lunes, enero 18, 2016

Se acabó la paz.

Uno nunca sabe qué va a encontrar detrás de la puerta. El civil te da indicaciones básicas: "niño de 8 años, 2 padres", "bebé de meses", "el niño está dormido", "señor de la tercera edad". Uno se prepara junto a su dupla y toca la puerta.

- "¿Puedo pasar?"

Así iniciamos las intervenciones en los hospitales. Pero ayer sucedió algo diferente. Nubecina, mi dupla, estaba atrás mío, saludando a un niño en otro cuarto. La civil me indica la habitación a la que íbamos a entrar y dice: "señor de la tercera edad". Abro la puerta y el corazón me dio un brinco. Vi una espalda que reconocí al instante. Y volví a cerrar la puerta. Quedé en shock. Era Mama Nancy. Lo que significaba que el "señor de la tercera edad" era Papa Víctor.

Uno nunca espera encontrarse en la habitación del hospital a alguien que conoce.

Me desubiqué por un momento. Hasta me salí de mi estado clown. Dudé si debía entrar o no. Si podía entrar o no. Si me atrevería. Nancy y Víctor son los padres de una amiga de mi adolescencia. Y son como padres para un grupo de amigos quienes solíamos frecuentar su casa y reunirnos a conversar, cocinar, jugar. Eran tardes maravillosas que se pasaban entre risas, abrazos, globazos de agua, guerra de peluches, expresiones artísticas en el patio, etc. Aun cuando nuestra amiga se mudó a vivir a Estados Unidos, nos seguíamos reuniendo en su casa, y la incluíamos vía teléfonica.

Los años pasaron y nos hemos distanciado. Falta de tiempo, nuevas responsabilidades, distancias físicas. Pero el cariño sigue ahí, intacto. Nos seguimos viendo, pero ya no tan seguido como antes.

Con la mano todavía en el pomo, respiré. Veía todavía la espalda de Mama Nancy, no se había percatado de mi presencia. Volví a respirar, y sonreí. Me acomodé mentalmente la nariz y asomé la cara dentro de la habitación.

- "Can I come in?"

Ella giró y la expresión en su rostro fue el empujón definitivo que necesitaba para entrar. Sus ojos saltaron de alegría y nos fundimos en un abrazo. La civil y Nubecina entraron detrás de mí y creo que al principio no entendían la escena que estaban presenciando. 

Me separé de ella, y aunque no asomaron lágrimas en mis ojos, en mi corazón sí asomaron algunas de alegría. En cama estaba Papa Víctor, gratamente sorprendido también. De cariño ellos me habían apodado "se acabó la paz", porque sabían que cuando nosotros entrábamos en esa casa, el relajo se apoderaba de ella. Eso sí, al final dejábamos todo limpio y ordenado. Sólo nuestra energía positiva quedaba flotando en el aire. La casa, y ellos, siempre terminaba recargada de buena vibra.

A Papa Víctor siempre le ha gustado narrar historias, ¡y tiene bastantes por contar! Al vernos, nos relató que él conoció a Patch Adams, y este le regaló una nariz. Tiene una foto del momento histórico, y prometió mostrármela.

Nuestra intervención en esa habitación fue tranquila. Nada de juegos, ni alboroto. No creamos ningún mundo imaginario, ni lanzamos burbujas. No fuimos bailarinas, ni buscábamos cangrejos. Sí, esa mañana Nubecina y yo estuvimos buscando un cangrejo por todo el hospital. En esa habitación entramos, abrazamos, conversamos, y lloramos. Fue un momento mágico, entre risas y lágrimas. Entre besos y abrazos.

lunes, diciembre 28, 2015

El poder de un abrazo.

Dicen que los abrazos son sanadores. A veces sólo necesitas un par de brazos que te envuelvan para renovarte de energía. O que al día necesitamos mínimo 8 abrazos para estar bien. Y sí, todo aquello es verdad. Pero tanta palabra y teoría queda corta cuando lo compruebas en la realidad. En un día. En apenas un momento. Sin esperarlo. 

