miércoles, marzo 25, 2015

¿Maquillaje? No gracias. Natural, por favor.

Quienes me conocen, saben que no soy amiga del maquillaje. Quienes me conocen, repito, muy rara vez han tenido la oportunidad de verme maquillada. La mayoría de los días voy por el mundo, como dicen, con la "cara lavada". Próxima a cumplir 32 años, puedo decir que soy una mujer a la que no le gusta maquillarse. ¿Cuándo lo hago? En ocasiones "extremas". Entiéndase una boda, una mega fiesta o un gran evento. ¿Y les confieso algo? No tengo maquillaje, y recurro a mi madre para que me arregle.


No sabría decirles a qué edad le declaré la contra al maquillaje. Para ser sincera, nunca he sido muy fan del mismo. En el colegio, época en la que usualmente las mujeres empiezan a usar maquillaje, recuerdo que mis compañeras lo hacían, y a mí nunca me atrajo mucho. Siempre he sido de look casual, deportivo. Además, recuerdo que cuando íbamos a una fiesta, tardábamos horas en arreglarnos, ponernos guapas y todo, para que en 3 piezas de baile, se desbaratara el glamour. Y anda al baño a retocarte. Mientras mis amigas demoraban en elegir qué ponerse, peinarse, maquillarse, y más, yo estaba lista antes y tocaba esperarlas.

A lo mejor y empezó por ahí mi enemistad. Veía una pérdida de tiempo el pintarme la cara para luego sudar y se enjuagara la belleza. Ir al baño, retocarme, volver a sudar, y volver al mismo loop. Es que, cuando bailo, BAILO. Entonces no me gustaba tardar tanto en ponerme maquillaje encima, verme guapa, y que este desapareciera después del Meneaíto. Tampoco me gusta la sensación del maquillaje en mi rostro. A lo mejor y como no estoy acostumbrada, en serio siento el maquillaje encima. Como una pasta. Es algo incómodo.

Por otro lado, no me gustan los bolsos grandes. Y el maquillaje ocupa espacio. Base, blush, rímel, rizador de pestañas, sombras, delineador de ojos, de labios, labial, cubre ojeras, y más tereques. Si toca llevar bolso o cartera, llevo lo básico. Soy feliz con billetera, llaves y celular. O bueno, una mochila a la espalda también.



Adicional, soy una mujer que se mueve de arriba para abajo, hace ejercicio, anda en bici, y tiene rosácea (piel delicada). Son simplemente más motivos para no maquillarme. Pero es desde hace algunos años atrás en que pienso que no necesito maquillarme porque me siento hermosa tal como soy. Considero que el maquillaje sirve tanto para ocultar imperfecciones como para resaltar rasgos de tu rostro. Y yo no quiero eso. Para mí la verdadera belleza es natural. Así, con mis rasgos buenos y malos.

¿Y a qué viene todo esto? A que el otro día estaba en una reunión por el cumpleaños de un familiar, y mi madre me dice: "mijita, está muy pálida, póngase algo de color". Y yo no quería. Entonces pensé, ¿por qué es solo la mujer la que se maquilla? ¿y el hombre? Él también puede estar pálido. Él también tiene rasgos que realzar, u ojeras que tapar.

Queridos lectores: no quiero maquillarme.


¿Por qué las mujeres usan maquillaje?
Desde tiempos remotos, hombres y mujeres han hecho uso de los cosméticos. Los arqueólogos han encontrado éstos en tumbas egipcias que se remontan a 3,500 años a.C. Hoy sabemos que cuando las griegas empolvaban sus rostros para presentarse como pálidas bellezas, y las romanas ponían rubor en sus mejillas, algunas terminaban paralizadas y otras lo pagaban con la vida. El polvo facial, usado hasta el siglo XIX, tenía base de blanco de plomo, y el rubor era minio de plomo, ambos venenos potentes. Otro veneno mortal, el cloruro de mercurio, era ingrediente común de los rubores del siglo XVII. En los siglos XV y XVI las mujeres se aplicaban gotas de belladona (mujer hermosa, en italiano) para obtener una mirada brillante. Ese hábito producía ceguera. En la década de 1920 la enorme popularidad de las películas de cine impulsó el uso generalizado de cosméticos, inspirado en el maquillaje de los actores. Hacia 1950 la palidez perdió popularidad y se puso de moda el aspecto bronceado, que llegó a señalar al obrero que trabajaba a pleno sol. A últimas fechas, la gente cada vez está más consciente de que el sol provoca cáncer de la piel y por ello muchas personas se protegen con ropas y filtros solares, con lo que resurge la moda de la piel pálida.

Fuente: Selecciones.

¿Ven? ¿Ven? ¡Nuestros antepasados se morían por maquillarse!

Seguí investigando, y resulta que en algunos países los hombres ya están empezando a maquillarse.

