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jueves, abril 13, 2023

El lengüetazo.

Hoy me pasó algo bonito mientras meditaba. Hace 15 años mi papá murió en Ayampe, en la playa en la que estoy en este momento escribiendo esto. Me vine desde el domingo a la playa y cada día he estado meditando. Sé que debería meditar todos los días pero por dejadez no lo he estado haciendo. Sin embargo acá en este ambiente salino y con las olas del mar de fondo es mucho más rico. El mantra de cada día ha surgido mientras estoy meditando. No es que ya lo leí antes o lo pensé. Sale mientras estoy en plena meditación. 

El día de hoy estaba sentada en el lugar "exacto" donde sacaron su cuerpo del mar, entre comillas porque la memoria es buena para protegerte y en verdad no recuerdo con exactitud el lugar pero sí otros pequeños detalles, como mis zapatillas hundiéndose en la arena mientras corría o su pie que sobresalía de la sábana con la que lo tenían tapado y la tobillera que le arranqué y guardé un buen tiempo. Y mientras me encontraba en plena meditación de repente sentí unos pasos cerca mío, pasitos atolondrados y apurados. Al instante sentí un lengüetazo en la cara y unos pelos que me empezaron a saludar. Automáticamente abrí los ojos y vi un hermoso perro blanco saludándome, disfrutando de la playa, contento de verme y de que esté ahí. No sé si habrá sido papá, como diciendo: "¡Qué alegría verte aquí!". Estaba con otro perro más tranquilo, como diciendo: "Eehhh... Aquí está bien la cosa, saluda nomás. Hola, ¿Qué tal?" 

Ese perro me llenó de arena, de alegría. Y ese perro me inspiró el mantra del día de hoy y fue el mantra que subí a TikTok"Recibo y agradezco lo que el universo tiene para mí"

Fue la interrupción más hermosa que he tenido en una meditación.


La única foto que pude tomarles. El blanco fue el saludón.

Postdata: Al día siguiente, en otra playa, me saludó otro perro. Bello.

miércoles, agosto 12, 2015

Chimborazo - Quilotoa.

Ese es el nombre del grupo de Whatsapp que creé hace unos días. Inició con una foto del Quilotoa, y terminó con una del póster de la película "Viven" (luego entenderán el porqué). Un grupo de amigos con espíritu viajero que aunque no se conocían entre todos ellos, sabía iban a llevarse bien. La cita iniciaba el sábado a las 06:15. Un tour iba a llevarnos a conocer el Chimborazo, y por nuestra cuenta íbamos a conocer el Quilotoa.

Imaginen 8 monos divididos en:
- 4 payasas
- hermano menor de 1 payasa
- amigo de 1 payasa
- pareja de esposos, amigos de 1 payasa

La fórmula para la diversión. Marca ACME (lo leyeron con el tono de voz, admítanlo).

En la van luego de una película de acción y un karaoke con música de los 70's empezamos a sentir el frío de la sierra. Llegamos al majestuoso volcán. ¿Recuerdan que mencioné 8 monos? Bueno, 8 monos acostumbrados a estar 0 metros sobre el nivel del mar, 4800 mts. de altura es algo que agarra, y fuerte. Aquí esta pobre mona, forrada cual terrorista, llegó al 1er refugio y ahí se quedó. Mi corazoncito no pudo con la altura y la presión. Mientras otros turistas saltaban como si estuvieran en un prado lleno de flores (cual Heidi), yo estaba sufriendo un terrible dolor de cabeza. Por lo visto, no soy una mona de altura.

Pero bueno, muy a pesar de las molestias, aquel espectáculo es majestuoso. Algunos sí llegaron al 2do refugio, pero no vieron nieve. Asumo que yendo con más tiempo, un par de días antes para aclimatarse, pude haber subido más. Aunque para serles sincera, esta mona aquí presente es más de climas cálidos, frescos. No soy muy amiga del frío. Peor extremo. Forrarse de pies a cabeza y que no se me vean más que los ojitos no va conmigo.

Salimos del Chimborazo rumbo a Riobamba, a almorzar un suculento caldo de gallina levanta muertos. Ahí nos despedimos del tour porque nuestro próximo destino era Latacunga. Llegamos a un lindo y rústico hostel, nos acomodamos, y uno de nosotros descubrió una pizzería espectacular a la vuelta. Fue el cierre perfecto. A dormir.

Domingo nos despertó llenos de emoción. Nos esperaba el Quilotoa. Desayunamos y partimos para Zumbahua, una pequeña parroquia a 30 minutos del volcán. Desde ahí tomas una camioneta y empiezas a ascender. En el camino vimos una caravana de personas caminando en dirección opuesta, y el chofer nos comentó que estaban yendo a una boda que estaba celebrándose en Zumbahua. Entre las personas estaba la banda, poniéndole ritmo a la caminata. Fue algo bastante alegórico de ver. Llegamos al Quilotoa. Como el hambre estaba intensa, decidimos primero buscar algo de comer. A fin de cuentas la laguna no va a secarse, ¿verdad? No. Pero sí podía nublarse *inserte aquí carita triste* Resultó que terminamos de comer y se extendió una neblina tal que no podías ver nada. Absolutamente nada.


Nuestro objetivo fue truncado. Mi deseo. Organicé el viaje justamente porque uno de mis sueños era conocer el Quilotoa. Desde la primera vez que vi una foto en un folleto turístico.

¿Y entonces? Por suerte el lunes era feriado. Así que, un viaje de 2 días terminó convirtiéndose en 3. Quedémonos un día más, y vayamos a primera hora. ¡Perfecto! Y, esperen, ¿no había boda en el pueblo?

¡Qué vivan los novios!



Terminamos zapateando en una fiesta de pueblo, con dos bandas en vivo. Cabe confesarles que jamás vimos a los novios. Pero no importa.

¡Qué vivan los novios!


¡Cuánta energía tenían! Acá nosotros zapateábamos, o sino "vueltita, vueltita, vueltita", y nos agarraba la altura, jajajaja. Teníamos que respirar tantito, y seguir. Entre todos parecían conocerse, porque bailaban en grupo, abrazándose, tomando cerveza. Los cantantes pasaban lista de los presentes: "¿Dónde está la familia Pilataxi? ¿Y los Guapulema? ¿Cuál es la familia más divertida?". Y los presentes alzaban los brazos en plena algarabía. Y cuando decía: "¿Dónde están los turistas?" ahí saltábamos nosotros. Así la fiesta nos duró hasta las 11 de la noche.

Lunes. Volvimos a despertar emocionados, y el clima estaba de nuestro lado. Un cielo completamente despejado. Nos alistamos y partimos para el Quilotoa. Y quedarnos valió la pena.



