción. Nos esperaba el Quilotoa. Desayunamos y partimos para Zumbahua, una pequeña parroquia a 30 minutos del volcán. Desde ahí tomas una camioneta y empiezas a ascender. En el camino vimos una caravana de personas caminando en dirección opuesta, y el chofer nos comentó que estaban yendo a una boda que estaba celebrándose en Zumbahua. Entre las personas estaba la banda, poniéndole ritmo a la caminata. Fue algo bastante alegórico de ver. Llegamos al Quilotoa. Como el hambre estaba intensa, decidimos primero buscar algo de comer. A fin de cuentas la laguna no va a secarse, ¿verdad? No. Pero sí podía nublarse *inserte aquí carita triste* Resultó que terminamos de comer y se extendió una neblina tal que no podías ver nada. Absolutamente nada.


Nuestro objetivo fue truncado. Mi deseo. Organicé el viaje justamente porque uno de mis sueños era conocer el Quilotoa. Desde la primera vez que vi una foto en un folleto turístico.

¿Y entonces? Por suerte el lunes era feriado. Así que, un viaje de 2 días terminó convirtiéndose en 3. Quedémonos un día más, y vayamos a primera hora. ¡Perfecto! Y, esperen, ¿no había boda en el pueblo?

¡Qué vivan los novios!



Terminamos zapateando en una fiesta de pueblo, con dos bandas en vivo. Cabe confesarles que jamás vimos a los novios. Pero no importa.

¡Qué vivan los novios!


¡Cuánta energía tenían! Acá nosotros zapateábamos, o sino "vueltita, vueltita, vueltita", y nos agarraba la altura, jajajaja. Teníamos que respirar tantito, y seguir. Entre todos parecían conocerse, porque bailaban en grupo, abrazándose, tomando cerveza. Los cantantes pasaban lista de los presentes: "¿Dónde está la familia Pilataxi? ¿Y los Guapulema? ¿Cuál es la familia más divertida?". Y los presentes alzaban los brazos en plena algarabía. Y cuando decía: "¿Dónde están los turistas?" ahí saltábamos nosotros. Así la fiesta nos duró hasta las 11 de la noche.

Lunes. Volvimos a despertar emocionados, y el clima estaba de nuestro lado. Un cielo completamente despejado. Nos alistamos y partimos para el Quilotoa. Y quedarnos valió la pena.



En mi foto del proyecto 365grateful traté de describir lo que sentí cuando me paré al pie del cráter y divisé aquella majestuosidad. Pero esas palabras no son suficiente. Por un momento, todo encajó. Todo estaba donde tenía que estar. Yo debía estar ahí, en ese momento, en ese lugar. Todo tuvo sentido. Es una especie de shock emocional. Ver algo tan, tan grande, y hermoso. Sentirse tan chiquito y a la vez tan importante. Sentirse todo, sentirse nada. Son aquellos momentos de una hermosura sublime, que no pueden describirse así nomas. No soy religiosa (me considero agnóstica), no sé si exista un dios, o un ser superior, pero en ese momento, sentí que todo y todos estábamos conectados. A lo mejor sí existe, y creó aquella hermosura. O simplemente era mi cerebro segregando una sobredosis de dopamina. Sea lo que sea. Ese momento fue perfecto.



Luego que todos tuviésemos nuestro momento de quedar absortos, y tomarnos fotos, empezamos a caminar por un sendero que nos iba a llevar a un mirador. ¿Y qué podía hacer mejor ese momento? Encontrarse con un cicloviajero, acampando ahí, tocando la guitarra y cantando bossa nova.



Dios, ¿existes?

Era demasiado.

La música nos llevó a sentarnos con él y conversar. Se llama André Fatini Guga, y lleva 2 años viajando en bicicleta, desde Alaska. ¿Se imaginan cuántas historias tiene para contar? El universo simplemente estaba conspirando, ahí, en ese lugar. Luego de una ligera conversación, y un par de canciones, nos despedimos, le deseamos buen viaje, y seguimos caminando. Llegamos al mirador, las respectivas fotos, y luego de tanta belleza y sueños, partimos de regreso al hotel.

