lunes, mayo 21, 2018

En mi libertad elijo quedarme contigo.

Estaba interesante la conversación. Se estaban conociendo. Y se lanzó la pregunta de rigor: 

- ¿Estás soltera?

En ese momento te preguntas si decirle la verdad sabiendo que podrá huir, o una dulce mentira para que se quede.

Y aunque te gustan los dulces, más rico sabe la verdad.

- No, no lo estoy. Tengo novio.
- Y entonces, ¿qué haces aquí?
- Él también lo está.
- No entiendo. Explícame eso.

Bien, piensas. Se enganchó. Sigamos.

- Sí, es una relación diferente y muy interesante. No es que no crea en la monogamia. Hay personas que lo son. Y está bien. Yo lo considero una imposición de la sociedad y la religión. El ser humano por naturaleza no es monógamo.
Solo mira las estadísticas a nivel mundial. Tanta infidelidad, cachos, cuernos, peleas, divorcios.
Tampoco ando tirando con Raymundo y todo el mundo. Jajajajajaja. Pero es súper interesante que al tener libertad total, decido quedarme. No sé si me explico bien. Cada día en mi libertad lo elijo a él como mi pareja.

...

...

Ya era tarde. El sueño la venció. Pero hoy volvió a escribir. Cruzamos un par de palabras. Ella está soltera. 

- ¿Planes para hoy?
- Un paquete de galletas y a dormir. Ya preparé todo para mañana. ¿Y vos?
- Pues en cama a ver pelis. Pensé que me ibas a decir que ibas a hacer el amor, jeje.
- Ya le hice el amor. Le preparé una copa de sangría y se la dejé en la mesa. Mientras trabaja. Yo ya estoy echada en la cama. ¿Qué peli vas a ver?

...

...

Todavía no responde. Y el sueño me vence de nuevo.

jueves, mayo 03, 2018

¿De dónde viene el miedo?

Dime a quién le echo la culpa. Además de mí, obvio. ¿Por qué tengo tanto miedo? Dime en qué momento el miedo se hizo tan grande que me domina. Y aun así, con mi talla, él llega y me hace sentir pequeña, incapaz. Me invalida. Me invalido.

Y me cabreo. Conmigo. Contigo. Conmigo. No nos engañemos. No quiero vivir así. Queriendo y no atreviéndome. No quiero vivir temiendo. ¿Temor a qué? Diana, ¿A que le tienes tanto miedo? A caerme. Golpearme. Al dolor. Causar un accidente. No dominarla. Al fracaso. Nuevamente, miedo al fracaso.

No soy capaz. Tanta fuerza, tanta talla, tanta energía. Y no soy capaz.

Maricona.

Cobarde.

Y esa voz que me da confianza se opaca. La escucho apenas. Bajito. Porque el miedo es más grande y le tapa la boca. No la escucho. 

¿De dónde viene el miedo? ¿Cómo lo venzo? Porque recuerdo tus palabras. Y en momentos así te extraño con más ganas. Lloro de rabia. De impotencia. Tú sabrías exactamente qué decir y hacer para darme valor. Me recordarías lo fuerte que soy. Lo valiente. Lo capaz. Me darías un fuerte abrazo y me dirías: "yo sé que tú puedes. Estoy aquí. Vamos". 

Pero de qué vale pensar eso si ya no estás. Sólo vives en mis recuerdos. Extraño tu voz. A veces creo que empiezo a olvidarme de su tono. Extraño tu serenidad. Tu sonrisa. Esa mirada que me inyectaba confianza. 

¿En qué momento creciste, miedo? ¿Por qué permito que seas más fuerte que yo? ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Conmigo?

viernes, enero 19, 2018

Las rejas están en nuestra mente.


Espacio público: "en principio diremos que el espacio público corresponde a aquel territorio de la ciudad donde la persona tiene derecho a estar y circular libremente (como un derecho); ya sean espacios abiertos como plazas, calles, parques, etc.; o cerrados como bibliotecas públicas, centros comunitarios, etc."
Fuente: ub.edu


“Es el lugar donde cualquier persona tiene el derecho a circular en paz y armonía, donde el paso no puede ser restringido por criterios de propiedad privada, y excepcionalmente por reserva gubernamental”.