Ocho de cada diez hombres argentinos usan productos de cosmética. Consumen crema antiarrugas, gel hidratante y crema para contorno de ojos. El 75% dice que le importa mucho su apariencia física. El 85% asegura que usa estos productos porque le ayudan a estar mejor y el 61% reconoce que ya es un hábito incorporado. Los resultados de la última encuesta realizada por Biotherm Homme Argentina son contundentes y confirman una tendencia mundial que ahora va por más: el maquillaje para varones.Fuente: Perfil.com

La mayoría de hombres que se maquillan no lo hacen con la intención de resaltar las pestañas o los labios como pueden hacerlo las mujeres, aunque siempre hay excepciones, sino que quieren conseguir un tono uniforme de su piel y corregir pequeñas imperfecciones.Fuente: Tener Clase.

Además de usar cremas de limpieza e hidratación para prevenir las arrugas, muchos hombres apuestan también por el maquillaje, que ya no es sólo cosa de metrosexuales. Ya son unas cuantas las marcas especializadas en maquillaje que han lanzado líneas para hombres: Shiseido, L'Oreal, Nivea, Clinique, Ken Men, Guerlain, Gaultier son algunas, pero la lista va creciendo. Son pocos los fabricantes que no han lanzado una línea para el hombre. El hombre se maquilla ya como viene haciendo la mujer, pero el método y el objetivo son distintos. Si una mujer puede decidir entre un maquillaje discreto, casi imperceptible, o uno extremo que quiere "notarse", el hombre tiene que buscar la naturalidad.Fuente: 20 minutos.

Pero bueno, siendo realistas, hasta que un hombre aquí en Ecuador empiece a maquillarse, va a pasar mucho tiempo. Comparto lo que dicen las citas, el hombre también debe verse bien, y puede usar cremas hidratantes, por ejemplo. Eso no lo hace menos hombre. He conocido hombres que van al gabinete a hacerse manicure y pedicure, lo cual me parece espectacular. O en su misma casa se corta las uñas y los cueritos. Maravilloso. Cuestión de estética. Uno tiene derecho a ponerse o quitarse lo que quiera con tal de sentirse bien, y feliz.

Por ello no estoy en contra del maquillaje. Si una mujer no se atreve a salir de casa sin maquillaje porque se siente fea, está en su derecho. Aunque no comparta su posición, es su posición. Si un hombre quiere ponerse rímel en las pestañas y brillo en las uñas, puede hacerlo. Pero con lo que no estoy de acuerdo es en que me impongan el maquillaje. Porque a cierta edad, una mujer ya debe maquillarse. O porque soy mujer debo maquillarme. Disculpen, pero pintarme los labios no me hace más o menos mujer.

¿Y qué sucede con estudios como este?

Casi la mitad de las mujeres no se gustan sin  maquillaje, según un estudio realizado porHarris Interactive, una empresa de investigaciones sociales estadounidense. Esta conclusión confirma lo imprescindible que se ha vuelto el maquillaje para las mujeres de hoy: tal como si fuera una prenda sin la que no se puede salir de casa.
 
En dicha encuesta participaron 1,292 mujeres estadounidenses, 44% de las cuales confesaron que se sienten mal si no se maquillan. Un 16% de ellas aseguran que no son atractivas sin sus cosméticos, mientras el resto creen que van 'desnudas' sin pintarse la cara y no se atreven a salir a la calle sin ello.
Además, la mitad de las mujeres encuestadas suele utilizar maquillaje para ocultar los defectos de su piel y un cuarto de las entrevistadas comenzó a utilizar cosméticos a los 13 años o menos.
 
Entre tanto, otros estudios sobre este tema indican que el sector masculino se siente más atraído por las mujeres no maquilladas. Algunos hombres sostienen que las mujeres excesivamente maquilladas tratan de esconder algunos defectos graves. Otros aseguran que pintarse la cara es equivalente a mentir.
Fuente: RT.

Nos han criado con estereotipos de belleza que no comparto. Roles de género. Y en vez de forjarnos una buena autoestima en base a lo que somos, y amarnos así tal cual, nos instan a ocultar, fingir, maquillar.

Tan solo pongan en Images Google "without makeup" y encontrarán un centenar de fotos de estrellas con y sin maquillaje. Tanta belleza que ven es ficticia. Y esos son los modelos que la industria quiere que sigamos.





Aprendamos a amarnos, tal como somos. Con nuestros defectos. Porque justamente nuestras imperfecciones es lo que nos hace humanos. No soy perfecta, y no quiero serlo.

miércoles, febrero 18, 2015

El pastelero.

El otro día estaba regresando a casa por la ruta habitual. Llego a una intersección donde el semáforo me pedía con su luz roja que me detuviera. Al frenar, sentí detrás mío alguien muy cerca, y giré. Era un pastelero, en su bici. El señor me sonrió y me dijo, "tranquila, niña, solo soy yo". Le sonreí de vuelta.

