Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

lunes, marzo 23, 2026

Estigma rojo.

 

Estigma = mancha

- Días.

- Porque buenos no van siendo.

  • manché las sábanas y colchón 
  • quise lavar ropa y mamá salió con "déjame lavar las cortinas"
  • de los 4 huevos, el 3ero estaba podrido así que tuve que botar los 2 primeros y volver a poner nuevos en el sartén 
  • de los nuevos huevos los estaba rompiendo aparte y uno se regó
Ese fue el mensaje que, sentada en la sala le envié a mi mejor amiga y a mi enamorado, mientras comía mi desayuno. Linda forma de empezar el lunes, ¿verdad? Luego de recibir el apoyo de ambos, empecé a desahogarme con la China:
  • Me hundiría en la cama pero no puedo porque se está secando el colchón.
  • Y estoy batallando con la adolescente de 12 años que está molesta y avergonzada de manchar la cama.
  • Brother, estoy usando tampones porque le hicieron comprar a mamá en el hospital y nunca los usé por el pañal. Yo llevo años usando copa.
  • Y estos hijueputas se van saliendo conforme se llenan de sangre. Yo no recordaba que hicieran eso.
  • Es solo sangre. Nada del otro mundo. Baja todos los meses. Es solo una mancha. Tela. Se lava y listo. Pero me desperté, sentí mojado, vi la mancha y me cabreé.
  • Es heavy el estigma del periodo.
A lo que ella respondió:
  • si, como en la mente se viene una secuencia de cosas
  • y ahora tengo que lavar, y ahora debo cambiar sábanas
  • totalmente comprensible
Y sí, toda persona que menstrúa va a entender esto. Totalmente compresible. Porque fue justamente la secuencia de cosas que tuve que hacer. Quitar las sábanas, lavar la sangre, tenderlas. Fregar la mancha en el colchón. Abrir las ventanas para que se seque. ¿Por qué me cabreo? Me pregunté temprano. Ya voy a cumplir 43 años. Y me sigue molestando una mancha de sangre. Pero es ahí que caigo en cuenta. No me cabreo por la mancha. Me cabreo por todo el estigma que nos han impuesto.

Yo misma racionalizo todo en mi desahogo anterior. Es solo una mancha. Se lava y listo. Pongo nuevas sábanas y listo. ¿Por qué exagero? ¿Las hormonas? ¡Las pinches hormonas! Esperen. ¿Estoy exagerando? Ahí viene otro estigma para nosotras. Los cambios de humor. Mi parte racional (la mujer de, casi, 43 años) está analizando todo y diciéndome que estoy exagerando pero mi parte irracional (la adolescente de 12) está emputada y avergonzada.

¿Avergonzada de algo que es COMPLETAMENTE NATURAL? Sí. Y recuerdo que hace 2 días atrás, al regreso de comprar un banco para la ducha, mi madre me vio y me dice, con tono de alarma: "mija, voltéate, estás manchada". Y yo me veo frente al espejo y, efectivamente, había manchado la batona. Ni me había dado cuenta. Pero en el instante sentí el estigma encima. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! ¿Cuánta gente me habrá visto con una mancha de sangre? ¿Qué habrán pensado? Y aunque en ese momento frené el tren de pensamientos y simplemente actué, me cambié la ropa y lavé la mancha, el tono de mamá no se me ha ido del recuerdo. Porque esa ansiedad social, de preocuparse del qué dirán, sigue latente en mí. Por más que lo he trabajado en terapia.

No recuerdo a qué edad empecé a menstruar. Habrá sido 11 o 12 años. Recibí educación sexual, tanto en casa como en el colegio. No me pasó como a Luchita. Bueno, en el colegio no recuerdo mayor cosa que el funcionamiento de los órganos reproductores, fecundación, concepción, enfermedades de transmisión sexual. No me enseñaron los métodos anticonceptivos, ni hablemos de cómo poner un preservativo. ¿Y el ciclo hormonal? Disculpe: ¿Qué es eso? Eso lo tuve que aprender por mi cuenta. Y también, por mi cuenta, tuve que aprender a ponerme bien una toalla, un tampón y una copa. A "ponerme bien", para no manchar. Nuevamente, para no dejar en evidencia que me estoy desangrando. Porque nadie debe saberlo. Debo seguir con mi rutina normal. Aquí no está pasando nada. ¿Se han dado cuenta que las publicidades de toallas femeninas hacen eso? ¡Púdranse! Claro que nos está pasando algo.

Pero esto se acabó. No tengo porqué avergonzarme de mi menstruación. Es algo que nos han enseñado y, como toda enseñanza, se puede desaprender. Lo hemos visto en casa, en los centros educativos, con nuestros pares, en la televisión, en la publicidad. Basta. Basta de sentirnos acomplejadas por algo que es parte de nosotras. Y algo que es sano. Normal. Necesario. Soy una mujer sana que cada 28 días sangra. ¿Me gusta sangrar? No. ¿Pienso que deberíamos tener otro método que nos indique que no estamos fecundado una nueva vida? Sí. ¿Me gustan mis cambios de humor? No. ¿Le advierto a mi enamorado? Sí. XD

No sé por cuánto tiempo más voy a tener que pasar por esto. Por mi edad sé que ya podría estar entrando en la perimenopausia pero hasta ahora Andrés baja cada mes. Como relojito suizo. Y sé que cuando esté llegando ese nuevo tren va a venirse otra montaña rusa de emociones. Porque la ausencia de la regla es otra movida con más cambios hormonales, los famosos sofocones y no sé qué más me vendrá. ¿Ven? Nuevamente la ansiedad se quiere apoderar de mí y ya estoy armando escenarios que ni siquiera han sucedido y quizá ni sucedan. Capaz simplemente deje de menstruar y me asustaré por un tiempo hasta que me dé cuenta que el estigma rojo ha abandonado mi cuerpo.

Ahora, con su permiso, iré a poner nuevas sábanas y me acostaré en mi cama porque la adolescente de 12 años todavía quiere refunfuñar un poco más. Espero no volver a mancharla.

sábado, noviembre 29, 2025

La tapa del inodoro.

 

Fuente: La Nación


Sé que este post podrá causar polémica. Al menos eso sentí yo cuando salí del baño luego de usarlo y, mientras me lavaba las manos, entró una compañera de trabajo y se quejó diciendo en voz alta: "Uugghh, ¡La tapa del baño cerrada!". Yo me hice la cojuda como para que no sospeche de que fui yo quien dejó la tapa abierta. Pero mientras me secaba las manos me puse a pensar en que, por más que en mi casa y en los baños de mis seres queridos siempre dejo la tapa del inodoro cerrada, en los baños públicos siempre la dejo abierta. ¿Por qué hago eso?, me pregunté. La respuesta me llegó enseguida. Porque no quiero encontrarme con ninguna sorpresa. Porque ya me ha pasado. Mujeres que dejan la taza toda mojada o regalitos flotando.

Sí. Mujeres. Porque no se crean que por el hecho de ser mujeres somos limpias.

Para mí es algo muy desagradable alzar una tapa de baño y encontrarlo sucio. Cuando sucede eso, si hay más cubículos busco otro. Si no queda más, toca limpiarlo. Desagradable, sí, pero toca. En serio he visto tazas tan mojadas que no sé si la mujer que lo usó antes estaba muy apurada o ya no se aguantaba, no se sienta completamente (eso es otro apartado, que nos hayan enseñado que no debemos sentarnos NUNCA en un baño público porque quién sabe qué cosa nos vamos a contagiar), el chorro se esparce como esos rociadores de césped o, simplemente, tiene pene. Y ni hablemos de encontrar un mojón flotando en armonía con el universo. Dejándose llevar en santa paz.

Yo tengo la costumbre de revisar que he dejado limpio el inodoro antes de salir. Y mi intestino grueso ha sido educado para evacuar en la mañana. Así que muy rara vez haré "del 2" en un baño que no sea el mío. Así que, si hago en baño ajeno, me cercioro el doble.

Pero ahora quiero analizar el hecho de si es correcto, saludable, educado o armonioso dejar la tapa arriba o abajo. Buscando en internet terminó goleada. Porque por salud te dicen que debes halar la válvula con la tapa cerrada. Peeeroooo, no te dice que después debas dejarla así. Por educación también. Peeeeroooo, justamente por educación, cerciorémonos de que dejamos limpio el baño para que el siguiente usuario no se encuentre con nada desagradable. Y por armonía me jodí, porque según el feng shui estoy dejando que se vaya la energía y el dinero.