“El espacio público tiene además una dimensión social, cultural y política. Es un lugar de relación y de identificación, de manifestaciones políticas, de contacto entre la gente, de vida urbana y de expresión comunitaria. En este sentido, la calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos, y por su capacidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural”.
Fuente: Wikipedia

Estos últimos años que he usado la bici como modo de transporte he podido ver un Guayaquil desde un punto de vista distinto. Con la calma, libertad e independencia que te dan las dos ruedas. No voy apretada en un bus, ni encerrada en una caja de metal. No quito validez a los otros medios de transporte. Pero la bici me da una sensación inigualable. Una conexión con la calle distinta.

Ahora con el reclamo de restringir la entrada del Parque Centenario me pongo a pensar en los accesos que nos da la ciudad como peatones. Y pienso en los pasos a desnivel que no usamos, la línea cebra que “está muy lejos”, el paradero del bus donde no estamos esperando, la fila en la estación de la Metrovía que no respetamos, y siga usted incrementando la lista. Me doy cuenta de algo: las rejas no solo están regadas en toda la ciudad. Están dentro de nosotros. En nuestra cultura. Idiosincrasia. Hemos sido educados así. Enrejados mentalmente.

Tenemos que enrejar puertas y ventanas para que no entren los ladrones. Aun así un ladrón las usó para escalar hasta el 3er piso y meterse por la ventana al departamento de mi novio.

Cierran las puertas del parque Centenario porque no pueden con la inseguridad. Y nos toca verlo desde afuerita o rodearlo. Como si fuese prohibido.

Enrejan toda la avenida Delta frente a la Estatal para obligar a los peatones a caminar hasta el paso cebra. Un tramo de la calle exclusivo para nuestro paso. Pero preferimos arrojarnos a cruzar la calle por donde nos es más cómodo o más rápido.
Avenidas principales traficadas con pasos peatonales que no usamos porque nos da pereza llegar a ellos, subir, cruzar, y volver a bajar. Porque nos toma más tiempo. Preferimos esperar algún huequito entre tanto carro y atravesar el asfalto cual ranita de Frog.

Rejas dividiendo, protegiendo, dirigiendo la circulación, obligando, forzando, civilizando, educando. ¿No se sienten como animalitos a los que deben encerrar para que no se salgan? No podemos tomar decisiones civilizadas por nosotros, por sentido común, y por ello nos chantan rejas. Rejas para no entrar, rejas para no cruzar, rejas para no pasarse, rejas para limitar.

¿Hasta cuándo vamos a pensar sólo en nosotros y no en el bien común?

domingo, noviembre 12, 2017

El único asiento libre.

Por trabajo debo viajar todos los días a Milagro. Y ya es una rutina en mí el subirme a los buses, buscar un asiento y ver algo en Netflix a la ida, o quedarme dormida al regreso. Ese día me cambiaron la rutina.

Subo a la CITIM y estaba llena. Justo el día anterior me había tocado viajar parada hasta Yaguachi. Pero al fondo pude divisar sólo una cabeza en el asiento de la ventana y parecía estar vacío el del pasillo. Avancé y al llegar me topo a una chica con una nena acostada en el asiento que parecía estar vacío. No quise despertarla así que sólo me quedé ahí parada, pensando en que nuevamente me iba a tocar viajar de pie un tramo del camino. Pero la chica se me queda viendo y pregunta si deseaba sentarme.

- Si la nena no se despierta...

Pero al agarrarla para acomodarla encima de ella se despertó. Y como todo buen bebé, empezó a llorar.

Yo prefiero viajar mil veces parada a estar al lado de un bebé llorando.

La chica trataba de calmarla, se veía que la niña estaba molesta por haberla sacado de los brazos de Morfeo, y le rechazaba las muestras de cariño que le otorgaba. Le pregunté a la madre el nombre de la nena. Valentina. Y le dije que yo tenía una canción que mi papá me cantaba para hacerme dormir. Así que mientras ella se sacaba un seno para darle algo de leche yo empecé a cantar bajito:

"Cuando era niño pregunté: óyeme madre, ¿yo qué seré? ¿Seré muy rico, seré feliz? Y ella me contestó: Qué será, será... Será lo que debe ser... La vida te lo dirá... Qué será, será..."