El semáforo nos dio paso mostrando su luz verde y ambos emprendimos la vuelta al pedal. Iba a mi lado el señor. Me preguntó si iba largo a lo que respondí que sí, "largo todo el centro". Pude ver detrás de la bici la parrilla y dos canastas. Le pregunté si había logrado vender todos los pasteles a lo que respondió afirmativamente.

- ¿Cuántos pasteles vende al día?
- Unos 150, niña.
- Wow, entonces hoy fue un excelente día.
- Si, niña. A 50 centavos cada uno.

Habremos pedaleado apenas 2 cuadras y el señor se despidió, girando a la izquierda. Yo, sin reparo le grité: "¡Que mañana vuelva a venderlos todos, señor!".

Creo que sonrió.

lunes, febrero 02, 2015

Ni rápidos ni furiosos. De Santa Elena a Machalilla, en bici.

Creo que este viaje inició hace mucho tiempo atrás. Por azares de la vida me topé con un artículo de una mujer que contaba su experiencia de viajar en bici. Y me pareció una experiencia espectacular. ¿Me atreveré a hacerlo? ¿A dónde iría? No había mayor cosa que pensar. Sí, claro que lo haría. Y el destino: la playa.

Sin embargo los meses pasaron y eso quedó ahí, guardadito. Un buen tiempo hasta me olvidé del asunto. Pero cuando una pasión late, por más que uno se ocupe en otras cosas, ella no se deja olvidar.
Todo se organizó en cuestión de un par de semanas. Llevaba buen tiempo sin tomar vacaciones. Me asesoré con unos panas que ya habían viajado, pedí vacaciones en el trabajo, conseguí "pata" y así, un viernes a la salida del trabajo pedaleé hasta el Terminal para subirme a un bus que me llevase a Santa Elena.

La travesía se iba a dividir en 3 días:
1ero - Santa Elena a Olón.
2do - Olón a Ayampe.
3ero - Ayampe a Machalilla.

En mi interior tenía un objetivo "emocional". Quería llegar en bici a la playa donde falleció mi padre, justo en su aniversario. Sé que ese loco me hubiese apoyado al 100%, y de ser posible, pedaleaba conmigo. Y todo se confabuló de tal manera que salió perfecto. El bus a Santa Elena ni siquiera nos cobró recargo por las bicis (para que se enteren, en la mismísima Ley de Tránsito hay un artículo -204 literal e- donde dice que tenemos derecho a transportar nuestras bicis en los transportes públicos sin valor adicional). Llegamos y buscamos hospedaje. Siguiente objetivo: ¡comida! No con afán de sacarles pica (las fotos más adelante sí lo son) pero con apenas $5 comimos como dioses peninsulares. Un buen plato de arroz con menestra y chuleta, y otro igualito pero con pescado al horno. "Madrina, póngase un poquito más de menestra, que está buena". César y yo quedamos satisfechos. De ahí, a descansar. Tocaba madrugar al día siguiente.

Sábado, día 1.
Luego de un desayuno frugal, ya equipados, empezamos a pedalear. Nuestro fiel compañero de viaje fue el Endomondo. Primera foto oficial, en el letrero que dice "Ruta del Spondylus" y una flechita hacia la derecha. Aquella carretera tantas veces transitada, era la primera vez que lo hacía en bicicleta. Pasas Capaes, un par más de urbanizaciones y ves el mar. Aquella imagen alborota tu corazón y con una sonrisa en el rostro sigues pedaleando.

Una que otra lomita, pocos carros, un camino sin mayor problema. Parábamos en puntos estratégicos para las respectivas fotos: "Bienvenidos a San Pablo", "Bienvenidos a...". Cada letrero de "Bienvenidos" era un motivo de alegría. Era un, ¡llegamos, sigamos! Nos cruzábamos con otros colegas ciclistas, pero aquellos eran los verdaderos. Acá uno todo equipado, con tanto tereque y vaina encima, y ellos de lo más sencillo. Short, zapatillas, y camiseta. Nos sentimos unos adefesiosos. ¿Alforjas? ¡Qué es eso! Ellos habían instalado par de baldes en la parte de atrás y allí llevaban los pescados.

El sol estuvo clemente y no salió hasta la media mañana, cuando ya llevábamos más de la mitad del recorrido. Un guineo por aquí, agua por acá, y de repente, "Bienvenidos a Manglaralto". Nuestro destino oficial era Olón, pero recordaba que ahí empezaban las "lomitas", así que decidimos quedarnos. Sin embargo, luego de un pequeño recorrido vimos que Manglaralto estaba un poco "muerto", así que avanzamos a la siguiente playa. Montañita. La cual no estaba NADA muerta. Demasiada gente para mi gusto.

