Ayer me encontré con este letrero en una feria de emprendimientos. No, no están leyendo mal. Me llamó tanto la atención que tuve que tomarle una foto. No sé si fue un error ortográfico del emprendedor/a o una fantástica idea de marketing. Porque luego de pasar la foto a un grupo de amigos, todos empezaron a hablar del tema. Cuando se la pasé a mi novio, acudió a Google a sacarse la duda de qué era un hop dop. Al finalizar la feria me llevé el letrero a la oficina y todos estuvimos comentando exactamente lo mismo. Hasta se me ocurrió la idea de que te vendían el hot dog cantando hip hop. A un compañero le llamó tanto la atención que compró uno y dijo que estaba riquísimo.
Todo esto me hizo recordar la campaña que lanzó Tres Cruces Light tras el error de impresión en sus latas, donde convirtieron el descuido en una oportunidad.
Y bueno, haya sido error o no, todos tuvimos en la mente el HOP DOP.
Me gusta despertarme sin alarma. Simplemente despertarme cuando mi cuerpo ya haya tenido la cantidad de descanso necesaria para empezar un nuevo día. De lunes a viernes madrugo a las 5am, y salto como canguil. Porque tengo una rutina diaria ya establecida, horarios fijos, y objetivos por cumplir. Por ello adoro cuando llega el fin de semana. No hay alarma, y días como hoy, no hay planes fijos. Puedo hacer todo.
O nada. Puedo simplemente hacer nada.
Me gusta despertarme y escuchar a lo lejos el ruido de la ciudad. Sí, para mí suena lejos, aunque vivo en una avenida principal. Porque mientras estoy acostada en la cama, todavía arropada, entre dormida y despierta, los carros suenan distantes. Guayaquil pudo haber despertado ya. Yo no. No quiero levantarme todavía.
Pero incongruentemente, mi inspiración sí se despertó. Y heme aquí escribiendo esto. Pero como les dije más arriba, hoy no hay planes fijos. Así que: vuelta a la cama, mona.
Ese es el nombre del grupo de Whatsapp que creé hace unos días. Inició con una foto del Quilotoa, y terminó con una del póster de la película "Viven" (luego entenderán el porqué). Un grupo de amigos con espíritu viajero que aunque no se conocían entre todos ellos, sabía iban a llevarse bien. La cita iniciaba el sábado a las 06:15. Un tour iba a llevarnos a conocer el Chimborazo, y por nuestra cuenta íbamos a conocer el Quilotoa.
Imaginen 8 monos divididos en:
- 4 payasas
- hermano menor de 1 payasa
- amigo de 1 payasa
- pareja de esposos, amigos de 1 payasa
La fórmula para la diversión. Marca ACME (lo leyeron con el tono de voz, admítanlo).
En la van luego de una película de acción y un karaoke con música de los 70's empezamos a sentir el frío de la sierra. Llegamos al majestuoso volcán. ¿Recuerdan que mencioné 8 monos? Bueno, 8 monos acostumbrados a estar 0 metros sobre el nivel del mar, 4800 mts. de altura es algo que agarra, y fuerte. Aquí esta pobre mona, forrada cual terrorista, llegó al 1er refugio y ahí se quedó. Mi corazoncito no pudo con la altura y la presión. Mientras otros turistas saltaban como si estuvieran en un prado lleno de flores (cual Heidi), yo estaba sufriendo un terrible dolor de cabeza. Por lo visto, no soy una mona de altura.
Pero bueno, muy a pesar de las molestias, aquel espectáculo es majestuoso. Algunos sí llegaron al 2do refugio, pero no vieron nieve. Asumo que yendo con más tiempo, un par de días antes para aclimatarse, pude haber subido más. Aunque para serles sincera, esta mona aquí presente es más de climas cálidos, frescos. No soy muy amiga del frío. Peor extremo. Forrarse de pies a cabeza y que no se me vean más que los ojitos no va conmigo.
Salimos del Chimborazo rumbo a Riobamba, a almorzar un suculento caldo de gallina levanta muertos. Ahí nos despedimos del tour porque nuestro próximo destino era Latacunga. Llegamos a un lindo y rústico hostel, nos acomodamos, y uno de nosotros descubrió una pizzería espectacular a la vuelta. Fue el cierre perfecto. A dormir.
Domingo nos despertó llenos de emoción. Nos esperaba el Quilotoa. Desayunamos y partimos para Zumbahua, una pequeña parroquia a 30 minutos del volcán. Desde ahí tomas una camioneta y empiezas a ascender. En el camino vimos una caravana de personas caminando en dirección opuesta, y el chofer nos comentó que estaban yendo a una boda que estaba celebrándose en Zumbahua. Entre las personas estaba la banda, poniéndole ritmo a la caminata. Fue algo bastante alegórico de ver. Llegamos al Quilotoa. Como el hambre estaba intensa, decidimos primero buscar algo de comer. A fin de cuentas la laguna no va a secarse, ¿verdad? No. Pero sí podía nublarse *inserte aquí carita triste* Resultó que terminamos de comer y se extendió una neblina tal que no podías ver nada. Absolutamente nada.
Nuestro objetivo fue truncado. Mi deseo. Organicé el viaje justamente porque uno de mis sueños era conocer el Quilotoa. Desde la primera vez que vi una foto en un folleto turístico.
¿Y entonces? Por suerte el lunes era feriado. Así que, un viaje de 2 días terminó convirtiéndose en 3. Quedémonos un día más, y vayamos a primera hora. ¡Perfecto! Y, esperen, ¿no había boda en el pueblo?
¡Qué vivan los novios!
Terminamos zapateando en una fiesta de pueblo, con dos bandas en vivo. Cabe confesarles que jamás vimos a los novios. Pero no importa.
¡Qué vivan los novios!
¡Cuánta energía tenían! Acá nosotros zapateábamos, o sino "vueltita, vueltita, vueltita", y nos agarraba la altura, jajajaja. Teníamos que respirar tantito, y seguir. Entre todos parecían conocerse, porque bailaban en grupo, abrazándose, tomando cerveza. Los cantantes pasaban lista de los presentes: "¿Dónde está la familia Pilataxi? ¿Y los Guapulema? ¿Cuál es la familia más divertida?". Y los presentes alzaban los brazos en plena algarabía. Y cuando decía: "¿Dónde están los turistas?" ahí saltábamos nosotros. Así la fiesta nos duró hasta las 11 de la noche.
Lunes. Volvimos a despertar emocionados, y el clima estaba de nuestro lado. Un cielo completamente despejado. Nos alistamos y partimos para el Quilotoa. Y quedarnos valió la pena.