La combinación leche + canción surtió efecto y Valentina volvió a quedarse dormida. ¡Excelente!, pensé. Ahora yo también podré dormir. Estaba cerrando los ojos cuando la chica me pregunta:

- Disculpe, ¿es usted policía?
- No, no lo soy.
- Aaahhh, es que le veo eso ahí -señalando mis placas- y creí...
- Ah, no, no. Aquí tengo información personal, en caso de emergencia.
- ¿Y quiénes usan eso?
- Bueno, por lo general los soldados, miembros de la fuerza pública, bomberos. O quien quiera. Yo las uso porque tengo un tipo de sangre jodido y alergias que son importantes que se sepan en caso que tenga un accidente.

La chica hablaba tímida, bajito. Quería saber más sobre las placas, si se podía poner otro tipo de información, por qué se usaban. Luego empezó a preguntar si yo era profesional, y un poco de cosas un poco superficiales. Pero de repente, aún con un tono tímido, me preguntó:

- Y cuando la mujer es profesional no se deja humillar de un hombre, ¿verdad?

Ahí me di cuenta que no iba a dormir durante ese viaje.

Le respondí que no necesariamente. Que un título no te hace más mujer, o mejor persona. Que eso dependía de uno mismo, de sus creencias, crianza, autoestima. Que existen personas que no tienen título y son maravillosas, y otras con título que pueden ser una mierda.

- ¿Y qué sucede cuando un hombre tiene una pareja, un hijo, y busca a su anterior pareja?

Les estoy redactando la pregunta de manera directa. Porque ella dio muchas vueltas para poder hacerla. Se notaba que le daba vergüenza hacerla, pero igual la hacía, con esa inocente confianza que tiene un niño.

Para no alargarles el cuento, durante toda esa hora de viaje, ella me confesó su situación actual. Estaba dejando su tierra, al padre de su hija, y estaba camino a Guayaquil a la casa de una prima para luego seguir a la sierra, donde esperaba encontrar un trabajo para poder mantenerse. Ella ya no quería seguir con ese hombre, porque sentía que no la quería, que Valentina lo fastidiaba. No sabía qué iba a hacer, pero se iba. 

Adicional ella tuvo una anterior relación, pero al fallecer su padre, su luto la llevó a alejar a ese hombre de ella. Me contó que él la quería apoyar, pero ella en su momento de dolor no quería saber nada de nadie y lo despachó. Tenía 16 años. Pasó un año y este hombre encontró otra mujer, con la que actualmente tiene un hijo, pero no la quiere. Y ellos siguen conectados, a través de redes sociales. O sea, él la sigue buscando.

Ella no sabe qué hacer. Tiene miedo de volver a intentar y fallar. Él ya tiene una nueva relación, y un hijo, y no entiende por qué la sigue buscando. Dándole esperanza de retomar. Tiene miedo que el padre de su hija la rastree, encuentre, y quién sabe qué vaya a pasar. Nadie en su familia sabía a dónde estaba yendo. Sólo una tía le dijo: "agarra tus cosas y vete".

¿Qué puedo decirle a una perfecta desconocida en un caso así?

No quedó más que darle pistas, o sugerencias. He aprendido que los consejos no siempre son una respuesta correcta. Es bueno que cada persona descubra dentro sí qué es lo que tiene que hacer. No puedo decirle: "Yo en tu lugar haría", porque soy yo. No ella. Es ella la que tiene que decidir qué hacer. "Escucha tu voz interna", fue mi sugerencia. Le dije que estaba haciendo bien en dejar a un hombre que no la quiere, y que tiene posibilidad de lastimarlas. Que se pare firme, y en caso de que la encuentre, busque ayuda. Ponga denuncia. Que jamás permita que la lastimen. Eso no es amor.

Y sobre su anterior pareja (que resulta es militar, por eso le llamó la atención mis placas), que debe decidirse él. No puede estar jugando con los sentimientos. Se comprende que esté en una encrucijada, pero debe tomar una decisión. Considero un error el quedarte con alguien que no amas por los hijos. "Tu felicidad es primero", le dije. "Si tú eres feliz, Valentina será feliz. Y los hijos sienten cuando papá y mamá no son felices. Tal vez no de manera consciente, pero lo perciben".

No sabía qué más decirle, no quería volcar todos mis libros de auto ayuda y superación personal sobre ella, por temor a hablar de más. Pero percibía que ella estaba sola, asustada, y necesitaba una voz que le dijera: "adelante, vas a salir de esta".