En mi foto del proyecto 365grateful traté de describir lo que sentí cuando me paré al pie del cráter y divisé aquella majestuosidad. Pero esas palabras no son suficiente. Por un momento, todo encajó. Todo estaba donde tenía que estar. Yo debía estar ahí, en ese momento, en ese lugar. Todo tuvo sentido. Es una especie de shock emocional. Ver algo tan, tan grande, y hermoso. Sentirse tan chiquito y a la vez tan importante. Sentirse todo, sentirse nada. Son aquellos momentos de una hermosura sublime, que no pueden describirse así nomas. No soy religiosa (me considero agnóstica), no sé si exista un dios, o un ser superior, pero en ese momento, sentí que todo y todos estábamos conectados. A lo mejor sí existe, y creó aquella hermosura. O simplemente era mi cerebro segregando una sobredosis de dopamina. Sea lo que sea. Ese momento fue perfecto.



Luego que todos tuviésemos nuestro momento de quedar absortos, y tomarnos fotos, empezamos a caminar por un sendero que nos iba a llevar a un mirador. ¿Y qué podía hacer mejor ese momento? Encontrarse con un cicloviajero, acampando ahí, tocando la guitarra y cantando bossa nova.



Dios, ¿existes?

Era demasiado.

La música nos llevó a sentarnos con él y conversar. Se llama André Fatini Guga, y lleva 2 años viajando en bicicleta, desde Alaska. ¿Se imaginan cuántas historias tiene para contar? El universo simplemente estaba conspirando, ahí, en ese lugar. Luego de una ligera conversación, y un par de canciones, nos despedimos, le deseamos buen viaje, y seguimos caminando. Llegamos al mirador, las respectivas fotos, y luego de tanta belleza y sueños, partimos de regreso al hotel.

Fue un hermoso viaje. El grupo se acopló a la perfección. Todos nos divertimos. A pesar de ciertos percances, la pasamos increíble. Una famosa frase de John Lennon se repetía constantemente en mi cabeza: "Life is what happens to you while you're busy making others plans" (proveniente de la canción Beautiful boy). Y es justamente eso. La vida pasa de largo, hagas lo que hagas. Y al final de tus días, ¿qué pregunta vas a hacerte? "¿Por qué no lo hice?" O vas a decir: "¡Lo hice!"

Y así llenamos nuestro pequeño baúl de recuerdos con una nueva aventura. Para recordar, contar, compartir. Conversaciones a las 4 de la mañana, tortura en forma de película de terror, zapateo en fiesta de pueblo, combatir el frío con un té al pie de una chimenea, bosque de pinos, encuentros brasileros inesperados, bossa, y naturaleza. Es hermoso sentir que uno pertenece a un todo.

lunes, junio 15, 2015

Voluntariado en el oriente ecuatoriano.

Este fin de semana mi espíriru aventurero se embarcó en un nuevo viaje. Junto a mi puerquita favorita (Babe no es nada comparado a Noemí), nos trepamos en un bus rumbo al Puyo. ¿Y qué fueron a hacer una mona y una puerca en el oriente ecuatoriano? Trabajo voluntario.

Todo comenzó algunas semanas atrás, gracias a Facebook encontré una fundación que ofrece la oportunidad de realizar trabajo voluntario y conocer las distintas regiones del Ecuador. Originalmente estaba destinado a personas extranjeras, podían venir por periodos de varias semanas a trabajar junto a alguna comunidad de la costa, sierra, oriente o región insular, y a cambio recibían hospedaje y alimentación. Además de poder convivir con dicha comunidad y conocer sus costumbres. Sin embargo ahora también nos dan la misma oportunidad a los nacionales.

Sin alargar mucho la historia, el jueves de noche nos estábamos embarcando en un bus con destino al Puyo, donde nos iba a esperar un representante de la comunidad para llevarnos a su casa. En total éramos un grupo de 8 personas: 3 guayacos, 3 quiteños, y 2 alemanes. Sin conocernos previamente, vivimos 3 días como miembros de una misma familia. Nuestro objetivo: terminar de construir una torre de agua lluvia, para la implementación de unas duchas.

Telmo y Elsa nos abrieron las puertas de su casa. Una pareja de esposos muy sencilla, y con mucho para ofrecer. Junto a sus 11 hijos (sí, leyeron bien, 11. Eran 14, pero han fallecido 3), nos introdujeron en sus ritos, costumbres, comida. Primero Telmo nos dio una bienvenida e introducción al proyecto. Luego Elsa nos dio a probar agua de guayusa, una planta que posee muchísimos beneficios para el organismo. Y después nos pintó a cada uno el rostro, con achiote, como hacen ellos. Para terminar la bienvenida, nos dieron a probar agua de tabaco, lo cual fue una experiencia aturdidora, al inicio. Es una mezcla de vigor, mareo, amplitud mental, y energía. Puede ser un poco difícil explicarlo en palabras. Recibes un poco de agua de tabaco en la mano, y la aspiras de a poco. Primero sientes una especie de golpe en la cabeza, el cual se convierte en un cosquilleo. Yo lo sentía hasta atrás de las orejas, como pequeñas agujas. Sentí un ligero mareo y se vino una oleada de vigor, y empecé a pensar con claridad. No, no tenía nada alucinógeno. Es simplemente como un despertar, estar conciente de lo que te rodea. Todos sentimos casi lo mismo, pero cada uno a su propia manera. A unos "les pegó" más, a otros menos.

Ese día terminamos de instalarnos en la cabaña, y ayudamos a preparar la comida. Otra nueva experiencia por descubrir. Cocinar al aire libre y con leña. 3 troncos forman el círculo donde se pone la olla, encima de ramas que abrasan y al calor del fuego la comida toma un sabor particular. Sin energía eléctrica, los alimentos son frescos, vegetales y granos en su mayoría. Yuca, papa, zanahoria, orito verde, arroz, pescado, huevos, entre otros, fueron los ingredientes del menú de aquellos días. Cultivan algunas cosas, el resto lo consiguen en el Puyo.

Olvídense de las comodidades de la ciudad. Algunos ni siquiera tenían señal celular. ¿Se te descargó algo? La casa con energía eléctrica más cercana se encontraba a 10 minutos caminando. ¿Baño? Claro, la letrina al lado de la cabaña. ¿Ducha? Las estamos construyendo. A bañarse al río, muchachos. ¿Antojo de algo de picar, un chocolate, una cerveza heladita? La tienda está al lado de la casa con energía eléctrica. Aquí uno se despoja de muchas cosas que son tan comunes en nuestro día a día. Y por el contrario, necesita otras. Repelente para mosquitos, toldo para la cama, botas de caucho para agua, poncho o impermeable. El lodo, los bichos, sonidos de la naturaleza que jamás escucharás en la ciudad. Muchas cosas nuevas para una persona que está acostumbrada a la jungla de concreto. Por suerte para esta mona que ya se ha lanzado antes a este tipo de aventuras de supervivencia, no se le hizo mayor problema.

