lunes, febrero 03, 2014

Bajar para subir.

A lo largo de mi vida he tenido que atravesar una serie de dificultades. De todo ámbito. Desde económico, estudiantiles, autoestima, etc. Autoestima. Mi infancia fue, para mi punto de vista, jodida. Tuve problemas de adaptación en la escuela. Pasé por algunas instituciones, y en la que más tiempo permanecí, me costó hacer amistades. ¿Por qué? Pues para resumir: era tartamuda, me sentía gorda, fea, y las niñas me tachaban de machona. El famoso "bullying" que tan de moda está ahora, yo lo recibía en la escuela.




Sí. Los niños podemos ser crueles. 

Todavía recuerdo cuando la más bonita del salón se paraba (cuando no estaba el profesor), y decía en voz alta: "Alce la mano quien le gusta Melanie". Y media muchachada alzaba el brazo. "Ahora alcen los que les gusta Gaby". Vaya ahí, otra sarta de manos al aire. Un par más de las chicas bonitas nombradas al azar, y más manos. Ya se imaginan qué pasaba cuando me nombraban...

Súmenle a ese recuerdo un problema de lenguaje. Tartamuda, con todas sus palabras. Moría de la vergüenza si tenía que hablar en público. Pararme frente al salón era una agonía para mí. Luigi, un compañero, osaba cruzarse de brazos y amagar que se quedaba dormido cuando me tocaba leer en voz alta.

Por último, siempre he sido una muchachita activa. Subirse a los árboles, pelotear, lanzarse al suelo, ensuciarse. ¡Eso era diversión para mí! Las muñequitas las tenía en casa. Desarregladas, despeinadas, rebeldes como su dueña. Pero la escuela era para correr, jugar a las cogidas, sacarse la madre en el recreo. Y entonces las niñas empezaron a decirme "machona". Pero cuando quería jugar con ellas, no me dejaban. ¿Qué más, pues? Me iba a jugar con los varones.

Todo eso creó en mí un serio problema de autoestima. Era feliz, tampoco crean que pasaba deprimida, llorando, buscando Tostitos para suicidarme. Jamás. Lloraba, sí, iba a terapia, también. Pero siempre tuve amor. Mi familia fue un puntal de apoyo magnífico. Y dentro de tanta muchachada pendeja, tuve contados amigos que me salvaron.

Así me gradué de la primaria. Al llegar la secundaria, las cosas cambiaron. Ya no había tanto pendejo. Había, sí. Siempre habrán pendejos. Pero empecé a reforzar mi autoestima, conocí mejores personas, y fui sintiéndome mejor conmigo misma. Ahí conocí a una amiga fanática de los dulces, como yo. El asunto era que yo los compraba, mientras que ella los hacía. Oh no, el debacle. Empecé a preparar tortas y galletas después del colegio. Y el problema aquí era que me comía la mitad de lo que hacía. 

Ahora imagínense esos cuadros de porcentajes de ventas, donde la flechita sube, y sube, y suuuuubeeee. Así subí yo de peso.




Siempre he sido de actividad física constante. Deportes, ejercicio. Me encanta. Desde chiquita. Mi abuelita tenía un gimnasio femenino, mi madre lo administraba y daba clases. Las tardes las pasaba ahí. Para mí, hacer ejercicio era un juego. Eso ayudó a que no me hiciera una bola. Pero igual, consumía más calorías de las que quemaba. Y por más dietas que hiciera, medio empezaba a bajar, la rompía, y volvía a subir. Mi adolescencia fue un continuo sube y baja de peso.

Pasé el colegio, entré a la universidad, y seguía en el mismo patín. Amante del azúcar. Podía bajarme paquetes enteros de galletas, medio litro de helado, tortas. La comida chatarra también era mi debilidad. Tengo buen diente. Comer para mí es un placer. Y descubrí que también es un refugio. Soy adicta a la comida. A ese placer momentáneo de meterme un bocado a la boca, saborearlo, disfrutarlo.