Así que ahora, para finalizar este post quiero saber: ¿tú cómo dejas la tapa del baño?

sábado, octubre 25, 2025

¿Quién quiere probar un HOP DOP? 🌭

Ayer me encontré con este letrero en una feria de emprendimientos. No, no están leyendo mal. Me llamó tanto la atención que tuve que tomarle una foto. No sé si fue un error ortográfico del emprendedor/a o una fantástica idea de marketing. Porque luego de pasar la foto a un grupo de amigos, todos empezaron a hablar del tema. Cuando se la pasé a mi novio, acudió a Google a sacarse la duda de qué era un hop dop. Al finalizar la feria me llevé el letrero a la oficina y todos estuvimos comentando exactamente lo mismo. Hasta se me ocurrió la idea de que te vendían el hot dog cantando hip hop. A un compañero le llamó tanto la atención que compró uno y dijo que estaba riquísimo.

Todo esto me hizo recordar la campaña que lanzó Tres Cruces Light tras el error de impresión en sus latas, donde convirtieron el descuido en una oportunidad.

Y bueno, haya sido error o no, todos tuvimos en la mente el HOP DOP.


martes, noviembre 15, 2022

¿Quién eres tú para decirme cómo debo verme?

Hoy estaba entrenando en el gimnasio con una compañera. Entre una serie y otra me cuenta que no se ha vuelto a poner una pequeña licra, le queda súper bonita, que viene con una faldita encima. ¿Porqué? Porque tiene celulitis y le da vergüenza. Luego, en la clase de spinning, le veo a otra compañera un lindo hoodie nuevo y le comento que estaba muy bonito y le quedaba muy bien. Me agradeció y al instante se lo alza un poco para agarrarse la "guata" y decirme: "lo único malo es esto". Yo le sonrío y le digo que no tiene nada de malo.

Y pienso en que yo atravieso la misma situación todos los días. No estoy conforme con mi cuerpo. Desde adolescente no lo he estado. Siempre mirándome al espejo y pensando que estoy gorda. Inclusive cuando bajé de peso y llegué al ideal, el reflejo del espejo me seguía diciendo que me faltaba. 

  • Te falta bajar más.
  • Tienes muslos muy grandes.
  • Te cuelga la piel de los brazos. El "doble hola", las "alas de murciégalo".
  • Esas pantorrillas parecen liquid paper.
  • Malditos rollitos.
¿Quién te crees para venirme a decir cómo debo verme para sentirme bien conmigo misma? ¿Por qué me vendes una crema para borrarme las estrías? ¿Por qué debo someterme a una cirugía para verme más joven? ¿Por qué no puedo volver a usar un vestido que me gusta porque ya lo usé en una fiesta anterior? ¿Por qué debo ponerme tacos si son incómodos? ¿Por qué debo maquillarme para verme bonita?

Continuamente nos están bajando la autoestima. Las revistas, los comerciales, la industria, el sistema. No podemos sentirnos bien con nosotras. No les conviene. Porque así seguiremos consumiendo los miles de productos que nos chantan para poder sentirnos mejor. Pero nunca lo logramos, siempre habrá un pero. Y siempre vendrá un producto nuevo para satisfacer nuestro amor propio.

El otro día una persona muy especial me dijo: "si te vieras a través de mis ojos". Yo le contaba que cuando llegué a mi peso ideal me veía al espejo y veía que todavía me faltaba. Y ahora que veo las fotos de esa época me digo: "qué chucha, estaba súper bien". Pero para mis ojos no. Porque justamente nuestra mente es nuestro peor juez y verdugo. Y de plano me remata diciéndome: "estás súper bien ahora".

Porque desde niñas nos van metiendo en el mate la obsesión por el peso y la imagen. La niña debe estar siempre bonita, arreglada, presentable, calladita, educadita, con una sonrisa. Una muñequita. Y a esta muñequita le justaba subirse a los árboles, correr, sudar, despeinarse. A esta niña le gustaba comer. "No, no, no, bocados pequeños". "No se embarre, no se ensucie, no importa que sea una hamburguesa, se come con cubiertos". Si el placer que da comer con las manos es fantástico.

Así que vamos a hacerle yuca a todas esas bombas cargadas de críticas, paradigmas y cánones de belleza. Yo decido cómo verme y qué ponerme para sentirme bien.

Déjame ser. 

jueves, abril 15, 2021

Llévese a la niña.

Vamos desempolvando este blog. Llevo demasiado tiempo sin escribir algo aquí. Y es que ahora suelo opinar más rápido y en menos caracteres en otras plataformas digitales (entiéndase Facebook y Twitter). Pero hoy se me ha antojado darle un poco más de teclas a la inspiración.

Me encontraba en la fila del supermercado para pagar par de compras que hacían falta en casa. Era la siguiente. De pronto detrás de mí escucho una voz que decía: "señora, señora", y giré para ver quién osaba señoriarme. Resultó ser otra señora con una niña pequeña dentro del carrito de compras, quien al verme girar me dijo: "señora, llévese a la niña, que está malcriada". En ese momento, aunque la mascarilla me cubre la mitad de la cara, no me cubre los ojos, ergo, la mirada. Bajo la misma para ver a la niña, quien se me queda viendo atenta, con un atisbo de inseguridad. Para los que no me conocen físicamente, mi aspecto puede infundir temor. Mido 1.69, soy tuca, y mi expresión facial neutral es seria. O sea, parezco cabreada. De paso estaba vestida con una pantaloneta deportiva, camiseta, zapatos de caucho y gorra. O sea, toda una marimacha. Dentro de mí surcaron, en una fracción de segundos, algunas respuestas, entre ellas una puteadita de confianza a la mujer que me estaba ofreciendo a la niña, cual mercadería. Volví a subir la mirada hacia ella y le respondí (con un tono muy suave): "no, no puedo llevármela, no es mía. Es suya". Y la mujer, sorprendida ante mi respuesta, dijo: "llévesela, no se está portando bien". 

No-se-está-portando-bien. O sea que es mercancía dañada. Y la despachas. Resultó defectuosa. Y la devuelves. 

Años atrás ya hice una publicación sobre este mismo tema. Con links, argumentos y demás donde explico lo perjudicial que es para un niño escuchar este tipo de frases de sus padres, o adultos a cargo.

Por la expresión de la niña deduje que no era la primera vez que escuchaba esa amenaza. Pero, quizá, era la primera vez en que recibía una conversación directa de la otra persona. "¿Te estás portando mal? ¿Qué quieres hacer?", le pregunté. La niña señaló el estante de los juguetes y dijo: "quiero jugar". Y entendí.

No sé si se estaba portando "mal". Quizá a la niña ya le habían dicho que no. Pero llevar a un niño a un lugar donde están EXHIBIDOS LOS JUGUETES le va a dar ganas de jugar. Chuta, a ver, yo tengo 38 años, y si entro a una juguetería paso por el pasillo de los juguetes para bebés o niños pequeños y APLASTO LOS BOTONES. Si hay un cartelito que dice TRY ME, créanme, yo pruebo. 

"Mira", le dije, "en este lugar no podemos jugar. Aquí venimos a comprar cosas que necesitamos para la casa. Mira (y le enseñé mis compras), yo estoy comprando azúcar y comida para mi gato. Y veo que ustedes están comprando pan, y otras cosas para comer. Tienes que esperar a llegar a casa y ahí apuesto que podrás jugar". La niña se me quedó viendo, y se quedó callada. La señora igual. Giré y le entregué mis cosas al cajero.

No sé cómo hubiese sido yo de madre. Es una labor admirable. Quizá iba a terminar perdiendo la paciencia y soltando la misma frase pendeja. Soy impulsiva, y con los años he aprendido a controlarme antes de decir o hacer algo de lo que después me arrepienta. Y todavía me falta mucho por aprender en esta vida. Así que creo que así estoy mejor. Sin descendencia a quien le joda la vida.

domingo, agosto 05, 2018

El encanto del sur.