Telmo nos hizo un recorrido por el jardín botánico Yuku Runa, enseñándonos diversidad de plantas y sus distintos usos. Desde las ornamentales, curativas, para cocinar, y las venenosas. Descubrí que hay una hoja de ajo, una que sabe a limón y te puede ayudar en casos de sed, las que utilizan para envenenar las puntas de las lanzas para cazar, y la famosa ortiga. Y adivinen quién se dejó "ortigar". Pero en la muñeca nomás, y despacito. Para conocer la sensación. No quisiera tener que vivir esa experiencia.

En la noche, luego de la cena, seguimos conversando y conociendo más de su cultura y costumbres. Nos dieron a probar un poco de guanchaca, y decidimos avanzar al pueblo, pues nuestros gadgets tenían sed de energía (y un par de cerveza). Llegamos a la casa de Rodas (el padre de Telmo) quien nos abrió también sus puertas y nos comentó que al día siguiente iban a tener una feria y estaban preparando tremendos baldes de tilapia, recién pescada. Les ayudamos a recoger agua, los niños estaban jugando rondas, y los jóvenes un buen partido de fútbol, en el que nos integramos. Yo, sentada en las gradas, disfrutaba un espectáculo internacional. Indígenas, serranos, costeños, y alemanes, todos jugando. Ni siquiera hablaban el mismo idioma, no lo necesitaban. Luego de algunos goles, y derrotas, se refrescaron con un par de heladas y retornamos a la cabaña. Era hora de descansar, al día siguiente nos tocaba trabajar.

Los rayos de sol atravesando la ventana nos despertó. Luego bañarme en el río (me sentí como la de la Laguna Azul, pero con pelo corto, libras de más, y traje de baño), Elsa nos preparó el desayuno. Ayudamos entre todos, y comidos, empezó la jornada. Unos cargaban troncos, otros recolectaban piedras, otros hacían los huecos para las bases, y así fuimos armando la torre. El clima fue favorable ya que nos permitió trabajar sin exceso de sol ni lluvia. Un pequeño receso a media mañana, el almuerzo al mediodía, y a seguir trabajando por la tarde, hasta que la terminamos. Estábamos orgullosos del trabajo realizado.

Cayó la noche, y luego de cenar, alzamos la mirada al cielo y vimos un espectáculo hermoso: el cielo completamente estrellado. No recuerdo la última vez que habré visto un cielo así, repleto de estrellas. Fue mágico. Todos terminamos en el centro del espacio, con los sleepings abiertos, acostados, viendo las estrellas. Para rematar, pudimos observar algunas fugaces. La emoción nos embargaba. Oscuridad total, los ruidos de la noche, y las estrellas. En ese momento, no necesitaba más. Fue de esos momentos perfectos, en donde sólo te queda sonreír y agradecer lo que estás viviendo, sintiendo. De repente uno de nosotros empezó a cantar, y todos seguimos el juego. Terminamos haciendo un karaoke improvisado con un repertorio de canciones inigualable. Hasta Vania, la alemana, nos cantó un par en francés.

Para finalizar la noche, Telmo nos relató una historia de sus ancestros, sobre el sol, la luna, y las estrellas. Lamentablemente, debo confesar, que tenía mucho sueño y frío, y no la pude escuchar bien. Pero recuerdo que hablaba sobre que el sol y la luna eran hermanos, y se pelearon por una mujer. Fueron separados, pero de alguna manera están juntos. Y fue así que el cansancio, el momento, el tabaco, las estrellas, y las canciones, me llevaron a un sueño profundo. Sé que mis compañeros se quedaron conversando. Yo caí en brazos de Morfeo.

Domingo amaneció con neblina. El sol se colaba a través de las ramas, y con el leve rocío de la mañana, creaba un paisaje típico de película. Desde la cabaña vi a Elsa avivar el fuego de la leña, y me pregunté si era feliz. Me puse en su lugar. Con 42 años tiene 14 hijos, no tiene luz, refri, televisión, internet. Cocina a leña, hace artesanías, recibe extranjeros en su casa. Tiene 2 perros y un par de loros. Camina descalza. Luego me surgió la pregunta, no sólo si era feliz, sino si estaba satisfecha con su vida. Y saben qué, creo que sí. A lo mejor y somos nosotros los que necesitamos más, para ser felices. Y creemos que necesitamos más porque así nos lo ha impuesto el sistema. Que mientras más tengamos, más felices seremos. Más dichosos, satisfechos, plenos. Telmo y Elsa no necesitan más. Y lo poco que tienen, lo brindan sin reparo. ¿Lo poco? ¡Ja! Tienen mucho, muchísimo para dar. Como bien dice un diálogo de una de mis pelis favoritas: "Las posesiones nos terminan poseyendo".

Luego de esa mañana filosófica, desayunamos, avanzamos al pueblo para cruzar el río Pastaza en una tarabita, y tocó emprender el regreso. Luego de abrazos, agradecimientos, y despedidas, nos embarcamos en uno de los 3 buses que nos tocó tomar, y a la medianoche Noe y yo pisamos nuevamente nuestra hermosa ciudad. Cansadas pero contentas. Una espectacular aventura.

Mi espíritu viajero me reclamaba que le faltaba conocer el oriente, su propio oriente. Pienso que antes de lanzarme a conocer el mundo, primero quiero conocer de dónde vengo, mi tierra. Sé que todavía me falta conocer ciertos lugares de mi hermoso país. Pero por ahora estoy contenta de poder decir que conozco las 4 regiones del Ecuador. Ahora sí, que se venga el mundo.


Gusanitos. ¿Me los comí o no? Busquen más abajo.


Tortillas hechas de orito verde, refrito, y queso.


4 hijos de Telmo y Elsa, viendo fotos en un iPad.

Amaru, el más pequeño de los 14 hijos.





Foto sacada del FB de la fundación. Pero no les exagero si les digo que ASÍ se veía esa noche.



¡Sí! ¡Me lo comí!

lunes, febrero 02, 2015

Ni rápidos ni furiosos. De Santa Elena a Machalilla, en bici.

Creo que este viaje inició hace mucho tiempo atrás. Por azares de la vida me topé con un artículo de una mujer que contaba su experiencia de viajar en bici. Y me pareció una experiencia espectacular. ¿Me atreveré a hacerlo? ¿A dónde iría? No había mayor cosa que pensar. Sí, claro que lo haría. Y el destino: la playa.

Sin embargo los meses pasaron y eso quedó ahí, guardadito. Un buen tiempo hasta me olvidé del asunto. Pero cuando una pasión late, por más que uno se ocupe en otras cosas, ella no se deja olvidar.
Todo se organizó en cuestión de un par de semanas. Llevaba buen tiempo sin tomar vacaciones. Me asesoré con unos panas que ya habían viajado, pedí vacaciones en el trabajo, conseguí "pata" y así, un viernes a la salida del trabajo pedaleé hasta el Terminal para subirme a un bus que me llevase a Santa Elena.

La travesía se iba a dividir en 3 días:
1ero - Santa Elena a Olón.
2do - Olón a Ayampe.
3ero - Ayampe a Machalilla.