Pero no importaba, habíamos llegado. El primer día se sorteó sin ningún contratiempo. Siguiente objetivo: COMIDA. Porque luego de casi 58 kilómetros uno tiene hambre. Nos ubicamos en un restaurante y a comer se ha dicho. Encocado mixto por un lado, spaghetti de camarones por el otro. ¡Buen provecho! Luego de calmar a la leona, buscamos hospedaje y descansamos. La famosa vida nocturna de Montañita se quedó afuera. Luego de ver el ocaso y dar un par de vueltas, decidimos reponer energías. No sin antes abrir un par de latas de atún y unos paquetes de galletas, que sirvieron como cena.

Domingo, día 2. 
Despertamos cuando todavía hay borrachos que no encuentran su hotel, decidiendo quedarse dormidos en el carro, o en alguna vereda. Montañita muta dependiendo la hora. Por la mañana y parte de la tarde en su calle principal te encuentras decenas de carretillas con diversas variedades de cebiches quita chuchaquis, levanta muertos, 220 voltios, etc (por la noche salen las carretillas de cocteles, hamburguesas y comidas rápidas). En nuestro caso, un buen batido y una tostada fueron el desayuno perfecto. Endomondo prendido, a pedalear se ha dicho.

Este día iban a ser menos kilómetros, pero más difíciles, porque pasando cierto punto empieza una zona llamada "los 5 cerros". Pura subida (inserte aquí carita llorando del Whatsapp) nos iba a tocar pedalear. Pero esperen, esperen, me estoy pasando algo importante. Antes de aquella tragedia, pasas un pueblo llamado La Entrada, donde se encuentran los famosos "Dulces de Benito". Un pequeño local donde hay maravillosos cheesecakes y pasteles de los ingredientes más variados. Esa era parada obligatoria. ¿Qué comimos? Uno de Nutella y pistacho.

Ahora sí, volvamos al drama. Pasando La Entrada, con tremenda carga de azúcar en nuestro sistema, empezaron las lomas. Baja plato, sube piñón, baja plato, sube piñón (ponle ritmo de reggaeton), hasta que llegamos a un punto que nos ganó la loma, y al no poder bajar más plato, nos bajamos nosotros. Caminando empujando la bici, fuimos recuperando aire, para volvernos a subir.

César me maldecía cada loma que vencíamos, porque veíamos más adelante y encontrábamos otra más. No sabíamos en qué momento íbamos a terminar ese suplicio. Llegamos a un punto en donde pudimos divisar todo lo que habíamos subido, al ver el mar abajo, muy abajo. Habíamos ascendido suficientes metros para sentir nuestro corazón agitado. Pero de repente, sin previo aviso, se acabaron las lomas. Bueno, casi. Al menos las más empinadas. ¿Y lo bueno de las subidas? ¡Las bajadas! Ahí César soltaba el freno y bajaba embalado. Yo, como buena maricona, iba frenando cada tanto, porque no quería tomar mucha velocidad.

Empezamos a descender y luego de una curva, el letrero que tanto ansiaba ver: "Bienvenidos a Ayampe". No puedo negar la sonrisa esbozada en mis labios, y una que otra lágrima se acomodó en el rabillo de mis ojos. Frenamos para la respectiva foto, avanzamos hasta la playa, y paramos el Endomondo.

Gratitud era el sentimiento que me embargaba. Había llegado. Pedaleando llegué hasta tu playa, papá. Locura cumplida.

Ya se imaginan cuál era nuestro siguiente objetivo: ¡COMIDA! Y, sin querer quitarle importancia a la comida de mi querido Guayas, Manabí se gana mi estómago. Mi corazón. Mi estómago. Ay, la comida manabita me gana. Larga vida al verde, los mariscos, el maní. Ubicamos las bicis en un pequeño restaurante, con mesas llenas, y nos acomodamos con unos extranjeros. "¡Jefe, dos platos de bolón con huevo frito y café".

Oh, gloriosa comida manaba...

Frente a mí se encontraba un señor que bordeaba los 60 años, con un largo cabello canoso, ondulado, que ataba en una cola de caballo, claros ojos azules, descamisado, disfrutando una taza de café. A mi derecha había una joven pareja, con un vaso de jugo al frente de cada uno de ellos. Sin darnos cuenta, nos incluimos en la conversación:

Ella: This juice is kind of exotic to me. It's a tree tomato. 
-Él estaba dudando en probarlo-

Ella trataba de explicar, en inglés, el sabor del jugo de tomate de árbol. Aquí, una guayaca criada en casa donde el almuerzo casi siempre iba acompañado de un jugo natural, pudo opinar con más detalle al respecto. El señor frente a mí estaba interesado también, aunque creía que estábamos hablando del tomate. Le explicamos que no es lo mismo, que hay una fruta llamada tomate de árbol. Y que es un jugo clásico de la costa ecuatoriana. Como César dijo que no le gustaba, el señor tampoco era muy amante de su sabor, y el dudoso no quiso probarlo, la chica me lo ofreció. ¡Jugo gratis! Estaba delicioso. En esa mesa se hablaban 5 idiomas, y por más que tratamos, no pudimos explicar en nuestro inglés sencillo el sabor del tomate de árbol.