El amor me trajo a vivir al sur desde inicios de este año. Mi cuñada siempre alardea canturreando la estrofa de una canción de Raffaella Carrà: "Para hacer bien el amor hay que venir al sur". Toda mi vida he vivido en el norte. Bueno, de pequeña estuvimos en el centro, pero desde los 7 u 8 años mi vida se ha desarrollado en el punto cardinal superior. Teníamos familia que visitábamos en el sur, cuando había un cumpleaños u ocasión especial. De pequeña recuerdo el cine Inca, la dulcería La Dolce Vita frente al Cristóbal Colón. En contadas ocasiones entrar a La Caraguay. Pero para mí el sur era visitado solo para algo específico. Y sobre todo, para mí el sur era dos cosas: lejos y feo.

Bueno, bueno, si no desean la palabra "feo" que puede leerse despectivo, digámosle "poco atractivo". Toda mi vida adulta, mi círculo social, los lugares que frecuento, pasatiempos y demás se encuentran en el norte. Pero ahora, aparte de estar enamorada de mi novio, debo confesarles que me estoy enamorando del sur.

El sur tiene detalles que nunca tuve en el norte. Por ejemplo, vendedores ambulantes o personas que pasan voceando sus servicios. Este post ha sido inspirado por un señor que acaba de pasar gritando: "Arregle esas ventanas. Cambie la tela que tiene rota. Para que pueda abrir las ventanas". Eso JAMÁS escuché en mi antigua casa. Ni hablar del bollero que pasa en su bici todos los días. 8am y 5pm. Los fines de semana, días en que lo puedo escuchar pasar, su grito me sirve de reloj. Otro señor pasa vendiendo pescado y camarones, seguimos teniendo el afilador de cuchillos. Pasa una camioneta llevándose electrodomésticos que ya no uses, zapatos viejos, frascos de perfume.

El otro fin de semana, se nos dañó la refri. La pobre dejó de enfriar. Y las cervezas no podían entibiarse. En esta casa eso es pecado. Ofensa. Blasfemia. Ponte a buscar un técnico un viernes de feriado. Pero como ángel caído del cielo, pasó un señor gritando: "Arreglo lavadooooora, aire acondicionaaaaaado, refrigeradooooraaaaa. Le arregló la booombaaaa". Y espero que estén leyendo e imaginen el cantadito con el que este señor iba. Bastó un grito, y en 5 minutos ya la estaba revisando.

No hablemos de las delicias culinarias que tengo alrededor. Y lo más importante: MÁS BARATAS. Un vasito de morocho en el norte te puede costar $1,60. Acá la tarrina de litro de la carretilla El Shaddai (esquina de Los Ríos y Pancho Segura) te cuesta $1,50. César dice que antes estaba enriquecido con Nestlé. Ahora dice: "Enriquecido con la bendición de Dios". Imaginamos se le acabó el contrato a la primera empresa. Hamburguesas completas a menos de $3. O combos con papas fritas y té por el mismo valor. Filetes de lomo fino, tomahawks, bife de chorizo, en salsas de hongos, queso, hierbas del Domador de Leonas son fabulosos platos, bien servidos, y oscilan entre $7,50 y $13. Y conste, el plato de $13 alcanza para 3 o 4 bocas.

El mercado La Caraguay es ahora visita fija el domingo de mañana. Tránsito y Reinaldo nos venden las legumbres y vegetales, la prima Francisca (o "abogada" de cariño) nos surte con frutas. Y cada que vamos nos recibe con un par de uvitas o una mandarina para degustar mientras compramos. Mariscos fresquitos. Hoy salimos con libra y media de camarones por $6, y 1 libra de picudo por $4. Y no puede faltar pegarnos un tuco de muchín por $0,75, acompañado de una tacita de café pasado por $0,50. La vez pasada saboreamos un suculento encebollado miSto por $3,00. Los camarones se salían del plato.

EN ESTE PRECISO MOMENTO ESTÁ PASANDO EL GASFITERO. ¿Ven? ¿Ven?

La verdad no creí que iba a encantarme con el sur. Adapté mi rutina sin mayor problema. Ahora mis panas del norte me vacilan que estoy lejos, cada vez que organizo alguna reunión en casa y los invito. Acá siento que hay más árboles. Más bicis. Más barrio. Ya no lo veo feo. ¿O será que como estoy enamorada lo veo bonito? Así como la chica que tiene el pretendiente feo pero con el tiempo lo va viendo atractivo. Lo empieza a ver con ojitos de amor.

¿Será? Sea como sea, puedo decir que aunque viví casi toda mi vida en la ciudadela El Paraíso, ahora simplemente vivo en otro paraíso.

viernes, enero 19, 2018

Las rejas están en nuestra mente.


Espacio público: "en principio diremos que el espacio público corresponde a aquel territorio de la ciudad donde la persona tiene derecho a estar y circular libremente (como un derecho); ya sean espacios abiertos como plazas, calles, parques, etc.; o cerrados como bibliotecas públicas, centros comunitarios, etc."
Fuente: ub.edu


“Es el lugar donde cualquier persona tiene el derecho a circular en paz y armonía, donde el paso no puede ser restringido por criterios de propiedad privada, y excepcionalmente por reserva gubernamental”.

“El espacio público tiene además una dimensión social, cultural y política. Es un lugar de relación y de identificación, de manifestaciones políticas, de contacto entre la gente, de vida urbana y de expresión comunitaria. En este sentido, la calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos, y por su capacidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural”.
Fuente: Wikipedia

Estos últimos años que he usado la bici como modo de transporte he podido ver un Guayaquil desde un punto de vista distinto. Con la calma, libertad e independencia que te dan las dos ruedas. No voy apretada en un bus, ni encerrada en una caja de metal. No quito validez a los otros medios de transporte. Pero la bici me da una sensación inigualable. Una conexión con la calle distinta.

Ahora con el reclamo de restringir la entrada del Parque Centenario me pongo a pensar en los accesos que nos da la ciudad como peatones. Y pienso en los pasos a desnivel que no usamos, la línea cebra que “está muy lejos”, el paradero del bus donde no estamos esperando, la fila en la estación de la Metrovía que no respetamos, y siga usted incrementando la lista. Me doy cuenta de algo: las rejas no solo están regadas en toda la ciudad. Están dentro de nosotros. En nuestra cultura. Idiosincrasia. Hemos sido educados así. Enrejados mentalmente.

Tenemos que enrejar puertas y ventanas para que no entren los ladrones. Aun así un ladrón las usó para escalar hasta el 3er piso y meterse por la ventana al departamento de mi novio.

Cierran las puertas del parque Centenario porque no pueden con la inseguridad. Y nos toca verlo desde afuerita o rodearlo. Como si fuese prohibido.

Enrejan toda la avenida Delta frente a la Estatal para obligar a los peatones a caminar hasta el paso cebra. Un tramo de la calle exclusivo para nuestro paso. Pero preferimos arrojarnos a cruzar la calle por donde nos es más cómodo o más rápido.
Avenidas principales traficadas con pasos peatonales que no usamos porque nos da pereza llegar a ellos, subir, cruzar, y volver a bajar. Porque nos toma más tiempo. Preferimos esperar algún huequito entre tanto carro y atravesar el asfalto cual ranita de Frog.

Rejas dividiendo, protegiendo, dirigiendo la circulación, obligando, forzando, civilizando, educando. ¿No se sienten como animalitos a los que deben encerrar para que no se salgan? No podemos tomar decisiones civilizadas por nosotros, por sentido común, y por ello nos chantan rejas. Rejas para no entrar, rejas para no cruzar, rejas para no pasarse, rejas para limitar.

¿Hasta cuándo vamos a pensar sólo en nosotros y no en el bien común?

miércoles, mayo 17, 2017

La vida: importante, frágil, y efímera.

En aquellas tres palabras podría resumir lo que me sucedió ayer por la noche. Había llegado a casa luego de un pesado día de trabajo. No sin antes pasar por la dentista para un tratamiento. Mi mamá estaba en la cama viendo una serie, a la cual puso en pause para conversar. Luego de ponernos al día en nuestro día (valga la cacofonía), la conversación se desvió al tema de tener o no tener hijos. A mis 34 años puedo decir que no está en mis planes tener descendencia. Y suelo reírme por dentro porque cuando era adolescente, según yo, tenía planeado mi futuro. Iba a casarme a los 26, tener mi primer hijo a los 28, y uno, máximo dos más.