En mi interior tenía un objetivo "emocional". Quería llegar en bici a la playa donde falleció mi padre, justo en su aniversario. Sé que ese loco me hubiese apoyado al 100%, y de ser posible, pedaleaba conmigo. Y todo se confabuló de tal manera que salió perfecto. El bus a Santa Elena ni siquiera nos cobró recargo por las bicis (para que se enteren, en la mismísima Ley de Tránsito hay un artículo -204 literal e- donde dice que tenemos derecho a transportar nuestras bicis en los transportes públicos sin valor adicional). Llegamos y buscamos hospedaje. Siguiente objetivo: ¡comida! No con afán de sacarles pica (las fotos más adelante sí lo son) pero con apenas $5 comimos como dioses peninsulares. Un buen plato de arroz con menestra y chuleta, y otro igualito pero con pescado al horno. "Madrina, póngase un poquito más de menestra, que está buena". César y yo quedamos satisfechos. De ahí, a descansar. Tocaba madrugar al día siguiente.

Sábado, día 1.
Luego de un desayuno frugal, ya equipados, empezamos a pedalear. Nuestro fiel compañero de viaje fue el Endomondo. Primera foto oficial, en el letrero que dice "Ruta del Spondylus" y una flechita hacia la derecha. Aquella carretera tantas veces transitada, era la primera vez que lo hacía en bicicleta. Pasas Capaes, un par más de urbanizaciones y ves el mar. Aquella imagen alborota tu corazón y con una sonrisa en el rostro sigues pedaleando.

Una que otra lomita, pocos carros, un camino sin mayor problema. Parábamos en puntos estratégicos para las respectivas fotos: "Bienvenidos a San Pablo", "Bienvenidos a...". Cada letrero de "Bienvenidos" era un motivo de alegría. Era un, ¡llegamos, sigamos! Nos cruzábamos con otros colegas ciclistas, pero aquellos eran los verdaderos. Acá uno todo equipado, con tanto tereque y vaina encima, y ellos de lo más sencillo. Short, zapatillas, y camiseta. Nos sentimos unos adefesiosos. ¿Alforjas? ¡Qué es eso! Ellos habían instalado par de baldes en la parte de atrás y allí llevaban los pescados.

El sol estuvo clemente y no salió hasta la media mañana, cuando ya llevábamos más de la mitad del recorrido. Un guineo por aquí, agua por acá, y de repente, "Bienvenidos a Manglaralto". Nuestro destino oficial era Olón, pero recordaba que ahí empezaban las "lomitas", así que decidimos quedarnos. Sin embargo, luego de un pequeño recorrido vimos que Manglaralto estaba un poco "muerto", así que avanzamos a la siguiente playa. Montañita. La cual no estaba NADA muerta. Demasiada gente para mi gusto.

Pero no importaba, habíamos llegado. El primer día se sorteó sin ningún contratiempo. Siguiente objetivo: COMIDA. Porque luego de casi 58 kilómetros uno tiene hambre. Nos ubicamos en un restaurante y a comer se ha dicho. Encocado mixto por un lado, spaghetti de camarones por el otro. ¡Buen provecho! Luego de calmar a la leona, buscamos hospedaje y descansamos. La famosa vida nocturna de Montañita se quedó afuera. Luego de ver el ocaso y dar un par de vueltas, decidimos reponer energías. No sin antes abrir un par de latas de atún y unos paquetes de galletas, que sirvieron como cena.

Domingo, día 2. 
Despertamos cuando todavía hay borrachos que no encuentran su hotel, decidiendo quedarse dormidos en el carro, o en alguna vereda. Montañita muta dependiendo la hora. Por la mañana y parte de la tarde en su calle principal te encuentras decenas de carretillas con diversas variedades de cebiches quita chuchaquis, levanta muertos, 220 voltios, etc (por la noche salen las carretillas de cocteles, hamburguesas y comidas rápidas). En nuestro caso, un buen batido y una tostada fueron el desayuno perfecto. Endomondo prendido, a pedalear se ha dicho.

Este día iban a ser menos kilómetros, pero más difíciles, porque pasando cierto punto empieza una zona llamada "los 5 cerros". Pura subida (inserte aquí carita llorando del Whatsapp) nos iba a tocar pedalear. Pero esperen, esperen, me estoy pasando algo importante. Antes de aquella tragedia, pasas un pueblo llamado La Entrada, donde se encuentran los famosos "Dulces de Benito". Un pequeño local donde hay maravillosos cheesecakes y pasteles de los ingredientes más variados. Esa era parada obligatoria. ¿Qué comimos? Uno de Nutella y pistacho.

Ahora sí, volvamos al drama. Pasando La Entrada, con tremenda carga de azúcar en nuestro sistema, empezaron las lomas. Baja plato, sube piñón, baja plato, sube piñón (ponle ritmo de reggaeton), hasta que llegamos a un punto que nos ganó la loma, y al no poder bajar más plato, nos bajamos nosotros. Caminando empujando la bici, fuimos recuperando aire, para volvernos a subir.

César me maldecía cada loma que vencíamos, porque veíamos más adelante y encontrábamos otra más. No sabíamos en qué momento íbamos a terminar ese suplicio. Llegamos a un punto en donde pudimos divisar todo lo que habíamos subido, al ver el mar abajo, muy abajo. Habíamos ascendido suficientes metros para sentir nuestro corazón agitado. Pero de repente, sin previo aviso, se acabaron las lomas. Bueno, casi. Al menos las más empinadas. ¿Y lo bueno de las subidas? ¡Las bajadas! Ahí César soltaba el freno y bajaba embalado. Yo, como buena maricona, iba frenando cada tanto, porque no quería tomar mucha velocidad.

Empezamos a descender y luego de una curva, el letrero que tanto ansiaba ver: "Bienvenidos a Ayampe". No puedo negar la sonrisa esbozada en mis labios, y una que otra lágrima se acomodó en el rabillo de mis ojos. Frenamos para la respectiva foto, avanzamos hasta la playa, y paramos el Endomondo.

Gratitud era el sentimiento que me embargaba. Había llegado. Pedaleando llegué hasta tu playa, papá. Locura cumplida.

Ya se imaginan cuál era nuestro siguiente objetivo: ¡COMIDA! Y, sin querer quitarle importancia a la comida de mi querido Guayas, Manabí se gana mi estómago. Mi corazón. Mi estómago. Ay, la comida manabita me gana. Larga vida al verde, los mariscos, el maní. Ubicamos las bicis en un pequeño restaurante, con mesas llenas, y nos acomodamos con unos extranjeros. "¡Jefe, dos platos de bolón con huevo frito y café".

Oh, gloriosa comida manaba...