Así fue como terminamos conversando con una pareja de suizos, ella llevaba 5 meses en Ecuador, gracias a un voluntariado, él recién había llegado hace 2 meses, para acompañarla. El señor, con él nos quedamos conversando de largo. En una mezcla de inglés, español, francés, e italiano. Sin darse cuenta, Mark (luego de casi 1 hora hablando le preguntamos su nombre) cambiaba de idioma, y cada vez que le hacíamos caer en cuenta, se atacaba de risa. Debido a una dolencia, huía del frío, y decidió vivir un verano eterno. Oriundo de Canadá, donde la temperatura puede llegar a menos 40º, disfrutaba nuestras playas.

Así nos recibió Ayampe. Una playa extensa, con un pueblo pequeño y tranquilo. Amigables, saludan al pasar a tu lado, y siempre dispuestos a ayudarte. Buscamos hospedaje y luego de descansar un poco, decidimos dar una vuelta por la playa. En bici. De punta a punta son algunos kilómetros.
La noche en Ayampe se prende de a poquito. Hay ciertos lugares donde te brindan comida variada, algunos cocteles, a veces hay música en vivo, pero mucho más tranquilo. No se compara con el bullicio de Montañita, por ejemplo. Caminamos un poco y volvimos a la hostal. Abrimos otro par de latas de atún con galletas, y a descansar.

Lunes, día 3. 
Luego de un par de bichos que no me dejaron dormir muy bien, despertamos para iniciar nuestro tercer y último día. Un guineo, galletas y mermelada fueron el desayuno. Acomoda todo en las alforjas, Endomondo, y nos fuimos. César me tenía amenazada con que si veía una loma más, paraba y se regresaba en el primer bus que cruzara. Tranquilidad, no lo hizo. Porque aparecieron un par más de lomas. Pero nada comparables con las del día anterior. Pasamos Salango, Puerto López, Agua Blanca y luego de una linda lomita, Los Frailes. Nuevamente, habíamos llegado.

A lo mejor y pueda sonar cansón ese "hemos llegado", pero para mí cada uno de ellos era un objetivo cumplido. Emprender este viaje era algo nuevo, y aun sabiendo que tengo la resistencia y un buen estado físico, era una experiencia que nunca había realizado. Llevo buen tiempo dedicada solo al ciclismo urbano, la montaña y las largas distancias quedaron atrás hace tiempo. Es por ello que cada letrero de "Bienvenidos" era una pequeña meta cumplida. Un micro orgullo. Pero llegar a Los Frailes, a Machalilla, fue ya el destino final. La mona lo consiguió. Se propuso llegar a Machalilla en bici por toda la ruta del Spondylus, y lo logró. Es simplemente una satisfacción. Un logro personal.

Llegar a Machalilla, a las pequeñas habitaciones de Clarita, una señora que no me veía hace años, y que me recuerde, es algo hermoso. He ido 3 veces, con esta ya serían 4, y siempre me quedo donde ella. No pidas mucho, dos camas, toldos, sin ventilador, pero la vista, espectacular. Tiene los cuartos al pie del mar. Donde la brisa te embriaga.

Machalilla es un pueblo de paso, entre Puerto Cayo y Puerto López. Lo único atractivo entre ambos puntos es Los Frailes, una playa dentro de la reserva ecológica. Un pequeño paraíso refundido, donde solo escuchas las olas romper en la orilla.

Luego de 3 días de pedaleo, nos quedamos ahí, descansando. Un suculento pescado apanado con arroz y patacones fue nuestro almuerzo. Al día siguiente un delicioso bolón (con queso manabita, obvio) con tortilla de camarones y café nos cayó cual yunque en el estómago. No pidas acción en Machalilla. Es una playa extensa, hermosa, llena de barcos pesqueros, que le dan un atractivo de puerto. Para postal. Pero de ahí, sumamente tranquilo.

Así termina nuestra aventura pedalera. El último día nos embarcamos en un bus que nos llevó de regreso a Guayaquil. Este sí nos cobró por las bicis, pero de los $2 por cada una, le rebajé a $1. Gran cosa, sí, no quería sacarle la ley de tránsito al cobrador, jajajaja. Fuimos casi al fondo del bus, y en casi todo el trayecto tuvimos "música en vivo". Un grupo de universitarios que se pasaron cantando todas las canciones habidas y por haber de su equipo de fútbol. Nunca pensé que habrían tantas, pero en serio, tantas canciones para una hinchada.