Fue un hermoso viaje. El grupo se acopló a la perfección. Todos nos divertimos. A pesar de ciertos percances, la pasamos increíble. Una famosa frase de John Lennon se repetía constantemente en mi cabeza: "Life is what happens to you while you're busy making others plans" (proveniente de la canción Beautiful boy). Y es justamente eso. La vida pasa de largo, hagas lo que hagas. Y al final de tus días, ¿qué pregunta vas a hacerte? "¿Por qué no lo hice?" O vas a decir: "¡Lo hice!"

Y así llenamos nuestro pequeño baúl de recuerdos con una nueva aventura. Para recordar, contar, compartir. Conversaciones a las 4 de la mañana, tortura en forma de película de terror, zapateo en fiesta de pueblo, combatir el frío con un té al pie de una chimenea, bosque de pinos, encuentros brasileros inesperados, bossa, y naturaleza. Es hermoso sentir que uno pertenece a un todo.

lunes, agosto 03, 2015

La otra Metrovía.

Una de las cosas que menos me gusta hacer en Guayaquil es tomar la Metrovía. Casi siempre va atestada de gente, creyendo que pueden violar la física tratando de entrar a empujones antes que salgan los pasajeros que van dentro del bus, con diversidad de olores y hedores, acalorada e incómoda. 

¿No me creen? Miren esto:

Por ello prefiero tomarla cuando es exclusivamente necesario, y casi nunca en horas pico. Si debo tomar transporte público, prefiero caminar un poco más y agarrar alguna buseta que aunque me deje un poco más lejos, vaya más cómoda. 

Sin embargo la otra noche iba para el centro a ver al Circo Invisible (¿no los han visto? Los sábados en la Plaza San Francisco a partir de las 22h30) y debido a la hora, decidí tomar la Metrovía. No se imaginan la delicia de viaje que tuve. Fue otro mundo.

En primer lugar, como no tengo tarjeta, y no me interesa comprar una cuando tomo la Metrovía 2 o 3 veces al mes como mucho, siempre busco alguna persona que me preste la suya, y yo le doy los 25 centavos. Hasta ahora nunca me han dicho no. Pero esa noche pasó algo inesperado. No sólo la chica me cedió su tarjeta, sino que ni siquiera me aceptó el pago. Me dijo "no te preocupes". Yo sorprendida. Y le agradecí, por supuesto. ¿Será que tiene pasajes gratis? La chica estaba acaramelada con su enamorado. A lo mejor y estaba rebosante de endorfinas. 

Llegó el bus y estaba maravillosamente vacío. Me sentí como Chihiro cuando toma el tren. Encontré asiento sin problema. Las pocas personas que habían estaban ensimismadas en sus pensamientos. Todos estaban tranquilos.

Hasta sacaban los celulares -inserte aquí emoji de Whatsapp de carita sorprendida y manos en las mejillas-

Las luces eran tenues. Y creo que empecé a ver una pequeña danza en la mitad del bus, justo donde se articulan ambos carros, y en el momento de girar esa parte del piso se mueve. Lo vi como un cadencioso movimiento de cadera. ¿Estoy viendo a la Metrovía sexy? Hay algo mal en mí.

Llegué a la parada de la Biblioteca y me bajé para agarrar el siguiente bus, aquel que viene del sur. Y al subirme percibí un olor inconfundible: pescado. No hubo duda alguna que alguien venía de la Caraguay. Aquel aroma de pescado crudo recién sacado del agua no pasa desapercibido. Aquel carro venía "aromatizado".

Y así llegué a mi destino. Rápido, cómodo, y gratis. La verdad que disfruté el viaje.

Si así fuera la Metrovía en otros horarios...

viernes, julio 31, 2015

Las fronteras están en nuestra mente.

El sábado pasado participé de un hermoso taller en La casa de mis padres, sobre escritura y sanación interior. Allí, un grupo de desconocidos nos abrimos y compartimos nuestros miedos, sueños, anhelos. Algunos lloramos, también nos reímos (ambas manifestaciones provienen del mismo lugar), y simplemente estuvimos. Fuimos. Hubo 3 ejercicios de escritura, muy íntimos, muy lindos. Pero algo ahí, esa tarde, despertó. Como nos dijo Marcela, a partir de ese día, algo iba a germinar en nosotros.