En mi foto del proyecto 365grateful traté de describir lo que sentí cuando me paré al pie del cráter y divisé aquella majestuosidad. Pero esas palabras no son suficiente. Por un momento, todo encajó. Todo estaba donde tenía que estar. Yo debía estar ahí, en ese momento, en ese lugar. Todo tuvo sentido. Es una especie de shock emocional. Ver algo tan, tan grande, y hermoso. Sentirse tan chiquito y a la vez tan importante. Sentirse todo, sentirse nada. Son aquellos momentos de una hermosura sublime, que no pueden describirse así nomas. No soy religiosa (me considero agnóstica), no sé si exista un dios, o un ser superior, pero en ese momento, sentí que todo y todos estábamos conectados. A lo mejor sí existe, y creó aquella hermosura. O simplemente era mi cerebro segregando una sobredosis de dopamina. Sea lo que sea. Ese momento fue perfecto.
Luego que todos tuviésemos nuestro momento de quedar absortos, y tomarnos fotos, empezamos a caminar por un sendero que nos iba a llevar a un mirador. ¿Y qué podía hacer mejor ese momento? Encontrarse con un cicloviajero, acampando ahí, tocando la guitarra y cantando bossa nova.
Dios, ¿existes?
Era demasiado.
La música nos llevó a sentarnos con él y conversar. Se llama André Fatini Guga, y lleva 2 años viajando en bicicleta, desde Alaska. ¿Se imaginan cuántas historias tiene para contar? El universo simplemente estaba conspirando, ahí, en ese lugar. Luego de una ligera conversación, y un par de canciones, nos despedimos, le deseamos buen viaje, y seguimos caminando. Llegamos al mirador, las respectivas fotos, y luego de tanta belleza y sueños, partimos de regreso al hotel.
Fue un hermoso viaje. El grupo se acopló a la perfección. Todos nos divertimos. A pesar de ciertos percances, la pasamos increíble. Una famosa frase de John Lennon se repetía constantemente en mi cabeza: "Life is what happens to you while you're busy making others plans" (proveniente de la canción Beautiful boy). Y es justamente eso. La vida pasa de largo, hagas lo que hagas. Y al final de tus días, ¿qué pregunta vas a hacerte? "¿Por qué no lo hice?" O vas a decir: "¡Lo hice!"
Y así llenamos nuestro pequeño baúl de recuerdos con una nueva aventura. Para recordar, contar, compartir. Conversaciones a las 4 de la mañana, tortura en forma de película de terror, zapateo en fiesta de pueblo, combatir el frío con un té al pie de una chimenea, bosque de pinos, encuentros brasileros inesperados, bossa, y naturaleza. Es hermoso sentir que uno pertenece a un todo.
Hay un mágico encanto en el Guayaquil mañanero. Pero bien tempranito, cuando recién está empezando a aclarar. Cuando el sol todavía está desperezándose. Pedalear tipo 6 de la mañana es tener la ciudad para ti solito. Compartes la calle con un par de carros, uno que otro bus colegial. Hasta los pocos taxis y buses de transporte público van tranquilos.
Guayaquil a las 6am es una ciudad que todavía duerme en su gran mayoría, y una siente el viento en su rostro. A veces amanece nublado, y el sueño se te quita a punta de pedal. Otras, el sol se asoma radiante y sus rayos atraviesan las nubes como si te sonriera a plenitud y te dijera: "¡Buenos días! Hoy vas a tener un maravilloso día". Creo que ni los buses viejos con esos tubos de escape tóxicos salen tan temprano. Hasta respiras otro aire. Te cruzas con los deportistas, trotanto de aquí para allá. Un par de amos paseando a sus perros (con unas caras de dormidos únicas). Guayaquil a las 6am es una ciudad tranquila, apacible, taciturna. Y me deslizo sobre dos ruedas de igual manera. Saludo al cuidador de carros del parque, a un trotador que suelo toparme, y cada tanto a cierto gato que de milagro está despierto tan temprano. Guayaquil a las 6am es una ciudad con niños que van a la escuela más dormidos que despiertos. Los veo recostados en las ventanas de los carros, de los buses. Las tiendas vendiendo desayunos de último minuto. Vendedores ambulantes apostados en los exteriores de los centros educativos. Útiles escolares, vinchitas, calcomanías, chucherías.
Guayaquil a las 6 es una ciudad que huele a pan recién caliente. Enrollados, mixtos, dulce, briollos. Las panaderías reciben a los padres, adormilados todavía, comprando aquel manjar del Olimpo. No hay sabor comparable con un pan recién salido del horno. El aroma, la textura. Creo que comer pan caliente es la segunda mejor forma de despertar. Guayaquil a las 6am es una ciudad hermosa.
Este fin de semana mi espíriru aventurero se embarcó en un nuevo viaje. Junto a mi puerquita favorita (Babe no es nada comparado a Noemí), nos trepamos en un bus rumbo al Puyo. ¿Y qué fueron a hacer una mona y una puerca en el oriente ecuatoriano? Trabajo voluntario. Todo comenzó algunas semanas atrás, gracias a Facebook encontré una fundación que ofrece la oportunidad de realizar trabajo voluntario y conocer las distintas regiones del Ecuador. Originalmente estaba destinado a personas extranjeras, podían venir por periodos de varias semanas a trabajar junto a alguna comunidad de la costa, sierra, oriente o región insular, y a cambio recibían hospedaje y alimentación. Además de poder convivir con dicha comunidad y conocer sus costumbres. Sin embargo ahora también nos dan la misma oportunidad a los nacionales. Sin alargar mucho la historia, el jueves de noche nos estábamos embarcando en un bus con destino al Puyo, donde nos iba a esperar un representante de la comunidad para llevarnos a su casa. En total éramos un grupo de 8 personas: 3 guayacos, 3 quiteños, y 2 alemanes. Sin conocernos previamente, vivimos 3 días como miembros de una misma familia. Nuestro objetivo: terminar de construir una torre de agua lluvia, para la implementación de unas duchas. Telmo y Elsa nos abrieron las puertas de su casa. Una pareja de esposos muy sencilla, y con mucho para ofrecer. Junto a sus 11 hijos (sí, leyeron bien, 11. Eran 14, pero han fallecido 3), nos introdujeron en sus ritos, costumbres, comida. Primero Telmo nos dio una bienvenida e introducción al proyecto. Luego Elsa nos dio a probar agua de guayusa, una planta que posee muchísimos beneficios para el organismo. Y después nos pintó a cada uno el rostro, con achiote, como hacen ellos. Para terminar la bienvenida, nos dieron a probar agua de tabaco, lo cual fue una experiencia aturdidora, al inicio. Es una mezcla de vigor, mareo, amplitud mental, y energía. Puede ser un poco difícil explicarlo en palabras. Recibes un poco de agua de tabaco en la mano, y la aspiras de a poco. Primero sientes una especie de golpe en la cabeza, el cual se convierte en un cosquilleo. Yo lo sentía hasta atrás de las orejas, como pequeñas agujas. Sentí un ligero mareo y se vino una oleada de vigor, y empecé a pensar con claridad. No, no tenía nada alucinógeno. Es simplemente como