lunes, marzo 23, 2026

Estigma rojo.

 

Estigma = mancha

- Días.

- Porque buenos no van siendo.

  • manché las sábanas y colchón 
  • quise lavar ropa y mamá salió con "déjame lavar las cortinas"
  • de los 4 huevos, el 3ero estaba podrido así que tuve que botar los 2 primeros y volver a poner nuevos en el sartén 
  • de los nuevos huevos los estaba rompiendo aparte y uno se regó
Ese fue el mensaje que, sentada en la sala le envié a mi mejor amiga y a mi enamorado, mientras comía mi desayuno. Linda forma de empezar el lunes, ¿verdad? Luego de recibir el apoyo de ambos, empecé a desahogarme con la China:
  • Me hundiría en la cama pero no puedo porque se está secando el colchón.
  • Y estoy batallando con la adolescente de 12 años que está molesta y avergonzada de manchar la cama.
  • Brother, estoy usando tampones porque le hicieron comprar a mamá en el hospital y nunca los usé por el pañal. Yo llevo años usando copa.
  • Y estos hijueputas se van saliendo conforme se llenan de sangre. Yo no recordaba que hicieran eso.
  • Es solo sangre. Nada del otro mundo. Baja todos los meses. Es solo una mancha. Tela. Se lava y listo. Pero me desperté, sentí mojado, vi la mancha y me cabreé.
  • Es heavy el estigma del periodo.
A lo que ella respondió:
  • si, como en la mente se viene una secuencia de cosas
  • y ahora tengo que lavar, y ahora debo cambiar sábanas
  • totalmente comprensible
Y sí, toda persona que menstrúa va a entender esto. Totalmente compresible. Porque fue justamente la secuencia de cosas que tuve que hacer. Quitar las sábanas, lavar la sangre, tenderlas. Fregar la mancha en el colchón. Abrir las ventanas para que se seque. ¿Por qué me cabreo? Me pregunté temprano. Ya voy a cumplir 43 años. Y me sigue molestando una mancha de sangre. Pero es ahí que caigo en cuenta. No me cabreo por la mancha. Me cabreo por todo el estigma que nos han impuesto.

Yo misma racionalizo todo en mi desahogo anterior. Es solo una mancha. Se lava y listo. Pongo nuevas sábanas y listo. ¿Por qué exagero? ¿Las hormonas? ¡Las pinches hormonas! Esperen. ¿Estoy exagerando? Ahí viene otro estigma para nosotras. Los cambios de humor. Mi parte racional (la mujer de, casi, 43 años) está analizando todo y diciéndome que estoy exagerando pero mi parte irracional (la adolescente de 12) está emputada y avergonzada.

¿Avergonzada de algo que es COMPLETAMENTE NATURAL? Sí. Y recuerdo que hace 2 días atrás, al regreso de comprar un banco para la ducha, mi madre me vio y me dice, con tono de alarma: "mija, voltéate, estás manchada". Y yo me veo frente al espejo y, efectivamente, había manchado la batona. Ni me había dado cuenta. Pero en el instante sentí el estigma encima. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! ¿Cuánta gente me habrá visto con una mancha de sangre? ¿Qué habrán pensado? Y aunque en ese momento frené el tren de pensamientos y simplemente actué, me cambié la ropa y lavé la mancha, el tono de mamá no se me ha ido del recuerdo. Porque esa ansiedad social, de preocuparse del qué dirán, sigue latente en mí. Por más que lo he trabajado en terapia.

No recuerdo a qué edad empecé a menstruar. Habrá sido 11 o 12 años. Recibí educación sexual, tanto en casa como en el colegio. No me pasó como a Luchita. Bueno, en el colegio no recuerdo mayor cosa que el funcionamiento de los órganos reproductores, fecundación, concepción, enfermedades de transmisión sexual. No me enseñaron los métodos anticonceptivos, ni hablemos de cómo poner un preservativo. ¿Y el ciclo hormonal? Disculpe: ¿Qué es eso? Eso lo tuve que aprender por mi cuenta. Y también, por mi cuenta, tuve que aprender a ponerme bien una toalla, un tampón y una copa. A "ponerme bien", para no manchar. Nuevamente, para no dejar en evidencia que me estoy desangrando. Porque nadie debe saberlo. Debo seguir con mi rutina normal. Aquí no está pasando nada. ¿Se han dado cuenta que las publicidades de toallas femeninas hacen eso? ¡Púdranse! Claro que nos está pasando algo.