Bueno, en mi caso lleva germinando hace ya un buen tiempo, sólo que no lo dejo florecer. ¿Pero han visto cómo la naturaleza se abre paso a través del concreto?


Eso está sucediendo en mí.

¿Y ahora? Ya basta:

Ya basta de seguir perdiendo mi tiempo en un lugar donde no estoy satisfecha.
Ya basta de seguir estancada en mi zona de confort.
Ya basta de seguir esperando a que se decida y tome la decisión. Ya sea de estar conmigo o no.
Ya basta de seguir preguntándome dónde está el hombre de mi vida.
Ya basta de seguir permitiendo que otros gobiernen mi vida.
Ya basta de seguir postergando mis sueños.
Ya basta de no meterme a clases de danza.
Ya basta de no viajar.
Ya basta de no bailar.
Ya basta de querer tener un cuerpo perfecto.
Ya basta de hacer dieta.
Ya basta de tratar de encajar en el sistema.
Ya basta de dejar de hacer lo que quiero hacer, por no dejarla sola, por no irme en su contra.
Ya basta de querer ser. Es hora de ser.

Este texto fue uno de los tres ejercicios que hicimos. Ligeramente editado, porque tampoco voy a darles detalles. Fue algo íntimo les puse más arriba, no sean sapos. Sea como sea, fue un ejercicio liberador. Les invito a probarlo. Claro, ahora necesito uno de esos aparatos que ponen afuera de ciertas tiendas donde van pasando las palabras, ¿cómo se llaman? Bueno, poner uno de esos en mi cuarto para que cada tanto pasen estas frases y así no dejarlas en el cuaderno. O en mi mente, también puedo instalar uno de esos ahí.


Así que ahora me vuelvo a repetir la pregunta: ¿Y ahora?

Pues ahora a romper esas fronteras mentales. Como dice el título del post. El asunto aquí es dejar de limitarme. Tal como la naturaleza se abre paso ante algo tan fuerte como el cemento, siendo algo tan delicado como una planta. Pero la naturaleza es sabia y busca la forma.

No limitarme. No quedarme.



"La vida es así, de frágil y fugaz, y a veces se nos olvida".

sábado, julio 25, 2015

Canciones que están martillando mi cabeza.











¿Si ven por dónde va la cosa? :-D

Somos los mismos envueltos en novedad.

Estas últimas semanas me ha tocado hacer una serie de cosas las cuales me han hecho evocar recuerdos del pasado. Recuerdos alegres, y otros que no te hacen sonreír. O al menos te sacan un: "sí que puedes ser bruta a veces, Diana". Y sí, todavía me queda mucho por aprender. 

Todo empieza de la forma más inocente. Tienes que hacer un trámite, y ¡zas! 3 días enteros se te fueron en eso.


Y sumemos a eso nuestra querida y, a la vez, condenada memoria. Aquella que cuando le conviene te oculta información, y cuando le apetece te la arroja toda y te sirve un banquete de recuerdos. Te coloca la servilleta, los cubiertos y se sienta frente a ti con los brazos abiertos, y con una gran sonrisa te invita a comer. 

Es impresionante nuestro cerebro. Un solo detalle puede desencadenar un oleaje irrefrenable de recuerdos. Y ahí te toca salir a flote, o ahogarte en ellos.

Ahora, a mitad de año, me siento desorientada. En este preciso momento no sé qué hacer con mi vida. La típica pregunta de "¿cómo te ves de aquí a 5 años?" ni se les ocurra hacérmela, porque no tendría respuesta. En este momento vivo el día a día, encuentro motivos para agradecer (porque hay y bastantes), sonrío, disfruto. Pero al final del día, cuando cae la noche, en la oscuridad de mi cuarto, antes de quedarme dormida, una voz en mi cabeza pregunta: "¿Y mañana, qué? ¿Y la otra semana? ¿El otro año? ¿Qué?" Es como haber perdido el rumbo, el norte, el objetivo. En este momento me siento a la deriva. Tengo el timón entre mis manos pero no sé a dónde ir.