A mis 26 años llegué a pesar 199 libras. Con una altura de 1,69mts. Había hecho tantas dietas como amores platónicos tiene una adolescente. La Scardale, la sopa milagrosa, la de la piña, la del lagarto, la del higo (ah no, esas últimas no, disculpen), y tantas más. 

Yo sabía cual era mi problema. No quería cerrarme la boca. No quería dejar de comer rico. Y comía sano. En mi casa, mi madre quien es una excelente cocinera, prepara comida sana. Mi problema era la comida de afuera. La falta de voluntad. Esconderme detrás de ese plato de comida que en ese momento me iba a saber a gloria, y después se iba a alojar en mis caderas. El exceso. Saber que tenía que detenerme, y no hacerlo.

Intenté tantas veces bajar de peso, que a veces perdí la esperanza. No puedo decir que un día simplemente decidí cambiar, y lo hice. La verdad no fue algo así de apoteósico, una epifanía. Creo que simplemente empecé, y ya. Un paso a la vez. Aproveché un descuento que tenía por mi trabajo e ingresé a un centro nutricional. Seguí la dieta que me dieron, iba a las terapias corporales, y descubrí Beachbody

Y empecé a bajar.

Todavía recuerdo que durante los primeros 6 meses, no comí dulces, ni chatarra. Jamás había hecho eso. Cero, Polito, cero. Y al empezar a ver los resultados, me emocioné, y seguí. 

Así han pasado estos últimos 4 años. Donde me maravillé al descubrir que el bajar de peso, me subió el autoestima. Desde los últimos años de colegio, empecé a amarme más. A aceptarme. Poquito a poco. Entendí que de pequeña no era gorda, estaba bien. Mis compañeras eran raquíticas, que es diferente. Yo siempre comí sano, fui fuerte, de contextura gruesa. Superé mi problema de lenguaje. Y ahora hablo hasta por los codos. Todavía me trabo, a veces, y me río. Solita meto embrague y arranco otra vez. Mis panas me gozan. Lo machona, ¡ja!, eso no se me ha quitado. Y ya tengo 30 años, no creo que se me vaya a quitar. Soy feliz así, tal como soy. Me pongo mis vestiditos, falditas, me maquillo cada año bisiesto (y se me ve espectacular). Pero casi siempre vas a verme sencilla.

Sencilla. Esa es mi palabra.

Aquellos que recién me conocen hace un par de años creen que siempre he sido así, delgada. Pues nooooo. Era una gordita. Feliz, siempre con una sonrisa. Pero con sobrepeso. Este post fue inspirado por un collage que puse en Facebook donde muestro mi transformación, el trabajo, sacrificio, la voluntad. Me costó horrores. Pero lo logré. Y sigo, porque sé que todavía puedo lograr más. Gracias a todos por su apoyo, consejos, ánimos, puteadas, galanteos (y morboseos, jajajaja). Han sido maravillosos.

Este escrito podrá sonar superficial. A fin de cuentas bajar de peso es sólo apariencia física. Algo corporal, que con la edad se irá desvaneciendo. Pero va más allá. En mi caso, es una lucha conmigo misma, con mis debilidades, mis miedos, mis adicciones, el sistema, el qué dirán, el qué debo ser. Es una batalla, ponerse un objetivo, una meta, y llegar. Exigirse, ser mejor, equivocarse, y seguir, caerse, y seguir, y seguir. Es triunfar. Es una lucha. Bajé de peso, y eso me hizo sentirme mejor conmigo misma. Y todavía lucho. Porque todavía peco. Como cosas que no debería comer. Todavía me escondo en la comida. Y eso es un trabajo que todavía no termino. Poco a poco. Bocado a bocado, en este caso.