Llegamos a Guayaquil, y cada uno partió a su casa. Llega un momento en que las piernas simplemente siguen dándole vuelta al pedal. Todavía no lo podía creer. Hicimos poco más de 150 kilómetros, y aunque algunos hacen eso en solo un día, no me importa. Como dice el título de este post: ni rápidos ni furiosos (aportación de César). Fue una experiencia formidable. El avanzar con tus propias piernas, llegar a un destino con el bombeo de tu corazón. Trato de encontrar las palabras precisas pero no puedo. Es simplemente grandioso. Una vía que recorres de manera automática, a veces a más de 100kms por hora, hacerlo a un promedio de 20kms, te hace disfrutar mucho más el paisaje, los detalles.

¿Lo repetiría? Sí. Pero ya no quiero más lomas, jajajajajaja. ¿Recomendaría a alguien que lo haga? Definitivamente. Si te gusta andar en bici, viajar, y tienes espíritu aventurero, es una gran oportunidad de vivir algo nuevo. Hay cicloviajeros que llevan meses, años, recorriendo continentes. Que simplemente agarraron sus cosas, las treparon a su bici y se fueron. Qué recomiendo: planificar una ruta previa. No tiene que cumplirse a rajatabla, pero al menos tener una idea de a dónde vas a ir. Parar cuando estés cansado, comer cuando tengas hambre, hidratarte. Los guineos son lo máximo. El atún siempre te va a salvar. Lleva un par de tubos de repuesto. En nuestro caso, nunca pinchamos. Tanto así que llegué a casa, y al día siguiente, la llanta amaneció desinflada. Fue un goce eso para mí. Puedes ir solo, o acompañado. Si vas con alguien, que sea de plena confianza, porque van a pasar juntos todo el tiempo. Deben conocerse lo suficiente, compartir gustos, apoyarse, pedalear al mismo tiempo, que no te apure, ni te atrase. Que te aguante, más claro. Fotos, toma fotos. Todas las que quieras. Si te gusta escribir, lleva algo para hacerlo. Conoce a la gente, conversa con aquellos a quienes te topas en cada destino.

En resumen, vive la experiencia. Vale la pena.


















miércoles, enero 21, 2015

Lo que uno hace se devuelve.

¿Saben qué es lindo? Cuando el karma actúa de manera instantánea, en el lugar menos esperado, de la forma más sencilla posible.

Así me pasó ayer por la noche, cuando fui al Supermaxi a comprar una fundita de veneno para ratas. Sí, Gastón (ese nombre le puse) es un nuevo inquilino que tenemos en casa y, lamentablemente para él, no es bienvenido. ¿Cómo lo descubrimos? ¡El muy conchudo se me come los mangos! Ayer por la mañana despierto y veo un mango roído y comido casi la mitad. Ah no, no señor. Yo que me trepé al techo de la Danu, recolecté los mangos con el sudor de mi frente, puse mi vida en peligro, los saboreé en mi mente, llevé a casa, lavé, separé y dejé listos para comérmelos poco a poco, ¿ver que un mamífero roedor se me los está comiendo? ¡No, señor! ¡Gastón se va! Las únicas ratas bienvenidas en mi casa son Dael y Clau. Pare de contar.

Experta en buscar la fila más corta posible, analizar los carritos de compras, la rapidez del cajero y demás factores que me ayudan a salir rápido, me acerqué a un señor con pocas compras y pregunté si me dejaba pasar (ya que solo llevaba el veneno). El señor accedió sin mayor problema y le agradecí. Mientras esperábamos a que el cajero me atienda, el señor me comentó que el veneno que estaba comprando es bueno, que él lo usa, y así se inició una conversación trivial sobre el tema. El que hace fila ya conoce que cualquier tema puede desencadenar una pequeña conversación para pasar el tiempo de espera. Pagué mi producto y me fui a retirar la mochila que había dejado en custodia. El señor me la devuelve preguntándome si me habían dado la revista, a lo que respondí no. Me indicó que el cajero podía dármela. A lo que regreso donde el cajero, este me pregunta si podía facilitarte la tarjeta de descuento, y me percato que al señor no le cogía la de él. Yo sólo respondí: "¡Pero claro!" Y se la entregué. La pasó por el escáner y me la devolvió. El señor sonrió. Y yo le dije: "¿Vio? Lo que uno hace se devuelve".

El señor me agradeció el gesto, y yo con una sonrisa, me di media vuelta y me fui. Contenta.


sábado, diciembre 20, 2014

Energía positiva.

