El domingo 22 de febrero mi vida dio un vuelco. A la izquierda, para ser precisos. Hoy se cumplen 2 semanas desde que me dio un infarto isquémico cerebeloso. Si no fuera por mi buen estado físico, el rápido accionar de mi madre que me llevó a emergencias y la atención hospitalaria que recibí quizá no estaría aquí escribiendo esto. Y tengo tantas cosas en mi cabeza (incluyendo una mancha ahora en mi cerebelo) que creo que podría escribir un libro al respecto.
Estuve hospitalizada una semana y media. Conocí los techos de dos hospitales (ya que en el primero no había sala de neurología y me tuvieron que transferir), personal médico muy atento y amable, comida que algunas probé, otras ni siquiera miré y algunas devoré (ese suflé de choclo fue la gloria), diferentes máquinas para múltiples exámenes, una sala de quirófano y pinchazos, muchos pinchazos. No le deseo a nadie estar hospitalizado. No le deseo a nadie pasar por lo que pasé yo. Sin embargo, esto que me pasó me cambió y estoy agradecida de estar viva. De estar aquí, con todas mis funciones motores y cognitivas casi intactas. Estoy más lenta, más pausada, más consciente. Pero estoy. ESTOY.
Una gran amiga me regaló un cuaderno y pluma y me dijo que es importante escribir a mano. Así que aquí estoy derrochando palabras. Conectándolas unas con otras para que tengan sentido. Aunque a veces la vida no lo tenga. O no sepamos cuál es el sentido de la misma.
La vida, al menos para mí en este momento, no tiene un sentido, porque lo que me pasó no puede explicarse. No tuve ningún accidente previo, caída o movimiento brusco de cuello para lesionarme la arteria izquierda. Una disección arterial fue lo que dijo el neurocirujano, luego de la arteriografría que me realizaron. ¿Yo qué recuerdo? Que 3 días antes del infarto, mientras iba rumbo al trabajo en bici, me dio vértigo y no pude pedalear. No entendía qué pasaba. Me dolía la cabeza, pero solo el lado izquierdo. Dos días antes, el susto fue más grande porque me caí de la bicicleta. Nuevamente, hacia la izquierda. Yo iba en línea recta, en la mitad de la calle. En cuestión de un segundo en que miré a la derecha y volví al ver al frente ya estaba en el carril izquierdo yéndome de frente con un carro que estaba estacionado. Producto del frenazo a raya se dio la caída. Que no fue mayor y solo provocó un raspón de rodilla. Ese día y el sábado, dolor de cabeza. Pero el domingo sí vinieron los síntomas más fuertes y ahí fue que mi madre me salvó la vida (según chatGPT, mi nuevo bestie). Ese día mi cerebelo no recibió suficiente sangre y ZACAPUM. Final del episodio.
¿Continuar viendo? Ok.
En el trabajo creían que estaba embarazada (he ahí el motivo del título del post) y yo estaba aterrada con ese pronóstico. Porque no quiero hijos y ya que voy a cumplir 43 voy a decir la plena: qué pereza. El periodo debía llegarme ese finde pero en mi oficina poco más y estaban apostado el sexo (niña ganaba, canallas). Entre organizar un baby shower o cafetearme (sí, Mauricio, tengo la foto que me tomaste con la vela) yo me sentía mal, cansada, no aguantaba mucho las luces y caminaba como tontita. Nunca vimos que eran síntomas de falta de sangre. Spoiler, el periodo llegó el mismo domingo del infarto. Yo contenta de que bajó y a la hora, TOMA.
Me admira mi fortaleza. Al igual que al personal médico. Fortaleza física y mental. Porque mis emociones estaban subidas en un carrito en la montaña rusa más alta de todas y dándose un paseo fenomenal. He pasado por múltiples estados emocionales (digna payasa, querida Raquel). Feliz de estar viva. Asustada. Deprimida. Asustada. Triste. Asustada. Vulnerable. Asustada. Pero hay algo que nunca perdí y me mantuvo aquí. Mi sonrisa. Mi actitud. Solo hubo un día, un fatídico día en que creí que me iba. Literalmente. Al tercer día estaba mejorando pero de un momento a otro vino otra vez todo. El dolor, el vértigo, la inclinación a la izquierda. Fue horrible. Me volvieron a revisar, me quitaron el celular, apagaron las luces, me medicaron, hasta estabilizarme. El día después de ese evento yo sentí algo que no quisiera nunca sentir. Que mi alma dejaba mi cuerpo. Acostado ahí en la cama. Pero mamá me dijo que ella no lo creía así. Que ella sentía que yo todavía tenía una misión que cumplir en este mundo. Y ella me mantuvo aquí. Ella, mi familia, mi novio, mis amigos. Me puse a pensar en que si me iba me iba a ir amada, agradecida, tranquila. Asustadísima como nunca. Pero en paz. Esos días una canción sonaba en mi mente. La cantaba cuando podía, bajito, bajito. O la tarareaba al menos. Es una canción que papá y mis tíos siempre cantaban. Es una canción muy especial para mí. Y no me la sé toda, pero yo solo cantaba:
Después de ese día siento que renací. Con poca fuerza. Débil, muy débil. Como una flor volviendo a abrir poco a poco sus pétalos. Empecé a comer, a ganar fuerza, vitalidad.
Los siguientes días fueron más llevaderos. En lo que se puede. Porque estar hospitalizado aburre horrores (recuerden que no tenía celular). Las horas eran eternas. Sólo tenía 1 hora al día de visita y 1 sola persona podía ir. Esa hora era la más esperada del día. El resto de las 23 horas no tenía nada que hacer más que ver el techo, las manos, tocarme la cara, acomodarme en la cama, hacerme pipí en el pañal (porque me tenían prohibido levantarme), imaginarme historias en la cabeza y dormir. Es por ello que agradezco enormemente a mis compañeras de sala. Quienes me hacían compañía y conversábamos cuando podíamos. De cariño y para velar por su identidad, les diré que les puse de apodo: "Flores", "Apagón" y "Pescuezo". Cada una era una historia diferente, un diagnóstico distinto, pero todas estábamos juntas en el mismo lugar y en el mismo momento. Y nos cuidábamos mutuamente. Sin ponernos de acuerdo. Creo que fue un pacto sororo. Tácito. Ninguna quería estar ahí. Éramos prisioneras. Así que no nos quedaba más que conversar, reírnos, imaginarnos qué deliciosa comida iba a llegarnos y soñar con ese mundo afuera de esas paredes blancas y luces blancas.
¿Continuar viendo? Ok.
No quiero recordar las cosas negativas del hospital. Tampoco me interesa contárselas. Pero le daré un twist al asunto y voy a agradecer algunas cosas:
- Agradezco poder despertarme por mi cuenta y no prendiéndome las luces a las 5y30am.
- Agradezco que no me despierten cada 2 horas para tomarme los signos vitales.
- Agradezco tener apetito y la deliciosa comida que mamá prepara.
- Agradezco poder evacuar normalmente y no tener que acudir a un enema.
- Agradezco poder bañarme por mi cuenta.
- Agradezco no ser pinchada.
- Agradezco estar comunicada con mis seres queridos.
- Agradezco poder escuchar música, pintar, ver algo en la tv.
- Agradezco dormir en mi cama (aunque no pueda hacer "cama arriba, cama abajo").






