¿Pido ayuda? ¿A quién? La respuesta está en mí. Lo sé. Tengo que encontrarla.

El asunto es que no me gusta sentirme así. En una rutina depresiva de madrugar, hacer ejercicio, prepararse, salir al trabajo, trabajar, volver a casa, bañarse, arreglar todo para el día siguiente, revisar Internet, a dormir. Al día siguiente lo mismo. El siguiente, lo mismo. El siguiente, ya saben. El siguiente, no, ese es sábado, jajajajajaja.

A lo mejor y nuevamente le estoy metiendo mucha cabeza. Nada, jefe chulo, sigo mascando y mascando. Y confieso que casi que sé cuál es la salida, pero no me atrevo todavía a tomarla. Porque no hay retorno. Pero por otro lado, no quiero retornar. ¿Seguir así, desperdiciándome? Ayer esperando un taxi, una chica frente a mí tenía un tatuaje en el brazo que decía: "Every wasted day becomes a wasted chance". Me lo quedé viendo, como si fuese una señal.

Sé que debo volver a enrumbarme. ¿Y si eso implica ver hacia atrás? ¿Otra oportunidad? También me pregunto si hemos cambiado, crecido, y esta vez funcionará. O como dice Bosé, somos los mismos envueltos en novedad. Ya lo dije, somos tercos. O el universo lo es también. Puedes creer que después de tantos años me vuelvo a preguntar, ¿eres tú?. Ya pues, hasta cuándo, universo. Esto ya se parece al cuento del gallo pelón. Aquella cantaleta con la que nos torturaban los adultos.

¿Qué debo hacer? Salir. Moverme. No quedarme estancada. Como el agua, si se queda quieta, se pudre. Como el fuego, necesito oxígeno. No encerrarme. Sentir. Aceptar. Ser y estar. Pero se me mezcla todo. Me ato y desato. Ay, por Baco, trato de descifrarme y solita me hago un rompecabezas.

Aquí hace falta una buena zamarreada.

sábado, julio 04, 2015

Guayaquil 6am.

Hay un mágico encanto en el Guayaquil mañanero. Pero bien tempranito, cuando recién está empezando a aclarar. Cuando el sol todavía está desperezándose. Pedalear tipo 6 de la mañana es tener la ciudad para ti solito. Compartes la calle con un par de carros, uno que otro bus colegial. Hasta los pocos taxis y buses de transporte público van tranquilos.

Guayaquil a las 6am es una ciudad que todavía duerme en su gran mayoría, y una siente el viento en su rostro. A veces amanece nublado, y el sueño se te quita a punta de pedal. Otras, el sol se asoma radiante y sus rayos atraviesan las nubes como si te sonriera a plenitud y te dijera: "¡Buenos días! Hoy vas a tener un maravilloso día". Creo que ni los buses viejos con esos tubos de escape tóxicos salen tan temprano. Hasta respiras otro aire. Te cruzas con los deportistas, trotanto de aquí para allá. Un par de amos paseando a sus perros (con unas caras de dormidos únicas).

Guayaquil a las 6am es una ciudad tranquila, apacible, taciturna. Y me deslizo sobre dos ruedas de igual manera. Saludo al cuidador de carros del parque, a un trotador que suelo toparme, y cada tanto a cierto gato que de milagro está despierto tan temprano.

Guayaquil a las 6am es una ciudad con niños que van a la escuela más dormidos que despiertos. Los veo recostados en las ventanas de los carros, de los buses. Las tiendas vendiendo desayunos de último minuto. Vendedores ambulantes apostados en los exteriores de los centros educativos. Útiles escolares, vinchitas, calcomanías, chucherías.

Guayaquil a las 6 es una ciudad que huele a pan recién caliente. Enrollados, mixtos, dulce, briollos. Las panaderías reciben a los padres, adormilados todavía, comprando aquel manjar del Olimpo. No hay sabor comparable con un pan recién salido del horno. El aroma, la textura. Creo que comer pan caliente es la segunda mejor forma de despertar.