Quería tener hijos joven, para poder tener la energía, tiempo, y vitalidad para criarlos, educarlos, jugar con ellos, lanzarme al piso, trepar árboles, y todo lo necesario para darles una vida llena de fantásticas experiencias. Eso creía, y sí, sigo creyendo que debe hacerse. Pero ahora lo pienso no una, sino dos, tres, muchas veces, antes de tomar la decisión de ser madre.

Hablaba con mi madre, y entre risas le pedía disculpas, porque sé que ella quiere que le dé nietos. Tiene 2, sí, pero un "poquito" lejos. Allá mi hermano quien decidió cruzar el charco, encontró una maravillosa mujer por allá, y se instaló. Y aquí, yo, no quiero tener hijos. El universo puede ser bien conchudo a veces. Lo siento, amada madre.

No es un no rotundo a la posibilidad de ser madre. Sé que podría ser una madre maravillosa. Jodona, eso sí. Pobres mis hijos, les haría bullying maternal, ajajajajaja. Me siento preparada para serlo. Pero no quiero. ¿Por qué? Porque considero que es la responsabilidad más grande que alguien pueda tener en esta vida. Traer a este mundo a un pequeño ser humano, y criarlo para bien. Para que sea una persona con valores y principios, que sea un ente productivo y positivo para la sociedad. Y además de todo eso, que sea feliz.

No considero que debes tener un hijo porque te sientes sola, porque quieres compañía, porque sería bonito, porque sino no te realizas como mujer. ¿Ya estoy en la percha? No me importa. Es un gran sacrificio, que sí, trae muchísimos beneficios, pero también muchísima, muchísima responsabilidad. Es un acto de amor único, de entrega completa. Ser madre debe ser una experiencia maravillosa, incomparable. Sublime. Y me encantan los niños. No crean que soy tan Grinch. 

¿Pero saben qué me pone a pensar antes de tener uno? Los errores que puedas cometer en su crianza. Y muchos sin darte cuenta. Sólo busca en Internet artículos al respecto y te saldrán un sinfin de páginas. Frases que a muchos de nosotros nos dijeron. Acciones que veo hacer a otros padres, día a día. Cosas que hacen creyendo que es por el bien de los pelados, y los están cagando.

Si me cago la vida, quiero cagármela yo solita. A nadie más.

Y en plena conversación así de profunda, a mi madre le suena el celular y al leer el mensaje su rostró se opacó drásticamente. Su amiga de colegio acababa de fallecer.

En ese momento se fue a la mierda todo lo que estábamos hablando. Me acerqué rápidamente a abrazarla y sostenerla. Lloramos. Su muerte no nos agarró por sorpresa. Ella estaba enferma, internada. Era cuestión de esperar. Pero igual, lo esperes o no, una pérdida así siempre te tambalea el piso. Y duele.

La vida es un regalo. Siempre lo he dicho. Pero con cada acto, cada experiencia, aprendizaje, reafirmo que es tan frágil y efímera, que en el momento menos inesperado te la arrebatan. Bueno, no. Para arrebatarte algo tiene que ser tuyo, ¿verdad? ¿Nuestra vida, es nuestra? Quienes me conocen saben que no soy religiosa. Tampoco me considero atea, más bien sería agnóstica. Quién quita que esto que creemos es vida, no es más que una ilusión, un soplo cósmico, un juguete de un pequeño alienígena. E.T. va a despertarse y nosotros dejaremos de existir.

Es interesante la forma en que el universo equilibra las cosas. Una noche cualquiera estás hablando de traer vida, al mismo tiempo que se va otra.

jueves, abril 27, 2017

"Le dejo al niño porque está malcriado".




En mi trabajo atiendo muchas personas al día, y algunas de ellas suelen venir con algún niño. Bueno, a veces traen el batallón. Cuando el niño es bien portado me encanta. Se sienta o se queda parado al lado del adulto. Si me saluda, ¡me derrito! Y se queda tranquilo. Puede estar jugando, viendo alrededor, o escuchándonos (aunque no entienda nada). En otras ocasiones el chamaco empieza a exigir atención: llama al adulto, interrumpe, se empieza a mover, etc. Un buen llamado de atención y finito. Asunto arreglado. Comprendo que acompañar a los padres a hacer diligencias no es nada entretenido para un pelado. Recuerdo cuando me tocaba ir con mi madre a realizar sus trámites. Y sí, uno se ABURRE. 

Pero, ¿qué sucede cuando el pelado no hace caso y el adulto saca la famosa frase: "Pórtate bien o le digo al guardia que te lleve"
Me hala de los pelos. 

En mi adultez he aprendido el peligro de lanzar semejante amenaza a un menor. Ah, y esperen que tenemos sus variaciones: 
- "Le digo al policía que te lleve"
- "Te va a llevar el Cuco". (Esta sí es de antaño. Hace tiempo no la escucho). 
- "El doctor te va a poner una inyección"
- "Te voy a dejar aquí botado"
- "La niña se va a poner brava". (La peor para mí. Yo, aquí, la villana, la roba niños, la bruja de la historia). 
- "Niña, le regalo al niño". (Ni loca. ¡Lléveselo!) 

Entiendo que es algo que aprendieron de sus padres. Y se transmite de generación en generación. Muchos recibieron la misma advertencia cuando eran menores. Pero no, no, no. Es nefasto. 

Primer error: crear temor e inseguridad. 
Miedo a que se lo lleven. ¿Entiendes lo que significa eso? Ponte un momento a pensar como un niño. Un niño que confía en sus padres, que debe confiar en los adultos. Y el mismo adulto en quien más confía lo amenaza con regalarlo, dejarlo, o permitir que un desconocido o figura de autoridad le haga daño. Imagínate el trauma que puedes ocasionarle. La figura que lo cuida, lo protege, lo ama. 

Segundo error: aprende a portarse bien por temor, no porque es lo correcto. 
Un niño debe aprender a comportarse, y entender que en ciertos lugares debe quedarse tranquilo. Que hay un momento y un lugar para todo. No por miedo a que le pase algo malo. Peor cuando lo amenazas con una figura de autoridad a la que no debería temer. Después no entienden por qué le tienen miedo al doctor, al dentista. Una persona en la que deben depositar su confianza, respetar.

Tanto así que han habido campañas donde piden que dejen de utilizarlos como herramienta de amenaza ante un mal comportamiento. 






Tercer error: se vuelven personas complacientes a las que les cuesta decir "no".
Sé que esto suena exagerado, pero puede desarrollarse este comportamiento. El niño cree que sólo van a quererlo si se porta bien y precisamente por este motivo, podrá hacer cosas que no quiera, por el hecho de complacer a sus adultos. Y cuando crece se convierte en una persona que hará cosas que no quiere por compromiso, por no "quedar mal". Y le costará decir "no". Complacerá a todos, para ser aceptado, querido, apreciado. 

Cuarto error: mamá sólo me quiere cuando me porto bien.
El más grave, para mí, de todos. Condicionar el amor.

También sé que es difícil que una criatura pequeña entienda el concepto de esperar, realizar trámites, sentarse en un escritorio y no entender qué están haciendo. Para entretenerlo lleva un juguete, algo en que pueda enfocar su atención. Y así va a ser más llevadero para él. Y háblale. Explícale. Creer que porque es "niño" es bruto y no entiende, es menospreciar su capacidad cognitiva. Los pelados pueden ser pilísimas, si los educas. Si les das tiempo, espacio, calidad. No tratarlos como adultos, pero sí enseñarles a razonar, a comprender. No les das la tablet y ahí que no joda...

Este tipo de reprimendas lo que hacen es erosionar la confianza en sus mayores, en los adultos, en las figuras de autoridad. Y esto, aunque no lo crean, queda grabado en el subconsciente y al crecer les puede dificultar entablar relaciones afectivas sanas.

Me encantan los niños, hasta que empiezan a hacer berrinches. Y por alguna razón el universo no me ha dado hijos. Lo cual agradezco. No sé si quiera ser madre, al menos en esta vida. Sin embargo, sigo aprendiendo.

Ay, si supieran cuántos niños me han querido regalar...

Links de interés:

sábado, diciembre 24, 2016

Navidad con el grupo Nins.