Yo no puedo más hacer más que contarte mi experiencia. Lo que me costó a mí, no significa que te va a costar a ti igual. Puede que sea más fácil, o más difícil. Todos somos diferentes. Es cuestión de encontrar dentro de ti eso que te mueve a ser mejor. Ese motor que te impulsa. Yo quiero ser feliz, yo soy feliz. Me gusta verme al espejo y sonreír. Coqueta de mierda. Me siento viva, llena de dicha. En armonía. Hay días en que brillo, hay otros en que estoy apagada. Simplemente estoy aquí para aprovechar cada momento. Me gusta irme a la cama de noche sintiéndome satisfecha de lo que hice. Ya no estoy tan traumada. Bueno, a veces sí. Todavía tengo libras que quiero bajar, músculos por tonificar. Pero poco a poco. El truco aquí es disfrutar.

Aquellos que dicen "no puedo". Aquellos que intentan una y otra vez. Aquellos que creen que es muy difícil. A todos, a cada uno de ustedes, les digo que es posible. Perseverancia, disciplina, ñeque, y amor. Que cada fallo nos haga más fuertes.



jueves, enero 23, 2014

Ven.

Ven y abrázame hasta quedarme dormida.

Aunque ahora que lo pienso, hace calor como para dormir abrazados. Pero igual, quédate cerca, toma mi mano. Que tu rostro sea lo último que vean mis ojos. Y sonreír, justo antes de quedarme dormida. Con tu recuerdo, con tu cariño.

Tu corazón latiendo junto al mío. Un ritmo tan conocido, tan tuyo, tan mío. 

Caer despacio en ese mundo, donde somos y dejamos de ser. Donde volamos, y muchas veces, empezamos a caer. Aquel lugar donde los sueños se hacen realidad. Y me dejo llevar. De tu mano, a donde sea.

Vamos. Ven. Vámonos. Nos fuimos.

Sonríe, y digamos "adiós". 

Hasta mañana, donde sea que estés...

Adiós.

domingo, noviembre 17, 2013

Esos findes.

Esos findes tranquilos, sin planes, con panas. Esos findes sencillos. Que nunca, nunca se acaben.

Sábados de reunirse con personas que comparten tus gustos. Engreírlos preparando un cerrito de bolones. ¡Con tocino! Oh, bendito tocino. Y conversar, hablar, y hablar. Toda la tarde. Reírse. Conocerse. Quererse. Descubrir que la amistad es hermosa. Apoyarse, preocuparse. Estar y no estar de acuerdo. Aceptarse. Con nuestras diferencias. Aprender a aceptar que somos diferentes. Y es justamente eso lo que nos permite encajar. Porque dos piezas idénticas no se acoplan. Necesitamos ser diferentes. 

Y querernos, porque no somos perfectos. No necesitamos ser perfectos. Quererte con tus virtudes, con tus defectos. Querer lo que me gusta, y no me gusta. Quererte en combo. Así como somos, y esforzarnos por ser mejores. No me cambies, ayúdame a ser mejor. ¿Será que te quiero?

Ver una peli, matarnos de risa. 

Afuera el tiempo sigue avanzando. Con su tic tac recordándonos que no podemos quedarnos quietos mucho tiempo. Pero hoy, ahora, no necesitamos movernos. Estamos disfrutando el momento. Desparramados en el sofá -desparramado, qué buena palabra-. Sin cronogramas, agendas, ni citas por cumplir. Y así el sol se esconde, dándole paso a la noche, a la reina. ¿Hay más? ¡Claro que hay más! ¿No les dije que no había planes? ¡Ponme otra película! Patada, puñete y gargajo. Acción de principio a fin. Ahí se me sale lo masoquista. Duele rico.

Las luces de la ciudad se prenden, a la par que nosotros nos vamos apagando. Llega un momento en que tu cuerpo te pide descansar. Debemos recargar las baterías. Aunque quedó una película pendiente, tocino en la refri, un par de chelas, y media botella de menta (para las nenas). Será para otro día.