Pero esto se acabó. No tengo porqué avergonzarme de mi menstruación. Es algo que nos han enseñado y, como toda enseñanza, se puede desaprender. Lo hemos visto en casa, en los centros educativos, con nuestros pares, en la televisión, en la publicidad. Basta. Basta de sentirnos acomplejadas por algo que es parte de nosotras. Y algo que es sano. Normal. Necesario. Soy una mujer sana que cada 28 días sangra. ¿Me gusta sangrar? No. ¿Pienso que deberíamos tener otro método que nos indique que no estamos fecundado una nueva vida? Sí. ¿Me gustan mis cambios de humor? No. ¿Le advierto a mi enamorado? Sí. XD

No sé por cuánto tiempo más voy a tener que pasar por esto. Por mi edad sé que ya podría estar entrando en la perimenopausia pero hasta ahora Andrés baja cada mes. Como relojito suizo. Y sé que cuando esté llegando ese nuevo tren va a venirse otra montaña rusa de emociones. Porque la ausencia de la regla es otra movida con más cambios hormonales, los famosos sofocones y no sé qué más me vendrá. ¿Ven? Nuevamente la ansiedad se quiere apoderar de mí y ya estoy armando escenarios que ni siquiera han sucedido y quizá ni sucedan. Capaz simplemente deje de menstruar y me asustaré por un tiempo hasta que me dé cuenta que el estigma rojo ha abandonado mi cuerpo.

Ahora, con su permiso, iré a poner nuevas sábanas y me acostaré en mi cama porque la adolescente de 12 años todavía quiere refunfuñar un poco más. Espero no volver a mancharla.

domingo, marzo 08, 2026

De un bebé a un ACV.

El domingo 22 de febrero mi vida dio un vuelco. A la izquierda, para ser precisos. Hoy se cumplen 2 semanas desde que me dio un infarto isquémico cerebeloso. Si no fuera por mi buen estado físico, el rápido accionar de mi madre que me llevó a emergencias y la atención hospitalaria que recibí quizá no estaría aquí escribiendo esto. Y tengo tantas cosas en mi cabeza (incluyendo una mancha ahora en mi cerebelo) que creo que podría escribir un libro al respecto.

Estuve hospitalizada una semana y media. Conocí los techos de dos hospitales (ya que en el primero no había sala de neurología y me tuvieron que transferir), personal médico muy atento y amable, comida que algunas probé, otras ni siquiera miré y algunas devoré (ese suflé de choclo fue la gloria), diferentes máquinas para múltiples exámenes, una sala de quirófano y pinchazos, muchos pinchazos. No le deseo a nadie estar hospitalizado. No le deseo a nadie pasar por lo que pasé yo. Sin embargo, esto que me pasó me cambió y estoy agradecida de estar viva. De estar aquí, con todas mis funciones motores y cognitivas casi intactas. Estoy más lenta, más pausada, más consciente. Pero estoy. ESTOY.

Una gran amiga me regaló un cuaderno y pluma y me dijo que es importante escribir a mano. Así que aquí estoy derrochando palabras. Conectándolas unas con otras para que tengan sentido. Aunque a veces la vida no lo tenga. O no sepamos cuál es el sentido de la misma.

La vida, al menos para mí en este momento, no tiene un sentido, porque lo que me pasó no puede explicarse. No tuve ningún accidente previo, caída o movimiento brusco de cuello para lesionarme la arteria izquierda. Una disección arterial fue lo que dijo el neurocirujano, luego de la arteriografría que me realizaron. ¿Yo qué recuerdo? Que 3 días antes del infarto, mientras iba rumbo al trabajo en bici, me dio vértigo y no pude pedalear. No entendía qué pasaba. Me dolía la cabeza, pero solo el lado izquierdo. Dos días antes, el susto fue más grande porque me caí de la bicicleta. Nuevamente, hacia la izquierda. Yo iba en línea recta, en la mitad de la calle. En cuestión de un segundo en que miré a la derecha y volví al ver al frente ya estaba en el carril izquierdo yéndome de frente con un carro que estaba estacionado. Producto del frenazo a raya se dio la caída. Que no fue mayor y solo provocó un raspón de rodilla. Ese día y el sábado, dolor de cabeza. Pero el domingo sí vinieron los síntomas más fuertes y ahí fue que mi madre me salvó la vida (según chatGPT, mi nuevo bestie). Ese día mi cerebelo no recibió suficiente sangre y ZACAPUM. Final del episodio.