Frente a mí se encontraba un señor que bordeaba los 60 años, con un largo cabello canoso, ondulado, que ataba en una cola de caballo, claros ojos azules, descamisado, disfrutando una taza de café. A mi derecha había una joven pareja, con un vaso de jugo al frente de cada uno de ellos. Sin darnos cuenta, nos incluimos en la conversación:

Ella: This juice is kind of exotic to me. It's a tree tomato. 
-Él estaba dudando en probarlo-

Ella trataba de explicar, en inglés, el sabor del jugo de tomate de árbol. Aquí, una guayaca criada en casa donde el almuerzo casi siempre iba acompañado de un jugo natural, pudo opinar con más detalle al respecto. El señor frente a mí estaba interesado también, aunque creía que estábamos hablando del tomate. Le explicamos que no es lo mismo, que hay una fruta llamada tomate de árbol. Y que es un jugo clásico de la costa ecuatoriana. Como César dijo que no le gustaba, el señor tampoco era muy amante de su sabor, y el dudoso no quiso probarlo, la chica me lo ofreció. ¡Jugo gratis! Estaba delicioso. En esa mesa se hablaban 5 idiomas, y por más que tratamos, no pudimos explicar en nuestro inglés sencillo el sabor del tomate de árbol.

Así fue como terminamos conversando con una pareja de suizos, ella llevaba 5 meses en Ecuador, gracias a un voluntariado, él recién había llegado hace 2 meses, para acompañarla. El señor, con él nos quedamos conversando de largo. En una mezcla de inglés, español, francés, e italiano. Sin darse cuenta, Mark (luego de casi 1 hora hablando le preguntamos su nombre) cambiaba de idioma, y cada vez que le hacíamos caer en cuenta, se atacaba de risa. Debido a una dolencia, huía del frío, y decidió vivir un verano eterno. Oriundo de Canadá, donde la temperatura puede llegar a menos 40º, disfrutaba nuestras playas.

Así nos recibió Ayampe. Una playa extensa, con un pueblo pequeño y tranquilo. Amigables, saludan al pasar a tu lado, y siempre dispuestos a ayudarte. Buscamos hospedaje y luego de descansar un poco, decidimos dar una vuelta por la playa. En bici. De punta a punta son algunos kilómetros.
La noche en Ayampe se prende de a poquito. Hay ciertos lugares donde te brindan comida variada, algunos cocteles, a veces hay música en vivo, pero mucho más tranquilo. No se compara con el bullicio de Montañita, por ejemplo. Caminamos un poco y volvimos a la hostal. Abrimos otro par de latas de atún con galletas, y a descansar.

Lunes, día 3. 
Luego de un par de bichos que no me dejaron dormir muy bien, despertamos para iniciar nuestro tercer y último día. Un guineo, galletas y mermelada fueron el desayuno. Acomoda todo en las alforjas, Endomondo, y nos fuimos. César me tenía amenazada con que si veía una loma más, paraba y se regresaba en el primer bus que cruzara. Tranquilidad, no lo hizo. Porque aparecieron un par más de lomas. Pero nada comparables con las del día anterior. Pasamos Salango, Puerto López, Agua Blanca y luego de una linda lomita, Los Frailes. Nuevamente, habíamos llegado.

A lo mejor y pueda sonar cansón ese "hemos llegado", pero para mí cada uno de ellos era un objetivo cumplido. Emprender este viaje era algo nuevo, y aun sabiendo que tengo la resistencia y un buen estado físico, era una experiencia que nunca había realizado. Llevo buen tiempo dedicada solo al ciclismo urbano, la montaña y las largas distancias quedaron atrás hace tiempo. Es por ello que cada letrero de "Bienvenidos" era una pequeña meta cumplida. Un micro orgullo. Pero llegar a Los Frailes, a Machalilla, fue ya el destino final. La mona lo consiguió. Se propuso llegar a Machalilla en bici por toda la ruta del Spondylus, y lo logró. Es simplemente una satisfacción. Un logro personal.

Llegar a Machalilla, a las pequeñas habitaciones de Clarita, una señora que no me veía hace años, y que me recuerde, es algo hermoso. He ido 3 veces, con esta ya serían 4, y siempre me quedo donde ella. No pidas mucho, dos camas, toldos, sin ventilador, pero la vista, espectacular. Tiene los cuartos al pie del mar. Donde la brisa te embriaga.

Machalilla es un pueblo de paso, entre Puerto Cayo y Puerto López. Lo único atractivo entre ambos puntos es Los Frailes, una playa dentro de la reserva ecológica. Un pequeño paraíso refundido, donde solo escuchas las olas romper en la orilla.

Luego de 3 días de pedaleo, nos quedamos ahí, descansando. Un suculento pescado apanado con arroz y patacones fue nuestro almuerzo. Al día siguiente un delicioso bolón (con queso manabita, obvio) con tortilla de camarones y café nos cayó cual yunque en el estómago. No pidas acción en Machalilla. Es una playa extensa, hermosa, llena de barcos pesqueros, que le dan un atractivo de puerto. Para postal. Pero de ahí, sumamente tranquilo.

Así termina nuestra aventura pedalera. El último día nos embarcamos en un bus que nos llevó de regreso a Guayaquil. Este sí nos cobró por las bicis, pero de los $2 por cada una, le rebajé a $1. Gran cosa, sí, no quería sacarle la ley de tránsito al cobrador, jajajaja. Fuimos casi al fondo del bus, y en casi todo el trayecto tuvimos "música en vivo". Un grupo de universitarios que se pasaron cantando todas las canciones habidas y por haber de su equipo de fútbol. Nunca pensé que habrían tantas, pero en serio, tantas canciones para una hinchada.

Llegamos a Guayaquil, y cada uno partió a su casa. Llega un momento en que las piernas simplemente siguen dándole vuelta al pedal. Todavía no lo podía creer. Hicimos poco más de 150 kilómetros, y aunque algunos hacen eso en solo un día, no me importa. Como dice el título de este post: ni rápidos ni furiosos (aportación de César). Fue una experiencia formidable. El avanzar con tus propias piernas, llegar a un destino con el bombeo de tu corazón. Trato de encontrar las palabras precisas pero no puedo. Es simplemente grandioso. Una vía que recorres de manera automática, a veces a más de 100kms por hora, hacerlo a un promedio de 20kms, te hace disfrutar mucho más el paisaje, los detalles.

¿Lo repetiría? Sí. Pero ya no quiero más lomas, jajajajajaja. ¿Recomendaría a alguien que lo haga? Definitivamente. Si te gusta andar en bici, viajar, y tienes espíritu aventurero, es una gran oportunidad de vivir algo nuevo. Hay cicloviajeros que llevan meses, años, recorriendo continentes. Que simplemente agarraron sus cosas, las treparon a su bici y se fueron. Qué recomiendo: planificar una ruta previa. No tiene que cumplirse a rajatabla, pero al menos tener una idea de a dónde vas a ir. Parar cuando estés cansado, comer cuando tengas hambre, hidratarte. Los guineos son lo máximo. El atún siempre te va a salvar. Lleva un par de tubos de repuesto. En nuestro caso, nunca pinchamos. Tanto así que llegué a casa, y al día siguiente, la llanta amaneció desinflada. Fue un goce eso para mí. Puedes ir solo, o acompañado. Si vas con alguien, que sea de plena confianza, porque van a pasar juntos todo el tiempo. Deben conocerse lo suficiente, compartir gustos, apoyarse, pedalear al mismo tiempo, que no te apure, ni te atrase. Que te aguante, más claro. Fotos, toma fotos. Todas las que quieras. Si te gusta escribir, lleva algo para hacerlo. Conoce a la gente, conversa con aquellos a quienes te topas en cada destino.