Esos findes tranquilos, sin planes, con panas. Esos findes sencillos. Que nunca, nunca se acaben.

lunes, septiembre 23, 2013

Quiero un beso de buenas noches que se convierta en uno de buenos días.

Quiero cuidarte. Y sorprenderte, un domingo, con el desayuno en la cama.

Cantar en el carro nuestras canciones favoritas. Se vale desafinar. Y reír. Quiero reír contigo. Hasta que nos duela la panza, y salten lágrimas. Escucharte reír. Que seas una de mis razones para sonreír.

Hacer ejercicio juntos. Cuidarnos. Mantenernos en forma. Porque nos gusta, porque nos hace sentir bien. Y pecar, ji ji ji. Romper un piti la dieta. Ay, malditos antojos.

Quiero bailar contigo. Dejarme llevar por tu ritmo.

Abrazarte. Hundirme en tu pecho. Acariciarte el cabello. Quiero respirarte. Llenar mis pulmones con tu aroma. Inundarme de ti.

Y escaparnos. ¡Adiós, mundo! Hoy sólo seremos tú y yo.

Acostarme en tu estómago a leer.

Hacer nada juntos.
Hacer todo. 
Ser y estar.

Quiero crear una rutina. Que nos guste. Hacer el mercado. Tú cocinas, yo lavo. Yo cocino, tú lavas. Pares o nones.

Rascarte la espalda. Plantarte besos en toda la cara.

No siempre será fácil, no siempre estaremos de acuerdo. Prometo esforzarme. Sé que puedo ser cabeza dura a veces. Tú también tendrás tus temas. Y así te amaré. Por todo lo que eres, y lo que quieres ser. Por lo que somos.

Quiero defenderte, protegerte. Seré tu guerrera.

Llegará el día en que te vea, nos veamos, y todo será diferente. Seremos un equipo. Visualizaremos la meta. Seremos felices juntos.



--
Quiero.

sábado, septiembre 21, 2013

La transferencia.

Dicen que lo que no cambia, perece. Y cuando veo una poza de agua estancada, confirmo que es verdad. Debemos movernos, cambiar, mutar, crecer, progresar, fluir, para mantenernos vivos. El mismo cuerpo se atrofia si no se mueve. El cerebro, si no se lo usa. ¿El corazón? No, tranquilos. Este post no se trata de amor.

Hoy al despertarme y empezar mi rutina, caí en cuenta de lo que tengo que dejar en este cambio que toca hacer. Pensando las cosas que dejo, empecé a sonreír, porque hay algunas que voy a extrañar. Y empecé a sentir su falta, a pesar de tenerlas todavía. Pero seguí sonriendo, porque aunque toque dejarlas atrás, es por un buen motivo.

Y salí a pedalear, a las 6 de la mañana. Es lo primero que voy a extrañar. El friecito que me termina de despertar. El Guayaquil para mí solita, mis calles, mi recorrido. El saludar al astro rey, y verlo salir. Me encanta pedalear a esa hora, ver la salida del sol, y sentir que me saluda, dándole la bienvenida a un nuevo día.

El "buenos días" del cuida carros del parque. Un señor que siempre me veía pasar, y gracias a la costumbre, empezamos a saludarnos día a día. El saludo cordial que me daba con los deportistas que me topaba. Me encanta ver a la gente haciendo ejercicio. El asentimiento de mi cabeza era un: "dale, sigue, no pares".

El pancito caliente, recién salidito del horno. Eso voy a extrañar horrores. Aunque atentaba contra mi dieta. Por lo menos unito, a la semana. Ese delicioso pecadito. Es un olor tan irresistible. Y el "sabor manabita". Boloncito y café de Jipijapa por $0.50. Aquellos días en que por apuro no traía desayuno. El viejito siempre me salvaba.