¿Continuar viendo? Ok.

En el trabajo creían que estaba embarazada (he ahí el motivo del título del post) y yo estaba aterrada con ese pronóstico. Porque no quiero hijos y ya que voy a cumplir 43 voy a decir la plena: qué pereza. El periodo debía llegarme ese finde pero en mi oficina poco más y estaban apostando el sexo (niña ganaba, canallas). Entre organizar un baby shower o cafetearme (sí, Mauricio, tengo la foto que me tomaste con la vela) yo me sentía mal, cansada, no aguantaba mucho las luces y caminaba como tontita. Nunca vimos que eran síntomas de falta de sangre. Spoiler, el periodo llegó el mismo domingo del infarto. Yo contenta de que bajó y a la hora, TOMA.

Me admira mi fortaleza. Al igual que al personal médico. Fortaleza física y mental. Porque mis emociones estaban subidas en un carrito en la montaña rusa más alta de todas y dándose un paseo fenomenal. He pasado por múltiples estados emocionales (digna payasa, querida Raquel). Feliz de estar viva. Asustada. Deprimida. Asustada. Triste. Asustada. Vulnerable. Asustada. Pero hay algo que nunca perdí y me mantuvo aquí. Mi sonrisa. Mi actitud. Solo hubo un día, un fatídico día en que creí que me iba. Literalmente. Al tercer día estaba mejorando pero de un momento a otro vino otra vez todo. El dolor, el vértigo, la inclinación a la izquierda. Fue horrible. Me volvieron a revisar, me quitaron el celular, apagaron las luces, me medicaron, hasta estabilizarme. El día después de ese evento yo sentí algo que no quisiera nunca sentir. Que mi alma dejaba mi cuerpo. Acostado ahí en la cama. Pero mamá me dijo que ella no lo creía así. Que ella sentía que yo todavía tenía una misión que cumplir en este mundo. Y ella me mantuvo aquí. Ella, mi familia, mi novio, mis amigos. Me puse a pensar en que si me iba me iba a ir amada, agradecida, tranquila. Asustadísima como nunca. Pero en paz. Esos días una canción sonaba en mi mente. La cantaba cuando podía, bajito, bajito. O la tarareaba al menos. Es una canción que papá y mis tíos siempre cantaban. Es una canción muy especial para mí. Y no me la sé toda, pero yo solo cantaba:

Qué será, será,
será lo que debe ser,
la vida te lo dirá,
qué será, será...

Después de ese día siento que renací. Con poca fuerza. Débil, muy débil. Como una flor volviendo a abrir poco a poco sus pétalos. Empecé a comer, a ganar fuerza, vitalidad.

Los siguientes días fueron más llevaderos. En lo que se puede. Porque estar hospitalizado aburre horrores (recuerden que no tenía celular). Las horas eran eternas. Sólo tenía 1 hora al día de visita y 1 sola persona podía ir. Esa hora era la más esperada del día. El resto de las 23 horas no tenía nada que hacer más que ver el techo, las manos, tocarme la cara, acomodarme en la cama, hacerme pipí en el pañal (porque me tenían prohibido levantarme), imaginarme historias en la cabeza y dormir. Es por ello que agradezco enormemente a mis compañeras de sala. Quienes me hacían compañía y conversábamos cuando podíamos. De cariño y para velar por su identidad, les diré que les puse de apodo: "Flores", "Apagón" y "Pescuezo". Cada una era una historia diferente, un diagnóstico distinto, pero todas estábamos juntas en el mismo lugar y en el mismo momento. Y nos cuidábamos mutuamente. Sin ponernos de acuerdo. Creo que fue un pacto sororo. Tácito. Ninguna quería estar ahí. Éramos prisioneras. Así que no nos quedaba más que conversar, reírnos, imaginarnos qué deliciosa comida iba a llegarnos y soñar con ese mundo afuera de esas paredes blancas y luces blancas.

¿Continuar viendo? Ok.