un despertar, estar conciente de lo que te rodea. Todos sentimos casi lo mismo, pero cada uno a su propia manera. A unos "les pegó" más, a otros menos. Ese día terminamos de instalarnos en la cabaña, y ayudamos a preparar la comida. Otra nueva experiencia por descubrir. Cocinar al aire libre y con leña. 3 troncos forman el círculo donde se pone la olla, encima de ramas que abrasan y al calor del fuego la comida toma un sabor particular. Sin energía eléctrica, los alimentos son frescos, vegetales y granos en su mayoría. Yuca, papa, zanahoria, orito verde, arroz, pescado, huevos, entre otros, fueron los ingredientes del menú de aquellos días. Cultivan algunas cosas, el resto lo consiguen en el Puyo. Olvídense de las comodidades de la ciudad. Algunos ni siquiera tenían señal celular. ¿Se te descargó algo? La casa con energía eléctrica más cercana se encontraba a 10 minutos caminando. ¿Baño? Claro, la letrina al lado de la cabaña. ¿Ducha? Las estamos construyendo. A bañarse al río, muchachos. ¿Antojo de algo de picar, un chocolate, una cerveza heladita? La tienda está al lado de la casa con energía eléctrica. Aquí uno se despoja de muchas cosas que son tan comunes en nuestro día a día. Y por el contrario, necesita otras. Repelente para mosquitos, toldo para la cama, botas de caucho para agua, poncho o impermeable. El lodo, los bichos, sonidos de la naturaleza que jamás escucharás en la ciudad. Muchas cosas nuevas para una persona que está acostumbrada a la jungla de concreto. Por suerte para esta mona que ya se ha lanzado antes a este tipo de aventuras de supervivencia, no se le hizo mayor problema. Telmo nos hizo un recorrido por el jardín botánico Yuku Runa, enseñándonos diversidad de plantas y sus distintos usos. Desde las ornamentales, curativas, para cocinar, y las venenosas. Descubrí que hay una hoja de ajo, una que sabe a limón y te puede ayudar en casos de sed, las que utilizan para envenenar las puntas de las lanzas para cazar, y la famosa ortiga. Y adivinen quién se dejó "ortigar". Pero en la muñeca nomás, y despacito. Para conocer la sensación. No quisiera tener que vivir esa experiencia. En la noche, luego de la cena, seguimos conversando y conociendo más de su cultura y costumbres. Nos dieron a probar un poco de guanchaca, y decidimos avanzar al pueblo, pues nuestros gadgets tenían sed de energía (y un par de cerveza). Llegamos a la casa de Rodas (el padre de Telmo) quien nos abrió también sus puertas y nos comentó que al día siguiente iban a tener una feria y estaban preparando tremendos baldes de tilapia, recién pescada. Les ayudamos a recoger agua, los niños estaban jugando rondas, y los jóvenes un buen partido de fútbol, en el que nos integramos. Yo, sentada en las gradas, disfrutaba un espectáculo internacional. Indígenas, serranos, costeños, y alemanes, todos jugando. Ni siquiera hablaban el mismo idioma, no lo necesitaban. Luego de algunos goles, y derrotas, se refrescaron con un par de heladas y retornamos a la cabaña. Era hora de descansar, al día siguiente nos tocaba trabajar. Los rayos de sol atravesando la ventana nos despertó. Luego bañarme en el río (me sentí como la de la Laguna Azul, pero con pelo corto, libras de más, y traje de baño), Elsa nos preparó el desayuno. Ayudamos entre todos, y comidos, empezó la jornada. Unos cargaban troncos, otros recolectaban piedras, otros hacían los huecos para las bases, y así fuimos armando la torre. El clima fue favorable ya que nos permitió trabajar sin exceso de sol ni lluvia. Un pequeño receso a media mañana, el almuerzo al mediodía, y a seguir trabajando por la tarde, hasta que la terminamos. Estábamos orgullosos del trabajo realizado. Cayó la noche, y luego de cenar, alzamos la mirada al cielo y vimos un espectáculo hermoso: el cielo completamente estrellado. No recuerdo la última vez que habré visto un cielo así, repleto de estrellas. Fue mágico. Todos terminamos en el centro del espacio, con los sleepings abiertos, acostados, viendo las estrellas. Para rematar, pudimos observar algunas fugaces. La emoción nos embargaba. Oscuridad total, los ruidos de la noche, y las estrellas. En ese momento, no necesitaba más. Fue de esos momentos perfectos, en donde sólo te queda sonreír y agradecer lo que estás viviendo, sintiendo. De repente uno de nosotros empezó a cantar, y todos seguimos el juego. Terminamos haciendo un karaoke improvisado con un repertorio de canciones inigualable. Hasta Vania, la alemana, nos cantó un par en francés. Para finalizar la noche, Telmo nos relató una historia de sus ancestros, sobre el sol, la luna, y las estrellas. Lamentablemente, debo confesar, que tenía mucho sueño y frío, y no la pude escuchar bien. Pero recuerdo que hablaba sobre que el sol y la luna eran hermanos, y se pelearon por una mujer. Fueron separados, pero de alguna manera están juntos. Y fue así que el cansancio, el momento, el tabaco, las estrellas, y las canciones, me llevaron a un sueño profundo. Sé que mis compañeros se quedaron conversando. Yo caí en brazos de Morfeo. Domingo amaneció con neblina. El sol se colaba a través de las ramas, y con el leve rocío de la mañana, creaba un paisaje típico de película. Desde la cabaña vi a Elsa avivar el fuego de la leña, y me pregunté si era feliz. Me puse en su lugar. Con 42 años tiene 14 hijos, no tiene luz, refri, televisión, internet. Cocina a leña, hace artesanías, recibe extranjeros en su casa. Tiene 2 perros y un par de loros. Camina descalza. Luego me surgió la pregunta, no sólo si era feliz, sino si estaba satisfecha con su vida. Y saben qué, creo que sí. A lo mejor y somos nosotros los que necesitamos más, para ser felices. Y creemos que necesitamos más porque así nos lo ha impuesto el sistema. Que mientras más tengamos, más felices seremos. Más dichosos, satisfechos, plenos. Telmo y Elsa no necesitan más. Y lo poco que tienen, lo brindan sin reparo. ¿Lo poco? ¡Ja! Tienen mucho, muchísimo para dar. Como bien dice un diálogo de una de mis pelis favoritas: "Las posesiones nos terminan poseyendo". Luego de esa mañana filosófica, desayunamos, avanzamos al pueblo para cruzar el río Pastaza en una tarabita, y tocó emprender el regreso. Luego de abrazos, agradecimientos, y despedidas, nos embarcamos en uno de los 3 buses que nos tocó tomar, y a la medianoche Noe y yo pisamos nuevamente nuestra hermosa ciudad. Cansadas pero contentas. Una espectacular aventura. Mi espíritu viajero me reclamaba que le faltaba conocer el oriente, su propio oriente. Pienso que antes de lanzarme a conocer el mundo, primero quiero conocer de dónde vengo, mi tierra. Sé que todavía me falta conocer ciertos lugares de mi hermoso país. Pero por ahora estoy contenta de poder decir que conozco las 4 regiones del Ecuador. Ahora sí, que se venga el mundo.