Estaba clowneando con Fucsia. Entramos a una sala muy tranquila, pocos padres, pocos niños. Y empezamos a jugar cama por cama. Casi al fondo se encontraba una pareja. Desde que entramos me fijé que la señora nos veía y se reía. Hay una sensación de magia cuando un payaso entra. La mirada brilla. Se emocionan los ojos. El brillo los delata. Y desde que atravesamos la puerta, aquella señora se emocionó. Al acercarnos a ellos vi en brazos del señor una pequeña nena dormida. Es enternecedor ver a un niño acurrucado en los brazos protectores de un mayor. Automáticamente supimos que el juego tenía que ser pequeño, bajito, para no despertarla. Entonces les contamos que teníamos unas burbujas mágicas. Burbujas que pueden entrar en los sueños de los niños, y cumplirles sus deseos. Fucsia empezó a darles a los tres un baño de burbujas. Ellos sonreían. Pero sobre todo ella. Victoria era su nombre. 

Terminado el baño, les agradecimos por su tiempo, y le dimos besitos volados a la nena. Besitos mágicos, porque así como las burbujas, también llegan a los sueños. Para despedirnos, abracé a Victoria. Y en ese instante, rompió en llanto. ¡PAREN TODO! ¡ESTA MUJER NECESITA UN ABRAZO! En mi hombro Victoria empezó a hablar, a agradecer, a soltar todo. Confesó que no era su hija, pero que ellos la cuidan desde que era una bebé. Que la quieren como si fuera propia, y que están muy preocupados. Habló, lloró, rió. Nos agradeció por la labor que hacemos. Por estar ahí, por hacerles reír. Nos bendijo, y deseó que sigamos haciendo esto. Y así, hasta que poco a poco se fue calmando. 

Jamás la solté. Son esos momentos en que puedes sostener a alguien con la fuerza de un abrazo. Y no hay necesidad de decir nada, porque tus brazos lo dicen todo. "Aquí estoy". El mundo se detiene, y nada de lo que pase afuera importa. En ese momento alguien necesita un abrazo. 

Cuando nos separamos, secó sus lágrimas mientras sonreía. Es maravilloso descubrir que la tristeza puede mezclarse con la alegría.

sábado, agosto 22, 2015

Carril compartido.


Señor conductor de Metrovía, la señalización dice "Carril compartido". No me pite, por favor.


Uno de estos días voy a pegar una bicicleta ahí encima, para que también seamos parte de la señalización :D

Despertar.


Me gusta despertarme sin alarma. Simplemente despertarme cuando mi cuerpo ya haya tenido la cantidad de descanso necesaria para empezar un nuevo día. De lunes a viernes madrugo a las 5am, y salto como canguil. Porque tengo una rutina diaria ya establecida, horarios fijos, y objetivos por cumplir. Por ello adoro cuando llega el fin de semana. No hay alarma, y días como hoy, no hay planes fijos. Puedo hacer todo.


O nada. Puedo simplemente hacer nada.



Me gusta despertarme y escuchar a lo lejos el ruido de la ciudad. Sí, para mí suena lejos, aunque vivo en una avenida principal. Porque mientras estoy acostada en la cama, todavía arropada, entre dormida y despierta, los carros suenan distantes. Guayaquil pudo haber despertado ya. Yo no. No quiero levantarme todavía.



Pero incongruentemente, mi inspiración sí se despertó. Y heme aquí escribiendo esto. Pero como les dije más arriba, hoy no hay planes fijos. Así que: vuelta a la cama, mona.



miércoles, agosto 12, 2015

Chimborazo - Quilotoa.

Ese es el nombre del grupo de Whatsapp que creé hace unos días. Inició con una foto del Quilotoa, y terminó con una del póster de la película "Viven" (luego entenderán el porqué). Un grupo de amigos con espíritu viajero que aunque no se conocían entre todos ellos, sabía iban a llevarse bien. La cita iniciaba el sábado a las 06:15. Un tour iba a llevarnos a conocer el Chimborazo, y por nuestra cuenta íbamos a conocer el Quilotoa.