El "disculpe la interrupción". Perdí la cuenta de la cantidad de veces que escuché esa frase. Me reía por dentro, y los recibía con una sonrisa. Creían que me interrumpían. Cuando estoy aquí para ellos. Venga, siéntese, está en su casa. Dígame para qué soy útil. Estoy aquí para ustedes.

La sencillez, la humildad, los momentos de tranquilidad. El "me voy de rancho". Uno aprende bastantes cosas cuando sale de su zona de confort.

¿Y ahora? Ahora me toca el "tráfico" de la 9 de Octubre (entre comillas, porque voy en bici, jujuju), el casco comercial, el corre corre, el sube y baja, el turnero, el trabajo en equipo, los reclamos y requerimientos. ¿Asustada? No. Emocionada, sí. Amo lo que hago. Me place ayudar. Vamos avanzando, una vuelta a la vez al pedal. Manteniendo el equilibrio. Sonriendo. Disfrutando lo que hago.

Changos. Al final de cuentas, terminó siendo un post de amor.

jueves, septiembre 05, 2013

¿Homosexualidad? La acepto, mientras no la veo.

El otro día estaba conversando con unas personas y saltó el tema de la homosexualidad. Uno de ellos, con toda la seguridad del mundo, sentenció:

"Yo no tengo ningún problema con ellos. Si quieren andar juntos, está bien. Pero no es correcto que anden demostrando afecto en público. El otro día vi en una esquina a dos chicas besándose. Ya eso no deben hacer. No se ve bien. Y tampoco creo que deban permitirles adoptar niños. Va a crecer un niño desviado. No va a saber quién es el papá y quién es la mamá. O no va a entender por qué tiene dos papás o dos mamás".

Dijo tantas cosas con las que no estoy de acuerdo, que no supe por dónde empezar a debatir. Y así como él, deben haber muchas personas que piensan igual. Que toleren la homosexualidad mientras no la vean. "Living is easy with eyes closed"

Tolerancia:
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

¿Tolerancia? Eso no lo considero tolerancia. 

Eso es discriminación.

Entonces me viene la pregunta: ¿la homosexualidad va contra natura? Porque biológicamente el pene y la vagina están diseñados para encajar. Pero a la hora del sexo, se vale todo. Y ni hablar del amor. Si hay sexo sin penetración, y un sinfín de manifestaciones de amor, ¿por qué señalar a una pareja del mismo sexo?

Pero claro, el porno lésbico te enciende, ¿verdad?

Y a la hora de criar hijos, ¿cuál es el argumento que considera que dos hombres o dos mujeres no pueden educar a un niño con buenos valores, o principios? ¿Porque son homosexuales? El amor, el respeto, la comprensión, el perdón, la felicidad, el agradecer, la superación, el querer ser mejor, son innatas del ser humano. Ya sea hombre, mujer. Hetero, homo, bi, les, trans, y tantas definiciones. Todos somos capaces de amar, de ser felices, de enseñar, de aprender. ¿Una pareja del mismo sexo puede criar a un hijo con buenos valores? ¡Por supuesto!

Abre los ojos. El amor no se limita. El amor da, y recibe. El amor no se puede definir así y ya. Lo que es amor para mí, no será amor para el otro. Y si dos personas se encuentran, y nace algo entre ellos, algo que vale la alegría, algo por lo que valga la pena luchar, un sentimiento que crece y saca lo mejor de ellos, ¿quiénes somos nosotros para señalarlos y decirles que están mal?


lunes, julio 29, 2013

Odisea Tababela.

Desde que se inauguró el nuevo aeropuerto de Quito, en Tababela, sólo he leído puras críticas, en su mayoría negativas. Que está muy lejos, que no hay asientos, que los atrasos, que esto, lo otro, y lo de más acá. Yo sabía que en algún momento, ya sea por trabajo o por placer, tendría que viajar a la capital, y me tocaría descubrir si tanta quejadera era verdad. Y este fin de semana que pasó, lo comprobé. Atravesé un periplo digno de ser publicado. Así que vamos a darle movimiento a este blog *sacando el polvo de los muebles* y contarles la odisea que atravesé.