Gusanitos. ¿Me los comí o no? Busquen más abajo.
Tortillas hechas de orito verde, refrito, y queso.
4 hijos de Telmo y Elsa, viendo fotos en un iPad.
Amaru, el más pequeño de los 14 hijos.
Foto sacada del FB de la fundación. Pero no les exagero si les digo que ASÍ se veía esa noche.
Creo que este viaje inició hace mucho tiempo atrás. Por azares de la vida me topé con un artículo de una mujer que contaba su experiencia de viajar en bici. Y me pareció una experiencia espectacular. ¿Me atreveré a hacerlo? ¿A dónde iría? No había mayor cosa que pensar. Sí, claro que lo haría. Y el destino: la playa. Sin embargo los meses pasaron y eso quedó ahí, guardadito. Un buen tiempo hasta me olvidé del asunto. Pero cuando una pasión late, por más que uno se ocupe en otras cosas, ella no se deja olvidar. Todo se organizó en cuestión de un par de semanas. Llevaba buen tiempo sin tomar vacaciones. Me asesoré con unos panas que ya habían viajado, pedí vacaciones en el trabajo, conseguí "pata" y así, un viernes a la salida del trabajo pedaleé hasta el Terminal para subirme a un bus que me llevase a Santa Elena. La travesía se iba a dividir en 3 días: 1ero - Santa Elena a Olón. 2do - Olón a Ayampe. 3ero - Ayampe a Machalilla. En mi interior tenía un objetivo "emocional". Quería llegar en bici a la playa donde falleció mi padre, justo en su aniversario. Sé que ese loco me hubiese apoyado al 100%, y de ser posible, pedaleaba conmigo. Y todo se confabuló de tal manera que salió perfecto. El bus a Santa Elena ni siquiera nos cobró recargo por las bicis (para que se enteren, en la mismísima Ley de Tránsito hay un artículo -204 literal e- donde dice que tenemos derecho a transportar nuestras bicis en los transportes públicos sin valor adicional). Llegamos y buscamos hospedaje. Siguiente objetivo: ¡comida! No con afán de sacarles pica (las fotos más adelante sí lo son) pero con apenas $5 comimos como dioses peninsulares. Un buen plato de arroz con menestra y chuleta, y otro igualito pero con pescado al horno. "Madrina, póngase un poquito más de menestra, que está buena". César y yo quedamos satisfechos. De ahí, a descansar. Tocaba madrugar al día siguiente.
Sábado, día 1. Luego de un desayuno frugal, ya equipados, empezamos a pedalear. Nuestro fiel compañero de viaje fue el Endomondo. Primera foto oficial, en el letrero que dice "Ruta del Spondylus" y una flechita hacia la derecha. Aquella carretera tantas veces transitada, era la primera vez que lo hacía en bicicleta. Pasas Capaes, un par más de urbanizaciones y ves el mar. Aquella imagen alborota tu corazón y con una sonrisa en el rostro sigues pedaleando.
Una que otra lomita, pocos carros, un camino sin mayor problema. Parábamos en puntos estratégicos para las respectivas fotos: "Bienvenidos a San Pablo", "Bienvenidos a...". Cada letrero de "Bienvenidos" era un motivo de alegría. Era un, ¡llegamos, sigamos! Nos cruzábamos con otros colegas ciclistas, pero aquellos eran los verdaderos. Acá uno todo equipado, con tanto tereque y vaina encima, y ellos de lo más sencillo. Short, zapatillas, y camiseta. Nos sentimos unos adefesiosos. ¿Alforjas? ¡Qué es eso! Ellos habían instalado par de baldes en la parte de atrás y allí llevaban los pescados.
El sol estuvo clemente y no salió hasta la media mañana, cuando ya llevábamos más de la mitad del recorrido. Un guineo por aquí, agua por acá, y de repente, "Bienvenidos a Manglaralto". Nuestro destino oficial era Olón, pero recordaba que ahí empezaban las "lomitas", así que decidimos quedarnos. Sin embargo, luego de un pequeño recorrido vimos que Manglaralto estaba un poco "muerto", así que avanzamos a la siguiente playa. Montañita. La cual no estaba NADA muerta. Demasiada gente para mi gusto.
Pero no importaba, habíamos llegado. El primer día se sorteó sin ningún contratiempo. Siguiente objetivo: COMIDA. Porque luego de casi 58 kilómetros uno tiene hambre. Nos ubicamos en un restaurante y a comer se ha dicho. Encocado mixto por un lado, spaghetti de camarones por el otro. ¡Buen provecho! Luego de calmar a la leona, buscamos hospedaje y descansamos. La famosa vida nocturna de Montañita se quedó afuera. Luego de ver el ocaso y dar un par de vueltas, decidimos reponer energías. No sin antes abrir un par de latas de atún y unos paquetes de galletas, que sirvieron como cena.
Domingo, día 2. Despertamos cuando todavía hay borrachos que no encuentran su hotel, decidiendo quedarse dormidos en el carro, o en alguna vereda. Montañita muta dependiendo la hora. Por la mañana y parte de la tarde en su calle principal te encuentras decenas de carretillas con diversas variedades de cebiches quita chuchaquis, levanta muertos, 220 voltios, etc (por la noche salen las carretillas de cocteles, hamburguesas y comidas rápidas). En nuestro caso, un buen batido y una tostada fueron el desayuno perfecto. Endomondo prendido, a pedalear se ha dicho.
Este día iban a ser menos kilómetros, pero más difíciles, porque pasando cierto punto empieza una zona llamada "los 5 cerros". Pura subida (inserte aquí carita llorando del Whatsapp) nos iba a tocar pedalear. Pero esperen, esperen, me estoy pasando algo importante. Antes de aquella tragedia, pasas un pueblo llamado La Entrada, donde se encuentran los famosos "Dulces de Benito". Un pequeño local donde hay maravillosos cheesecakes y pasteles de los ingredientes más variados. Esa era parada obligatoria. ¿Qué comimos? Uno de Nutella y pistacho.