No quiero recordar las cosas negativas del hospital. Tampoco me interesa contárselas. Pero le daré un twist al asunto y voy a agradecer algunas cosas:

  • Agradezco poder despertarme por mi cuenta y no prendiéndome las luces a las 5y30am.
  • Agradezco que no me despierten cada 2 horas para tomarme los signos vitales.
  • Agradezco tener apetito y la deliciosa comida que mamá prepara.
  • Agradezco poder evacuar normalmente y no tener que acudir a un enema.
  • Agradezco poder bañarme por mi cuenta.
  • Agradezco no ser pinchada.
  • Agradezco estar comunicada con mis seres queridos.
  • Agradezco poder escuchar música, pintar, ver algo en la tv.
  • Agradezco dormir en mi cama (aunque no pueda hacer "cama arriba, cama abajo").
Y esta lista podrá alargarse, porque estoy agradecida por muchísimas cosas más. Estoy agradecida por el personal médico que me atendió. Por las licen, las auxiliares, el personal de limpieza, el que llevaba la comida, el camillero. Todos. Agradecida con mi madre, mujer fuerte y valiente. Esa man es lo máximo. Por mi novio, a quien le tocó afrontar todo esto sin tener puta idea de qué hacer. Y está aquí conmigo (le pregunté si me seguirá amando aunque quede mal de la cabeza y su respuesta me encantó). Agradecida con toda mi familia, amigos y compañeros de trabajo que se activaron y han sido mi red de apoyo. Red internacional porque estoy sorprendida que han escrito de todos lados. Gracias a todos por su apoyo, por sus palabras de ánimo, por ser y estar. Por joder, por no joder. Por sus mensajes, vídeos, voicenotes, regalos.

El día que me dieron el alta lloré. Cuando el camillero me sacó del hospital y vi el cielo lloré. Y de recordarlo en este momento se me vuelven a mojar los ojos. Esta experiencia me ha enseñado a valorar las cosas que damos por sentado. Y ese día yo lloré porque no había visto el cielo en semana y media. Me conmoví. Ahora valoro más muchas cosas, más de lo que antes hacía. Ahora soy una nueva Diana. Una Diana que ahora le toca recuperarse. Descansar. Hacer terapia. Una Diana que salió de esto y tiene mucho para dar todavía. Sigo reafirmando la frase que tengo tatuada en mi espalda: "Life is what happens to you while you're busy making other plans".



lunes, enero 26, 2026

Mayoría de edad.

Un día como hoy, hace 18 años, recibí una llamada que cambió mi vida para siempre: "tu padre está perdido en el mar". El 26 de enero del 2008 mi papá estaba disfrutando de un baño en la playa de Ayampe cuando un temblor sacudió todo y, por más que él intentó salir, la naturaleza fue más fuerte y se lo llevó.

Hoy mi duelo cumple su mayoría de edad. Y no, no se va a independizar. Ni siquiera tiene la mínima intención de hacerlo. Han sido 18 años en que nos hemos hecho compañía y he aprendido muchísimo de él. Este ser va a quedarse conmigo hasta que a mí me toque irme también de este mundo.

Una vez leí que el duelo nunca se achica sino que uno crece alrededor de él. Y es justamente lo que he hecho. Su ausencia se sigue sintiendo. Hay días en que me duele más (como hoy) y días en que se siente como una ligera brisa mañanera. Hay momentos en que un recuerdo suyo brilla como el sol y me calienta el rostro iluminando mis días y otros me cubren como un aguacero en los que las lágrimas se esconden entre las gotas de lluvia. Un mismo recuerdo me puede gatillar distintas emociones. Un mismo recuerdo me puede hacer llorar y reír al mismo tiempo. ¡Qué locura! ¿Verdad?

Te fuiste hace 18 años, papá, y me sigues enseñando cosas. Esa rebeldía que creo que heredé de ti sigue innata. Ese espíritu aventurero. La pasión por vivir. Creo que, si siguieras vivo, estarías orgulloso de mí. De mi carcajada. De mis ocurrencias. De verme bailando en los pasillos del supermercado. De hacer alguna travesura y ponerme roja cuando me descubren. De mi coquetería. De ser yo. De vivir.