Ya llegando a Guayaquil ella me termina preguntando el nombre, y nos presentamos. Coincidencias del destino, la nena se llama Diana Valentina. Habíamos hablado todo el camino sin conocernos. Pero la veía un poquito más segura. Como que algo dentro de ella le decía que iba por buen camino. Me agradeció, y le di un abrazo. Le dije que por algo el único asiento vacío en todo el bus era al lado de ella, y adicional mis placas estaban a la vista. Porque suelen estar debajo de la camisa.

"Busca tu felicidad", le dije antes de irme. "Cuídate, cuida a Valentina. No importa que no tengas título. Puedes salir adelante. Date la oportunidad de encontrar nuevamente el amor". Veía temor en sus ojos, pero un brillo de esperanza también. Una mezcla de: "no sé lo que estoy haciendo pero ahí voy".

Y así me fui caminando, pensándola. Un asiento libre, unas placas, una canción para hacer dormir a un bebé se conjugaron para crear un retorno a casa inesperado. De verdad el universo obra de manera misteriosa.




miércoles, mayo 17, 2017

La vida: importante, frágil, y efímera.

En aquellas tres palabras podría resumir lo que me sucedió ayer por la noche. Había llegado a casa luego de un pesado día de trabajo. No sin antes pasar por la dentista para un tratamiento. Mi mamá estaba en la cama viendo una serie, a la cual puso en pause para conversar. Luego de ponernos al día en nuestro día (valga la cacofonía), la conversación se desvió al tema de tener o no tener hijos. A mis 34 años puedo decir que no está en mis planes tener descendencia. Y suelo reírme por dentro porque cuando era adolescente, según yo, tenía planeado mi futuro. Iba a casarme a los 26, tener mi primer hijo a los 28, y uno, máximo dos más.

Quería tener hijos joven, para poder tener la energía, tiempo, y vitalidad para criarlos, educarlos, jugar con ellos, lanzarme al piso, trepar árboles, y todo lo necesario para darles una vida llena de fantásticas experiencias. Eso creía, y sí, sigo creyendo que debe hacerse. Pero ahora lo pienso no una, sino dos, tres, muchas veces, antes de tomar la decisión de ser madre.

Hablaba con mi madre, y entre risas le pedía disculpas, porque sé que ella quiere que le dé nietos. Tiene 2, sí, pero un "poquito" lejos. Allá mi hermano quien decidió cruzar el charco, encontró una maravillosa mujer por allá, y se instaló. Y aquí, yo, no quiero tener hijos. El universo puede ser bien conchudo a veces. Lo siento, amada madre.

No es un no rotundo a la posibilidad de ser madre. Sé que podría ser una madre maravillosa. Jodona, eso sí. Pobres mis hijos, les haría bullying maternal, ajajajajaja. Me siento preparada para serlo. Pero no quiero. ¿Por qué? Porque considero que es la responsabilidad más grande que alguien pueda tener en esta vida. Traer a este mundo a un pequeño ser humano, y criarlo para bien. Para que sea una persona con valores y principios, que sea un ente productivo y positivo para la sociedad. Y además de todo eso, que sea feliz.

No considero que debes tener un hijo porque te sientes sola, porque quieres compañía, porque sería bonito, porque sino no te realizas como mujer. ¿Ya estoy en la percha? No me importa. Es un gran sacrificio, que sí, trae muchísimos beneficios, pero también muchísima, muchísima responsabilidad. Es un acto de amor único, de entrega completa. Ser madre debe ser una experiencia maravillosa, incomparable. Sublime. Y me encantan los niños. No crean que soy tan Grinch. 

¿Pero saben qué me pone a pensar antes de tener uno? Los errores que puedas cometer en su crianza. Y muchos sin darte cuenta. Sólo busca en Internet artículos al respecto y te saldrán un sinfin de páginas. Frases que a muchos de nosotros nos dijeron. Acciones que veo hacer a otros padres, día a día. Cosas que hacen creyendo que es por el bien de los pelados, y los están cagando.

Si me cago la vida, quiero cagármela yo solita. A nadie más.

Y en plena conversación así de profunda, a mi madre le suena el celular y al leer el mensaje su rostró se opacó drásticamente. Su amiga de colegio acababa de fallecer.

En ese momento se fue a la mierda todo lo que estábamos hablando. Me acerqué rápidamente a abrazarla y sostenerla. Lloramos. Su muerte no nos agarró por sorpresa. Ella estaba enferma, internada. Era cuestión de esperar. Pero igual, lo esperes o no, una pérdida así siempre te tambalea el piso. Y duele.