Ahora sí, volvamos al drama. Pasando La Entrada, con tremenda carga de azúcar en nuestro sistema, empezaron las lomas. Baja plato, sube piñón, baja plato, sube piñón (ponle ritmo de reggaeton), hasta que llegamos a un punto que nos ganó la loma, y al no poder bajar más plato, nos bajamos nosotros. Caminando empujando la bici, fuimos recuperando aire, para volvernos a subir.
César me maldecía cada loma que vencíamos, porque veíamos más adelante y encontrábamos otra más. No sabíamos en qué momento íbamos a terminar ese suplicio. Llegamos a un punto en donde pudimos divisar todo lo que habíamos subido, al ver el mar abajo, muy abajo. Habíamos ascendido suficientes metros para sentir nuestro corazón agitado. Pero de repente, sin previo aviso, se acabaron las lomas. Bueno, casi. Al menos las más empinadas. ¿Y lo bueno de las subidas? ¡Las bajadas! Ahí César soltaba el freno y bajaba embalado. Yo, como buena maricona, iba frenando cada tanto, porque no quería tomar mucha velocidad.
Empezamos a descender y luego de una curva, el letrero que tanto ansiaba ver: "Bienvenidos a Ayampe". No puedo negar la sonrisa esbozada en mis labios, y una que otra lágrima se acomodó en el rabillo de mis ojos. Frenamos para la respectiva foto, avanzamos hasta la playa, y paramos el Endomondo.
Gratitud era el sentimiento que me embargaba. Había llegado. Pedaleando llegué hasta tu playa, papá. Locura cumplida.
Ya se imaginan cuál era nuestro siguiente objetivo: ¡COMIDA! Y, sin querer quitarle importancia a la comida de mi querido Guayas, Manabí se gana mi estómago. Mi corazón. Mi estómago. Ay, la comida manabita me gana. Larga vida al verde, los mariscos, el maní. Ubicamos las bicis en un pequeño restaurante, con mesas llenas, y nos acomodamos con unos extranjeros. "¡Jefe, dos platos de bolón con huevo frito y café".
Oh, gloriosa comida manaba...
Frente a mí se encontraba un señor que bordeaba los 60 años, con un largo cabello canoso, ondulado, que ataba en una cola de caballo, claros ojos azules, descamisado, disfrutando una taza de café. A mi derecha había una joven pareja, con un vaso de jugo al frente de cada uno de ellos. Sin darnos cuenta, nos incluimos en la conversación:
Ella: This juice is kind of exotic to me. It's a tree tomato. -Él estaba dudando en probarlo-
Ella trataba de explicar, en inglés, el sabor del jugo de tomate de árbol. Aquí, una guayaca criada en casa donde el almuerzo casi siempre iba acompañado de un jugo natural, pudo opinar con más detalle al respecto. El señor frente a mí estaba interesado también, aunque creía que estábamos hablando del tomate. Le explicamos que no es lo mismo, que hay una fruta llamada tomate de árbol. Y que es un jugo clásico de la costa ecuatoriana. Como César dijo que no le gustaba, el señor tampoco era muy amante de su sabor, y el dudoso no quiso probarlo, la chica me lo ofreció. ¡Jugo gratis! Estaba delicioso. En esa mesa se hablaban 5 idiomas, y por más que tratamos, no pudimos explicar en nuestro inglés sencillo el sabor del tomate de árbol.
Así fue como terminamos conversando con una pareja de suizos, ella llevaba 5 meses en Ecuador, gracias a un voluntariado, él recién había llegado hace 2 meses, para acompañarla. El señor, con él nos quedamos conversando de largo. En una mezcla de inglés, español, francés, e italiano. Sin darse cuenta, Mark (luego de casi 1 hora hablando le preguntamos su nombre) cambiaba de idioma, y cada vez que le hacíamos caer en cuenta, se atacaba de risa. Debido a una dolencia, huía del frío, y decidió vivir un verano eterno. Oriundo de Canadá, donde la temperatura puede llegar a menos 40º, disfrutaba nuestras playas.
Así nos recibió Ayampe. Una playa extensa, con un pueblo pequeño y tranquilo. Amigables, saludan al pasar a tu lado, y siempre dispuestos a ayudarte. Buscamos hospedaje y luego de descansar un poco, decidimos dar una vuelta por la playa. En bici. De punta a punta son algunos kilómetros.
La noche en Ayampe se prende de a poquito. Hay ciertos lugares donde te brindan comida variada, algunos cocteles, a veces hay música en vivo, pero mucho más tranquilo. No se compara con el bullicio de Montañita, por ejemplo. Caminamos un poco y volvimos a la hostal. Abrimos otro par de latas de atún con galletas, y a descansar.
Lunes, día 3. Luego de un par de bichos que no me dejaron dormir muy bien, despertamos para iniciar nuestro tercer y último día. Un guineo, galletas y mermelada fueron el desayuno. Acomoda todo en las alforjas, Endomondo, y nos fuimos. César me tenía amenazada con que si veía una loma más, paraba y se regresaba en el primer bus que cruzara. Tranquilidad, no lo hizo. Porque aparecieron un par más de lomas. Pero nada comparables con las del día anterior. Pasamos Salango, Puerto López, Agua Blanca y luego de una linda lomita, Los Frailes. Nuevamente, habíamos llegado.
A lo mejor y pueda sonar cansón ese "hemos llegado", pero para mí cada uno de ellos era un objetivo cumplido. Emprender este viaje era algo nuevo, y aun sabiendo que tengo la resistencia y un buen estado físico, era una experiencia que nunca había realizado. Llevo buen tiempo dedicada solo al ciclismo urbano, la montaña y las largas distancias quedaron atrás hace tiempo. Es por ello que cada letrero de "Bienvenidos" era una pequeña meta cumplida. Un micro orgullo. Pero llegar a Los Frailes, a Machalilla, fue ya el destino final. La mona lo consiguió. Se propuso llegar a Machalilla en bici por toda la ruta del Spondylus, y lo logró. Es simplemente una satisfacción. Un logro personal.
Llegar a Machalilla, a las pequeñas habitaciones de Clarita, una señora que no me veía hace años, y que me recuerde, es algo hermoso. He ido 3 veces, con esta ya serían 4, y siempre me quedo donde ella. No pidas mucho, dos camas, toldos, sin ventilador, pero la vista, espectacular. Tiene los cuartos al pie del mar. Donde la brisa te embriaga.
