jueves, marzo 21, 2019

La danza del asiento amarillo.

Decidió avanzar hasta la estación central para agarrar el bus que la dejaba al pie de su casa. Ya era tarde. Justo se bajaba del bus y vio llegar al que debía subirse. Entró y se fijó que todos los asientos azules ya estaban ocupados. Al inicio del bus, sólo habían 3 asientos amarillos desocupados. Asientos que no son para ella.

"Ya es tarde", pensó. "Tal vez no se llene el bus. Y si se sube alguien que tenga preferencia, me levanto". Y así se sentó en uno de ellos.

Los otros asientos amarillos estaban ocupados por dos ancianos, y por otros dos jóvenes que, a simple vista, no eran de la tercera edad, no estaban embarazados, con alguna discapacidad física, o niño en brazo.

El bus inició su recorrido. Un par de estaciones más adelante se subió un señor de la tercera edad. Nadie se inmutó. Automáticamente ella se levantó y le cedió el asiento. 

Y ahí inició una danza. Sin música.

Uno de los jóvenes en otro asiento amarillo se levantó para cederle el puesto a ella. Sonrío y se sentó. El bus siguió avanzando y, nuevamente, luego de un par de estaciones una anciana se subió. Nadie se movió, y ella le hizo señas indicándole que se acercara. Pero el impulso tal vez fue contagioso porque el otro joven se levantó primero para cederle su asiento.

Ella sonrió y se quedó sentada. Tal vez vibraba en bondad y la estaba esparciendo.

Faltaban apenas 4 estaciones más para su parada cuando se sube una señora, de rostro cansado. La vio buscando dónde agarrarse bien y le sonrió. "Señora, venga, siéntese aquí", mientras se levantaba. Entre las arrugas brillaron unos ojos agradecidos. Con cuidado se sentó, y se pudo ver cómo dejó su cuerpo caer.

El recorrido llegó a su fin. Aunque sólo iba a casa en su mente ella iba danzando.