En resumen, vive la experiencia. Vale la pena.


















lunes, julio 29, 2013

Odisea Tababela.

Desde que se inauguró el nuevo aeropuerto de Quito, en Tababela, sólo he leído puras críticas, en su mayoría negativas. Que está muy lejos, que no hay asientos, que los atrasos, que esto, lo otro, y lo de más acá. Yo sabía que en algún momento, ya sea por trabajo o por placer, tendría que viajar a la capital, y me tocaría descubrir si tanta quejadera era verdad. Y este fin de semana que pasó, lo comprobé. Atravesé un periplo digno de ser publicado. Así que vamos a darle movimiento a este blog *sacando el polvo de los muebles* y contarles la odisea que atravesé.

Todo empezó desde el viaje de ida. Tababela no entraba en mi vida todavía. El vuelo que debía salir a las 6y10pm terminó saliendo pasada las 7pm. Esta mona, experta en dormirse en medios de transporte que no está manejando, pensaba pegarse una pequeña siestecita en el avión. Hasta que conoció a su compañero de vuelo. Un hermoso nene de año y medio con temor a las turbulencias. Y creo que ya se imaginan lo que ocurrió en nuestro vuelo, ¿verdad? Exactamente. Turbulencia.

El pobre nene lloraba, asustado, y por más que la madre intentara calmarlo, el muchacho no cesaba de gimotear. En ese momento supe que no iba a dormir "es nada" y me dediqué a entretener al pelado para que no sufriera tanto.

-Inicio del consejo parental-
Madres, padres, tutores, responsables de criaturas: hagan el favor de tener el juguete favorito del nene en estos casos. Si el niño está asustado, tiene que quitarle de la mente la angustia. ¿Cómo? Jugando.
-Fin del consejo parental-

Luego de 45 minutos de "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee", llegamos a Tababela. Agarra bus, llega a Quito. Nada del otro mundo.

Ahora sí viene lo bueno. Domingo, hora de retornar a Guayaquil. Durante todo el finde escuché un viento digno de película de terror. Sonaban las ventanas, los techos de zinc, las ramas de los árboles se batían con desenfreno. Ya mismo aparecía el asesino, con cuchillo en mano, y tenía que salir corriendo por mi vida. Claro, para que me alcance a las 2 cuadras porque me iba a dar soroche y hasta ahí llegaba la mona.

Mi vuelo salía a las 6pm. Entonces a las 3 me dirigí al antiguo aeropuerto a agarrar el bus. Camino a Tababela, entre que me dormía y me despertaba, llegó un momento en que nos detuvimos. Y lo que vi, fue esto:

Un colómetro de carros digno de resignación. El conductor se comunicó con la central, y le indicaron que hubo un derrumbe en el puente sobre el río del Chiche, y todos esos carros estaban atascados. ¿Y ahora? Pues a dar la vuelta y buscar otra ruta. ¿Y los vuelos? No se preocupen, todos estaban atrasados.

Fue ahí cuando la agonía empezó... ¡chan, chan!

La vuelta que tuvimos que dar, nos hizo llegar casi 1 hora tarde al aeropuerto. Entré rápido a la sala de pre embarque para toparme con un gajo de gente. Estaba repleto. Me acerqué a un trabajador de la aerolínea y me notificó que no me preocupara, que mi vuelo ni siquiera lo abrían.

Ni-siquiera-lo-abrían.

En ese momento pensé en Tom Hanks. Vi la pantalla con la info de los vuelos y casi todos tenían esa dichosa palabra en letras rojas: Demorado.

"Bueno", pensé, "toca sentarse y esperar. No perdí el vuelo. Eso es lo importante". Así que me senté, saqué el celular, y empecé a consumir mi muy querido plan de datos.

Luego de ponerme creativa en Twitter, y chismear con mis panas (los grupos de Whatsapp son el demonio, hasta que estás encerrada en un aeropuerto), veía que pasaba el tiempo, y no nos avisaban nada. En el counter, todos los pasajeros reclamaban. Las señoritas indicaban que los vuelos estaban atrasados desde el mediodía, debido al mal clima. Que de los 4 vuelos que debieron aterrizar en la mañana, sólo dos pudieron, y fue tan turbulento, que los pasajeros terminaron vomitando, y llorando. Los otros dos tuvieron que regresar a Guayaquil. Para colmo, en el derrumbe del puente, quedaron atrapados algunos tripulantes, y había que esperar a que llegaran.

Así que volví a sentarme, y a seguir gozándome la situación. ¿Cabrearme? Naaaaaa, que se amarguen los otros.


De repente, ¡al fin! Buenas nuevas. Ya teníamos hora de salida: 9y45pm. Whaaaaaaat! Procedieron a darnos un voucher alimenticio, para morir de rabia, pero no de hambre.


Ya llegaba un momento en que no tenías la seguridad de que íbamos a volver ese día. Esperar tanto tiempo, para que te hagan regresar al día siguiente, sería espantoso. Yo ya quería estar en mi casa, en mi cama, en mi calorcito guayaco. Bueno, sí, no está haciendo calor, pero igual. Amo estar a nivel del mar.

Luego de comer, empecé a dar vueltas, cuando de repente, lo escuché: "buuuaaaahhhh" "buuuuuuuu" "waaaaaaaaaa" "ñeeeeeeeee". ¡Oh, no! El niño otra vez. Lo saludé, saludé a la madre, y lo primero que hice fue preguntarle: "¿en qué vuelo va usted?" No saben el suspiro de alivio que tuve, al saber que iba en otro vuelo. Esperemos que el muchacho no haya llorado tanto.

Seguía pasando el tiempo, 9pm, 9y30pm, 10pm. Aguanta. ¿No que salíamos 9y45pm? Nanais. Salimos casi 10y30pm. Y para ponerle sazón al asunto, con turbulencia.

Hasta que por fin llegamos a Guayaquil. Al tocar pista, el remezón me despertó. Ya estaba cansada. Sólo quería llegar a casa. Y como bien saben, ni bien el avión baja la velocidad, la gente apurada se levanta y es experta en obstaculizar el pasillo para bajar lo más pronto posible. El de la última fila quiere bajar primerito. 