Que sin esperarlo una persona diga que tus abrazos llena de paz y energía es algo que te mueve el piso. Peor si le has agarrado cariño y sin entender bien el porqué. O aquellos momentos en que estás pedaleando y miras el sol que va ocultándose de a poco, tornando el cielo de una paleta de colores espectaculares, y sonríes como tontita. Son esos pequeños detalles los que hacen que disfrute mi vida. Son pequeños motivos que encuentro día a día para sonreír.

Ayudar, servir, colaborar. Sonreír, abrazar. Arrancar una sonrisa. Sentir que de alguna manera estás cambiando positivamente el ambiente a tu alrededor. Contagiándoles de energía positiva. Ser parte de organizar algo que traerá felicidad a las personas.

O decirle las verdades a un nuevo pana, para que crezca, para que mejore, para que se convierta en una mejor persona. Apoyarse. Ser severo cuando hay que serlo. Pero sin permitir que se desplome. Poner el hombro. Ven, apóyate.

Sentir que esa incongruencia fue resuelta. Oh sí. Sonreír por tener esa fabulosa amistad con alguien que todavía amas, pero ahora de forma distinta. Un amor que se ha fortalecido con el tiempo, y justamente gracias a errores, a tropiezos. Un amor que ha crecido y germinado. Ahora a seguirlo cuidando. Ya no maltratarlo. Ya no lastimarnos.

Y gracias a una buena conversación, con café de por medio, descubrir que no siempre hay que pelear contra el sistema. Simplemente adaptarse. Lo dije justamente hoy. "El secreto es saber adaptarse a las circunstancias que te presenta la vida. Y actitud positiva". Y hubiese querido abrazarte en ese momento.

O en broma decirle a alguien que te gusta. Y descubrir que tú también le has gustado. Y verlo sonreír. Ay, que me encantan las sonrisas. 

Ah, y tener un cajoncito lleno de dulces que te encantan. Maldita dieta, oh, bendito Baco, jajajajajaja. Diciembre es difícil. Dulcemente difícil.

Simplemente gracias. Por todo. A todos. Por estar ahí. Por darme razones para sonreír. Gracias a la vida, a mi bici, a los ocasos, a Netflix, al chocolate, a los amigos, al bailoteo, al trabajo.

martes, noviembre 11, 2014

La incongruencia.

La cabeza, el corazón, la vagina. No siempre se ponen de acuerdo. A veces parezco hombre, un par de días al mes me pongo demasiado mujer. Muchas veces no me comprendo. Parece que con el tiempo me he puesto muy exigente y no me atrae cualquiera. O como bien me dijo una amiga: "no hay huevo que te calce". Así de linda es ella. Pero luego leo a Walter Riso y resulta que no debo conformarme con cualquier pendejo. Y así ando, deseando un macho que me calce (no sólo el huevo debe hacerlo). ¿Y qué macho quiero? Chuta, ya he escrito algunos posts al respecto. ¿Dónde está el susodicho? Si lo conocen, no sean mal dato, presenten.

Sí. Estoy feliz soltera. Y prefiero seguir soltera a juntarme con alguien que no me complemente. Bien dice el dicho, "más vale solo que mal acompañado". Sin embargo confieso que ando con ganas de enamorarme. De pensarlo y sonreír. Que me digan "te quiero". Planificar cosas juntos. Admirarnos, apoyarnos. Tener esas largas conversaciones, donde se hable de todo un poco. Conocernos. Mandarnos a la mierda, disculparnos. Tener un amigo, amante, enamorado.

Damas y caballeros, público presente, estoy con la regla, se viene un arrebato de estrógeno.

El asunto aquí es que una está tranquila, esperando a que en algún momento aparezca el susodicho. Pero está también la carne, las ganas, el deseo, la quesura, mijita, la quesura. Uno tiene necesidades... Eso sonó como hombre. Pero dejémonos de comentarios machistas. Tanto hombres como mujeres tenemos las mismas necesidades sexuales. Y sí, me gusta el sexo. No se hagan, chicas, a todas. Entonces una se pone a veces más arrecha de lo normal, y zas, busca defogar. ¿Y después? Cada uno por su camino. A la larga eso ya cansa. Como acabo de decirle a un pana: "no quiero tirar y ya, quiero tirar con feeling". El vernos a los ojos y sentir que hay una conexión que vas más allá de la parte física. Porque el cuerpo se va. Uno llega al clímax, y esa sensación orgásmica se desvanece de a poco. Pero si hay algo más, eso queda.

Ay, bendita regla...

Claro, una aquí está rica, entonces el hombre te ve y te quiere entrar. Y no niego que me gusta sentirme deseada. Me encanta. Pero quiero más que un simple "cuerpeo" (como lo clasifica otra amiga). Es fácil agarrar, acostarse con alguien, y ya. Salen esas propuestas. También sale por ahí uno que otro que quiere algo serio. Pero no cuadran. Y los despacho (por eso mi amiga me chantó lo del huevo. Yo, la exigente). Por otro lado puede que algunos no se atrevan a intentar algo serio conmigo porque saben que aspiro alto (ahí mi amiga y Walter Riso no están de acuerdo) Además, hablo de sexo sin ningún tapujo, soy machona, zángana, jodona, descomplicada, y digo las cosas de frente, sin tanto drama. Así que sé que todo esto hace que puedan verme como alguien con quien pueden intentar un vacile y ya.