Machalilla es un pueblo de paso, entre Puerto Cayo y Puerto López. Lo único atractivo entre ambos puntos es Los Frailes, una playa dentro de la reserva ecológica. Un pequeño paraíso refundido, donde solo escuchas las olas romper en la orilla.
Luego de 3 días de pedaleo, nos quedamos ahí, descansando. Un suculento pescado apanado con arroz y patacones fue nuestro almuerzo. Al día siguiente un delicioso bolón (con queso manabita, obvio) con tortilla de camarones y café nos cayó cual yunque en el estómago. No pidas acción en Machalilla. Es una playa extensa, hermosa, llena de barcos pesqueros, que le dan un atractivo de puerto. Para postal. Pero de ahí, sumamente tranquilo.
Así termina nuestra aventura pedalera. El último día nos embarcamos en un bus que nos llevó de regreso a Guayaquil. Este sí nos cobró por las bicis, pero de los $2 por cada una, le rebajé a $1. Gran cosa, sí, no quería sacarle la ley de tránsito al cobrador, jajajaja. Fuimos casi al fondo del bus, y en casi todo el trayecto tuvimos "música en vivo". Un grupo de universitarios que se pasaron cantando todas las canciones habidas y por haber de su equipo de fútbol. Nunca pensé que habrían tantas, pero en serio, tantas canciones para una hinchada.
Llegamos a Guayaquil, y cada uno partió a su casa. Llega un momento en que las piernas simplemente siguen dándole vuelta al pedal. Todavía no lo podía creer. Hicimos poco más de 150 kilómetros, y aunque algunos hacen eso en solo un día, no me importa. Como dice el título de este post: ni rápidos ni furiosos (aportación de César). Fue una experiencia formidable. El avanzar con tus propias piernas, llegar a un destino con el bombeo de tu corazón. Trato de encontrar las palabras precisas pero no puedo. Es simplemente grandioso. Una vía que recorres de manera automática, a veces a más de 100kms por hora, hacerlo a un promedio de 20kms, te hace disfrutar mucho más el paisaje, los detalles.
¿Lo repetiría? Sí. Pero ya no quiero más lomas, jajajajajaja. ¿Recomendaría a alguien que lo haga? Definitivamente. Si te gusta andar en bici, viajar, y tienes espíritu aventurero, es una gran oportunidad de vivir algo nuevo. Hay cicloviajeros que llevan meses, años, recorriendo continentes. Que simplemente agarraron sus cosas, las treparon a su bici y se fueron. Qué recomiendo: planificar una ruta previa. No tiene que cumplirse a rajatabla, pero al menos tener una idea de a dónde vas a ir. Parar cuando estés cansado, comer cuando tengas hambre, hidratarte. Los guineos son lo máximo. El atún siempre te va a salvar. Lleva un par de tubos de repuesto. En nuestro caso, nunca pinchamos. Tanto así que llegué a casa, y al día siguiente, la llanta amaneció desinflada. Fue un goce eso para mí. Puedes ir solo, o acompañado. Si vas con alguien, que sea de plena confianza, porque van a pasar juntos todo el tiempo. Deben conocerse lo suficiente, compartir gustos, apoyarse, pedalear al mismo tiempo, que no te apure, ni te atrase. Que te aguante, más claro. Fotos, toma fotos. Todas las que quieras. Si te gusta escribir, lleva algo para hacerlo. Conoce a la gente, conversa con aquellos a quienes te topas en cada destino.
En resumen, vive la experiencia. Vale la pena.
A lo largo de mi vida he tenido que atravesar una serie de dificultades. De todo ámbito. Desde económico, estudiantiles, autoestima, etc. Autoestima. Mi infancia fue, para mi punto de vista, jodida. Tuve problemas de adaptación en la escuela. Pasé por algunas instituciones, y en la que más tiempo permanecí, me costó hacer amistades. ¿Por qué? Pues para resumir: era tartamuda, me sentía gorda, fea, y las niñas me tachaban de machona. El famoso "bullying" que tan de moda está ahora, yo lo recibía en la escuela.
Sí. Los niños podemos ser crueles. Todavía recuerdo cuando la más bonita del salón se paraba (cuando no estaba el profesor), y decía en voz alta: "Alce la mano quien le gusta Melanie". Y media muchachada alzaba el brazo. "Ahora alcen los que les gusta Gaby". Vaya ahí, otra sarta de manos al aire. Un par más de las chicas bonitas nombradas al azar, y más manos. Ya se imaginan qué pasaba cuando me nombraban... Súmenle a ese recuerdo un problema de lenguaje. Tartamuda, con todas sus palabras. Moría de la vergüenza si tenía que hablar en público. Pararme frente al salón era una agonía para mí. Luigi, un compañero, osaba cruzarse de brazos y amagar que se quedaba dormido cuando me tocaba leer en voz alta. Por último, siempre he sido una muchachita activa. Subirse a los árboles, pelotear, lanzarse al suelo, ensuciarse. ¡Eso era diversión para mí! Las muñequitas las tenía en casa. Desarregladas, despeinadas, rebeldes como su dueña. Pero la escuela era para correr, jugar a las cogidas, sacarse la madre en el recreo. Y entonces las niñas empezaron a decirme "machona". Pero cuando quería jugar con ellas, no me dejaban. ¿Qué más, pues? Me iba a jugar con los varones. Todo eso creó en mí un serio problema de autoestima. Era feliz, tampoco crean que pasaba deprimida, llorando, buscando Tostitos para suicidarme. Jamás. Lloraba, sí, iba a terapia, también. Pero siempre tuve amor. Mi familia fue un puntal de apoyo magnífico. Y dentro de tanta muchachada pendeja, tuve contados amigos que me salvaron. Así me gradué de la primaria. Al llegar la secundaria, las cosas cambiaron. Ya no había tanto pendejo. Había, sí. Siempre habrán pendejos. Pero empecé a reforzar mi autoestima, conocí mejores personas, y fui sintiéndome mejor conmigo misma. Ahí conocí a una amiga fanática de los dulces, como yo. El asunto era que yo los compraba, mientras que ella los hacía. Oh no, el debacle. Empecé a preparar tortas y galletas después del colegio. Y el problema aquí era que me comía la mitad de lo que hacía. Ahora imagínense esos cuadros de porcentajes de ventas, donde la flechita sube, y sube, y suuuuubeeee. Así subí yo de peso.