Después de 5 minutos de intentar prender mi laptop estoy aquí. Sí, la pobre está viejita y necesita un poco de paciencia y monearle el cable hasta que agarre. Podría escribir desde la tablet, pero se pierde la magia del teclado. Además que las palabras me fluyen mejor cuando presiono las teclas. Por algo el nombre del blog.

Sí, nada podrá igualar la delicia de la pluma y el papel. Eso es mágico.

Este post se ha venido cocinando solito, de a poco. Empezó con la chaucherita de mi papá. Se calentó con la última clase de yoga en Ganesha, y el "pin" del horno sonó hoy, con el cassette de villancicos. Así que ahora se los voy a servir. Cuidado, está caliente. Pero muy sabroso. 

Papá murió hace 8 años, ya mismo 9 (en enero). Todavía puedo recordar ese día y ciertos detalles con suma precisión. Pero hay uno que viene a medias. No recuerdo cómo obtuve su chaucherita (o monedero). Creo que estaba en su mochila. 

Los pies de papá sobresalían de la sábana blanca que lo cubría. En su tobillo tenía una pulserita de piola. Negra. Recuerdo agacharme, desamarrársela, y guardarla. La usé un tiempo, y la bandida se me cayó en algún lugar y no me di cuenta. Eso fue hace ya tiempo. Pero su chaucherita se mantuvo conmigo hasta hace un par de semanas. No sé cuánto tiempo la habrá tenido él. 

La chaucherita ya está vieja (como mi laptop), por lo que decidí que era hora de cambiarla. Pero no sabía si botarla, o guardarla. Podrá guardar sólo monedas, pero el valor sentimental es mayor. Ha estado en mi aparador, hasta que hoy, para tomarle la foto que verán más abajo, ha encontrado su nueva morada.


Poco a poco he ido armando una especie de altar. Y sin darme cuenta. La chaucherita es esa con tela jean, apoyada en la botellita de vino. Dicha botella me la tomé en Ayampe hace 2 años, en su honor. Al pie del mar. ¡Y claro que le di un poquito a él! Me guinda donde no echaba un chorrito al agua. También hay un rey y reina del tablero de ajedrez que tuve durante muchos años. Juego que él me enseñó a jugar, cuando era tan pequeña que ni siquiera tengo recuerdo de haber aprendido. Desde que tengo memoria, sé jugar ajedrez. Adicional, un par de piedras y conchitas. Y obvio, algo de los Beatles. ¿Dónde tengo el altar? Junto a mis libros. Otra hermosa herencia que me dio. El amor por la lectura.

Este jueves que pasó tuvimos la última clase en Ganesha. Llevo poco más de 1 año practicando yoga. Y aunque soy como la marea, porque he dejado de asistir par de meses, ya sea por danza, entrenamiento multifuncional, o ejercicio en mi casa, no hay nada que se le iguale. Esperen, también soy como Hunter, si se va, viene. 

La clase la dieron en conjunto Rafa y Desi. Y no se les ocurrió mejor idea que dedicarla a abrir el 4to chakra, el del corazón. ¡Ayayai, mona! 


En un post anterior ya les confesé que a veces lloro en el savasana. Adivinen qué pasó. Seeeeeeee. Se me volvieron a salir las lágrimas. Pero ahora le echo la culpa a Desi (la vez anterior fue Rafa). ¡Ya verán!

Sí, sí, les echo la culpa para hacerme la víctima. Pero en verdad les estoy agradecida. Venga, dejen que meta un poco de drama. Eso vende, ñañita.

Durante la clase, Desi dijo algunas cosas que me encantaría recordarlas ahora, para poder transcribirlas aquí. Es más, las quería escribir, pero eso significaba salirme de la postura, y perder el foco. No, lo siento. Ahí quedarán revoloteando en mi subsconciente, ayudándome a sanar, a ser mejor persona. 

Pero hay una frase que sí recuerdo. Porque me la escribí en la pierna. Sí, hice trampa. *Inserte aquí emoji del monito tapándose los ojos*

"Recuerda que cuando atravieses la oscuridad siempre al final habrá luz".

Y este año ha sido eso. Un recorrido en montaña rusa, mezclado con esos trenes que atraviesan túneles. Un subidón emocional. Una lucha interna, obstáculos, desafíos, pruebas. ¡Uufff! Sacudones. Metan fuerza G, tembleque del suelo, pérdida del norte, y no saber qué chucha hacer.

Pero en este momento, mientras escribo, me encuentro muy bien. Tranquila. Bien dice la frase, "mar en calma no entrena marineros". Y como dije esa noche en la clase, todo lo que me ha pasado me ha llevado a estar en el lugar donde estoy. Aquí y ahora. Y estoy agradecida. Eternamente agradecida con todo, con todos. Porque todo en esta vida no es más que aprendizaje. Experiencias, lecciones, momentos, decisiones. Y es para crecer, para mejorar, para ser felices. Porque sé que estamos aquí para ser felices. Y esa felicidad depende de nosotros. Este turbulento año está acabando bien.

Hoy, luego de dormir casi 12 horas seguidas, resucité y busqué un cassette de villancicos que mamá guarda todavía. Canciones que de chiquita ponía en casa desde el 1ero de diciembre. Eso era obligación. Y las cantaba como loca todo el día. Tradición año tras año. Y sí, estoy hablando de muchos años. No sé cuándo mamá lo habrá comprado. Y lo más extraordinario es que todavía lo tenga.

Lo pongo en la casetera, presiono play, y nada. NADA. No sonaba. Al sacarlo me doy cuenta que no estaba la cinta. Pero gracias a mi adolescencia Mac Gyviresca, herramientas, y un poco de cinta, logré recomponerlo. Claro, recordé que tengo problemas de motricidad fina, y me costó un poco. También felicité mentalmente a todos los cirujanos, quienes deben tener una precisión maldita para hacer su trabajo.



Lo vuelvo a poner en la casetera, presiono play, ahora con mamá a mi lado, y después de unos segundos, empezó a sonar. ¡LO HE SALVADO! ¡Salvé la Navidad! Nos abrazamos y empezamos a bailar. Y automáticamente las lágrimas empezaron a rodar (¡Deeeeesiiiiiiii, pooor queeeeee!) Se me agolparon todos los sentimientos, se alborotaron, hicieron mosh y empezaron a gritar: "eh eh eh eh". Y yo, moqueando. Abrazadas todavía. Todo se mezcló, el espíritu navideño, la falta que me hace papá, mi ñaño que está lejos, los recuerdos, todo, todito, todo.

Y adivinen: ESTOY OTRA VEZ LLORANDO.

Pero lloro de felicidad. Porque por más que papá se haya ido, sigue en mí. Por más que mi ñaño esté lejos, sé que está feliz. Y yo estoy aquí, junto a mi madre, una maravillosa mujer. Una guerrera, diosa, que todos los días me enseña. De quien siempre vas a aprender algo.

¡POR QUÉ ME PONGO TAN SENSIBLE EN ESTAS FECHAS!

Y así como el grinch al final de la película, ando contenta. Me vale el sistema, el consumismo, el caótico tráfico navideño, las largas colas de los supermercados, la gente como loca comprando regalos. Me vale. Vuelvo a creer en la Navidad. Vuelvo a creer que esta fecha es para amar, perdonar, estar juntos, sonreír, dar regalos (ya sean materiales o no). El que quiera comprar algo, que lo compre. El que quiera hacerlo a mano, que lo haga. El que no quiera hacer nada, que no haga. Cada uno es feliz a su manera. Y que la Navidad no sea excusa para todo esto. Que todo el año sea así.

Así que mis mejores deseos para todos ustedes, queridos lectores. Les deseo tiempo para estar con sus seres amados. Ese es el mejor regalo que pueden darse. TIEMPO. Aquello es irrecuperable.



Feliz Navidad.

Postdata: Mi casa ya huele a relleeeeenoooooo. ¡Wiiiiiiiiiiii!

miércoles, junio 22, 2016

Trío de mi vida.

A veces lloro en el savasana. Tampoco a moco tendido, pero ya han habido algunas ocasiones en que ese momento en que me siento extenuada, y a la vez en paz, Desi o Rafa dicen algo que hace clic en mí y las lágrimas empiezan a brotar. 

Hoy volvió a ocurrir.