Imaginen 8 monos divididos en:
- 4 payasas
- hermano menor de 1 payasa
- amigo de 1 payasa
- pareja de esposos, amigos de 1 payasa

La fórmula para la diversión. Marca ACME (lo leyeron con el tono de voz, admítanlo).

En la van luego de una película de acción y un karaoke con música de los 70's empezamos a sentir el frío de la sierra. Llegamos al majestuoso volcán. ¿Recuerdan que mencioné 8 monos? Bueno, 8 monos acostumbrados a estar 0 metros sobre el nivel del mar, 4800 mts. de altura es algo que agarra, y fuerte. Aquí esta pobre mona, forrada cual terrorista, llegó al 1er refugio y ahí se quedó. Mi corazoncito no pudo con la altura y la presión. Mientras otros turistas saltaban como si estuvieran en un prado lleno de flores (cual Heidi), yo estaba sufriendo un terrible dolor de cabeza. Por lo visto, no soy una mona de altura.

Pero bueno, muy a pesar de las molestias, aquel espectáculo es majestuoso. Algunos sí llegaron al 2do refugio, pero no vieron nieve. Asumo que yendo con más tiempo, un par de días antes para aclimatarse, pude haber subido más. Aunque para serles sincera, esta mona aquí presente es más de climas cálidos, frescos. No soy muy amiga del frío. Peor extremo. Forrarse de pies a cabeza y que no se me vean más que los ojitos no va conmigo.

Salimos del Chimborazo rumbo a Riobamba, a almorzar un suculento caldo de gallina levanta muertos. Ahí nos despedimos del tour porque nuestro próximo destino era Latacunga. Llegamos a un lindo y rústico hostel, nos acomodamos, y uno de nosotros descubrió una pizzería espectacular a la vuelta. Fue el cierre perfecto. A dormir.

Domingo nos despertó llenos de emoción. Nos esperaba el Quilotoa. Desayunamos y partimos para Zumbahua, una pequeña parroquia a 30 minutos del volcán. Desde ahí tomas una camioneta y empiezas a ascender. En el camino vimos una caravana de personas caminando en dirección opuesta, y el chofer nos comentó que estaban yendo a una boda que estaba celebrándose en Zumbahua. Entre las personas estaba la banda, poniéndole ritmo a la caminata. Fue algo bastante alegórico de ver. Llegamos al Quilotoa. Como el hambre estaba intensa, decidimos primero buscar algo de comer. A fin de cuentas la laguna no va a secarse, ¿verdad? No. Pero sí podía nublarse *inserte aquí carita triste* Resultó que terminamos de comer y se extendió una neblina tal que no podías ver nada. Absolutamente nada.


Nuestro objetivo fue truncado. Mi deseo. Organicé el viaje justamente porque uno de mis sueños era conocer el Quilotoa. Desde la primera vez que vi una foto en un folleto turístico.

¿Y entonces? Por suerte el lunes era feriado. Así que, un viaje de 2 días terminó convirtiéndose en 3. Quedémonos un día más, y vayamos a primera hora. ¡Perfecto! Y, esperen, ¿no había boda en el pueblo?

¡Qué vivan los novios!



Terminamos zapateando en una fiesta de pueblo, con dos bandas en vivo. Cabe confesarles que jamás vimos a los novios. Pero no importa.

¡Qué vivan los novios!


¡Cuánta energía tenían! Acá nosotros zapateábamos, o sino "vueltita, vueltita, vueltita", y nos agarraba la altura, jajajaja. Teníamos que respirar tantito, y seguir. Entre todos parecían conocerse, porque bailaban en grupo, abrazándose, tomando cerveza. Los cantantes pasaban lista de los presentes: "¿Dónde está la familia Pilataxi? ¿Y los Guapulema? ¿Cuál es la familia más divertida?". Y los presentes alzaban los brazos en plena algarabía. Y cuando decía: "¿Dónde están los turistas?" ahí saltábamos nosotros. Así la fiesta nos duró hasta las 11 de la noche.