La vida es un regalo. Siempre lo he dicho. Pero con cada acto, cada experiencia, aprendizaje, reafirmo que es tan frágil y efímera, que en el momento menos inesperado te la arrebatan. Bueno, no. Para arrebatarte algo tiene que ser tuyo, ¿verdad? ¿Nuestra vida, es nuestra? Quienes me conocen saben que no soy religiosa. Tampoco me considero atea, más bien sería agnóstica. Quién quita que esto que creemos es vida, no es más que una ilusión, un soplo cósmico, un juguete de un pequeño alienígena. E.T. va a despertarse y nosotros dejaremos de existir.

Es interesante la forma en que el universo equilibra las cosas. Una noche cualquiera estás hablando de traer vida, al mismo tiempo que se va otra.

jueves, abril 27, 2017

"Le dejo al niño porque está malcriado".




En mi trabajo atiendo muchas personas al día, y algunas de ellas suelen venir con algún niño. Bueno, a veces traen el batallón. Cuando el niño es bien portado me encanta. Se sienta o se queda parado al lado del adulto. Si me saluda, ¡me derrito! Y se queda tranquilo. Puede estar jugando, viendo alrededor, o escuchándonos (aunque no entienda nada). En otras ocasiones el chamaco empieza a exigir atención: llama al adulto, interrumpe, se empieza a mover, etc. Un buen llamado de atención y finito. Asunto arreglado. Comprendo que acompañar a los padres a hacer diligencias no es nada entretenido para un pelado. Recuerdo cuando me tocaba ir con mi madre a realizar sus trámites. Y sí, uno se ABURRE. 

Pero, ¿qué sucede cuando el pelado no hace caso y el adulto saca la famosa frase: "Pórtate bien o le digo al guardia que te lleve"
Me hala de los pelos. 

En mi adultez he aprendido el peligro de lanzar semejante amenaza a un menor. Ah, y esperen que tenemos sus variaciones: 
- "Le digo al policía que te lleve"
- "Te va a llevar el Cuco". (Esta sí es de antaño. Hace tiempo no la escucho). 
- "El doctor te va a poner una inyección"
- "Te voy a dejar aquí botado"
- "La niña se va a poner brava". (La peor para mí. Yo, aquí, la villana, la roba niños, la bruja de la historia). 
- "Niña, le regalo al niño". (Ni loca. ¡Lléveselo!) 

Entiendo que es algo que aprendieron de sus padres. Y se transmite de generación en generación. Muchos recibieron la misma advertencia cuando eran menores. Pero no, no, no. Es nefasto. 

Primer error: crear temor e inseguridad. 
Miedo a que se lo lleven. ¿Entiendes lo que significa eso? Ponte un momento a pensar como un niño. Un niño que confía en sus padres, que debe confiar en los adultos. Y el mismo adulto en quien más confía lo amenaza con regalarlo, dejarlo, o permitir que un desconocido o figura de autoridad le haga daño. Imagínate el trauma que puedes ocasionarle. La figura que lo cuida, lo protege, lo ama. 

Segundo error: aprende a portarse bien por temor, no porque es lo correcto. 
Un niño debe aprender a comportarse, y entender que en ciertos lugares debe quedarse tranquilo. Que hay un momento y un lugar para todo. No por miedo a que le pase algo malo. Peor cuando lo amenazas con una figura de autoridad a la que no debería temer. Después no entienden por qué le tienen miedo al doctor, al dentista. Una persona en la que deben depositar su confianza, respetar.

Tanto así que han habido campañas donde piden que dejen de utilizarlos como herramienta de amenaza ante un mal comportamiento. 






Tercer error: se vuelven personas complacientes a las que les cuesta decir "no".
Sé que esto suena exagerado, pero puede desarrollarse este comportamiento. El niño cree que sólo van a quererlo si se porta bien y precisamente por este motivo, podrá hacer cosas que no quiera, por el hecho de complacer a sus adultos. Y cuando crece se convierte en una persona que hará cosas que no quiere por compromiso, por no "quedar mal". Y le costará decir "no". Complacerá a todos, para ser aceptado, querido, apreciado. 

Cuarto error: mamá sólo me quiere cuando me porto bien.
El más grave, para mí, de todos. Condicionar el amor.