Así que, mientras te siga recordando vas a seguir viviendo en mí. Mi duelo y yo hemos llegado a un acuerdo. Lo dejo quedarse conmigo con una condición: cada vez que me haga llorar me tendrá que hacer reír.




sábado, diciembre 27, 2025

Lord Lucifer Mateo de Canterville.

Sí. Ese es su nombre completo. Aunque todos lo conocimos simplemente como "Luci". Y, muy pocos lo saben, su primer nombre fue Julio Peligro. Pero cuando lo adopté, en julio del 2019, la serie Lucifer estaba en boga y la personalidad de él era tan parecida al protagonista que decidí rebautizarlo. Todos quienes lo conocieron decían lo mismo: es un bandido encantador.

Luci es el gato con  más personalidad que he conocido. Desde chiquito se notó que tenía mucho carácter. No era el típico gato pendejo. El man era pilas, sabido, guapo, curioso, conversón y muy sociable. Territorial a morir. Peleador y protector. Cuando me enfermaba él se quedaba conmigo acompañándome. Mamá sabía que yo ya estaba llegando a casa porque Luci se levantaba de la cama y salía al recibidor a esperarme. Ay, y si no entraba a la casa y me iba directo a la suite el señor armaba el escándalo para que le abran la puerta e ir tras de mí.

Luci encantaba a todos. Hasta aquellos a quienes no le gustan los gatos. Luci era la excepción. Cada vez que teníamos visitas él era un anfitrión más. Se sentaba con nosotros en el mueble, en alguna silla desocupada o en plena mesa de centro, porque, obvio, él era el centro de atención. Cuando venía algún maestro o trabajador, él era el fiscalizador de obra. Todo arreglo que se ha realizado en esta casa Luci lo ha supervisado.

Una parte de su vida con la que no estaba de acuerdo pero me resigné a aceptarla era lo peleón. Desde que probó calle se volvió busca pleitos. Algunas veces regresó con más heridas de las que él solito podía curarse y teníamos que apoyarlo. Pero apenas se recuperaba volvía a causar estragos en los techos. Creo que empezó peleando y luego terminó organizándolas. A lo Fight Club. Era mi pequeño Tyler Durden. A veces estábamos tranquilos en cama viendo algo en la tv cuando se escuchaba un ruido en el techo y Luci se ponía mosca. Miraba arriba un ratito y en cuestión de segundos saltaba de la cama, se trepaba por la reja de la ventana y salía a darle una paliza a algún gato desubicado que osaba pisar su territorio. A los 5 minutos regresaba como el pavo, orgulloso y se volvía a echar en la cama a acicalarse.

Amaba el pollito y el pescado. Cuando olía jamón parecía ambulancia. Una noche el sabandija esperó a que preparara mi tablita de charcutería, la pusiera en la mesa, prendiera la tv y apagara las luces para sustraerse muy sigilosamente toda la tira de salami. Me di cuenta cuando tanteé el plato y no los encontré. El man era pilas.

Ah, las palomas. Esas eran su devoción. Jamás he tenido un gato que devorase palomas. Al comienzo me asusté. Un día entré a la casa y el señor tenía montada en la sala la escena del crimen. Faltaba nomás la tira amarilla y la gente de CSI. Y él estaba acostado al lado del cadáver. Cual artista posando al lado de su obra de arte. A partir de ese día las palomas del barrio tuvieron que tener extremo cuidado porque donde Don Luci agarraba una, se iba al cielo de las palomitas.

Le encantaba conversar. Y sí. Podrá leerse raro pero Luci era muy conversón. Tú le preguntabas algo y él respondía. Ya tú te tenías que inventar en tu cabeza lo que él te decía. Pero hablaba. Y modulaba los maullidos. En serio podías entablar una pequeña conversación con él. Mamá siempre cuenta sus anécdotas de las discusiones y conversaciones que tiene con Luci. Cuando están en el patio, con las plantas, desayunando, cuando la acompañaba en la cocina o echados en la cama. Mamá tiene millares de historias. La misma madre que no quería tener mascotas terminó llamándose "abuela". Y como buena abuela, siempre le cuenta a sus seres queridos la última del nieto.