Todo empezó desde el viaje de ida. Tababela no entraba en mi vida todavía. El vuelo que debía salir a las 6y10pm terminó saliendo pasada las 7pm. Esta mona, experta en dormirse en medios de transporte que no está manejando, pensaba pegarse una pequeña siestecita en el avión. Hasta que conoció a su compañero de vuelo. Un hermoso nene de año y medio con temor a las turbulencias. Y creo que ya se imaginan lo que ocurrió en nuestro vuelo, ¿verdad? Exactamente. Turbulencia.

El pobre nene lloraba, asustado, y por más que la madre intentara calmarlo, el muchacho no cesaba de gimotear. En ese momento supe que no iba a dormir "es nada" y me dediqué a entretener al pelado para que no sufriera tanto.

-Inicio del consejo parental-
Madres, padres, tutores, responsables de criaturas: hagan el favor de tener el juguete favorito del nene en estos casos. Si el niño está asustado, tiene que quitarle de la mente la angustia. ¿Cómo? Jugando.
-Fin del consejo parental-

Luego de 45 minutos de "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee", llegamos a Tababela. Agarra bus, llega a Quito. Nada del otro mundo.

Ahora sí viene lo bueno. Domingo, hora de retornar a Guayaquil. Durante todo el finde escuché un viento digno de película de terror. Sonaban las ventanas, los techos de zinc, las ramas de los árboles se batían con desenfreno. Ya mismo aparecía el asesino, con cuchillo en mano, y tenía que salir corriendo por mi vida. Claro, para que me alcance a las 2 cuadras porque me iba a dar soroche y hasta ahí llegaba la mona.

Mi vuelo salía a las 6pm. Entonces a las 3 me dirigí al antiguo aeropuerto a agarrar el bus. Camino a Tababela, entre que me dormía y me despertaba, llegó un momento en que nos detuvimos. Y lo que vi, fue esto:


Un colómetro de carros digno de resignación. El conductor se comunicó con la central, y le indicaron que hubo un derrumbe en el puente sobre el río del Chiche, y todos esos carros estaban atascados. ¿Y ahora? Pues a dar la vuelta y buscar otra ruta. ¿Y los vuelos? No se preocupen, todos estaban atrasados.

Fue ahí cuando la agonía empezó... ¡chan, chan!

La vuelta que tuvimos que dar, nos hizo llegar casi 1 hora tarde al aeropuerto. Entré rápido a la sala de pre embarque para toparme con un gajo de gente. Estaba repleto. Me acerqué a un trabajador de la aerolínea y me notificó que no me preocupara, que mi vuelo ni siquiera lo abrían.

Ni-siquiera-lo-abrían.

En ese momento pensé en Tom Hanks. Vi la pantalla con la info de los vuelos y casi todos tenían esa dichosa palabra en letras rojas: Demorado.

"Bueno", pensé, "toca sentarse y esperar. No perdí el vuelo. Eso es lo importante". Así que me senté, saqué el celular, y empecé a consumir mi muy querido plan de datos.

Luego de ponerme creativa en Twitter, y chismear con mis panas (los grupos de Whatsapp son el demonio, hasta que estás encerrada en un aeropuerto), veía que pasaba el tiempo, y no nos avisaban nada. En el counter, todos los pasajeros reclamaban. Las señoritas indicaban que los vuelos estaban atrasados desde el mediodía, debido al mal clima. Que de los 4 vuelos que debieron aterrizar en la mañana, sólo dos pudieron, y fue tan turbulento, que los pasajeros terminaron vomitando, y llorando. Los otros dos tuvieron que regresar a Guayaquil. Para colmo, en el derrumbe del puente, quedaron atrapados algunos tripulantes, y había que esperar a que llegaran.

Así que volví a sentarme, y a seguir gozándome la situación. ¿Cabrearme? Naaaaaa, que se amarguen los otros.