También sé que es difícil que una criatura pequeña entienda el concepto de esperar, realizar trámites, sentarse en un escritorio y no entender qué están haciendo. Para entretenerlo lleva un juguete, algo en que pueda enfocar su atención. Y así va a ser más llevadero para él. Y háblale. Explícale. Creer que porque es "niño" es bruto y no entiende, es menospreciar su capacidad cognitiva. Los pelados pueden ser pilísimas, si los educas. Si les das tiempo, espacio, calidad. No tratarlos como adultos, pero sí enseñarles a razonar, a comprender. No les das la tablet y ahí que no joda...

Este tipo de reprimendas lo que hacen es erosionar la confianza en sus mayores, en los adultos, en las figuras de autoridad. Y esto, aunque no lo crean, queda grabado en el subconsciente y al crecer les puede dificultar entablar relaciones afectivas sanas.

Me encantan los niños, hasta que empiezan a hacer berrinches. Y por alguna razón el universo no me ha dado hijos. Lo cual agradezco. No sé si quiera ser madre, al menos en esta vida. Sin embargo, sigo aprendiendo.

Ay, si supieran cuántos niños me han querido regalar...

Links de interés:

lunes, abril 24, 2017

Tu luz.

Pobre lunes. Es el día con la peor reputación de la semana. Y para colmo él ni tiene la culpa. Le tocó el calendario así y punto.


Yo tampoco quiero culparlo. Pero llego al terminal, avanzo a ver mi bici y, la falla: tubo bajo.

No saben cómo me puede cambiar el ánimo un tubo desinflado... Porque resulta que tengo todo programado, el tiempo medido, la ruta trazada, y un percance así me trastoca todo. 

Mi mente empezó a disparar ideas: "No te ofusques, Diana, sé práctica. Deja la bici, después te encargas de ella. Debes ir a la dentista. Mueve".

Y refunfuñando entre dientes avancé a la parada de buses.

Luego de esperar media hora en la sala de espera, salgo de la cita con una tercera dentista y un nuevo diagnóstico de mi hipersensibilidad. Tener meses sin poder tomar cosas frías no es nada agradable. 

Paga y avanza. No me jodas más, lunes.

Pero mientras esperaba la luz del semáforo para cruzar, veo pasar la única buseta que me avanzaba a casa. Buseta que volvería a pasar en, mínimo, 15 minutos. Y estaba empezando a llover.

Lunes, modérate.

Cruza y espera. Y espera. Y sigue esperando. Hasta que llegó. Al subir me topo con un cantante que entonaba en su guitarra las últimas notas de "Mi plegaria", y me senté canturreando. No pude evitar pensar en papá.

La buseta avanzaba y en Urdesa veo que llovía más fuerte. Yo sin paraguas, impermeable, nada. 

El lunes se había asociado con San Pedro...

Bájate en Ilanes y camina. Ya, te vas a mojar, qué más da. Camina.

Y camina.

Y sigue caminando.

Y  con mi mente frustrada, pensando en cómo rescatar mi bici, llevando en la mochila el nuevo uniforme de un trabajo que ya no me llena, el libro del curso de lenguaje de señas que se podía estar mojando, los frascos para las muestras de los exámenes que debo hacerme mañana en ayunas, lo que significa madrugar más de lo que ya madrugo para llegar al hospital antes de las 8, pastas de dientes, eliminar cosas ácidas, rogar que esta sea la solución para no tener que hacerme otro tratamiento conducto, mojándome, mojándome, mojándome, y de repente:


Un farol se prende justo encima mío.

Y veo arriba, su luz, su haz cayéndome, irradiándome, iluminándome. Y sonreí. Dejé de pensar en tantas huevadas y sonreí. Vi las gotas cayendo, iluminadas también. Recordé que de chiquita me encantaba mojarme en la lluvia. Cuando escuchaba llover salía corriendo al patio a mojarme. A bailar, a jugar, a saltar.

Seguí caminando con otra actitud. Aceptando. Recordando que hay cosas que puedo controlar, y otras que no. Y el truco es aprender a lidiar con eso. A aflojar, a ceder, a soltar. A arreglárselas y seguir avanzando. A encontrar la solución.

A mojarse.

Y así llegué a casa. Sin bici, mojada, y contenta.


Si en la noche azul,
Oyes el eco enamorado de mi voz,
Escúchalo, mi bien,
Escúchalo, mi bien,
Que es para ti.