Lunes. Volvimos a despertar emocionados, y el clima estaba de nuestro lado. Un cielo completamente despejado. Nos alistamos y partimos para el Quilotoa. Y quedarnos valió la pena.



En mi foto del proyecto 365grateful traté de describir lo que sentí cuando me paré al pie del cráter y divisé aquella majestuosidad. Pero esas palabras no son suficiente. Por un momento, todo encajó. Todo estaba donde tenía que estar. Yo debía estar ahí, en ese momento, en ese lugar. Todo tuvo sentido. Es una especie de shock emocional. Ver algo tan, tan grande, y hermoso. Sentirse tan chiquito y a la vez tan importante. Sentirse todo, sentirse nada. Son aquellos momentos de una hermosura sublime, que no pueden describirse así nomas. No soy religiosa (me considero agnóstica), no sé si exista un dios, o un ser superior, pero en ese momento, sentí que todo y todos estábamos conectados. A lo mejor sí existe, y creó aquella hermosura. O simplemente era mi cerebro segregando una sobredosis de dopamina. Sea lo que sea. Ese momento fue perfecto.



Luego que todos tuviésemos nuestro momento de quedar absortos, y tomarnos fotos, empezamos a caminar por un sendero que nos iba a llevar a un mirador. ¿Y qué podía hacer mejor ese momento? Encontrarse con un cicloviajero, acampando ahí, tocando la guitarra y cantando bossa nova.



Dios, ¿existes?

Era demasiado.

La música nos llevó a sentarnos con él y conversar. Se llama André Fatini Guga, y lleva 2 años viajando en bicicleta, desde Alaska. ¿Se imaginan cuántas historias tiene para contar? El universo simplemente estaba conspirando, ahí, en ese lugar. Luego de una ligera conversación, y un par de canciones, nos despedimos, le deseamos buen viaje, y seguimos caminando. Llegamos al mirador, las respectivas fotos, y luego de tanta belleza y sueños, partimos de regreso al hotel.

Fue un hermoso viaje. El grupo se acopló a la perfección. Todos nos divertimos. A pesar de ciertos percances, la pasamos increíble. Una famosa frase de John Lennon se repetía constantemente en mi cabeza: "Life is what happens to you while you're busy making others plans" (proveniente de la canción Beautiful boy). Y es justamente eso. La vida pasa de largo, hagas lo que hagas. Y al final de tus días, ¿qué pregunta vas a hacerte? "¿Por qué no lo hice?" O vas a decir: "¡Lo hice!"

Y así llenamos nuestro pequeño baúl de recuerdos con una nueva aventura. Para recordar, contar, compartir. Conversaciones a las 4 de la mañana, tortura en forma de película de terror, zapateo en fiesta de pueblo, combatir el frío con un té al pie de una chimenea, bosque de pinos, encuentros brasileros inesperados, bossa, y naturaleza. Es hermoso sentir que uno pertenece a un todo.

lunes, agosto 03, 2015

La otra Metrovía.

Una de las cosas que menos me gusta hacer en Guayaquil es tomar la Metrovía. Casi siempre va atestada de gente, creyendo que pueden violar la física tratando de entrar a empujones antes que salgan los pasajeros que van dentro del bus, con diversidad de olores y hedores, acalorada e incómoda. 

¿No me creen? Miren esto:

Por ello prefiero tomarla cuando es exclusivamente necesario, y casi nunca en horas pico. Si debo tomar transporte público, prefiero caminar un poco más y agarrar alguna buseta que aunque me deje un poco más lejos, vaya más cómoda. 

Sin embargo la otra noche iba para el centro a ver al Circo Invisible (¿no los han visto? Los sábados en la Plaza San Francisco a partir de las 22h30) y debido a la hora, decidí tomar la Metrovía. No se imaginan la delicia de viaje que tuve. Fue otro mundo.