Por lo peleón que era yo ya me había hecho a la idea de que en cualquier momento iba a regresar herido de muerte. O que simplemente no iba a regresar. Pero se me fue de otra forma. Inesperada y súbita. Lo llevamos al vet e intentamos salvarlo pero la doc dijo que había 50/50 de probabilidad. Y que en los gatos muchas enfermedades son silenciosas. Le susurré a Luci que si quería irse que estaba bien. Que lo amaba. Y cuando lo traje a casa y lo puse en su trapito no dio más. Me dolió el alma porque lo vi morir. En mis brazos. Me desgarró.

Y aquí estoy escribiendo esto en homenaje a ti, mi purrunguis. Me encantaba llegar a casa y verte esperándome en el patio, al pie de la puerta. Cruzábamos miradas y te gritaba "¡Amor de mi vida!" y tú respondías "miauu". Eras súper fotogénico y tenías unas poses increíbles. Una cara de estúpido única. Pero quienes se daban el lujo de conocerte descubrían un gato cariñoso y amable. Engreído. Eres único, Luci. Nunca encontraré otro gato como tú. Eras demasiado bacán. 

Ahora te imagino en el cielo de los gatitos. Organizando peleas en la 5ta nube. Cazando otro tipo de seres alados. Comiendo todo el pollito que quieras y acurrucándote hecho bolita.

Gracias por llegar a mi vida.

Su 1era foto

Su última foto

sábado, noviembre 29, 2025

La tapa del inodoro.

 

Fuente: La Nación


Sé que este post podrá causar polémica. Al menos eso sentí yo cuando salí del baño luego de usarlo y, mientras me lavaba las manos, entró una compañera de trabajo y se quejó diciendo en voz alta: "Uugghh, ¡La tapa del baño cerrada!". Yo me hice la cojuda como para que no sospeche de que fui yo quien dejó la tapa abierta. Pero mientras me secaba las manos me puse a pensar en que, por más que en mi casa y en los baños de mis seres queridos siempre dejo la tapa del inodoro cerrada, en los baños públicos siempre la dejo abierta. ¿Por qué hago eso?, me pregunté. La respuesta me llegó enseguida. Porque no quiero encontrarme con ninguna sorpresa. Porque ya me ha pasado. Mujeres que dejan la taza toda mojada o regalitos flotando.

Sí. Mujeres. Porque no se crean que por el hecho de ser mujeres somos limpias.

Para mí es algo muy desagradable alzar una tapa de baño y encontrarlo sucio. Cuando sucede eso, si hay más cubículos busco otro. Si no queda más, toca limpiarlo. Desagradable, sí, pero toca. En serio he visto tazas tan mojadas que no sé si la mujer que lo usó antes estaba muy apurada o ya no se aguantaba, no se sienta completamente (eso es otro apartado, que nos hayan enseñado que no debemos sentarnos NUNCA en un baño público porque quién sabe qué cosa nos vamos a contagiar), el chorro se esparce como esos rociadores de césped o, simplemente, tiene pene. Y ni hablemos de encontrar un mojón flotando en armonía con el universo. Dejándose llevar en santa paz.

Yo tengo la costumbre de revisar que he dejado limpio el inodoro antes de salir. Y mi intestino grueso ha sido educado para evacuar en la mañana. Así que muy rara vez haré "del 2" en un baño que no sea el mío. Así que, si hago en baño ajeno, me cercioro el doble.

Pero ahora quiero analizar el hecho de si es correcto, saludable, educado o armonioso dejar la tapa arriba o abajo. Buscando en internet terminó goleada. Porque por salud te dicen que debes halar la válvula con la tapa cerrada. Peeeroooo, no te dice que después debas dejarla así. Por educación también. Peeeeroooo, justamente por educación, cerciorémonos de que dejamos limpio el baño para que el siguiente usuario no se encuentre con nada desagradable. Y por armonía me jodí, porque según el feng shui estoy dejando que se vaya la energía y el dinero.

Así que ahora, para finalizar este post quiero saber: ¿tú cómo dejas la tapa del baño?

domingo, noviembre 23, 2025

Carrusel de dulces Supermaxi

¿En qué punto un acto repetitivo se convierte en tradición? No sé desde cuándo Corporación Favorita C.A. empezó a poner su carrusel de dulces. Pero, conforme se van acercando los últimos meses de año, yo lo espero con emoción. 