El avión se detuvo, se apagaron las señales de abrocharse el cinturón, y se supone que ahí aparece la azafata y abre la puerta. 2, 3, 5 minutos. Nada. Cuando de repente se escucha:

- Buenas noches pasajeros, les habla su capitán. Lamentamos informarles que por un cambio de último minuto de puerta, no podemos bajar del avión hasta que nos traigan la escalera.

¿Me están jodiendo, verdad? Mientras medio mundo reclamaba, yo me empecé a reír. Como dije más arriba, allá que se amarguen los otros. Habrán sido unos 15 a 20 minutos, hasta que por fin abrieron la puerta.

¡Guayaquil, cuánto te extrañé!

Avancé presurosa al parqueadero. Ya había llamado al taxi y no quería perderlo. Al verlo, me acerqué, y la cereza del pastel fue una señora que, al yo abrir la puerta, ella metió su maleta mientras me decía: "este es mi taxi". Y yo, ¡qué! ¿se me van a robar mi taxi? Al preguntarle al conductor, comprobamos que era MI taxi. Resultó que la señora había llamado a la misma compañía y se dio la confusión. Lo bueno fue que su destino estaba en mi ruta, así que decidimos compartir el carro.

Llegué a mi casa casi a la 1 de la madrugada. Si hubiese regresado por tierra, llegaba antes. Fue una odisea. Creo que todo lo malo que pudo haber pasado en Tababela, se dio. Una experiencia que no quisiera repetir. Pero una experiencia que me reafirmó lo importante de la actitud ante las adversidades, o los problemas. Mientras la gran mayoría de los que estábamos encerrados ahí, se molestaron, indignaron, cabrearon, y vociferaron, yo decidí esperar tranquila. ¿Qué más iba a hacer? Gritar no hará que el viento cese, enfurecerme no evitara el derrumbe. Aproveché pa dar vueltas, conocer, observar a las personas. Una gallada de muchachos estaban emocionados con su voucher y corrieron a comprar hamburguesas con papas. Una chiquilla sonreía mientras repetía la palabra "guacamole". Un extranjero preguntaba cómicamente dónde estaba el área de hamacas para poder esperar. Yo me divertí en Twitter, conversé con mis amigos, comí rico, y esperé. 

Tababela, nuestra primera cita fue desastrosa. Esperemos te portes bien para la próxima.

jueves, marzo 10, 2011

Ocasos citadinos

Acabamos de pasar el feriado de carnaval. 4 días en los que la gran mayoría de los guayacos huímos a la playa para disfrutar del sol, el aire yodado y unas merecidas vacaciones al pie del mar. Muchos prefieren quedarse, para así (aunque parezca contradictorio) huir de la marejada de personas que escapan de la ciudad. Sí, suena raro, pero no es tan difícil de entender. Los que viajan huyen de la ciudad, de la rutina; los que se quedan, huyen del exceso de personas, de la muchedumbre. Cada uno huye como puede. Eso es seguro.

Yo huyo de las dos cosas. Así que mientras disfrutaba de una hermosa playa que pocas personas conocen, y por lo tanto es uno de mis lugares favoritos para escapar de la rutina y no sufrir del gentío (odio las playas cuando están repletas de gente), leía mi twitter y me topo con un tweet que decía así:
"El 70% de mis contactos que se fue a la playa, pone una foto del atardecer en el bbm. Clichè. Yo también lo haré. #Not"

Mi foto del bbm era justamente el ocaso. Así que lo primero que pensé fue: "nah, anda hater y punto". Horas después, leí el siguiente tweet:
"No veo la diferencia entre atardeceres en la playa, montañas o ciudad. Son atardeceres, ambos son hermosos y coloridos, pura ciencia :D amén"

Aquello me dejó pensando. Amo los ocasos. Es más, siempre digo que mi hora favorita del día es de 6pm a 7pm. Me encanta ver cómo el cielo va cambiando de color, el día le va dando paso a la noche, quien poco a poco va tomando posesión, oscureciendo todo. Pero en el transcurso, la paleta de colores es formidable. Tonos melones, violetas, rojizos. Es simplemente maravilloso. Cada puesta de sol es un lienzo diferente.

Cuando veo un hermoso ocaso, lo fotografío. En mi Flickr hay algunos que he podido capturar y para mí son espléndidos. En lo personal, adoro verlos en la playa. Es una sensación de unión con la naturaleza, con la energía del universo, que me llena, me renueva, se rebosa.

Pero los tweets de mi amiga me desconcertaron al comienzo. Para ella son iguales los ocasos en cualquier lugar, pero para mí no. En la ciudad no se pueden apreciar de igual manera, debido a los edificios, la contaminación del aire, el cielo guayaquileño que muchas veces pasa nublado. Todos estos factores no te permiten disfrutarlo de igual manera que en la playa, o en las montañas, donde puedes ver el horizonte, el cielo está despejado y no tienes estructuras metálicas que obstaculicen la visión.

Cuando regresé a Guayaquil, caminaba a mi casa y me topé con un hermoso atardecer. ¡En la ciudad! Le tomé una foto enseguida y se la pasé a mi amiga, diciéndole que en la ciudad también se ven bellos atardeceres, aunque no tan seguido como en la playa. Sin esperarlo, empezó a pasarme fotos de ocasos citadinos, capturados a través de paredes, nubes y demás obstáculos que no permitían verlos en su totalidad. Y me dijo que le gustan así, porque un ocaso en la playa es simplemente naturaleza, tal como es, sin la mano del hombre. Un ocaso en la ciudad te hace ver lo que somos capaces de construir, lo que podemos llegar a ser.

Me mató.

Y vi las fotos, y fueron ocasos preciosos. Porque vi, como ella, más allá de una pared, de una estructura metálica, de una nube negra, una bocanada de contaminación. Pude ver a través.

Llegando a mi casa.



Ocaso a través de la pared. (foto de mi amiga)

En plena urbanización. (foto de mi amiga) 

Esa pequeña y a lo mejor superficial conversación me enseñó mucho. Ahora, gracias a ella, amo más los ocasos todavía. Sin menospreciar el lugar donde me encuentre.Son hermosos y coloridos, como dice ella. Gracias =D

sábado, enero 29, 2011

Dedicado al aguacero del 29 de enero del 2011, 6y22pm

El cielo se abre para que un aguacero lo desgarre, cayendo en un gran estruendo. Es uno de los pocos ruidos, fuertes, agresivos, endemoniados, que puedo soportar con placer.

Y con las gotas mojándolo todo, barriendo a su paso cualquier impureza, me hago una con la lluvia. Formo parte del agua. 