En primer lugar, como no tengo tarjeta, y no me interesa comprar una cuando tomo la Metrovía 2 o 3 veces al mes como mucho, siempre busco alguna persona que me preste la suya, y yo le doy los 25 centavos. Hasta ahora nunca me han dicho no. Pero esa noche pasó algo inesperado. No sólo la chica me cedió su tarjeta, sino que ni siquiera me aceptó el pago. Me dijo "no te preocupes". Yo sorprendida. Y le agradecí, por supuesto. ¿Será que tiene pasajes gratis? La chica estaba acaramelada con su enamorado. A lo mejor y estaba rebosante de endorfinas. 

Llegó el bus y estaba maravillosamente vacío. Me sentí como Chihiro cuando toma el tren. Encontré asiento sin problema. Las pocas personas que habían estaban ensimismadas en sus pensamientos. Todos estaban tranquilos.

Hasta sacaban los celulares -inserte aquí emoji de Whatsapp de carita sorprendida y manos en las mejillas-

Las luces eran tenues. Y creo que empecé a ver una pequeña danza en la mitad del bus, justo donde se articulan ambos carros, y en el momento de girar esa parte del piso se mueve. Lo vi como un cadencioso movimiento de cadera. ¿Estoy viendo a la Metrovía sexy? Hay algo mal en mí.

Llegué a la parada de la Biblioteca y me bajé para agarrar el siguiente bus, aquel que viene del sur. Y al subirme percibí un olor inconfundible: pescado. No hubo duda alguna que alguien venía de la Caraguay. Aquel aroma de pescado crudo recién sacado del agua no pasa desapercibido. Aquel carro venía "aromatizado".

Y así llegué a mi destino. Rápido, cómodo, y gratis. La verdad que disfruté el viaje.

Si así fuera la Metrovía en otros horarios...

viernes, julio 31, 2015

Las fronteras están en nuestra mente.

El sábado pasado participé de un hermoso taller en La casa de mis padres, sobre escritura y sanación interior. Allí, un grupo de desconocidos nos abrimos y compartimos nuestros miedos, sueños, anhelos. Algunos lloramos, también nos reímos (ambas manifestaciones provienen del mismo lugar), y simplemente estuvimos. Fuimos. Hubo 3 ejercicios de escritura, muy íntimos, muy lindos. Pero algo ahí, esa tarde, despertó. Como nos dijo Marcela, a partir de ese día, algo iba a germinar en nosotros.

Bueno, en mi caso lleva germinando hace ya un buen tiempo, sólo que no lo dejo florecer. ¿Pero han visto cómo la naturaleza se abre paso a través del concreto?


Eso está sucediendo en mí.

¿Y ahora? Ya basta:

Ya basta de seguir perdiendo mi tiempo en un lugar donde no estoy satisfecha.
Ya basta de seguir estancada en mi zona de confort.
Ya basta de seguir esperando a que se decida y tome la decisión. Ya sea de estar conmigo o no.
Ya basta de seguir preguntándome dónde está el hombre de mi vida.
Ya basta de seguir permitiendo que otros gobiernen mi vida.
Ya basta de seguir postergando mis sueños.
Ya basta de no meterme a clases de danza.
Ya basta de no viajar.
Ya basta de no bailar.
Ya basta de querer tener un cuerpo perfecto.
Ya basta de hacer dieta.
Ya basta de tratar de encajar en el sistema.
Ya basta de dejar de hacer lo que quiero hacer, por no dejarla sola, por no irme en su contra.
Ya basta de querer ser. Es hora de ser.

Este texto fue uno de los tres ejercicios que hicimos. Ligeramente editado, porque tampoco voy a darles detalles. Fue algo íntimo les puse más arriba, no sean sapos. Sea como sea, fue un ejercicio liberador. Les invito a probarlo. Claro, ahora necesito uno de esos aparatos que ponen afuera de ciertas tiendas donde van pasando las palabras, ¿cómo se llaman? Bueno, poner uno de esos en mi cuarto para que cada tanto pasen estas frases y así no dejarlas en el cuaderno. O en mi mente, también puedo instalar uno de esos ahí.


Así que ahora me vuelvo a repetir la pregunta: ¿Y ahora?

Pues ahora a romper esas fronteras mentales. Como dice el título del post. El asunto aquí es dejar de limitarme. Tal como la naturaleza se abre paso ante algo tan fuerte como el cemento, siendo algo tan delicado como una planta. Pero la naturaleza es sabia y busca la forma.