Hace algunos años me di cuenta que cada vez que lo veía montado le tomaba una foto. Hasta que un día me tomé el trabajo de buscar. Llevo 17 años haciéndolo. La primera fue en el 2009. Y quizá pude haberlo hecho antes pero quién sabe en qué antigua red social la pude haber subido y se perdió entre los 1 y 0.

Sea como sea, resalto la emoción que me da verlo. Toda la vida he sido dulcera y cada año vuelvo a ser una niña a la que le brillan los ojos al verlos. Este año, por ejemplo, fui con mi enamorado para hacer las compras semanales y mientras íbamos por el carrito vi el carrusel de lejos y, en un abrir y cerrar de ojos, cambié de dirección y fui directo. Mientras los seleccionaba él se acercó sonriendo y me dijo: "sabía que ibas a hacer eso".

Gracias, Supermaxi, por mantener esta hermosa tradición. Aquí tienen una fiel cliente que será feliz cada vez que monten su carrusel de dulces y que espera poder seguir comprando por muchos años más.



















sábado, noviembre 08, 2025

Deberías mostrar menos los dientes.

Considero que uno de mis rasgos físicos más notorios es mi gran sonrisa. Y es algo que me encanta. Junto a mis cejas pobladas, mi nariz y mi mirada que habla sin palabras. En sí, me gusto. Me gusto mucho. Pero hubo un tiempo en que alguien me hizo pensar que mi sonrisa era muy grande. Y me aconsejó que "debería mostrar menos los dientes". Al menos eso me dijo un día que le pedí que me tomara una foto. Y lo peor de todo es que le hice caso. Y aprendí a hacer otra sonrisa. Para posar. Una que no fuera tan amplia y no se vieran mis grandes dientes. Para encajar.

¿Encajar en qué, Diana? Quizá no tenga que encajar y eso está bien. O quizá, quizá, esté intentando encajar en un lugar donde no encajo. Como cuando tratas de forzar a una pieza del rompecabezas y la quieres poner en un lugar donde no va. Pareciera que sí. Pero no.

Encaje o no, trabajé en mí. En mi identidad. Y volví a enamorarme de mi gran sonrisa. A diente pelado. Y sí, tengo los dientes grandes. ¿Y qué con eso? Mi dentista también me lo decía. Claro, a ella le tocó sacarme los tercer molares así que la puedo entender. Le tuvo que haber costado mucho extraerme esas piezas.

Y se me viene una canción de El Kanka que empieza diciendo: "Me gusta tu sonrisa Profiden". Y luego pienso en la sonrisa de Julia Roberts. Por favor. ¡Es espectacular! Y me pregunto si a ella alguna vez le han dicho que tiene una sonrisa muy grande. O que debería sonreír menos.

Todo este análisis que estoy haciendo surgió porque hace unos días una persona muy importante para mí vio una foto mía con mi enamorado, en la que estoy con una sonrisota de felicidad que no me cabe en la cara y soltó una frase que me gatilló el pasado. Mencionó mi gran sonrisa, mis grandes dientes y que quizá sería mejor que no fuese tan grande. Yo le sonreí y le dije: "amo mi sonrisa. Así grandota. Así soy yo" (como dice Bomba Estéreo en su canción). Porque claro, nos encanta hablar y opinar de los demás. Pero cuando la opinión viene de personas cercanas a ti, es otra cosa. Puede doler. Sin intención de hacer daño. Pero la memoria es tan sabandija que una sola palabra puede evocar muchas cosas. Cosas que ya habías trabajado en terapia y creías haber superado. Pero pueden volver al presente en cualquier momento. A fin de cuentas creo que así es la vida. Estamos hechos de recuerdos.

¿Y saben qué recuerdos quiero construir? Míos sonriendo. En toda mi plenitud. Así que no, no me voy a limitar, ni a restringir, ni achicar. Tengo una gran sonrisa y es parte de mí. Me encanta. Y cuando la felicidad me embarga y me siento dichosa, agradecida y bien conmigo mismo y con mi vida voy a expresarlo con toda mi dentadura. Así se me vea la prótesis. Sonrío con defectos y virtudes. Sonrío con errores y aciertos. Sonrío a diente pelado. Sonrío desde el alma. Desde el fondo. Donde está esa pequeña Diana a la que le gusta gritar, andar despeinada, comer galletas, andar descalza, bailar y reírse a carcajadas.