Cae lluvia, cae, golpea y borra. Llévate todo. Haz que las personas corran a buscar refugio. Que vean al cielo y proclamen "el cielo se está cayendo". Destruye y construye. Deja una estela al final. Que te recuerden, que te teman.
En este preciso momento, para que todo sea perfecto, me hacen falta tus brazos. Sentir tu respiración, al unísono con la mía. Dos cuerpos fusionados. El mismo latido de corazón. Pum, pum, -lluvia- pum, pum...
Amo la lluvia. Escucharla con los ojos cerrados, con las luces apagadas. Sentirla, olerla. Salir y alzar el rostro, abrir los brazos y dejarme empapar. Quedarme quietecita, hasta que no haya un poro de mi cuerpo que no esté mojado. Sonreír, sentir golpear mis dientes, sacar la lengua, tomarte, beberte. Dejar que tus gotas me recorran, se deslicen, se resbalen.
Arruina todo a tu paso. Cae con toda la majestuosidad que tienes. Libérate, que junto a ti, nos liberamos también.

Aquí habemos personas incomprendidas que te veneramos.

jueves, mayo 27, 2010

Baños, Epicuro, esguince

En este último feriado tuve una serie de experiencias únicas, maravillosas y que siempre guardaré en mi memoria.


Hace muchos años fui a Baños, pero no pude recorrerlo mucho debido a que mi estancia fue corta y debido a un taller de liderazgo juvenil al que fui con un grupo de jóvenes. Por ello, pasamos encerrados en talleres dentro de la hostería. Desde esa ocasión me dije: debo regresar a Baños y disfrutarlo.


Dos años atrás me propuse viajar, pero siempre se cruzó algún inconveniente. Desde la muerte de mi papá, las erupciones del volcán Tungurahua, derrumbes en la carretera, los panas estaban ocupados, planes aquí, cosas allá, y nada. Pero por fin, se dio la oportunidad y el feriado que pasó, nos pudimos organizar 10 panas de distintos puntos del país y encontrarnos en tan maravillosa ciudad.


Bueno, debo confesarles que panas no éramos todos. Un amigo llevó a 3 amigos suyos, recién en el viaje íbamos a conocerlos. Yo le pedí foto y currículum vitae para aprobarlos primeros jeje, mas nunca los dio. Pero bueno, no hizo falta. Apenas los conocimos nos cayeron muy bien, y al final del viaje, se convirtieron en nuevos amigos. Por eso digo, fuimos 10 panas.


Baños es una ciudad donde puedes encontrar muchas cosas que hacer, y muy variadas. Desde relax total hasta adrenalina pura. ¿Yo qué hice? Ya deben saberlo. ADRENALINA. Los que más me conocen saben que tengo una lista de tres locuras que quiero hacer antes de morir:


  1. Bungee jumping
  2. Rafting
  3. Salto en paracaídas

Damas y caballeros, pueden ir tachando las dos primeras de la lista. Por fin las hice. ¿Cómo fue? Increible, fabuloso, fantástico, revitalizante, maravilloso. El saltar al vacío es una sensación indescriptible. Es confiar, dejarse llevar y caer. El vértigo es mortal. Pero uno vuelve a nacer. Grité de emoción, sonreí y volé. Es una liberación.











Luego les contaré qué pasó aquí...




La farra, para qué contarla. Bailé hasta que no me dieron más las piernas. Riquísimo.

Al día siguiente, seguíamos con las ganas de aventura. En la mañana nos zambullimos en el río Pastaza para iniciar el rafting. El guía nos botó al río para aprender a rescatar y ser rescatados. Es un trabajo en equipo, una lucha contra las corrientes, equilibrio, precisión. Fabuloso. Por la tarde, volvimos a tener un delicioso contacto con la naturaleza, en especial con las cascadas. Realizamos canyoning (descender cascadas con arnés y cuerdas). Un deporte que requiere fuerza, concentración, equilibrio pero sobre todo confianza. El instinto de supervivencia te dice "estás loco, qué diablos estás haciendo, te vas a ir cascada abajo, ¡piedras, pieeedraaaas!" y te aferras. Pero si te quedas en ese temor, te bloqueas y pierdes la oportunidad de experimentar algo maravilloso (sí, ya me estoy dando cuenta que he usado esa palabra un par de veces pero es porque resume lo que sentí en todo el viaje). Sentir el agua golpeándote, descender poco a poco, perder ese miedo a caerte y confiar, porque si pierdes el equilibrio, igual te quedas guindado gracias a que estás atado a la cuerda. La última cascada fue fabulosa, porque son casi 40 metros en los que desciendes sin pisar nada, estás en el aire. Como en las películas de acción.

Esa noche, sí, sí, nuevamente salir a farrear. Le saqué el aire a mi cuerpo esos dos días pero valieron la pena.

Regresando de Baños me llega un mensaje de una amiga: "oye mona, Epicuro menciona tu blog en su columna". Y yo me quedé así O_o (sorprendida). Apenas tuve un diario a la mano busqué el dichoso artículo y qué grata sorpresa al descubrir que al redactor de esa columna le ha gustado mi blog, y se sintió identificado con lo que escribo aquí. Ya le envié un mail agradeciéndole la mención, pero aprovecho este espacio para hacerlo público. Se puede decir que me he sentido halagada. El párrafo donde menciona mi blog dice así:

De blog en blog llegué a uno llamado ‘Cuando mis dedos acarician las teclas’, compartí Edith Piaf, El Principito, Almodóvar, Enigma, ternura, erotismo, El Circo del Sol, chocolate, sabores múltiples para el cuerpo, el alma, besando bebés, curando heridas, queso de coco, batido de banano con vainilla, libros, café, cabello largo, Montañita, vino tinto, baño de sencilla poesía que me dejó cautivado, todo en maravilloso desorden.

"Todo en maravilloso desorden...". Qué buena descripción ;o)

Volviendo un poco más arriba, en la última foto que puse aparezco con un golpe en la quijada. Lamentablemente me tocó un guía no profesional que me indicó de manera incorrecta cómo debía lanzarme. Me dijo que debía pararme recta, no flexionar las rodillas y dejarme caer. Cuando es todo lo contrario. Debo flexionar las rodillas y saltar como si fuera a hacer un clavado en la piscina. Debido al mal salto, la cuerda me golpeó la quijada, y mi cuello hizo un "efecto látigo" (como en un choque automovilístico). En ese momento, con la adrenalina y la emoción, no me dolía tanto. Pero luego empezó a molestarme el cuello, y el dolor se extendió a los hombros y espalda. Tocó visitar al doctor.

Radiografía contigo.

Diagnóstico: Esguince cervical.

<:O

Resultado: usar un collarín durante 3 semanas.

x-(

Lo bueno es que no es una lesión tan grave, porque es a nivel muscular, la estructura ósea está intacta y eso es positivo. El collarín ayuda a que mi cuerpo se recupere por completo al tener inmovilizado el cuello. Mi pobre cuello. ¡Extraño mi cuello! Debo usar el collarín en todo momento, menos para bañarme. Así que ahora me conocen como la Monabot.

Y así, damas y caballeros, puedo resumirles lo que he vivido estos últimos días. Una mezcla de locuras, adrenalina y diversión. A pesar de no haber salido ilesa de todo, no me arrepiento de nada. Porque bien dice el dicho: sarna con gusto no pica ;o)