Puedo extraer fragmentos tales como "sé la mejor versión de ti", "libérate de esas mochilas emocionales", "hagamos un mejor Guayaquil", "expandamos conciencia", "tú mismo eres tu propio maestro", "somos seres de luz". Y así, agotada, sudada, inhalando vida, y exhalando calma, mi cuerpo empieza a vibrar y lloro. Y una sonrisa se dibuja en mi rostro.

Hoy tuve que levantarme y abrazarte, Rafa. Y darte las gracias. Porque llevo casi 2 meses sin practicar yoga, y hoy renové mi amor por esta disciplina que llegó a mi vida. Y no vengo aquí a contarles los beneficios del yoga. Vengo a contarles lo que ha hecho en mí. No puedo decir que ha cambiado mi vida, pero sí la ha modificado. Y para bien.

El yoga, Narices Rojas, y el veganismo. Se han convertido en un lindo trío que me sostiene en el campo emocional y espiritual.

A lo largo de mi vida he practicado muchísimas disciplinas deportivas. Amo hacer ejercicio. Y todos siempre han sido de alto impacto. Correr, saltar, trepar, pelear. Al yoga no le paraba bola. Me parecía aburrido. Hasta que un día decidí intentarlo. Qué equivocada estaba. Creo que lo que más rescato del yoga es que además de trabajar mi cuerpo, trabajo mi mente, mi alma. Encuentro una armonía, interna (conmigo mismo), y externa (el mundo que me rodea). Cualquier otro ejercicio que hacía, al final podía terminar muerta, y ya. Era sólo una muerte corporal. Muscular. El yoga siento que va más allá. Me conecta. Y desconecta. Me enraíza a la tierra y a la vez me eleva. Sí, parece que ya estoy aquí cantinfleando, disculpen. Pero es lo que me hace sentir. Me hace sentirme parte de un todo. Luchar contra mis propios boicots mentales (sí, ya les puse nombre a los bandidos). Porque muchas trabas están en nuestra cabeza. Nos llenamos la vida de "peros".

El veganismo llegó a mi vida en un viaje en bus. Con sólo ver un vídeo de apenas 5 minutos donde te muestran todo el proceso para que llegue un vaso de leche a tu mesa, fue el gatillo que necesitaba para dejar de comer animales. No se preocupen, no voy a meterme a discutir los pros y contras, ni a incitarlos a que se hagan veganos, ni nada por el estilo. Tal cual como el yoga, sólo contarles el cambio que ha suscitado en mi vida. 

Me siento más feliz ahora. Y al igual que el yoga, más conectada con el mundo que me rodea. El mundo animal, en este caso. Ando lanzando besitos a perros y gatos en la calle (hasta un par "me lanzan los perros" y empiezan a ladrar y perseguirme, por lo que toca acelerar la pedaleada), y ha crecido en mí un amor inexplicable por los chanchitos. A lo mejor y es porque en el horóscopo chino soy el cerdo, o me enamoré del chanchito que bailaba "work, work, work, work" de Rihanna. 

Un amigo en una conversación me comentó algo que me pareció interesante. Me dijo que él quería dejar de sufrir, y para eso se dio cuenta que en primer lugar no debía causar sufrimiento a otros. Y eso lo llevó a dejar de comer carne. Comparto ese pensamiento.

Y a veces me molesta que me jodan con bromas, burlándose de mi decisión. Prefiero no seguirles el juego. Luego recuerdo que yo también hago bromas, religión por ejemplo. Y caigo en cuenta que hago exactamente lo mismo. Burlarme de una forma de pensar diferente a la mía. La acepto, sí, pero me mofo. A veces creo que hago demasiado bullying. Y me escudo diciendo que mi cariño es así de pastuzo, y si te jodo, es porque te quiero.

Cha, creo que ya los agarré de psicólogos...

¿Y Narices Rojas? Uuuufff, Narices Rojas hace rato cambió mi vida. Ya les he dedicado algunos posts. Esa naricita roja tan pequeñita ha hecho en mí maravillas inmensas. Aceptarme, amarme, comprenderme, perdonarme. Me ha enseñado a reírme de mí misma, a no juzgarme (tanto), a no criticarme (tanto). A decirme: "así soy yo, y así me amo". Ojo, no significa que me cuelgue en mis defectos y si debo cambiar algo no lo haga. Pero me ha enseñado a no ser tan severa conmigo misma. Y a reír, reír, llorar, abrazar. A sacar todo. A llenarme de vida, de alegría. Si pudiera (si me atreviera), dejaría todo y me metería de cabeza en la fundación. Eso, una hostal, y un albergue para animales de la calle. 

Pero ahí viene el boicot mental.

Si me atreviera...

Ay, mona, déjate de huevadas y sal de una vez de tu zona de confort. Pero eso será tema para otro post. Miren, ya son casi las 12 y hace rato debería estar durmiendo.

Trío de mi vida: ¡gracias!

lunes, marzo 14, 2016

Yoga entre culebras y una llanta baja.

Un fin de semana en que te vas a la playa a hacer yoga puede enseñarte muchas cosas. Bueno, la vida en cualquier momento puede darte una lección, un aprendizaje. Reafirmar algo en lo que crees, por más que las personas o el sistema traten de convencerte de lo contrario.

Llegamos temprano al lugar donde íbamos a tener una sesión de yoga, así que nos acomodamos en unos sillones en el patio. Todavía estaban terminando de decorar y ordenar ciertas cosas. 4 niños estaban sentados en los otros muebles, y fueron llamados por un adulto, por lo cual salieron corriendo. Al dejar libre el sillón más grande, me acomodé ahí. A lo que volvieron, les dije en son de broma: "ve, como se fueron, me les agarré el mueble. Ahora les toca agarrar otro". Y los niños se rieron y empezaron a sentarse cada uno en un mueble, quitando el puesto a los otros. Terminaron su juego, nos vieron y preguntaron: "¿Y qué vienen a hacer aquí?"

Los niños tienen esa hermosa capacidad de entablar amistad con cualquier persona.

Les explicamos que estábamos ahí porque íbamos a hacer yoga con más personas. 

- ¿Y qué es yoga?, preguntaron.

Los niños también tienen esa hermosa capacidad de mantenerse siempre curiosos.

Seguimos conversando y me tocó a mí preguntarles: 
- ¿Y ustedes qué hacen aquí?
- Vinimos a poner esas carpas. -Señalando al patio, donde estaban armadas dos carpas.
- ¿Y ustedes solito las pusieron?
- ¡Siii! Yo puse esa. - Me dijo uno de los niños.
- Yo puse esa otra. - Me dijo una niña.
- ¿Y ustedes? - Les pregunté a los otros niños.
- ¡Noooo! Yo puse esa. Todavía faltan poner dos más.
- Aaahhh, entonces cada uno vino a poner una carpa.
- ¡Siiiiiii!

Y así siguió la conversación. No quiero alargarla más, pero puedo resumirles que hablamos de hulas hulas, que ellos eran expertos, y que quienes ganasen el juego de no hacer caer la hula hula iba a llevarse de premio café con empanada. Que ya no eran niños, eran grandes (una tenía 6, dos tenían 7, y la mayor tenía 9). Que el yoga es algo chévere y nunca habían hecho. Y lo mejor de todo fue cuando se convirtieron en culebras. Así, sin planificarlo, se desató el juego de las culebras.

Los niños además poseen esa fantástica habilidad de crear juegos de la nada.

¿Y en qué consistía el juego? En que debajo del mueble habían culebras. ¡CULEBRAS! Y si bajaba los pies, me picaban. Yo trataba de refugiarme arriba del mueble, pero las muy bandidas también escalaban y me picaban las piernas, los brazos, la espalda. Pero por más que yo quisiera verlas y atraparlas, no las encontraba. Porque ellas se escondían. Y me levantaba para buscarlas, pero en serio no las veía. Eran muy inteligentes esas culebras.

Ellos, para despistarme, me decían a mis espaldas: "Cuuuleeeeeebraaaaaaa", y corrían a esconderse. Y si los pescaba, los hacía prisioneros a mis cosquillas.