Siempre he sido de actividad física constante. Deportes, ejercicio. Me encanta. Desde chiquita. Mi abuelita tenía un gimnasio femenino, mi madre lo administraba y daba clases. Las tardes las pasaba ahí. Para mí, hacer ejercicio era un juego. Eso ayudó a que no me hiciera una bola. Pero igual, consumía más calorías de las que quemaba. Y por más dietas que hiciera, medio empezaba a bajar, la rompía, y volvía a subir. Mi adolescencia fue un continuo sube y baja de peso. Pasé el colegio, entré a la universidad, y seguía en el mismo patín. Amante del azúcar. Podía bajarme paquetes enteros de galletas, medio litro de helado, tortas. La comida chatarra también era mi debilidad. Tengo buen diente. Comer para mí es un placer. Y descubrí que también es un refugio. Soy adicta a la comida. A ese placer momentáneo de meterme un bocado a la boca, saborearlo, disfrutarlo. A mis 26 años llegué a pesar 199 libras. Con una altura de 1,69mts. Había hecho tantas dietas como amores platónicos tiene una adolescente. La Scardale, la sopa milagrosa, la de la piña, la del lagarto, la del higo (ah no, esas últimas no, disculpen), y tantas más. Yo sabía cual era mi problema. No quería cerrarme la boca. No quería dejar de comer rico. Y comía sano. En mi casa, mi madre quien es una excelente cocinera, prepara comida sana. Mi problema era la comida de afuera. La falta de voluntad. Esconderme detrás de ese plato de comida que en ese momento me iba a saber a gloria, y después se iba a alojar en mis caderas. El exceso. Saber que tenía que detenerme, y no hacerlo. Intenté tantas veces bajar de peso, que a veces perdí la esperanza. No puedo decir que un día simplemente decidí cambiar, y lo hice. La verdad no fue algo así de apoteósico, una epifanía. Creo que simplemente empecé, y ya. Un paso a la vez. Aproveché un descuento que tenía por mi trabajo e ingresé a un centro nutricional. Seguí la dieta que me dieron, iba a las terapias corporales, y descubrí Beachbody. Y empecé a bajar. Todavía recuerdo que durante los primeros 6 meses, no comí dulces, ni chatarra. Jamás había hecho eso. Cero, Polito, cero. Y al empezar a ver los resultados, me emocioné, y seguí. Así han pasado estos últimos 4 años. Donde me maravillé al descubrir que el bajar de peso, me subió el autoestima. Desde los últimos años de colegio, empecé a amarme más. A aceptarme. Poquito a poco. Entendí que de pequeña no era gorda, estaba bien. Mis compañeras eran raquíticas, que es diferente. Yo siempre comí sano, fui fuerte, de contextura gruesa. Superé mi problema de lenguaje. Y ahora hablo hasta por los codos. Todavía me trabo, a veces, y me río. Solita meto embrague y arranco otra vez. Mis panas me gozan. Lo machona, ¡ja!, eso no se me ha quitado. Y ya tengo 30 años, no creo que se me vaya a quitar. Soy feliz así, tal como soy. Me pongo mis vestiditos, falditas, me maquillo cada año bisiesto (y se me ve espectacular). Pero casi siempre vas a verme sencilla. Sencilla. Esa es mi palabra. Aquellos que recién me conocen hace un par de años creen que siempre he sido así, delgada. Pues nooooo. Era una gordita. Feliz, siempre con una sonrisa. Pero con sobrepeso. Este post fue inspirado por un collage que puse en Facebook donde muestro mi transformación, el trabajo, sacrificio, la voluntad. Me costó horrores. Pero lo logré. Y sigo, porque sé que todavía puedo lograr más. Gracias a todos por su apoyo, consejos, ánimos, puteadas, galanteos (y morboseos, jajajaja). Han sido maravillosos. Este escrito podrá sonar superficial. A fin de cuentas bajar de peso es sólo apariencia física. Algo corporal, que con la edad se irá desvaneciendo. Pero va más allá. En mi caso, es una lucha conmigo misma, con mis debilidades, mis miedos, mis adicciones, el sistema, el qué dirán, el qué debo ser. Es una batalla, ponerse un objetivo, una meta, y llegar. Exigirse, ser mejor, equivocarse, y seguir, caerse, y seguir, y seguir. Es triunfar. Es una lucha. Bajé de peso, y eso me hizo sentirme mejor conmigo misma. Y todavía lucho. Porque todavía peco. Como cosas que no debería comer. Todavía me escondo en la comida. Y eso es un trabajo que todavía no termino. Poco a poco. Bocado a bocado, en este caso. Yo no puedo hacer más que contarte mi experiencia. Lo que me costó a mí, no significa que te va a costar a ti igual. Puede que sea más fácil, o más difícil. Todos somos diferentes. Es cuestión de encontrar dentro de ti eso que te mueve a ser mejor. Ese motor que te impulsa. Yo quiero ser feliz, yo soy feliz. Me gusta verme al espejo y sonreír. Coqueta de mierda. Me siento viva, llena de dicha. En armonía. Hay días en que brillo, hay otros en que estoy apagada. Simplemente estoy aquí para aprovechar cada momento. Me gusta irme a la cama de noche sintiéndome satisfecha de lo que hice. Ya no estoy tan traumada. Bueno, a veces sí. Todavía tengo libras que quiero bajar, músculos por tonificar. Pero poco a poco. El truco aquí es disfrutar.
Aquellos que dicen "no puedo". Aquellos que intentan una y otra vez. Aquellos que creen que es muy difícil. A todos, a cada uno de ustedes, les digo que es posible. Perseverancia, disciplina, ñeque, y amor. Que cada fallo nos haga más fuertes.