No limitarme. No quedarme.



"La vida es así, de frágil y fugaz, y a veces se nos olvida".

sábado, julio 25, 2015

Canciones que están martillando mi cabeza.











¿Si ven por dónde va la cosa? :-D

Somos los mismos envueltos en novedad.

Estas últimas semanas me ha tocado hacer una serie de cosas las cuales me han hecho evocar recuerdos del pasado. Recuerdos alegres, y otros que no te hacen sonreír. O al menos te sacan un: "sí que puedes ser bruta a veces, Diana". Y sí, todavía me queda mucho por aprender. 

Todo empieza de la forma más inocente. Tienes que hacer un trámite, y ¡zas! 3 días enteros se te fueron en eso.


Y sumemos a eso nuestra querida y, a la vez, condenada memoria. Aquella que cuando le conviene te oculta información, y cuando le apetece te la arroja toda y te sirve un banquete de recuerdos. Te coloca la servilleta, los cubiertos y se sienta frente a ti con los brazos abiertos, y con una gran sonrisa te invita a comer. 

Es impresionante nuestro cerebro. Un solo detalle puede desencadenar un oleaje irrefrenable de recuerdos. Y ahí te toca salir a flote, o ahogarte en ellos.

Ahora, a mitad de año, me siento desorientada. En este preciso momento no sé qué hacer con mi vida. La típica pregunta de "¿cómo te ves de aquí a 5 años?" ni se les ocurra hacérmela, porque no tendría respuesta. En este momento vivo el día a día, encuentro motivos para agradecer (porque hay y bastantes), sonrío, disfruto. Pero al final del día, cuando cae la noche, en la oscuridad de mi cuarto, antes de quedarme dormida, una voz en mi cabeza pregunta: "¿Y mañana, qué? ¿Y la otra semana? ¿El otro año? ¿Qué?" Es como haber perdido el rumbo, el norte, el objetivo. En este momento me siento a la deriva. Tengo el timón entre mis manos pero no sé a dónde ir.

¿Pido ayuda? ¿A quién? La respuesta está en mí. Lo sé. Tengo que encontrarla.

El asunto es que no me gusta sentirme así. En una rutina depresiva de madrugar, hacer ejercicio, prepararse, salir al trabajo, trabajar, volver a casa, bañarse, arreglar todo para el día siguiente, revisar Internet, a dormir. Al día siguiente lo mismo. El siguiente, lo mismo. El siguiente, ya saben. El siguiente, no, ese es sábado, jajajajajaja.

A lo mejor y nuevamente le estoy metiendo mucha cabeza. Nada, jefe chulo, sigo mascando y mascando. Y confieso que casi que sé cuál es la salida, pero no me atrevo todavía a tomarla. Porque no hay retorno. Pero por otro lado, no quiero retornar. ¿Seguir así, desperdiciándome? Ayer esperando un taxi, una chica frente a mí tenía un tatuaje en el brazo que decía: "Every wasted day becomes a wasted chance". Me lo quedé viendo, como si fuese una señal.

Sé que debo volver a enrumbarme. ¿Y si eso implica ver hacia atrás? ¿Otra oportunidad? También me pregunto si hemos cambiado, crecido, y esta vez funcionará. O como dice Bosé, somos los mismos envueltos en novedad. Ya lo dije, somos tercos. O el universo lo es también. Puedes creer que después de tantos años me vuelvo a preguntar, ¿eres tú?. Ya pues, hasta cuándo, universo. Esto ya se parece al cuento del gallo pelón. Aquella cantaleta con la que nos torturaban los adultos.

¿Qué debo hacer? Salir. Moverme. No quedarme estancada. Como el agua, si se queda quieta, se pudre. Como el fuego, necesito oxígeno. No encerrarme. Sentir. Aceptar. Ser y estar. Pero se me mezcla todo. Me ato y desato. Ay, por Baco, trato de descifrarme y solita me hago un rompecabezas.

Aquí hace falta una buena zamarreada.