Así jugamos hasta que la mamá los llamó, para terminar de instalar las últimas carpas. Nos tocó iniciar nuestra clase de yoga, y ellos estuvieron sentados, viéndonos a todos. Pero cada que cruzábamos miradas, me decían: "cuuuleeebraaaa".
Chío capturó esta hermosa foto.
Domingo de tarde, Chío y yo emprendemos retorno a la ciudad. Conversando de todo un poco, más de esto, menos de aquello, cuando de pronto un hueco (o cráter lunar bien puede ser) nos jodió una llanta. Oríllate, llama al seguro. Faltaba ya poco para llegar al peaje. Pero sabíamos que el auxilio iba a llegar en mínimo 45 minutos. Recién habíamos pasado a un grupo de 3 señoras y 1 señor que esperaban a que un bus se detuviese. Y por el retrovisor veía que por más que extendieran el brazo, ninguno paraba.

- Chío, ¿y si vamos donde ellos y preguntamos si nos pueden ayudar?

Nos bajamos del carro y avanzamos donde ellos. Saludamos y preguntamos si sabían cambiar una llanta. El señor dijo que sí. Les preguntamos a dónde se dirigían y dijeron que un poco más adelante. Entonces como agradecimiento, podíamos llevarlos a su destino. 

Volvimos al carro, sacamos la llanta, y oh sorpresa, no estaba la gata. ¿Y la gata? ¿Se fue con un gato? ¿Está triste y azul? ¿Qué íbamos a hacer? No pasaron ni 5 minutos y un patrullero apareció. ¡Nuestro héroe! Pero adivinen qué. Exacto. ¡Tampoco tenían gata! 

¿Y ahora? El vigilante nos ayudó a detener un carro y preguntarles si tenían gata. Y se bajó, no uno, ni dos, sino 5 hombres dispuestos a ayudar.

Aquello fue todo un operativo. El vigilante vigilando que los carros no pasaran muy cerca nuestro, debido a que estábamos cerca de una curva. Los hombres trabajando en equipo para sacar la llanta, poner piedras en las llantas traseras porque estábamos en una pequeña pendiente, pasó otro vigilante en moto para constatar que todo estuviera bajo control. Habrán sido 10, 15 minutos, y listo. Llanta cambiada. Agradecimos a todos por su valiosa ayuda, nos subimos al carro con nuestros nuevos pasajeros (sólo 3 adultos y una nena), y emprendimos el viaje de nuevo. 

En el camino nos contaron que los buses no les paran porque sólo van más adelante, y que ya llevaban media hora esperando.

Es lindo ver al universo conspirar para que las cosas se den. 

Y así este fin de semana que pasó reafirmé que no debemos nunca dejar morir a nuestro niño interior. Tiene que salir a jugar, a creer, a crear, a reír. Cuando alguien más se sentaba donde estábamos nosotras, yo le decía: "ten cuidado, aquí hay culebras, si las ves, me avisas". Al comienzo no entendían, hasta que veían a los niños debajo del mueble, riéndose. Y en plena carretera, con carros pasando a toda velocidad, confirmé la bondad del ser humano, la capacidad que tenemos para ayudarnos, colaborar entre todos. Somos capaces de buscar el beneficio mutuo, el bienestar de todos. Juntos podemos crear un mundo mejor, para nosotros, para nuestros seres queridos, para el futuro.

miércoles, febrero 17, 2016

¿Vivieron felices para siempre?

Disney nos cagó. A medias. Desde pequeñas nos metió en el mate la idea de la llegada de un príncipe azul, que nos rescate de nuestra vida desdichada, nos suba a su hermoso caballo y nos lleve galopando a su castillo, donde luego de una hermosa boda, con todo el pueblo invitado, íbamos a vivir felices para siempre.

El príncipe iba a luchar contra feroces dragones, malvadas brujas, fenónemos de la naturaleza, escalar hasta la más alta torre, y rescatarnos. ¡Divino! Además, es alto, guapísimo, caballero, adinerado, valiente, galante. Todo un prospecto. 

 

Pero lo que no muestran es qué sucede después de la boda. Ahí nos mochan el cuento. ¿Por qué? Porque viene lo bueno. Lo verdadero: la convivencia. 

La princesa y el príncipe ni siquiera se conocen. El famoso amor a primera vista. Se vieron y se flecharon. ¿Y si no son compatibles? 

- ¿Y si la Bestia es en verdad una bestia y no hace nada en casa? Claro, como Bella sí es hacendosa, capaz la Bestia se cuelga y no comparte los quehaceres domésticos con ella.

- ¿Y si el príncipe no la satisface sexualmente a Blancanieves? Estuvo con 7 enanos la señorita. Enanos, sí, pero a lo mejor eran recursivos.

- ¿O si el príncipe Encantador (Charming) no es tan encantador que digamos? Y resulta ser un maltratador, abusivo, manipulador, celoso.

- O la Bella Durmiente, que pasó no sé cuántos años dormida. A lo mejor no sepa hacer nada. O por el contrario, luego de casada quiere recuperar esos años perdidos y se va "living la vida loca".

Es linda esa sensación de enamorarse. Conocer a alguien que te llame la atención. Ilusionarse. Pero más allá de eso, es importante conocerse. Porque no todo es color de rosa, ni galopan unicornios sobre arcoiris. Habrá diferencias, peleas, puntos de vista distintos. ¿Qué quieres? ¿Qué pides? Debes saber qué estás dispuesto a exigir, y a ceder. Ahí entran tus valores, tus principios. Compartir la misma filosofía de vida. Conocer los errores, los defectos. Aceptarse. Acoplarse. Porque son personas diferentes, con formas de ver la vida diferente. Criados de manera distinta. Por más que ame a los Beatles, "all you need is love" es mentira. Necesitas más que amor.

Y por qué estoy escribiendo esto. Por culpa de Luis. O mejor, gracias a Luis (a fin de cuentas me inspiró este post). Compartí en Facebook unas ilustraciones de un artista sobre lo mucho que ama a su pareja. Dichas ilustraciones eran los motivos que tenía él para amarla. Y eran cosas sencillas, cotidianas. Era la rutina que tenían juntos, el compartir esos momentos del día a día. Pequeñas cosas que fortalecían la relación. Construir una vida juntos, momento a momento, detalle a detalle. Mientras un par de amigas pusieron "me gusta" y algunos lindos emoticones, el busca pleito de Luis comentó: "Disney".

No, Luis, eso no es Disney, jajajajajajaja. Porque esos cuentos acababan cuando los protagonistas se casaban. La historia pepa empieza después. Y Disney no nos contó eso.

miércoles, junio 10, 2015

Los 100 placeres cotidianos de la mona.

Gracias a un fulanito, y su post Los 100 placeres cotidianos más “pitufifantásticos”, este blog ha cobrado vida.

Debo iniciar este post con la misma pregunta que se hace Adrián: ¿Qué es lo que se te viene a la mente con la palabra “felicidad”?. Y sí, contestarme con la misma respuesta que da este man. Más claro, ya mismo le copio el post y se acabó, jajajajajaja.

No, no. Ya me inspiré. Quienes me conocen saben que disfruto la vida y los pequeños detalles. Son esos placeres fortuitos, inesperados, cotidianos, sencillos, los que a veces pueden arrancarte una gran sonrisa, y llenarte de satisfacción. Claro está que algo por lo cual te has esforzado y obtienes es también altamente gratificante. En mis años de Aire Libre (un campamento de supervivencia de la sierra) Fabián Zurita, el líder, siempre nos decía que "las verdaderas alegrías solo brotan del esfuerzo". Y no puedo estar más de acuerdo. Todavía recuerdo esa sensación de orgullo al coronar la cumbre de una montaña. Sin embargo, también considero que cosas sencillas también te hacen muy feliz. Es más, considero que día a día tenemos muchos motivos para ser felices.

Hace tiempo vi una película, Hector and the search of happiness, en donde un psicólogo viviendo una vida monótona y sintiendo que no lograba ayudar a sus pacientes a ser felices (ni él mismo se sentía feliz) decide emprender un viaje por el mundo para buscar qué es lo que hace felices a las personas. La película no es la octava maravilla del mundo, ni tiene un grandioso elenco, pero (además de ciertos paisajes espectaculares) posee un gran mensaje. Spoiler alert! Spoiler alert! Al final, Héctor descubre no solo que todos los seres humanos podemos ser felices, ni que tenemos el derecho de serlo. Va más allá: tenemos la obligación de ser felices. Si tienen tiempo, les recomiendo buscar la película. Es perfecta para ver una tarde sin planes, o un domingo por la noche, con un buen tazón de canguil.