Desde que se inauguró el nuevo aeropuerto de Quito, en Tababela, sólo he leído puras críticas, en su mayoría negativas. Que está muy lejos, que no hay asientos, que los atrasos, que esto, lo otro, y lo de más acá. Yo sabía que en algún momento, ya sea por trabajo o por placer, tendría que viajar a la capital, y me tocaría descubrir si tanta quejadera era verdad. Y este fin de semana que pasó, lo comprobé. Atravesé un periplo digno de ser publicado. Así que vamos a darle movimiento a este blog *sacando el polvo de los muebles* y contarles la odisea que atravesé. Todo empezó desde el viaje de ida. Tababela no entraba en mi vida todavía. El vuelo que debía salir a las 6y10pm terminó saliendo pasada las 7pm. Esta mona, experta en dormirse en medios de transporte que no está manejando, pensaba pegarse una pequeña siestecita en el avión. Hasta que conoció a su compañero de vuelo. Un hermoso nene de año y medio con temor a las turbulencias. Y creo que ya se imaginan lo que ocurrió en nuestro vuelo, ¿verdad? Exactamente. Turbulencia. El pobre nene lloraba, asustado, y por más que la madre intentara calmarlo, el muchacho no cesaba de gimotear. En ese momento supe que no iba a dormir "es nada" y me dediqué a entretener al pelado para que no sufriera tanto. -Inicio del consejo parental- Madres, padres, tutores, responsables de criaturas: hagan el favor de tener el juguete favorito del nene en estos casos. Si el niño está asustado, tiene que quitarle de la mente la angustia. ¿Cómo? Jugando. -Fin del consejo parental- Luego de 45 minutos de "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee", llegamos a Tababela. Agarra bus, llega a Quito. Nada del otro mundo. Ahora sí viene lo bueno. Domingo, hora de retornar a Guayaquil. Durante todo el finde escuché un viento digno de película de terror. Sonaban las ventanas, los techos de zinc, las ramas de los árboles se batían con desenfreno. Ya mismo aparecía el asesino, con cuchillo en mano, y tenía que salir corriendo por mi vida. Claro, para que me alcance a las 2 cuadras porque me iba a dar soroche y hasta ahí llegaba la mona. Mi vuelo salía a las 6pm. Entonces a las 3 me dirigí al antiguo aeropuerto a agarrar el bus. Camino a Tababela, entre que me dormía y me despertaba, llegó un momento en que nos detuvimos. Y lo que vi, fue esto:
Un colómetro de carros digno de resignación. El conductor se comunicó con la central, y le indicaron que hubo un derrumbe en el puente sobre el río del Chiche, y todos esos carros estaban atascados. ¿Y ahora? Pues a dar la vuelta y buscar otra ruta. ¿Y los vuelos? No se preocupen, todos estaban atrasados. Fue ahí cuando la agonía empezó... ¡chan, chan! La vuelta que tuvimos que dar, nos hizo llegar casi 1 hora tarde al aeropuerto. Entré rápido a la sala de pre embarque para toparme con un gajo de gente. Estaba repleto. Me acerqué a un trabajador de la aerolínea y me notificó que no me preocupara, que mi vuelo ni siquiera lo abrían. Ni-siquiera-lo-abrían. En ese momento pensé en Tom Hanks. Vi la pantalla con la info de los vuelos y casi todos tenían esa dichosa palabra en letras rojas: Demorado. "Bueno", pensé, "toca sentarse y esperar. No perdí el vuelo. Eso es lo importante". Así que me senté, saqué el celular, y empecé a consumir mi muy querido plan de datos.
Luego de ponerme creativa en Twitter, y chismear con mis panas (los grupos de Whatsapp son el demonio, hasta que estás encerrada en un aeropuerto), veía que pasaba el tiempo, y no nos avisaban nada. En el counter, todos los pasajeros reclamaban. Las señoritas indicaban que los vuelos estaban atrasados desde el mediodía, debido al mal clima. Que de los 4 vuelos que debieron aterrizar en la mañana, sólo dos pudieron, y fue tan turbulento, que los pasajeros terminaron vomitando, y llorando. Los otros dos tuvieron que regresar a Guayaquil. Para colmo, en el derrumbe del puente, quedaron atrapados algunos tripulantes, y había que esperar a que llegaran. Así que volví a sentarme, y a seguir gozándome la situación. ¿Cabrearme? Naaaaaa, que se amarguen los otros.
De repente, ¡al fin! Buenas nuevas. Ya teníamos hora de salida: 9y45pm. Whaaaaaaat! Procedieron a darnos un voucher alimenticio, para morir de rabia, pero no de hambre.
Ya llegaba un momento en que no tenías la seguridad de que íbamos a volver ese día. Esperar tanto tiempo, para que te hagan regresar al día siguiente, sería espantoso. Yo ya quería estar en mi casa, en mi cama, en mi calorcito guayaco. Bueno, sí, no está haciendo calor, pero igual. Amo estar a nivel del mar. Luego de comer, empecé a dar vueltas, cuando de repente, lo escuché: "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee". ¡Oh, no! El niño otra vez. Lo saludé, saludé a la madre, y lo primero que hice fue preguntarle: "¿en qué vuelo va usted?" No saben el suspiro de alivio que tuve, al saber que iba en otro vuelo. Esperemos que el muchacho no haya llorado tanto. Seguía pasando el tiempo, 9pm, 9y30pm, 10pm. Aguanta. ¿No que salíamos 9y45pm? Nanais. Salimos casi 10y30pm. Y para ponerle sazón al asunto, con turbulencia.
Hasta que por fin llegamos a Guayaquil. Al tocar pista, el remezón me despertó. Ya estaba cansada. Sólo quería llegar a casa. Y como bien saben, ni bien el avión baja la velocidad, la gente apurada se levanta y es experta en obstaculizar el pasillo para bajar lo más pronto posible. El de la última fila quiere bajar primerito. El avión se detuvo, se apagaron las señales de abrocharse el cinturón, y se supone que ahí aparece la azafata y abre la puerta. 2, 3, 5 minutos. Nada. Cuando de repente se escucha: - Buenas noches pasajeros, les habla su capitán. Lamentamos informarles que por un cambio de último minuto de puerta, no podemos bajar del avión hasta que nos traigan la escalera. ¿Me están jodiendo, verdad? Mientras medio mundo reclamaba, yo me empecé a reír. Como dije más arriba, allá que se amarguen los otros. Habrán sido unos 15 a 20 minutos, hasta que por fin abrieron la puerta. ¡Guayaquil, cuánto te extrañé! Avancé presurosa al parqueadero. Ya había llamado al taxi y no quería perderlo. Al verlo, me acerqué, y la cereza del pastel fue una señora que, al yo abrir la puerta, ella metió su maleta mientras me decía: "este es mi taxi". Y yo, ¡qué! ¿se me van a robar mi taxi? Al preguntarle al conductor, comprobamos que era MI taxi. Resultó que la señora había llamado a la misma compañía y se dio la confusión. Lo bueno fue que su destino estaba en mi ruta, así que decidimos compartir el carro. Llegué a mi casa casi a la 1 de la madrugada. Si hubiese regresado por tierra, llegaba antes. Fue una odisea. Creo que todo lo malo que pudo haber pasado en Tababela, se dio. Una experiencia que no quisiera repetir. Pero una experiencia que me reafirmó lo importante de la actitud ante las adversidades, o los problemas. Mientras la gran mayoría de los que estábamos encerrados ahí, se molestaron, indignaron, cabrearon, y vociferaron, yo decidí esperar tranquila. ¿Qué más iba a hacer? Gritar no hará que el viento cese, enfurecerme no evitara el derrumbe. Aproveché pa dar vueltas, conocer, observar a las personas. Una gallada de muchachos estaban emocionados con su voucher y corrieron a comprar hamburguesas con papas. Una chiquilla sonreía mientras repetía la palabra "guacamole". Un extranjero preguntaba cómicamente dónde estaba el área de hamacas para poder esperar. Yo me divertí en Twitter, conversé con mis amigos, comí rico, y esperé. Tababela, nuestra primera cita fue desastrosa. Esperemos te portes bien para la próxima.