¿Y yo? ¿Qué quiero? Quiero alguien con quien planificar un futuro. Viajar. Ir al teatro, al cine. Salir con amigos en común. O simplemente quedarnos en casa, viendo una película, escuchando música, comiendo. O simplemente cada uno por su lado, en su patín. Extrañarnos. Corregirnos. Que se cabree con mi necedad. Pero que me tenga paciencia, por favor. Que sepa mis antojos, y que soy maricona para el dolor de estómago. Que me encantan los niños, pero me irritan los malcriados y peor si hacen berrinches. Que soy amante del chocolate, los viajes por carretera, tragona, irritante, desvergonzada. Me gustan los deportes de aventura, soy engreída, a veces inoportuna, e impulsiva.

Entonces así me encuentro, buscando, esperando, deseando, sin encontrar. Encontrarme, encontrarnos. En algún momento nos encontraremos. Sigo creyendo.

viernes, setiembre 19, 2014

Descanso médico.

Ya sabemos que un pequeño golpecito puede cambiarte la vida en una milésima de segundo. Y aquí estoy yo, otra vez, postrada en cama, gracias a que mi querido dedo se dio duro contra un fierro y se fracturó el hueso. 

¿Dolió? ¡Ayayai! No se imaginan. Bueno, confieso que en ese momento dolió lo suficiente para detenerme, evaluar la situación, y seguir con el wod (jajajajajaja, sí, sí, aquí deberán recordar que esta mona es masoquista y tiende a minimizar los dolores). Pero después de una hamburguesa, una ducha, y linimento olímpico, seguía doliendo. No alargo el asunto, hospital, rayos x, fractura del dedo gordo. Reposo médico. 

2 semanas de pasar acostada con la pata alzada y moverse lo estrictamente necesario, para mí, puede ser una agonía. Chao bici, trote, crossfit, competencias, etc. Hola Netflix, Facebook, Instagram, Twitter, Internet, tv cable, etc. Ya saben, hay que verle el lado positivo a todo.

Han sido 2 semanas interesantes. He descansado todo el cansancio que he venido acumulando estos últimos meses. Lo que significa que tengo un cúmulo de energía que está listecita para estallar. Ya está burbujeando dentro de mí. También he honrado a Baco y aunque he seguido una alimentación sana, confieso que he pecado y me he embutido de alimentos no muy sanos pero sí muy ricos. Oh sí, cuando tenga luz verde para volver a hacer ejercicio voy a meterle con todo. Han sido días en que he pensado mucho, analizado mi vida y la situación actual en la que me encuentro.

¿Saben? Justo antes del accidente, iba a asistir a un taller que prometía mucho. Sentía que iba a ser un cambio o un gatillo para poder salir de una especie de bache emocional en el que me encuentro. Estaba muy emocionada. Y fui al crossfit con una pereza maldita. No quería entrenar esa noche. Luego del golpe entendí aquella frase que dice: "la pereza es la madre de todos los vicios, y como toda madre, hay que respetarla". Y fue que yo, por irrespetuosa, me di en el dedo. Y aquella insignificancia me derrumbó todo. Se fue el taller, no pude ir a la competencia de 6k, y he pasado enclaustrada en casa.

Pero resulta que no debo depender de algo externo para salir del hueco en el que estoy. Soy yo la responsable. Todavía me pregunto qué estoy haciendo. Y me río de mí misma, por cojuda y por cobarde. Por cómoda, por conformista. Porque sé lo que estoy haciendo mal y lo sigo haciendo. Porque me estoy desperdiciando, y perdiendo tiempo valioso. Porque sé que puedo ser más feliz. Me estoy preguntando "¿qué estás esperando, Diana?" Es esa comodidad, esa falsa seguridad. El no querer salir de la zona de confort. Pensar que desperté a las 2 de la madrugada un sábado con un dolor insoportable, y me las arreglé para agarrar un taxi y hacerme ver el dedo al otro extremo de la ciudad, pero no me atrevo a mandar todo al cuerno y enrumbar mi vida en un camino que verdaderamente me haga feliz.

¡Cobarde!

Y sonrío. En este preciso momento estoy sonriendo. Irónicamente, imagino.

Ahora sólo quiero poder caminar otra vez. Que el doc me vea la pata y me diga que ya puedo apoyar el pie.

A lo mejor y empiezo a caminar, y caminar, y caminar, y me voy de largo.

Adiós.