Guayaquil a las 6am es una ciudad hermosa.

viernes, junio 26, 2015

El roce.

Su trabajo la hacía viajar todos los días. Y ya tenía su rutina establecida. Llegaba al terminal, compraba el boleto, se embarcaba en el bus y dormitaba.

Tenía un proceso para elegir el asiento adecuado. De preferencia ambos vacíos, los respaldares de los asientos del frente no muy inclinados, que no dé directo el sol, y pueda regular el aire acondicionado. Luego de acomodarse, echaba un ojo a la película que estaban proyectando, y se quedaba ligeramente dormida.

Ese día, ella siguió su rutina al pie de la letra, salvo por un pequeño detalle: en vez de sentarse a la ventana, como casi siempre hacía, se sentó en pasillo. Hacía frío, por lo que cerró la rejilla del aire. La película se veía interesante, pero el sueño ganó la batalla.

- Permiso -una voz masculina la despertó-

Abrió los ojos y una figura alta, de pantalón claro y camisa a cuadros celeste, estaba parado a su lado, pidiendo paso para sentarse a su lado. En ese momento recordó el primer motivo para sentarse siempre a la ventana. Agarró su mochila que estaba ocupando el otro asiento, y lo cedió. El hombre se sentó a su lado. Ella volvió a cerrar los ojos. Sintió que él se acomodaba, y de pronto sus brazos rozaron.

Su corazón saltó.

No, no fue amor. Esta no es una historia de amor. Pero aquel roce la sorprendió. Ni siquiera abrió los ojos, fingió seguir durmiendo. El frío que tenía fue absorbido por aquel brazo cálido que se encontraba a su lado. Fue una sensación agradable para ella. Esbozó una leve sonrisa en sus labios.

¿Será simpático? Lamentaba no haberlo visto bien cuando la despertó para pedirle permiso. Pero vagamente recordaba un rostro agraciado. ¿Y ahora? ¿Cómo podía verlo si se estaba haciendo la dormida? A lo mejor y él también estaba dormido. O fingía.

Ella dejó de pensar tantas cosas y prefirió dejarse llevar por la grata sensación de confort que le daba ese brazo, junto al suyo. Era suave, cálido, como si diera la bienvenida. Sin quererlo, sentía como si estuviera siendo acariciada.

No, tampoco es una historia de erotismo. Simplemente su cuerpo percibió algo que la sacó de su rutina. Sus terminaciones nerviosas estaban excitadas. Él no movía el brazo. Usualmente los pasajeros suelen respetar la distancia entre ellos. La proxémica está bien marcada en este tipo de situaciones. Pero aquel hombre no pareció incomodarle que sus brazos rozaran. Y a ella tampoco.

En un momento el bus bajó un poco la velocidad y pasó un rompe velocidades. Aquel subidón fue la excusa perfecta para abrir los ojos, haciéndose la que se despertó, y verlo rápidamente. Más joven que ella (diablos), piel canela, ojos oscuros, cabello corto, lentes. Él también la vio. Se fijó que cargaba una credencial de su trabajo, trató de leer su nombre pero este se encontraba del otro lado. Así que no le quedó más que volverse a hacer la dormida.

Algunas personas que bajaban pasaban rozándole el brazo, y ahí recordó el segundo motivo por el cual no le gusta sentarse en pasillo. Enseguida pasó el cobrador, y ambos entregaron su pasaje. Falla de memoria del joven, se dio la vuelta para cobrar al otro lado y volvió a pedirle el pasaje al hombre, y este respondió que ya se lo había dado. Ella aprovechó para aseverar la información. Su voz era firme, clara, segura. Cruzaron una fugaz mirada, pero ella cohibida, volvió la cara a otro lugar, y volvió a cerrar los ojos. Quería seguir disfrutando ese brazo, ese calor, ese roce.

Y así llegó a su destino, bajándose antes que su temporal compañero. Sintió despegarse de aquel extraño contacto suscitado en menos de 1 hora. Ahora sólo espera volvérselo a encontrar. A lo mejor ni siquiera lo ubique físicamente. Pero si vuelven a tocarse, está segura que lo reconocerá.