De repente, ¡al fin! Buenas nuevas. Ya teníamos hora de salida: 9y45pm. Whaaaaaaat! Procedieron a darnos un voucher alimenticio, para morir de rabia, pero no de hambre.


Ya llegaba un momento en que no tenías la seguridad de que íbamos a volver ese día. Esperar tanto tiempo, para que te hagan regresar al día siguiente, sería espantoso. Yo ya quería estar en mi casa, en mi cama, en mi calorcito guayaco. Bueno, sí, no está haciendo calor, pero igual. Amo estar a nivel del mar.

Luego de comer, empecé a dar vueltas, cuando de repente, lo escuché: "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee". ¡Oh, no! El niño otra vez. Lo saludé, saludé a la madre, y lo primero que hice fue preguntarle: "¿en qué vuelo va usted?" No saben el suspiro de alivio que tuve, al saber que iba en otro vuelo. Esperemos que el muchacho no haya llorado tanto.

Seguía pasando el tiempo, 9pm, 9y30pm, 10pm. Aguanta. ¿No que salíamos 9y45pm? Nanais. Salimos casi 10y30pm. Y para ponerle sazón al asunto, con turbulencia.

Hasta que por fin llegamos a Guayaquil. Al tocar pista, el remezón me despertó. Ya estaba cansada. Sólo quería llegar a casa. Y como bien saben, ni bien el avión baja la velocidad, la gente apurada se levanta y es experta en obstaculizar el pasillo para bajar lo más pronto posible. El de la última fila quiere bajar primerito. 

El avión se detuvo, se apagaron las señales de abrocharse el cinturón, y se supone que ahí aparece la azafata y abre la puerta. 2, 3, 5 minutos. Nada. Cuando de repente se escucha:

- Buenas noches pasajeros, les habla su capitán. Lamentamos informarles que por un cambio de último minuto de puerta, no podemos bajar del avión hasta que nos traigan la escalera.

¿Me están jodiendo, verdad? Mientras medio mundo reclamaba, yo me empecé a reír. Como dije más arriba, allá que se amarguen los otros. Habrán sido unos 15 a 20 minutos, hasta que por fin abrieron la puerta.

¡Guayaquil, cuánto te extrañé!

Avancé presurosa al parqueadero. Ya había llamado al taxi y no quería perderlo. Al verlo, me acerqué, y la cereza del pastel fue una señora que, al yo abrir la puerta, ella metió su maleta mientras me decía: "este es mi taxi". Y yo, ¡qué! ¿se me van a robar mi taxi? Al preguntarle al conductor, comprobamos que era MI taxi. Resultó que la señora había llamado a la misma compañía y se dio la confusión. Lo bueno fue que su destino estaba en mi ruta, así que decidimos compartir el carro.

Llegué a mi casa casi a la 1 de la madrugada. Si hubiese regresado por tierra, llegaba antes. Fue una odisea. Creo que todo lo malo que pudo haber pasado en Tababela, se dio. Una experiencia que no quisiera repetir. Pero una experiencia que me reafirmó lo importante de la actitud ante las adversidades, o los problemas. Mientras la gran mayoría de los que estábamos encerrados ahí, se molestaron, indignaron, cabrearon, y vociferaron, yo decidí esperar tranquila. ¿Qué más iba a hacer? Gritar no hará que el viento cese, enfurecerme no evitara el derrumbe. Aproveché pa dar vueltas, conocer, observar a las personas. Una gallada de muchachos estaban emocionados con su voucher y corrieron a comprar hamburguesas con papas. Una chiquilla sonreía mientras repetía la palabra "guacamole". Un extranjero preguntaba cómicamente dónde estaba el área de hamacas para poder esperar. Yo me divertí en Twitter, conversé con mis amigos, comí rico, y esperé. 

Tababela, nuestra primera cita fue desastrosa. Esperemos te portes bien para la próxima.