A inicios de año descubrí una página con un proyecto maravilloso. Se llama 365 Grateful, en donde proponen tomar una foto diaria, por 1 año (de ahí el 365) de algo por lo cual te sientes agradecido. Y sin pensarlo mucho lo inicié. Ayer subí la foto 155. ¿Qué he descubierto? Que cualquier cosa te puede hacer feliz. ¡Hasta encontrarse 20 centavos! O una tarjeta de una propiedad de Monopolio. ¿Y saben qué más descubrí? Que el agradecimiento es contagioso. Tengo una amiga que ha iniciado su propio proyecto viendo el mío, y en algunas ocasiones me han comentado en las fotos que se sienten agradecidos de que comparta mis agradecimientos (valga la redundancia), y eso hace que ellos también busquen sus propios motivos para agradecer.

Por acá les comparto un vídeo sobre la ciencia detrás de la felicidad, y cómo el agradecer te puede hacer sentir feliz. Esta gente tiene más vídeos muy dinámicos y entretenidos. Valen la pena echarles un ojo.



Volviendo a la idea original del post, Adrián me ha inspirado para hacer mi propia lista. Aunque puede ser muy parecida a la suya (que no le estoy copiando, caramba), y es fácil que lo sea, si haces una lista de cosas cotidianas que te producen felicidad. Aquí y en la "conchinchina" la risa de un bebé te puede hacer feliz.

Así que, damas y caballeros, público presente, a continuación enumeraremos las 100 cosas cotidianas que hacen feliz a esta linda monita:
1. Pedalear. Sobre todo cuando la ciudad está vacía y tienes las calles para ti solita. Y por otro lado, cuando hay un tráfico terrible y uno puede deslizarse entre los carros sobre sus dos ruedas.
2. Hacer ejercicio, sacarse el aire y al final terminar rojo, agotado y contento.
3. El olor del pan caliente, del algodón de azúcar, las galletas recién horneadas, el chocolate, la pizza, el pavo en Navidad, el pan de yuca, el tallarín de albahaca.
4. Probar una gastronomía diferente a la tuya. ¡Y que te guste!
5. Encontrarse dinero en los bolsillos.
6. Encontrar dinero en la calle. Yo que ando en bici me suelo encontrar moneditas :D
7. Cuando te encuentras a alguien en la calle y no la recuerdas, pero después de un rato de pensar y pensar y pensar, logras descifrar quién es.
8. Cuando tienes antojo de comer algo, y lo cumples. Y yo soy una mona muy antojada.
9. Que te den una sorpresa. Ya sea un regalo, una visita, tu postre favorito, una invitación.
10. Alcanzar un objetivo propuesto.
11. Tener ganas de ir al baño, muchas ganas, tener que aguantarse por a o b motivo, y por fin ir. Aaaaahhhhh, qué alivio.
12. Ayudar a alguien.
13. Para las mujeres, llegar a casa y sacarse el sostén. Y los tacos.
14. Hacer el ridículo en público, y en pleno momento de verguenza, morirte de risa.
15. Verse al espejo y decir “¡pero qué guapa que soy!” (Sí, soy una coqueta).
16. Bailar mientras hago las compras en el supermercado. Si sale una canción que me gusta, puedo canturrearla, o danzar en los pasillos al son.
17. La risa de un bebé, de un niño.
18. El olor a tierra mojada (petricor se llama).
19. Comer. Cooomeeeeeer. Me hace muy feliz.
20. Llegar a casa luego de un día agotador, pegarme un buen baño y descansar.
21. El helado. En todas sus manifestaciones, con todos los aderezos. Larga vida al helado.
22. Salir a trotar tempranito, y ver como va amaneciendo conforme voy trotando.
23. Los atardeceres. Ya sean en la ciudad, en la playa, en pleno carretero.
25. Esos fines de semana que no tengo planes y disfruto pasar descansando todo el día, viendo pelis o series.
26. El olor de los libros nuevos.
27. Clownear. Ser payaso voluntario.
28. Cocinar.
29. Preparar bolones. Con su respectivo huevo frito. O un buen tazón de frutas con yogurt. Dependiendo del antojo.
30. Salir de viaje.
31. La playa.
32. Tomar vacaciones.
33. El batido de Milo de mi tía Myriam.
34. Las burbujas, o pompas de jabón.
35. El plástico burbuja.
36. El olor de la flor frangipani plumeria acuminata (¡frangi QUÉ!)
37. Ver una película que me gusta.
38. Volver a ver una película que me gusta mucho. Y si vuelven a correr lágrimas de emoción, mejor.
39. Escuchar una canción que me encante. Y si está de moda y me hace bailar, mejor.
40. Bailar. Bailar toda la noche. En casa, en una fiesta, en plena calle. ¡Bailar!
41. Que me manden besitos o palabras de cariño por celular.
42. Hablar con mi hermano y ver a mis sobrinos.
43. Los zapatos de caucho. Amo andar en zapatos de caucho.
44. Las cosquillas.
45. Los abrazos.
46. Ver a un hombre guapo. Y mejor si te mira de regreso.
47. Una copa de vino.
48. Salir con amigos.
49. Acostarme en una hamaca. Mejor si es en la playa.
50. Andar en moto.
51. El jugo de maracuyá.
52. Acurrucarme al lado de mi madre y que me rasque la espalda y la cabeza.
53. Hacer reír a las personas.
54. Escuchar los Beatles.
55. Los cachorros. Perritos, gatitos.
56. Caminar en la arena.
57. Sumergirme en una buena lectura.
58. Los juegos de mesa. O videojuegos. Jugar en general.
59. Atacarte de risa, hasta quedarte sin aire.
60. Que me mimen, engrían.
61. El caaaanguiiiiiiiiil.
62. El chocolate en todas sus expresiones. Las galletas. Ay, los dulces. El manjar. Bendito Baco.
63. Esos besos sonoros. O inesperados. Que te planten un buen beso en la mejilla.
64. Que me digan "te quiero", "gracias", "ten un buen día", etc.
65. Los arcoiris.
66. Viajar por carretero y disfrutar los maravillosos paisajes.
67. Y si vuelas, ver las nubes.
68. Acostarse sobre el césped.
69. Que llegue el viernes, y el fin de la jornada laboral.
70. Los feriados.
71. Un baño de burbujas, con agua tibia, velas, incienso, y música suave.
72. Un buen masaje.
73. Que me piropeen.
74. La gente educada. Que saluda, se despide, pide perdón, dice gracias, por favor.
75. Andar en Internet. Investigar cosas, leer noticias de interés. Las redes sociales.
76. Encontrarse con alguien a quien no ves en mucho tiempo y ponerse al día.
77. Que algo agradable me haga acuerdo de mi papá.
78. Resolver un problema.
79. Aprender algo nuevo.
80. Conocer nuevas personas.
81. Tener miedo o recelo de algo y vencerlo.
82. Rascarse.
83. Oler un buen perfume. O que alguien te salude, huela rico, y se te impregne el aroma.
84. Recibir un premio, una felicitación, ganarte algo.
85. Las flores, los árboles, animales. La naturaleza en general.
86. Darle un regalo a alguien. Mejor si es una sorpresa.
87. Cargar un bebé. Hacerle mimos.
88. Enamorarse. Esa sensación de cosquillas en la panza. Ver a los ojos a esa persona que quieres.
89. Caminar escuchando música.
90. Que me lleven la comida a la cama.
91. Que alguien te pida consejo, y poder ayudarle con su problema.
92. Acurrucarse en los brazos de alguien que quieres.
93. Que alguien te dé una buena noticia.
94. Estar cochino, cochino, y pegarse un buen baño. Salir fresquito de la ducha.
95. Despertarte un fin de semana y retozar en la cama un rato, porque no hay necesidad de levantarse todavía.
96. Sonreírle a alguien y contagiarle la sonrisa.
97. Que te den yapa en algo de comer o tomar.
98. Estar en un carro con tus amigos, que suene una canción y todos ponerse a cantar.
99. Que un pana tuyo se caiga o golpee. Esas pequeñas desgracias ajenas que te hacen partir de la risa.
100. Hacer una broma a alguien, que te cuenten un chiste.

Plus 1: Toparme con otro ciclista urbano.